lunes, 5 de diciembre de 2016

Los tres nombres del gato.


Vine al mundo en casa de mis abuelos maternos en 1957. Por aquel entonces vivíamos allí siete personas; Los abuelos Juana y Juan, Felicia, la hermana solterona de mi abuela, mis padres; Amelia y Fernando, y mi tía Juanita, hermana de mi madre.

La abuela Juana era la dueña, por herencia de sus padres, del palacete de Gijón, y unas tierras en el pueblo que le rentaban algún dinero. El abuelo Juan era el encargado de la fábrica de loza. Ambos, melómanos empedernidos, formaban parte de la coral de la ciudad, que a menudo viajaba a otras provincias.

Felicia, era requerida como guisandera en casas de alto copete, donde al mando de los cocineros preparaba los banquetes. No había evento gastronómico en el que ella no participase.

Mi madre Amelia, que había estudiado música, tocaba el armonio para toda clase de ceremonias en la iglesia parroquial. Se casó con mi padre con apenas veinte años tras un breve noviazgo. Era él nacido en Pinar del Río; Cuba, de padres españoles y tabacaleros de toda la vida. De allí vino para hacerse cargo de la fábrica de tabacos de nuestra ciudad, a pesar de tener solamente veinticinco años. Felicia siempre que en broma se metía con él, le decía que era un enchufado, y que podía dar gracias a Batista, de quien la familia se vino huyendo.
La realidad es que Felicia tenía parte de razón, pues tras el golpe de estado del 52, mi otro abuelo Arcadio, para evitar los problemas surgidos por la pertenecía de su hijo a la Federación Estudiantil Universitaria, opositora de Batista, y bastante significado, mandó a mi padre a España. A poco, tras él vino toda la familia, pues el clima se estaba volviendo demasiado denso. El abuelo Arcadio no comulgaba ni con Batista, ni con los comunistas de Fidel. Para entonces ya trabajaba mi padre en la tabacalera, que queriendo poner en marcha el tipo de cigarros cubanos, vieron en él a la persona idónea para el cargo.

 Felicia tenía un gato negro y patas blancas, al que puso por nombre Pipo, pero que por razones obvias lo llamábamos Calcetines. Además de los blancos dedos de las patas, tenía una mancha del mismo color desde el labio inferior al principio de la garganta y que semejaba una perilla de chivo. Fue cuando yo empecé a estudiar en el instituto, que me dio por llamarlo Gustavo por su semejanza al Becquer  de los billetes de cien pesetas.
El gato era un vago redomado, siempre estaba echado; en la meseta de la cocina al lado de los peroles cuando hacía frío, sobre las camas, o en su propia cesta, la que menos utilizaba. El único ejercicio que hacía, era subirse a la barandilla de madera de los balconcillos para observar tranquilamente la calle. Jamás se tiró afuera, apenas metro y medio de altura, y la mitad si lo hiciera por entre los barrotes. Nada para un gato.  Es posible que fuera algo mariquita pues ni siquiera lo hacía para perseguir alguna minina. Tampoco mostraba el menor interés, cosa extraña en un felino, por los canarios que mi padre criaba en la terraza y que presentaba a los concursos de canto. Aquél sedentarismo lo convirtió en un gato gordo pero lustroso, y todos cuantos pasaban por la calle le hacían alguna carantoña.

La casa, de dos pisos, estaba situada justo a la mitad del paseo, haciendo esquina. Una de las fachadas deba al este, a una callecita en la que había muchos comercios, dos de ellos de hostelería. La otra fachada daba al norte, mirando al Paseo Marítimo, playa y bahía. Justo en el vértice, el tejado estaba rematado por una linterna que iluminaba la escalera interior y servía como torre vigía al abuelo Juan. Él decía, que le gustaba ver con su catalejo las lanchas de bajura que faenaban no demasiado lejos de la orilla, pero yo siempre he pensado que lo que hacía era admirar la belleza femenina que en verano acudía a la playa.
Lo cierto es que era un observatorio privilegiado. Desde allí, y en los días de galerna coincidentes con las grandes mareas de septiembre, veía las encrespadas olas saltar el muro del paseo, arrancar trozos de la blanca barandilla de hierro, o cómo las aguas se adentraban por las calles batiendo contra las casas. Contra la nuestra al igual que las demás. Entonces, mientras las mujeres se refugiaban en las habitaciones del piso alto y rezaban, Juan abría las ventanas de la torre, y recibiendo ese aire  cargado de multitud de gotas saladas, entonaba aquella habanera del velero que iba de Jamaica a Nueva York. Nunca comprendí cómo podía cantar aquella canción, con la música de fondo del viento y una mar negra y rugiente.

En todas las fotografías donde aparece el gato, está en brazos de alguien. Yo las tengo con él cargado a la espalda, transportándolo en carretilla, o sentado en el suelo entre mis piernas cruzadas. Felicia, a pesar de que no le gustaban las fotos, las tenía también con Pipo en el regazo. La única que se quejaba del gato era la abuela Juana, y siempre protestaba por los pelos que pudiera dejar junto a las cazuelas.

Fue un par de años después de la boda de Juanita, que el gato desapareció para siempre. Yo le echaba la culpa, a Ramiro, el marido de Juanita. Tal vez fuera que estaba celoso de él, pues me fastidiaba mucho que el matrimonio se pasara días enteros sin salir de la habitación. Ya tenía yo diez u once años, y como el abuelo Juan, gustaba de admirar las redondeadas curvas de las chicas, sobre todo las de mi tía, cuando en traje de baño nos íbamos hasta la playa. Poderosamente me llamaba la atención, aquella abultada zona entre las piernas, y los pelillos que pugnaban por escapar asomándose entre el bañador y los muslos.
Ramiro, jefe de máquinas de diversos buques, estaba embarcado por aquél entonces en un petrolero que hacía la ruta desde el Golfo de Méjico a Terranova. Trabajaba seis meses y estaba tres de permiso en casa. En una de esas singladuras, el barco desapareció sin dejar rastro en una misteriosa zona del mar, al que dieron en llamar "El Triángulo de las Bermudas"
Pesaroso por su muerte, que no deseaba, aunque alguna vez pensase que mejor se quedaba por aquellas tierras que visitaba, "le perdoné" la desaparición de Gustavo. 

Un día fuimos al bar "La Gaviota", que estaba al final de la calle que daba al este. Ningún sitio mejor en toda la ciudad para comer marisco. Tuve necesidad de ir al lavabo que se hallaba al final del local, entre el comedor y la cocina, en un pequeño patio interior. A parte de los servicios, hombres a la derecha, mujeres a la izquierda, apilaban allí las cajas de sidra. Mi corazón dio un vuelco. Colgados de una cuerda, pendían para secar los pellejos de varios conejos... y el de nuestro gato Calcetines.

Mi padre habló con el dueño, le dijo que el gato había sido nuestro y le iba a denunciar por ladrón y por dar gato por liebre. Pero el hombre tenía una buena escusa; Solamente habían guisado lo que unos clientes le llevaron.


Por fin quedó resuelto el misterio de Pipo, nosotros, la familia toda, nos marchamos del barrio poco después de aquello. La casa había dejado de ser lo que fue. Antes, estaba rodeada de casitas de un piso, dos a lo sumo. El sol le daba por todas partes, pero comenzaron a levantar torres de diez, doce pisos o más, nos quedamos en las sombras, convertida la terraza y jardín en un vulgar patio interior. 
Aunque la abuela Juana, pesarosa por dejar la casa de sus mayores, pronto se hizo a las comodidades de un nuevo chalet en La Providencia, desde donde se veía mejor paisaje. Además, sacó sus buenos cuartos por la finca, amén de tres pisos altos en el edificio que levantaron en el solar. 

Ni que decir tiene, que tuvimos un nuevo gato, esta vez siamés.



2 comentarios:

Elda dijo...

Pobre Pipo, y nunca mejor dicho gato por liebre.
Me ha hecho muchas gracia el nombre de Pipo porque es el mismo que le puse yo a un perro de aguas que me regalaron mis hijas hace unos cuantos años, era un bebe cuando me lo trajeron, pero me duro muy poco, cogió el virus de parvo aunque me lo enviaron con su cartilla de vacunación correspondiente, pero se murió con tres meses.

Bonita historia la que has relatado y muy entretenida, y si me descuido te cuento yo otra, jajaja.
Me encanta leer tus cuentos.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

He tenido unos cuantos perros, todos se murieron de viejitos. Hoy me queda una perra y ya va siendo mayor. No quiero más, soy demasiado egoísta y me cuesta entregar mis lágrimas.
La historieta no es muy buena, pero es lo que hay; Unas veces así, así, y otras un poco mejor. Gracias por tu benevolencia.
Salu2.