viernes, 9 de diciembre de 2016

Mis queridos fantasmas.





Este relato que aquí vengo a contar, no es un cuento como alguno de los que tengo escrito. No son tampoco mis memorias, aunque no cabe duda de que de la memoria dependen. Es simple y llanamente, un cúmulo de recuerdos, sin otra pretensión que la de dar rienda suelta a esa memoria y a ese sentimiento que la acompaña. Si alguien en alguna ocasión, tuviera la ocurrencia de leerlo, tenga en cuenta que todo es verdad y que expreso lo que siento de modo sincero.
Tal vez piense que soy trágico, descarado, obtuso, bocazas o pretencioso. Que mi forma de pensar esta equivocada, que tengo ganas de lucirme, envidia, rencor, demasiado apego a algunas cosas o personas. Nada más lejos de la realidad. De mi realidad. De la realidad o la creencia de otros, no puedo opinar y solo quisiera que me juzgasen con benevolencia y que piense que cada cual es como es, y no lo puede remediar. Que piense que esta es una confesión espontánea, y que las palabras salen de mí una a continuación de la otra sin más preocupación de aquel escribe para sí.

He titulado así esta narración, porque creo firmemente que aquel que en su vida no tenga algún fantasma, está perdido. Si además estos, te son queridos, te son gratos al recuerdo, mucho mejor. Significa que estas vivo por dentro, en definitiva, que tienes alma.

Hace unas fechas, mi mujer me dijo que ya no le llamaba el ir por casa de su padre. Arturo, que en gloria esté‚ falleció hace seis meses. La casa ha quedado vacía y ella notaba en los primeros días, cuando se acercaba por allí, su presencia. Ahora le parece que esta presencia se va debilitando hasta el punto de llegar a establecer un dilema; ir o no ir. Por un lado desea que ésa aura intangible no desaparezca, y quiere ir a buscarla. Por otro, duda en encontrarla, tiene miedo, y prefiere no ir.
¡Qué más da! Qué importa la casa, qué importan los recuerdos materiales. Lo que verdaderamente importa son los momentos, la huella que esa persona ha dejado en ti. Es cierto que todos mostramos el reloj del abuelo o del padre con orgullo, con una complacencia fuera de lo común. Aunque no es menos cierto, que a los demás ni les importa. Yo creo que aferrarse a cosas materiales que pertenecieron a nuestros fantasmas, no significa más que el miedo que tenemos a perderlos. Y eso es malo. Eso significa que no estamos seguros del cariño que les profesábamos. Que era poco lo que los amábamos.
Vamos a menudo al cementerio. Les ponemos la más suntuosa lapida que nuestros bolsillos pueden, o, que incluso no pueden. Llevamos flores y competimos con los demás a ver quien tiene mejor y más cuidado aquél trozo de tierra o aquél agujero. ¿Para que tanto? Nuestros fantasmas saben que el verdadero templo de nuestra consideración, de nuestro cariño, está dentro de nosotros mismos. ¿Acaso no vale más una oración, que unas flores llevadas por rutina? ¿Es que quizá, por apurarte a llevar el ramo, solo tú, crees que a sus ojos quedas mejor?
¿No te das cuenta de que otros le llevan esa rosa en su corazón y que no hace falta que la gente lo vea?
No lo haces inconscientemente. ¡Quieres que tanto tu fantasma, como los demás, vean que te acuerdas de él! Así pronto esas flores se convertirán en rutina, y esa rutina matará el amor. Dejará de ser un querido fantasma para convertirse en un recuerdo.

Uno de mis más queridos fantasmas, fue Sor María de las Nieves. No poseo nada material que me una a ella. Sin embargo, la recuerdo con cariño y la tengo catalogada como mi primer fantasma. Quizá el hecho de ser un infante, fui a la escuela con ella entre los cuatro y los seis años, sea lo que nos ata. Pero yo sé que es algo muy profundo. A menudo la recuerdo sentada en el pretil del estanque, vigilando nuestros juegos. Esta es siempre la primera imagen. Luego, los peces de colores, las rosas del jardín... El cuidado que ponía al limpiarme aquellos oídos que durante una temporada me supuraron. La vez que me saco aquellos diez céntimos para las misiones..
Algunos días llevaba diez o veinte céntimos al colegio. Ella en su mesa tenía cajitas con regaliz, caramelos de anís... Aquél día fui todo ufano con los céntimos a comprar chufas. Pasé por alto al chino, al negrito y al piel roja que reposaban sobre la mesa esperándome. Ella con tono dulce me dijo... ¿Son para las misiones?, y yo no me atreví a decirle que no. Me quede sin golosinas. Pero sin duda aquellos a quienes iban destinados, nunca las habían probado. Parece cursi. Pero así es.

Ya sé que cualquier persona puede tener recuerdos de su más tierna infancia, que esos recuerdos pueden ser agradables o no, pero seguro que no hasta el extremo de tenerlos presente muchas, muchas veces.
Quizá, y en este caso, nunca me haya perdonado, y sea un trauma oculto dentro de mí, el que unos años después de dejar aquel colegio, la viese por la calle y le negase el saludo.
Con su gran toca almidonada, su hábito azul y su gran rosario a la cintura, caminaba con otra hermana quién sabe a donde. Nos miramos. En sus ya viejecitos ojos, cariño al verme y una leve sonrisa en sus labios. Yo que jugaba, vi que me había reconocido. Mi primer impulso fue correr hacia ella y como se solía hacer por aquel entonces, besar el crucifijo de su rosario. Más, cobarde, no hice tal; Di media vuelta y corrí con los otros chiquillos.
Es cierto que durante mucho tiempo no me perdoné aquello. Luego lo eche en el olvido. Suele ser que durante los años de la juventud, muchas cosas pasan al baúl, pero con los años, vas abriendo, y cada vez más, ese baúl.
Ángel de la Guarda, dulce compañía... y el fantasma querido de Sor María, aparece. Es la invocación, la oración clave para esa unión espiritual. Y no fue ella quien me la enseñó, que fue mi madre. Sin embargo así es.

Recuerdo a mi segundo maestro. Don Servando. Sin embargo, él no es un fantasma. Es solo un recuerdo. Aprendí mucho a su lado. Tenía muy mal genio. Escribía maravillosamente, en fin, lo recuerdo de vez en cuando, como a otros, cuando se comienza a hablar de aquellos tiempos y de la escuela. Pero no es lo mismo. No hay ese lazo de unión, ese cariño que se puede generar entre algunas personas, esa impronta que deja en ti.

De mis abuelos, solo conocí a los maternos. Tuve el mismo trato con ambos de cariño y afecto. Mi abuelo, es un querido fantasma, mi abuela solo un recuerdo. Un cariñoso recuerdo.
 ¿Es que acaso él era más jovial, alegre, más rico, listo, moreno, alto, desprendido, guapo, o cariñoso?. Seguramente que a la bondad y la dulzura de mi abuela, no le ganaba ninguna de las cualidades que él pudiera tener. Y ella solo es un recuerdo.
En esas horas en que tratas de dormir con alguna preocupación dándote vueltas en la cabeza, en esos momentos difíciles en los que buscas ayudas exteriores que mitiguen tus dolores o tus penas, en esa terrible soledad de tu propia persona, es difícil no acudir a tus fantasmas. Yo recurro a ellos con frecuencia y allí está mi abuelo. Él es hoy por hoy, la esencia en la que yo me quisiera diluir el día en que pase a ser uno más de los fantasmas, si tuviese ese privilegio.
En esos momentos difíciles me rodeo de una pequeña cohorte de fantasmas queridos que me consuelan, me tranquilizan y actúan sobre mí como un bálsamo. Después de que ellos vienen a mí, torna la paz. Es cierto que dejan un sentimiento de tristeza y añoranza. Es cierto que muchas veces pienso que ésta condenada vida no merece la pena vivirse, solo porque se va a perder aquello que tanto quieres. Es cierto que cantidad de veces quieres rebelarte ante aquello que crees no es justo. Y es que resulta difícil concienciarse de que esos seres queridos se van a ir poco a poco. A menudo me digo a mí mismo y a los demás, que es ley de vida. Comprendo que alguno de mis hijos no pueda entender esa verdad, comprendo que impotentemente quiera rebelarse, porque yo tampoco lo comprendo. La inteligencia, la razón, nos dice una cosa, pero el corazón se resiste a la razón. Hay que mirar esta situación desde el punto de vista de la fe. Si Jesucristo, que era sin duda mejor que todos nosotros, si es el ejemplo que sigue la humanidad, el Hijo de Dios, y murió, ¿cómo queremos ir nosotros en contra de esa ley de vida?
No nos queda ya más que pensar en los que se fueron como en queridos fantasmas. Yo los presiento cerca de mí en cada momento. No puedo ni quiero alejarlos, y sé que ellos tampoco me dejaran a mí.

Entiendo que para llegar al rango de querido fantasma, el sentimiento ha de ser recíproco. A cada lado de la barrera, uno piensa en el otro. Yo sé que cualquiera de mis fantasmas sabe lo que pienso, sabe lo que le digo y sabe de mi comunicación con él. Él me está viendo en todo momento y lugar y a veces quisiera ayudarme más y mejor. Pero hay que entender que eso es imposible. Cada vida tiene que vivirla uno por sí mismo.

Esos queridos fantasmas, no tienen que ser forzosamente familiares. Yo tengo fantasmas muy queridos que solo han sido compañeros de trabajo y no llegaron a ser amigos íntimos siquiera. Pero vienen a mí a menudo gratificando mi alma.
¿Qué les di yo? Tal vez comprensión, el escuchar sus problemas en alguna ocasión. No sé. Ellos en algo me tuvieron que apreciar ya que sino no vendrían a mí de esa forma. Serían solo un recuerdo. Quizá yo sea un romántico, y confunda romanticismo con otra cosa. No lo sé. Solo sé que sin venir a cuento, se me aparece. Veo a Higinio comiendo un huevo duro. "Son de pita negra" solía decir para disimular lo pobre del bocadillo. Yo asentía y dejaba ver una pizca de envidia para que él no se sintiese de menos. ¿Qué es lo que me une a él? Un hombre que casi me doblaba la edad. Pobre por naturaleza. Trabajador infatigable, semianalfabeto, asmático perdido. Botas sin calcetines, pantalones arrugados y chaqueta desastrada. Manos gruesas y con duros callos. "Haz bien y no mires a quién" era su lema. ¿Que me une a su fantasma?. La grandeza de su corazón. La bondad de su alma, el ser amigo de todos. No lo sé. Solo sé que cuando su fantasma se me aparece, me propongo ser mejor. Haz bien...

No es necesariamente forzoso que el fantasma tenga todas las cualidades de este mundo. Puede ser terco y no dar el brazo a torcer aún a sabiendas de que está errado. Puede tener manías y vicios. El que esté‚ libre de pecado, que arroje la primera piedra. Pero sin duda eso se diluirá en lo positivo. Y es que para ser un buen querido fantasma, lo positivo ha de pesar mucho más que lo negativo. Si no, no sería fantasma. Sería pesadilla.

Hasta aquí mis palabras han ido saliendo una tras otra de mi mente y las he ido plasmando tal y como se me ocurrían. Han sido el caudal impetuoso de aquel que, o tiene bien aprendida la lección, o de aquel que es sincero y expresa lo que su alma le dicta. Aunque el que es sincero desde siempre, tiene esa lección aprendida.

Para escribir de ésta forma, con esta sinceridad, hay que estar en condiciones favorables. Solo, en comunión contigo mismo, sin ruidos u oyendo estos como aquél que está leyendo algo apasionante y oye llover sin apenas darse cuenta. Cuando esa armonía se rompe, como ahora mismo, vale más dejarlo para otro día.




5 comentarios:

Alfredo dijo...

A finales del año 2014, escribí un cuento titulado La Casa Vacía. Manipulando unos archivos lo encontré y o leí. Aunque me suele costar mucho cambiar una frase, incluso una palabra ya escrita, me pareció que se podía ampliar un poco sin desvirtuar lo escrito.
Creo que llevarlo al territorio del narrador, da más proximidad y verosimilitud, aunque eso no soy yo quién debe decirlo. Ahí queda.
Salu2.

Elda dijo...

Bueno Alfredo pues con este comentario que haces al final, ya me has despistado... no se si te refieres al relato de los fantasmas, o al que apuntas, porque desde el principio he pensado que estas cosas te suceden a ti al decir que en otras ocasiones, escribes cuentos o historias que nada tienen que ver contido.
Bueno, sea como sea, me ha gustado mucho como lo has relatado y el contenido me ha encantado y me ha parecido muy entrañable.
Te iba a decir, que tienes suerte que te visiten los fantasmas y acudas a ellos cuando tienes alguna preocupación... yo solamente los recuerdo con mucho cariño, a mis padres y mi marido, y bueno, también al principio le pedía cosas mentalmente.
Me ha parecido un relato muy ameno y estupendamente escrito.
Buen fin de semana.

Alfredo dijo...

Elda.
Siempre digo que soy un mentiroso, pero no es cierto del todo. Miento, si se puede llamar mentira, cuando escribo en mi blog. A pesar de lo que escriba, ten en cuenta que no será cierto, que solo es un cuento.

Lo cierto es, que en alguna ocasión, quisiera parecerme a mis protagonistas, pero disto bastante de ser como ellos. Aunque algo de cada cual va implícito en lo que se escribe, es como una impronta, una huella indeleble que todos dejamos sin querer.

Como digo, escribí La casa Vacía ya hace dos años. Ahora, respetando lo esencial, he añadido bastante más. Y no, éstas cosas no me suceden, ni me han sucedido, pero me gustaría mucho que así fuese. A veces uno está de vena y deja salir algo en lo que nunca había pensado pero que lleva dentro. Es posible que sean los fantasmas, no sé.

Te agradezco profundamente que me leas y comentes. Eso me ayuda a mejorar sin duda. Y digo esto en singular, pues aunque teóricamente , pasan muchos por el blog, nadie se atreve a opinar.
Un abrazo.

Elda dijo...

Sí, pero algunas veces te pones de protagonista tan estupendamente, que me lo creo, jajaja. Aunque sé perfectamente que lo que se escribe no suele ser personal, lo mismo en prosa que en poesía, pues como es natural si se acumulara tanta pena, melancolía, recuerdos etc. sería uno muy desgraciado, pero la verdad es que hay gente que comenta como si se pensara que todo lo que expresa uno, es verdadero.

Y sobre los comentarios te diré, según me he dado cuenta durante los años que llevo en el blog y en un foro donde participo desde anteriormente, que la gente lee si te conocen, sino no se molestan en comentar. Yo lo he comprobado en más de una ocasión... dejo de hacer comentarios porque sencillamente no me apetece leer, y esas personas ya no me comentan, y es así como funciona esto, muy poco natural por otra parte, aunque claro nadie tiene la obligación de hacerlo ni tampoco de corresponder, así que de paso te digo, que no te encuentres en la obligación conmigo porque yo te lea, pues yo sé que los poemas son un pestiño y casi siempre son iguales, jajaja.

Un abrazo Alfredo y gracias por la información.

Alfredo dijo...

Elda.
Cuando uno es el protagonista, a él le caen las tortas o los parabienes. Prefiero cargar con culpas antes que alguien piense si hablo de éste o aquél. Vamos, para que nadie se sienta reflejado si da esa coincidencia.
Elda, contigo tengo una obligación, perdón; Afición especial. No porque me leas, porque me gusta tu forma de escribir poesía. En parte es cierto lo que dices, (lo del pestazo no) cuando llevas escrito mucho te parece que todo es igual, que te repites una y otra vez, pero tampoco es verdad del todo, siempre hay algo que cambia.
Salu2.