viernes, 30 de diciembre de 2016

Cuentos Chinos.


veces no es preciso adentrarse en los bosques de la India, de Iberoamérica, o perderse entre las arenas del desierto, para descubrir lo que durante muchos años ha estado oculto.

Un soldado de sus católicas majestades, pariente de la madre de Gonzalo de Salazar, el primer niño cristiano que nació en Granada tras la expulsión de los moros, cansado de tanto batallar, pidió licencia para retirarse a unas tierras que su padre le dejara en el norte.

El hombre, llamado Benito, quería profesar en la orden religiosa del mismo nombre, para lo cual decidió entrar como novicio en cualquier monasterio. Andando el tiempo, mandó comenzar la construcción de un pequeño cenobio en sus tierras, donde se instalaría con algunos acólitos que le querían acompañar.

La tierra elegida es una sucesión de montes y valles que se extienden de este a oeste o viceversa. De la mar en el norte, se pasa al monte, de aquí al valle y a otros montes cada vez más altos, orillados por otros valles, y así hasta llegar a la cordillera, último escollo que los separa de las tierras de Castilla.

La finca de Benito, comienza en uno de estos valles a la orilla del río, asciende monte arriba, hasta bajar por el otro lado al valle siguiente y a otro pequeño riachuelo. Es aquí, en la cima, donde comienza a edificar. Solamente una pequeña iglesia con una nave central y dos capillas a los lados formando la cruz tradicional, como tradicional era la orientación al oeste. Un arco, que servirá de contrafuerte para la pequeña torre y la fachada del monasterio, se abre entre ambas edificaciones dejando un espacio diáfano, donde al fondo se pueden ver ya los plantones de distintos frutales arraigados y que en un par de años darán sus frutos. Ya está trazado el perímetro por donde la muria cerrará el conjunto, construida con las piedras sobrantes y las que al arar vayan apareciendo.

El monasterio tiene un amplio zaguán. Es el distribuidor, pues de allí parte la escalera al piso superior donde están las celdas de los monjes. También da paso al ala sur, donde está ubicada una galería porticada con arquería, que va dejando puertas a su izquierda; sala capitular, despensa, cocina, refectorio...

A pesar de sus más y sus menos con la Iglesia, pues el señor obispo era contrario al establecimiento de una orden monacal en aquellas tierras, Benito logró su propósito gracias a las influencias de su familia en la Corte, y dos años antes de la muerte de la Reina Isabel, la comunidad benedictina está en plena efervescencia. No obstante, aquel monasterio no subsistirá por mucho tiempo; Los frailes eran pocos, la riqueza nula, las gentes, cegadas con las nuevas tierras allende los mares, emigraban, y los pelitos entre la Orden y el Obispado por la cesión de las tierras, a la muerte de Benito, continuas. A mediados del siglo XVII, el monasterio era ya una ruina, luego llegó la desamortización, y los que compraron las tierras por cuatro perras, ni siquiera las pisaron. Así llegamos a estos tiempos.

Soy ganadero y necesito pastos para mis vacas. No lejos de casa, está la abandonada finca que perteneciera a Benito, y que ahora por fin ponen a la venta. Mi abuelo, noventa y tres años, recuerda que cuando era un chiquillo, las disputas familiares por la herencia ya venían de antiguo. Herederos que como ya he dicho, jamás habían pisado las tierras, y que juzgaban de poco valor, pero ya se sabe cómo somos los humanos, basta que uno quiera para sí la cosa en litigio, para que los demás pugnen por ejercer su derecho, legítimo o no.  Por fin habían llegado al acuerdo de vender.

La oferta y la demanda, es como es; unos a poner y otros a quitar. Le dije al de la agencia que la llevaba, del poco valor del terreno, el gasto enorme que iba a suponer la limpieza para dejarlo para pasto, y eso en el supuesto de que dejasen derribar aquel bosque de centenarios árboles medio comidos por la maleza. Los dueños habían de afinar en el precio si querían vender. Él estaba en la obligación de sacar cuanto más mejor, y puso sobre la mesa el valor de la edificación existente. Pero yo tenía mis respuestas; "Las últimas noticias que se tienen sobre el antiguo monasterio, dije quitando valor, son de cuando la Guerra de la Independencia, los franceses lo utilizaron como caballerizas y es muy seguro que arramplaran con cuanto pudiera quedar de valor. Sobre el bosque, nadie ha entrado en muchos años, hay extendido un rumor, parece que hubiera una maldición, pues a pesar de ser un buen escondrijo para zorros y jabalíes, el silencio sepulcral que allí reina, causa un terrible desasosiego. Ni siquiera los cazadores osan entrar, ya que ni un pájaro, ni una mosca siquiera sobrevuela el lugar.

Por fin llegamos a un acuerdo y las tierras pasaron a ser de nuestra propiedad.

Cuando metí las máquinas a desbrozar y talar, quedamos impresionados. El lugar era tan sombrío, que casi parecía de noche. El follaje allá arriba era tan denso, que no se veía el cielo. Recordé esas selvas donde hasta la orientación se pierde y donde hay que abrirse paso utilizando el machete. Aquí el machete no hubiera sido de utilidad. Los árboles crecían tan juntos, que apenas si quedaba sitio para poner el pie, y cuando se lograba, lo mullido de las hojas o la pinocha daban una sensación de muelle un tanto inquietante, al menos al principio. 
La impresión que daba aquel silencio, la densa humedad, y la falta de la más liviana brisa era sobrecogedora. Tal parecía que los movimientos, incluso la propia voz, fueran a cámara lenta, y si hubiéramos tirado una moneda al alto, seguro que caería con ese ritmo pausado y en zig zag cual si cayera al fondo de un lago de quietas aguas.

Dimos con el muro, luego con la iglesia cuya techumbre estaba en el suelo donde también habían crecido abrojos y árboles. Del monasterio apenas si quedaban las arcadas medio desaparecidas entre zarzas, matorral y más árboles de distintas especies. También dimos con un pequeño cementerio, simples lajas sobre la tierra, y ahí comenzó mi penuria. Aquello no se podía remover so pena de cometer alguna infracción.

Mientras los distintos estamentos decidían enviar técnicos, arqueólogos y otros zascandiles, para ver si había algo de valía por su antigüedad, nosotros continuamos con la limpieza de las zonas bajas, La iglesia y lo demás, que lo desescombraran ellos. No obstante, yo quise meter el cuezo por si acaso. Así encontré lo que posiblemente fuera una estancia en la parte baja que daba a la galería. Hube de practicar un butrón para saber qué era lo que se escondía en aquel cubículo hermético, ya que ni puerta parecía tener. Los cascotes que lo cubrían, estaban adornados con zarzas y trepadoras de tallos tan gruesos como el brazo. Por fin se hizo el boquete, y a luz de una linterna, puede vislumbrar lo que se guardaba.
La estancia debía de estar adosada a la sala capitular donde los monjes se  reunían con el abad para, recordar las escrituras de la regla, conversar sobre asuntos del monasterio o confesar públicamente las faltas cometidas. Posiblemente, en cualquier momento, necesitasen el apoyo de algún libro, y esta estancia, aunque no era una biblioteca, servía para ese fin. Allí estaban guardados unos centenares de libros, seguramente incunables algunos de ellos, aunque ni me atreví a tocarlos por temor a que se me desmoronaran entre las manos.
Volví al día siguiente con una mejor iluminación para ver los arcanos secretos que los tomos pudieran contener. Uno de ellos me llamó poderosamente la atención. Aunque no sé latín, el título era bien explícito; Index Librorum Prohibitorum. Fue esa palabra, Prohibido lo que me atrajo. Abrí el índice y comencé a leer. Encontré nombres que nunca antes había oído; Giordano Bruno, quemado en la hoguera por hereje al afirmar, entre otras cosas, que el sol solamente era una estrella y que el universo debía de contener un infinito número de mundos habitados. Erasmo de Róterdam, todas sus obras censuradas, Martín Lutero, excomulgado, hereje y prohibidas sus obras. Muchos nombres y muchas obras, ¡y gran parte de aquellos libros, estaban allí!.

Por un momento, pensando egoístamente, busqué en mi mente la forma de deshacerme de libros, lápidas, cementerio y hasta las piedras que quedaban en pie. Pero solamente fue un instante. Sabía que iba a ser despojado de aquel tesoro, tampoco lo codiciaba, pero me sublevaba que me tuvieran empantanado durante un tiempo, que para la administración nunca parece correr.


Algunos dicen que soy rico, muy rico para hacer todo aquello que en verdad yo no pagué. ¡Qué poco sabe la gente!. No es menos cierto, que más de cien vacas y unas docenas de terneros son un capital, pero en dinero contante y sonante, más bien poco. Como decía aquél, lo que entra por lo que sale. Maquinaria, combustible, piensos, veterinario, sueldos... No todo es coser y cantar, hay malos partos, la leche y la carne, desde que se instalaron las grandes superficies, se paga a una miseria y apenas deja beneficio. Hoy hay que tener mucho invertido para sacar poco. Pero no me quejo, hago lo que desde niño vi hacer en casa y lo que elegí.

Respecto de la finca de Benito, al final todo salió bien. Nosotros explotamos los prados que dan a los valles del norte y del sur, y, como un borrón oscuro en la cima del monte, hoy se ven los árboles en un terreno ya clarificado y limpio. Se oye el tañer de una campana cuando algún caminante o peregrino, tiene a bien tocarla como muestra de respeto, como una oración que eleva al cielo. 
No sé quiénes y cuánto, solamente sé que la iglesia fue levantada de nuevo, se desescombró el monasterio dejando en pie las arcadas sobre sus columnas. En el coqueto cementerio, brillan las lápidas de los monjes que tuvieron a bien allí morir. Tallado en la entrada reza este versículo que va muy bien con Fray Benito y muchos de sus acompañantes:
  Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.” 2 Timoteo 2:3-4


Los libros están en el Museo Diocesano, los pájaros cantan en aquél maravilloso paraje y mi abuelo está feliz. De la maldición; Puro cuento de chinos.


lunes, 26 de diciembre de 2016

La Máquina del Amor.





Lo cierto es que esta pequeña historia, debía titularse "El hombre enamorado que inventó la máquina para medir el amor", pero título tan largo, no cabría en la portada de cualquier publicación.

El hombre, de nombre Pablo, estaba enamorado de Luisa, residente temporal en otra ciudad. La comunicación entre ellos, casi siempre telefónica, indefectiblemente terminaba con aquella cosa tan ñoña del "cuelga"- "no, cuelga tu"- "no, tu primero"... y así se pasaban veinte minutos. Ambos querían dejar por sentado, que él/ella, amaba más al otro.

Pablo se puso a cavilar el modo en que se podía medir una cosa tan intangible como el amor, llegando a la conclusión, de que solamente se podían medir sus efectos; Caricias, besos, trabajos esforzados cual los de don Quijote, Amadís de Gaula y otros caballeros. Compromisos, aunque acabaran en desastre; Los amantes de Teruel, Romeo y Julieta, El Cristo de la Vega. Sí, todo literatura, pero posiblemente estos ejemplos se han centuplicado en la vida real y apenas si tenemos conocimiento de ellos. Pero el amor, al igual que los celos, ¡quién lo puede cuantificar! Más, a pesar de todas sus dudas, Pablo no cejó en su propósito.

 El hombre de nuestra historia, ya había inventado un sorbedor de sopa, cuyo nombre comercial era "Sifón sopero inverso". En la publicidad se decía que con el aparato se evitaba el ruido que muchos hacen al sorber, además, con él no se tragaba el aire que producía la aerofagia.
Como su nombre indica, se trata de un artilugio muy similar al sifón, pero sin necesidad del ácido carbónico, ni recipiente donde se forme el gas. Un tubo cuyos extremos van, uno al plato y el otro a la boca, un depósito de gas inerte, unas válvulas anti retorno y un gatillo lo completan. Al apretar el gatillo, sale el gas contenido en una pequeña cápsula, y por un efecto venturi, arrastra por el canuto todo cuanto hay. Lo mismo da que sea pasta de letras, fideo cabello de ángel, o tropezones de jamón, pescado etc. con tal de que sean del tamaño y peso adecuado.

Pablo, entre otras muchas cosas, había inventado un mondadientes eléctrico, que aunque no servía para pinchar aceitunas, fue el precursor de los cepillos dentales eléctricos. Estaba inspirado en los martillos picadores y no tuvo éxito por la producción de caries que formaban. Invento suyo también era, y relacionado con los palillos, el "Dispensador de Mondadientes". Un pequeño cilindro, empujado por una tecla y un muelle en la base de un receptáculo, elevaba un solo palillo, evitando así que se masuñaran los demás. Perfecto para bares y restaurantes.

Tras laboriosas y sesudas sesiones, Pablo acabó inventando su máquina; Un complejo sistema de sensores, que analizan incluso los matices de la voz. Solamente necesitaba probarla, pero llegado a este punto, comenzó a preguntarse si sería ético, si no se inmiscuiría en la moral de las personas de modo que en vez de constatar una evidencia, sirviera como piedra de toque para la desavenencia.

Supongamos una pareja de amantes. Colocados en la máquina y repetido el experimento varias veces, él resultado siempre muestra los mismos parámetros; Él la ama más profundamente. Visto lo visto, ¿no sentiría ella, un complejo de inferioridad que acabara enconando la relación? ¿No estaría él resquemoso al constatar que era quién más aportaba a esa relación?

Pablo, siempre en la eterna duda, admitió que aquel invento era una gilipollez, no servía para nada. ¿Quien se iba a prestar a una demostración tan ridícula? ¿A quien le interesaba, si uno de los dos amaba gramo más o gramo menos?

Bueno, para una cosa sí servía. Servía para constatar si ambos se querían,  o si eran los intereses los que primaban.

Ya. Pero eso ya estaba inventado y en uso. Se llama Polígrafo y dicen que demuestra quién es el que miente. 



martes, 20 de diciembre de 2016

Prosa rimada; Soñar.


Hoy he vuelto a soñar.
No quiero decir con ello, que no sueñe todos los días, pero como ya sabrás, esos sueños los olvido nada más despertar.
Digo que he vuelto a soñar, porque mi sueño hoy, he logrado recordar.
Era como de doce o trece años en mi sueño, me preparaba para ir a la escuela. Mi madre, en una sartén con una almendra de manteca, tostaba dos rebanadas de pan. Pan de hogaza, de ese buen pan. Tazón de café con leche, y las tostadas que ya están, las deposita en un plato y un sin enfriar las unta de nuevo con manteca, con azúcar las va a espolvorear.
Yo la miro agradecido por aquello que cada día me da, y ella complacida, en la frente me viene a besar.
Me prepara el bocadillo que mete en la cartera, nos despedimos con un abrazo y un ¡hasta luego! que pronto ha de llegar.

Ha cambiado el panorama, de repente ya soy mayor, siento frío, siento desazón, sin saber motivo ni razón.
Pronto me doy cuenta, de que encadeno el mismo sueño, aunque ahora ya no voy a la escuela sino a trabajar. Mi madre me ha dejado en la nevera, un par huevos duros cortados a rodajas con bechamel. Por encima los ha adornado, con la yema de uno de ellos y un poco de atún para cuando llegue a cenar. Más, al abrir la nevera, el platillo se va difuminando, de modo que ahora tarta de manzana parece. En el centro, unos corazones de roja mermelada adornan, y yo comienzo a desconfiar; Nunca con pasteles has de soñar. Ni con perros que se convierten en lobos al final, ni con toros que te miran de soslayo y acaban por truñar. Si con eso sueñas, puede que algún mal esté por llegar. Quiero el sueño de un manotazo apartar, cual si corriera una cortina de blanco percal.
Un nuevo cuadro está por representar, Veo a mi madre, en una niebla densa vagar. Los brazos extendidos, ojos negros, pupila dilatada, vacíos de inmensidad. Es como esas personas que han olvidado lo más elemental. De vez en cuando musita un ¡Amado, Amado! ¿Dónde estás? ¡Madre, mi padre Amador ha mucho que ya no está! Ella calla por un momento sin cesar en su vagar, de un lado a otro sin saber qué, dónde, por dónde, cómo y cuándo, buscar. En esa congoja estoy y del sueño quiero despertar. No por mi propia congoja, ni por lo que me pueda pasar, lo siento por verla así vagar; sin rumbo, perdida en el más allá.


Cuando yo muera, no quiero ir a ese lugar. Prefiero ir al infierno con Satanás, para que cuando me esté quemando, poder al menos recordar. Saber que allí estoy porque malo fui y he de pagar. Otra cosa no quiero pensar; Cielo no hay, pues si lo hubiera, no tendría mi madre, que en el vacío vagar.


sábado, 17 de diciembre de 2016

Matar es fácil: Yosuko e Yrrah.


Yosuko Misuri, estudiante japonesa que vino a hacer un curso de español a Madrid,  tenía veinte años y un prometedor futuro por delante. Un día fue a un concierto donde conoció a Yrrah, en realidad se llamaba Harry, pero utilizaba este palíndromo por cierta afinidad con un holandés del mismo nombre: A ambos les gustaban en demasía las mujeres, aunque el holandés era dibujante y nuestro Yrrah instrumentista de una banda de folk.

Harry, se sintió atraído de inmediato por aquella joven que gozosa aplaudía sin cesar. Tenía que conquistar a la dueña de aquellos ojos almendrados,  menuda figura y belleza extraordinaria. Comenzaron a salir. A Yosuko, apocadita ella, y con esa especie de sumisión, que sobre todo los americanos han plasmado en muchas de sus películas, tras la segunda guerra mundial, le encantaba Yrrah. En verdad era un guapo mozo, buen cantante, y que igual tocaba la vihuela de arco, que la gaita o el salterio. Era fogoso, delicado a veces e impetuoso las más.

 A pesar del profundo amor que Yosuko llegó a sentir por Harry, aquella relación no tenía visos de continuidad. Ella debía volver a su país, tenía obligaciones y su ansia y afán por un ¡quédate y viviremos felices! que la redimiera de su vuelta, no llegaba. Pronto se convenció la joven, de que había entregado su flor a un tarambana, mujeriego por demás, y que  era demasiado dado a una costumbre que se iniciara en el Vondelpark de Ámsterdam a principio de los noventa.

A Yrrah, que hubiera dado algo por haber vivido en aquella época en que la plaza Dam hervía de hippies, y donde Lénnon y Yoko Ono estuvieron encamados frente a los fotógrafos, aquella conquista le cansó pronto. Había conseguido sin demasiado esfuerzo la admiración y el amor, de una mujer de un país considerado un tanto hermético. Una mujer de mansedumbre y obediencia rayana al sometimiento. Y él no quería aquello. Él quería, que en vez de coartar su pasión, la demostrase. Sin embargo ella, temiendo ser incorrecta, se dejaba hacer y solo de su boca salían acallados suspiros cuando hacían el amor.

¡Buen viaje! le dijo cuando la dejó en la entrada del aeropuerto. Y ni siquiera la acompañó adentro. Tanto mejor, debió de pensar ella, pues así no vería aquellas gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas, y que se convirtieron en río ya en el lavabo donde se refugió.

Yosuko, tenía un problema del cual no sabía cómo salir. Para no deshonrar a la familia, y gracias tener el trabajo que la había traído a España, abandonó la casa paterna y se instaló en otra ciudad. Pero las madres, son todas iguales en todos los lugares. Y la suya, comprendió qué era lo que le había sucedido, y lo que estaba por suceder.

Takeshi Misuri, vino a la exposición del Manga de Madrid, donde iba a presentar un videojuego de Jidaimono (Hazañas de guerreros históricos). Para la presentación, se vistió al igual que su personaje; Un guerrero del clan Minamoto con su armadura, katana,  arco Yumi y carcaj. Takeshi aunaba así tres en uno; Tradición, Juego y Disfraz (Cosplay). Además, el significado de su nombre coincidía plenamente con todo lo anterior; Guerrero. Para las armas tuvo que pedir un permiso especial, pues aun siendo antiguas, armas eran y había de dejarlas en custodia durante la noche.

En el evento, diversos stands presentaban talleres, exhibiciones, concursos de cosplay, etc. También había música japonesa con el folk como contrapunto. El último día, al final de la tarde, Takeshi dejó a su compañero a cargo del stand. Cambió su disfraz por el de ninja y se fue directo hacia donde tocaba el grupo de Yrrah. Aunque tampoco hubiera tenido demasiada importancia dada la gran cantidad que se exhibían, aparentemente no llevaba armas. El color negro de la funda y el mango de su Wakizashi (sable corto) que llevaba al cinto, lo disimulaba. Más, este era de verdad y no una imitación como las demás.
Takeshi esperó con paciencia contemplando el espectáculo, y, cuando los músicos se tomaron un breve descanso, el nipón siguió a Harry hasta los lavabos. Tres compartimentos uno a continuación del otro, separados por mamparas, y con un pasadizo central conformaban la estancia. En la primera los lavamanos, en la segunda los urinarios y en la tercera las cabinas con los inodoros. Harry se dirigió directamente al fondo y se encerró en una de las cabinas. Takeshi esperó a que dos personas terminaran de lavarse las manos, luego, arrimó contra la puerta el carro que la limpiadora había dejado en el pasillo que separaba los baños -mujeres y hombres- y colgó el cartel que anunciaba fuera de servicio. Rápidamente se fue hasta la cabina, de una patada saltó el pestillo y vio a Yrrah  sentado sobre la cisterna y con los pies sobre la tapa de la taza fumando un porro.
La violencia con que la puerta se abrió, hizo a Harry dar un salto. De pie, con la taza entre las piernas y un susto de muerte, quiso balbucir algo, pero de su boca solo salió un grito desgarrador. En un santiamén, Yrrah perdió la mitad del "pito", y era por eso por lo que gritaba, no por el dolor o la sangre.


A veces, solo a veces, no hay mal que por bien no venga. A Harry le hubo que reconstruir el miembro, y aunque no quedó mal del todo, pudo haber sido peor; Por un momento la muerte le hizo un guiño. Aquello le sirvió para dejar la marihuana y los devaneos.
Takesi dio por vengada a la familia, y cuando volvió a su país, solamente a su padre, con todo el respeto, doblando su cuerpo a la altura de la cintura, le dijo: "Está"
Yosuco, ajena a lo que su hermano hiciera en España, atendía la oficina de turismo que regentaba, mientras cuidaba de su niña y sin querer recordar a su padre. 
La madre de ambos, buscaba la forma de cómo decirle a su marido, que tenía una nieta.



lunes, 12 de diciembre de 2016

El Romance de Lucía.




No trata de la edad media el romance,
éste que aquí vengo en contar
como parecer pudiera, por letra, compás,
o aquello que pudierais barruntar
que fue durante la guerra,
y bastantes años más acá.

Vivía Lucía en el monte
con sus padres y hermano
en mucha precariedad.
Con solo dos vacas, un toro galano
media docena de gallinas, un marrano
y dos pequeñas huertas para trabajar.
Del año 36, un día cualquiera,
a los padres, que fueran a mercar
una bomba traidora matarile les dio.
Al huérfano en la fábrica emplearon
por conmiseración,
mientras, a la niña en casa para trajinar dejaron.
Y digo niña, aunque ya mujer era
pues con trece abriles contaba,
hasta que en un maldito accidente,
¡Oh que mala suerte! Manuel la vida dejaba.
Metámosla a servir -opinaron los próceres-
pues no está bien que sola quede,
a merced de quienes por allí pasaran.
De un gran señor, a la casa accede
para lavar fregar y otros menesteres.
Más, el señor salió rana
con lisonjas, requiebros y algún regalo
la convierte en su barragana.
La joven, es ya una bella pizpireta,
cuatro años han pasado,
dieciocho tiene la moza.
Pero hete ahí, que encinta se ha quedado.
¡No pasa nada, yo me hago cargo!
Y la asciende a gobernanta.
¡Valiente miseria, ni siquiera hay soldada!
¡Al menos, mandas! ¿Acaso no te atalanta?
Otros tres años han pasado
Lucía de nuevo, quién sabe si queriendo,
arteramente, o por descuido
otro hijo al mundo va trayendo.
El amo, un matrimonio a la vista tiene
no le conviene aquella situación
pues de la hija del alcalde,
enamorado está y es de mejor condición.
Además la novia exige
que de patitas en la calle la ponga
aunque dos hijos tenga,
para ella es una simple pindonga.
El amo se ha casado,
y Lucía ha vuelto al monte
a criar a sus hijos
con muy poco horizonte.
Más, nunca falta un roto para un descosido
Lucía ha encontrado quien la quiera,
un viudo de posibles,
sin prejuicios ni celera.
Así va caminando la vida de Lucía,
siempre soltera.
Ya sus hijos son mayores,
ya murió el viudo, se fue a la huesera
pero le dejó una casa y sus caudales.
¡Bien nacido, el viudo! que pagó con creces su pasión.
¡Bien nacido, el viudo!
Vaya con nuestra bendición.
También ha muerto el amo,
y antes del entierro, han comenzado la repartición.
A la hija del alcalde, tres hijos le hizo el señor,
los de Lucía no cuentan,
jamás él quiso reconocer tal "honor"
más ellos, el uno al otro alientan
¡ Algo hemos de sacar, aunque solo sea por joder!
Por encima del hombro nos miran
y somos medio hermanos...
por mucho que ellos remiran.
Ni por las buenas ni por las malas
los otros tres y la madre a la cabeza
no dan el brazo a torcer.
¡Pues vayamos al abogado que hable con la jueza!
Se está celebrando el funeral.
En la puerta del templo parroquial
jueza, abogado, médico y familia están
y seis números de la guardia civil, con el capitán.
Cuando sacan al difunto,
para llevarlo a incinerar...
¡Alto a la autoridad! vocea el capitán
Se detiene el cortejo, inquiriendo la del alcalde
a que se debe el asunto,
cierran filas todos hasta que aquello se salde.
La jueza responde: Poca cosa señora,
interpuesta hay una querella.
Deben hacer mejor reparto de la herencia ahora,
o autorizo que en este mismo lugar,
del fallecido se tome, prueba de paternidad.
Elijan: Vernos en el tribunal,
o su conformidad.

Y Lucía, ya mayor
se vio opulenta
aunque no le importaba el dinero
lo que siempre le importó, era la afrenta.


viernes, 9 de diciembre de 2016

Mis queridos fantasmas.





Este relato que aquí vengo a contar, no es un cuento como alguno de los que tengo escrito. No son tampoco mis memorias, aunque no cabe duda de que de la memoria dependen. Es simple y llanamente, un cúmulo de recuerdos, sin otra pretensión que la de dar rienda suelta a esa memoria y a ese sentimiento que la acompaña. Si alguien en alguna ocasión, tuviera la ocurrencia de leerlo, tenga en cuenta que todo es verdad y que expreso lo que siento de modo sincero.
Tal vez piense que soy trágico, descarado, obtuso, bocazas o pretencioso. Que mi forma de pensar esta equivocada, que tengo ganas de lucirme, envidia, rencor, demasiado apego a algunas cosas o personas. Nada más lejos de la realidad. De mi realidad. De la realidad o la creencia de otros, no puedo opinar y solo quisiera que me juzgasen con benevolencia y que piense que cada cual es como es, y no lo puede remediar. Que piense que esta es una confesión espontánea, y que las palabras salen de mí una a continuación de la otra sin más preocupación de aquel escribe para sí.

He titulado así esta narración, porque creo firmemente que aquel que en su vida no tenga algún fantasma, está perdido. Si además estos, te son queridos, te son gratos al recuerdo, mucho mejor. Significa que estas vivo por dentro, en definitiva, que tienes alma.

Hace unas fechas, mi mujer me dijo que ya no le llamaba el ir por casa de su padre. Arturo, que en gloria esté‚ falleció hace seis meses. La casa ha quedado vacía y ella notaba en los primeros días, cuando se acercaba por allí, su presencia. Ahora le parece que esta presencia se va debilitando hasta el punto de llegar a establecer un dilema; ir o no ir. Por un lado desea que ésa aura intangible no desaparezca, y quiere ir a buscarla. Por otro, duda en encontrarla, tiene miedo, y prefiere no ir.
¡Qué más da! Qué importa la casa, qué importan los recuerdos materiales. Lo que verdaderamente importa son los momentos, la huella que esa persona ha dejado en ti. Es cierto que todos mostramos el reloj del abuelo o del padre con orgullo, con una complacencia fuera de lo común. Aunque no es menos cierto, que a los demás ni les importa. Yo creo que aferrarse a cosas materiales que pertenecieron a nuestros fantasmas, no significa más que el miedo que tenemos a perderlos. Y eso es malo. Eso significa que no estamos seguros del cariño que les profesábamos. Que era poco lo que los amábamos.
Vamos a menudo al cementerio. Les ponemos la más suntuosa lapida que nuestros bolsillos pueden, o, que incluso no pueden. Llevamos flores y competimos con los demás a ver quien tiene mejor y más cuidado aquél trozo de tierra o aquél agujero. ¿Para que tanto? Nuestros fantasmas saben que el verdadero templo de nuestra consideración, de nuestro cariño, está dentro de nosotros mismos. ¿Acaso no vale más una oración, que unas flores llevadas por rutina? ¿Es que quizá, por apurarte a llevar el ramo, solo tú, crees que a sus ojos quedas mejor?
¿No te das cuenta de que otros le llevan esa rosa en su corazón y que no hace falta que la gente lo vea?
No lo haces inconscientemente. ¡Quieres que tanto tu fantasma, como los demás, vean que te acuerdas de él! Así pronto esas flores se convertirán en rutina, y esa rutina matará el amor. Dejará de ser un querido fantasma para convertirse en un recuerdo.

Uno de mis más queridos fantasmas, fue Sor María de las Nieves. No poseo nada material que me una a ella. Sin embargo, la recuerdo con cariño y la tengo catalogada como mi primer fantasma. Quizá el hecho de ser un infante, fui a la escuela con ella entre los cuatro y los seis años, sea lo que nos ata. Pero yo sé que es algo muy profundo. A menudo la recuerdo sentada en el pretil del estanque, vigilando nuestros juegos. Esta es siempre la primera imagen. Luego, los peces de colores, las rosas del jardín... El cuidado que ponía al limpiarme aquellos oídos que durante una temporada me supuraron. La vez que me saco aquellos diez céntimos para las misiones..
Algunos días llevaba diez o veinte céntimos al colegio. Ella en su mesa tenía cajitas con regaliz, caramelos de anís... Aquél día fui todo ufano con los céntimos a comprar chufas. Pasé por alto al chino, al negrito y al piel roja que reposaban sobre la mesa esperándome. Ella con tono dulce me dijo... ¿Son para las misiones?, y yo no me atreví a decirle que no. Me quede sin golosinas. Pero sin duda aquellos a quienes iban destinados, nunca las habían probado. Parece cursi. Pero así es.

Ya sé que cualquier persona puede tener recuerdos de su más tierna infancia, que esos recuerdos pueden ser agradables o no, pero seguro que no hasta el extremo de tenerlos presente muchas, muchas veces.
Quizá, y en este caso, nunca me haya perdonado, y sea un trauma oculto dentro de mí, el que unos años después de dejar aquel colegio, la viese por la calle y le negase el saludo.
Con su gran toca almidonada, su hábito azul y su gran rosario a la cintura, caminaba con otra hermana quién sabe a donde. Nos miramos. En sus ya viejecitos ojos, cariño al verme y una leve sonrisa en sus labios. Yo que jugaba, vi que me había reconocido. Mi primer impulso fue correr hacia ella y como se solía hacer por aquel entonces, besar el crucifijo de su rosario. Más, cobarde, no hice tal; Di media vuelta y corrí con los otros chiquillos.
Es cierto que durante mucho tiempo no me perdoné aquello. Luego lo eche en el olvido. Suele ser que durante los años de la juventud, muchas cosas pasan al baúl, pero con los años, vas abriendo, y cada vez más, ese baúl.
Ángel de la Guarda, dulce compañía... y el fantasma querido de Sor María, aparece. Es la invocación, la oración clave para esa unión espiritual. Y no fue ella quien me la enseñó, que fue mi madre. Sin embargo así es.

Recuerdo a mi segundo maestro. Don Servando. Sin embargo, él no es un fantasma. Es solo un recuerdo. Aprendí mucho a su lado. Tenía muy mal genio. Escribía maravillosamente, en fin, lo recuerdo de vez en cuando, como a otros, cuando se comienza a hablar de aquellos tiempos y de la escuela. Pero no es lo mismo. No hay ese lazo de unión, ese cariño que se puede generar entre algunas personas, esa impronta que deja en ti.

De mis abuelos, solo conocí a los maternos. Tuve el mismo trato con ambos de cariño y afecto. Mi abuelo, es un querido fantasma, mi abuela solo un recuerdo. Un cariñoso recuerdo.
 ¿Es que acaso él era más jovial, alegre, más rico, listo, moreno, alto, desprendido, guapo, o cariñoso?. Seguramente que a la bondad y la dulzura de mi abuela, no le ganaba ninguna de las cualidades que él pudiera tener. Y ella solo es un recuerdo.
En esas horas en que tratas de dormir con alguna preocupación dándote vueltas en la cabeza, en esos momentos difíciles en los que buscas ayudas exteriores que mitiguen tus dolores o tus penas, en esa terrible soledad de tu propia persona, es difícil no acudir a tus fantasmas. Yo recurro a ellos con frecuencia y allí está mi abuelo. Él es hoy por hoy, la esencia en la que yo me quisiera diluir el día en que pase a ser uno más de los fantasmas, si tuviese ese privilegio.
En esos momentos difíciles me rodeo de una pequeña cohorte de fantasmas queridos que me consuelan, me tranquilizan y actúan sobre mí como un bálsamo. Después de que ellos vienen a mí, torna la paz. Es cierto que dejan un sentimiento de tristeza y añoranza. Es cierto que muchas veces pienso que ésta condenada vida no merece la pena vivirse, solo porque se va a perder aquello que tanto quieres. Es cierto que cantidad de veces quieres rebelarte ante aquello que crees no es justo. Y es que resulta difícil concienciarse de que esos seres queridos se van a ir poco a poco. A menudo me digo a mí mismo y a los demás, que es ley de vida. Comprendo que alguno de mis hijos no pueda entender esa verdad, comprendo que impotentemente quiera rebelarse, porque yo tampoco lo comprendo. La inteligencia, la razón, nos dice una cosa, pero el corazón se resiste a la razón. Hay que mirar esta situación desde el punto de vista de la fe. Si Jesucristo, que era sin duda mejor que todos nosotros, si es el ejemplo que sigue la humanidad, el Hijo de Dios, y murió, ¿cómo queremos ir nosotros en contra de esa ley de vida?
No nos queda ya más que pensar en los que se fueron como en queridos fantasmas. Yo los presiento cerca de mí en cada momento. No puedo ni quiero alejarlos, y sé que ellos tampoco me dejaran a mí.

Entiendo que para llegar al rango de querido fantasma, el sentimiento ha de ser recíproco. A cada lado de la barrera, uno piensa en el otro. Yo sé que cualquiera de mis fantasmas sabe lo que pienso, sabe lo que le digo y sabe de mi comunicación con él. Él me está viendo en todo momento y lugar y a veces quisiera ayudarme más y mejor. Pero hay que entender que eso es imposible. Cada vida tiene que vivirla uno por sí mismo.

Esos queridos fantasmas, no tienen que ser forzosamente familiares. Yo tengo fantasmas muy queridos que solo han sido compañeros de trabajo y no llegaron a ser amigos íntimos siquiera. Pero vienen a mí a menudo gratificando mi alma.
¿Qué les di yo? Tal vez comprensión, el escuchar sus problemas en alguna ocasión. No sé. Ellos en algo me tuvieron que apreciar ya que sino no vendrían a mí de esa forma. Serían solo un recuerdo. Quizá yo sea un romántico, y confunda romanticismo con otra cosa. No lo sé. Solo sé que sin venir a cuento, se me aparece. Veo a Higinio comiendo un huevo duro. "Son de pita negra" solía decir para disimular lo pobre del bocadillo. Yo asentía y dejaba ver una pizca de envidia para que él no se sintiese de menos. ¿Qué es lo que me une a él? Un hombre que casi me doblaba la edad. Pobre por naturaleza. Trabajador infatigable, semianalfabeto, asmático perdido. Botas sin calcetines, pantalones arrugados y chaqueta desastrada. Manos gruesas y con duros callos. "Haz bien y no mires a quién" era su lema. ¿Que me une a su fantasma?. La grandeza de su corazón. La bondad de su alma, el ser amigo de todos. No lo sé. Solo sé que cuando su fantasma se me aparece, me propongo ser mejor. Haz bien...

No es necesariamente forzoso que el fantasma tenga todas las cualidades de este mundo. Puede ser terco y no dar el brazo a torcer aún a sabiendas de que está errado. Puede tener manías y vicios. El que esté‚ libre de pecado, que arroje la primera piedra. Pero sin duda eso se diluirá en lo positivo. Y es que para ser un buen querido fantasma, lo positivo ha de pesar mucho más que lo negativo. Si no, no sería fantasma. Sería pesadilla.

Hasta aquí mis palabras han ido saliendo una tras otra de mi mente y las he ido plasmando tal y como se me ocurrían. Han sido el caudal impetuoso de aquel que, o tiene bien aprendida la lección, o de aquel que es sincero y expresa lo que su alma le dicta. Aunque el que es sincero desde siempre, tiene esa lección aprendida.

Para escribir de ésta forma, con esta sinceridad, hay que estar en condiciones favorables. Solo, en comunión contigo mismo, sin ruidos u oyendo estos como aquél que está leyendo algo apasionante y oye llover sin apenas darse cuenta. Cuando esa armonía se rompe, como ahora mismo, vale más dejarlo para otro día.




jueves, 8 de diciembre de 2016

Gambetear.



El otro día, estaba en el bar con unos amigos picando algo. Un vecino se acercó a la mesa para saludar y con sonrisa de oreja a oreja dijo; ¿Que, gambeteando?  Lo cierto es que estábamos dando buena cuenta de una fuente de gambas a la plancha.
No sé si iba en plan guasa, o es que desconocía el significado del palabro, pero en similar tono repliqué: No, las piernas las tenemos bien asentadas en el suelo, no vaya a ser que la sidra nos juegue una mala pasada.
Puso cara de asombro, pues a su juicio, le contestaba con una salida de esas de pata de banco.
¿Cómo dices?
 Nada, déjalo, cosas mías.
Y se marchó algo mosca, pero ya lo arreglaría otro día. Tampoco era cuestión de dar explicaciones dejándolo como un estulto catacaldos.

Gambetear
1. intr. Hacer gambetas
Gambeta
De gamba.
1. f. Danza. Movimiento especial que se hace con las piernas jugándolas y cruzándolas con aire.
2. f. Equit. corveta.
Estulto, ta
Del lat. stultus.
1. adj. Necio, tonto.
Catacaldos.
De catar y caldo.

1. m. y f. Persona entremetida

Chorrada.



El otro día, iba camino de la romería, cuando un grupo que caminaba delante de mí se pararon delante de un frondoso árbol. ¡Fijaos que manzanas tan raras tiene este árbol! Exclamó un necio sorprendido. Y todos, seis u ocho, se pusieron a hacer cábalas sobre la especie a que podía pertenecer.

Jamás oí ideas tan peregrinas para un fruto que se vende en cualquier supermercado, y no digamos en las fruterías. Además de la susodicha manzana, alguien opinó que eran albaricoques de buen tamaño - "que ahora los hay sin pelusa"- Otro que pomelos aún verdes, y una señora se atrevió con "esos tomates chinos o japoneses que hay ahora" (Kumato). En esa discusión estaban, cuando pasando a su lado, harto de oír chorradas, les dije que eran kakis.

-¿Cómo? Preguntó uno con incredulidad.

- Kakis con k, son kakis. Y casi todos a coro exclamaron un ¡aaaaah!

A mí no me hubiera extrañado que no supieran lo que son los fisalis, kumcuat, sapodilla, rambután, lanzón, durian, lichi, feijoa, jac, jujuba, jobo de la india, fruta del dragón o pitahaya, noni y tantas otras frutas de nombres raros, pero... ¿un kaki?.

Chorrada.
(Del ant. chorrar, chorrear).
1. f. Porción de líquido que se suele echar de propina después de dar la medida.
2. f. coloq. necedad (dicho o hecho necio).
3. f. coloq. tontería (cosa de poca entidad o importancia). Guarda todas las chorradas en el cajón.




martes, 6 de diciembre de 2016

Poema Inacabado.

(No hace falta ser cabra para tirarse al monte)


Esta tarde quise escribir un poema
sin tener mucha idea de la rima.
Míralo pues con indulgencia plena
y entresaca la paja de la harina.
Quiero con esto decir,
que en todo hay algo bueno y malo
y que sólo tú podrás discernir
cual es lo más acertado.

Escucha a los mayores, ya sabes...
“del viejo, el consejo”
luego actúa según tu conciencia.
Mírate muy dentro, para verte en el espejo
que toda alma es
y deja aflorar la esencia
de todo tu ser.

Si de los demás quieres ganar el corazón
nunca, por ningún motivo o razón
pierdas la fe, el ánimo y la sonrisa,
alentarles en las horas bajas será la premisa.

Escuchar a todos procura,
dar ánimos, las cosas hacer sencillas,
quitar hierro, eliminar rencillas
siempre con las mejores maneras, los mejores modos
pues es necesario, que personas nos sintamos.

Procura no buscar pelea
aunque los motivos no te falten,
y pierde, si es necesario, de tu derecho,
pues cuando las cosas se calmen
apreciarán tan honesto gesto.

Ernestina.


Era la vecina poco agraciada. Su cara de gallina Marcelina; flaca, nariz ganchuda, ojos pequeños y redondos, en nada desmerecía a su cuerpo. Era este, como el de Bob Esponja; sin curvas delanteras ni traseras, no tenía caderas donde poder asirse y las piernas delgadas y un tanto zambas. La voz chillona de parloteo continuo, cultura poca, o al menos no la demostraba.

Ya de pequeña, los padres pensaban sin duda alguna, que su hija profesaría la carrera de solterona, por lo que se afanaban en conseguir juntar cuanto más mejor, para darle una buena dote que sirviera de acicate al presunto novio.

Sin embargo, y para sorpresa de todos, antes de los quince ya metía en casa a dormir con ella a un futurible. El punto filipino, apenas un imberbe, no duró en aquella casa más de tres meses, y desde la distancia (vivimos en fincas colindantes) yo no pude saber si se marchó él, o lo echaron.
Cuatro novios más tuvo en el plazo de tres años, y los cuatro se fueron por donde vinieron. Pero el amor, a fuerza de probar y probar, acaba llegando, y al sexto, el último de la pandilla, con gafas culo vaso pero con la carrera de Historia, fue la vencida: Se casaron.

Ocurrió en este caso, algo similar a lo que le sucediera a Pigmalión, pues si este, se enamoró de la estatua Galatea que creara, y que por intervención de  Afrodita cobró vida, Ernestina que así se llamaba la joven de nuestra pequeña historieta, se transformó gracias al buen hacer de Luis su marido, en una mujer casi perfecta. Digamos para ser del todo sinceros, que en cuanto a lo físico, también tuvo mucho que ver un cierto cirujano plástico dotándola de lo que no tenía. Lo demás fue cosa de Luis, que a base de entrenamientos y lecciones de cultura, logró lo que Henry Higgins consiguió con Eliza.


Y entonces Ernestina volvió a las andadas. Celosa de que Luis pudiera arrogarse la paternidad de su transformación, le pidió el divorcio. ¿Para qué uno solo y feo, cuando ahora podía tener a cuantos quisiera?

lunes, 5 de diciembre de 2016

Los tres nombres del gato.


Vine al mundo en casa de mis abuelos maternos en 1957. Por aquel entonces vivíamos allí siete personas; Los abuelos Juana y Juan, Felicia, la hermana solterona de mi abuela, mis padres; Amelia y Fernando, y mi tía Juanita, hermana de mi madre.

La abuela Juana era la dueña, por herencia de sus padres, del palacete de Gijón, y unas tierras en el pueblo que le rentaban algún dinero. El abuelo Juan era el encargado de la fábrica de loza. Ambos, melómanos empedernidos, formaban parte de la coral de la ciudad, que a menudo viajaba a otras provincias.

Felicia, era requerida como guisandera en casas de alto copete, donde al mando de los cocineros preparaba los banquetes. No había evento gastronómico en el que ella no participase.

Mi madre Amelia, que había estudiado música, tocaba el armonio para toda clase de ceremonias en la iglesia parroquial. Se casó con mi padre con apenas veinte años tras un breve noviazgo. Era él nacido en Pinar del Río; Cuba, de padres españoles y tabacaleros de toda la vida. De allí vino para hacerse cargo de la fábrica de tabacos de nuestra ciudad, a pesar de tener solamente veinticinco años. Felicia siempre que en broma se metía con él, le decía que era un enchufado, y que podía dar gracias a Batista, de quien la familia se vino huyendo.
La realidad es que Felicia tenía parte de razón, pues tras el golpe de estado del 52, mi otro abuelo Arcadio, para evitar los problemas surgidos por la pertenecía de su hijo a la Federación Estudiantil Universitaria, opositora de Batista, y bastante significado, mandó a mi padre a España. A poco, tras él vino toda la familia, pues el clima se estaba volviendo demasiado denso. El abuelo Arcadio no comulgaba ni con Batista, ni con los comunistas de Fidel. Para entonces ya trabajaba mi padre en la tabacalera, que queriendo poner en marcha el tipo de cigarros cubanos, vieron en él a la persona idónea para el cargo.

 Felicia tenía un gato negro y patas blancas, al que puso por nombre Pipo, pero que por razones obvias lo llamábamos Calcetines. Además de los blancos dedos de las patas, tenía una mancha del mismo color desde el labio inferior al principio de la garganta y que semejaba una perilla de chivo. Fue cuando yo empecé a estudiar en el instituto, que me dio por llamarlo Gustavo por su semejanza al Becquer  de los billetes de cien pesetas.
El gato era un vago redomado, siempre estaba echado; en la meseta de la cocina al lado de los peroles cuando hacía frío, sobre las camas, o en su propia cesta, la que menos utilizaba. El único ejercicio que hacía, era subirse a la barandilla de madera de los balconcillos para observar tranquilamente la calle. Jamás se tiró afuera, apenas metro y medio de altura, y la mitad si lo hiciera por entre los barrotes. Nada para un gato.  Es posible que fuera algo mariquita pues ni siquiera lo hacía para perseguir alguna minina. Tampoco mostraba el menor interés, cosa extraña en un felino, por los canarios que mi padre criaba en la terraza y que presentaba a los concursos de canto. Aquél sedentarismo lo convirtió en un gato gordo pero lustroso, y todos cuantos pasaban por la calle le hacían alguna carantoña.

La casa, de dos pisos, estaba situada justo a la mitad del paseo, haciendo esquina. Una de las fachadas deba al este, a una callecita en la que había muchos comercios, dos de ellos de hostelería. La otra fachada daba al norte, mirando al Paseo Marítimo, playa y bahía. Justo en el vértice, el tejado estaba rematado por una linterna que iluminaba la escalera interior y servía como torre vigía al abuelo Juan. Él decía, que le gustaba ver con su catalejo las lanchas de bajura que faenaban no demasiado lejos de la orilla, pero yo siempre he pensado que lo que hacía era admirar la belleza femenina que en verano acudía a la playa.
Lo cierto es que era un observatorio privilegiado. Desde allí, y en los días de galerna coincidentes con las grandes mareas de septiembre, veía las encrespadas olas saltar el muro del paseo, arrancar trozos de la blanca barandilla de hierro, o cómo las aguas se adentraban por las calles batiendo contra las casas. Contra la nuestra al igual que las demás. Entonces, mientras las mujeres se refugiaban en las habitaciones del piso alto y rezaban, Juan abría las ventanas de la torre, y recibiendo ese aire  cargado de multitud de gotas saladas, entonaba aquella habanera del velero que iba de Jamaica a Nueva York. Nunca comprendí cómo podía cantar aquella canción, con la música de fondo del viento y una mar negra y rugiente.

En todas las fotografías donde aparece el gato, está en brazos de alguien. Yo las tengo con él cargado a la espalda, transportándolo en carretilla, o sentado en el suelo entre mis piernas cruzadas. Felicia, a pesar de que no le gustaban las fotos, las tenía también con Pipo en el regazo. La única que se quejaba del gato era la abuela Juana, y siempre protestaba por los pelos que pudiera dejar junto a las cazuelas.

Fue un par de años después de la boda de Juanita, que el gato desapareció para siempre. Yo le echaba la culpa, a Ramiro, el marido de Juanita. Tal vez fuera que estaba celoso de él, pues me fastidiaba mucho que el matrimonio se pasara días enteros sin salir de la habitación. Ya tenía yo diez u once años, y como el abuelo Juan, gustaba de admirar las redondeadas curvas de las chicas, sobre todo las de mi tía, cuando en traje de baño nos íbamos hasta la playa. Poderosamente me llamaba la atención, aquella abultada zona entre las piernas, y los pelillos que pugnaban por escapar asomándose entre el bañador y los muslos.
Ramiro, jefe de máquinas de diversos buques, estaba embarcado por aquél entonces en un petrolero que hacía la ruta desde el Golfo de Méjico a Terranova. Trabajaba seis meses y estaba tres de permiso en casa. En una de esas singladuras, el barco desapareció sin dejar rastro en una misteriosa zona del mar, al que dieron en llamar "El Triángulo de las Bermudas"
Pesaroso por su muerte, que no deseaba, aunque alguna vez pensase que mejor se quedaba por aquellas tierras que visitaba, "le perdoné" la desaparición de Gustavo. 

Un día fuimos al bar "La Gaviota", que estaba al final de la calle que daba al este. Ningún sitio mejor en toda la ciudad para comer marisco. Tuve necesidad de ir al lavabo que se hallaba al final del local, entre el comedor y la cocina, en un pequeño patio interior. A parte de los servicios, hombres a la derecha, mujeres a la izquierda, apilaban allí las cajas de sidra. Mi corazón dio un vuelco. Colgados de una cuerda, pendían para secar los pellejos de varios conejos... y el de nuestro gato Calcetines.

Mi padre habló con el dueño, le dijo que el gato había sido nuestro y le iba a denunciar por ladrón y por dar gato por liebre. Pero el hombre tenía una buena escusa; Solamente habían guisado lo que unos clientes le llevaron.


Por fin quedó resuelto el misterio de Pipo, nosotros, la familia toda, nos marchamos del barrio poco después de aquello. La casa había dejado de ser lo que fue. Antes, estaba rodeada de casitas de un piso, dos a lo sumo. El sol le daba por todas partes, pero comenzaron a levantar torres de diez, doce pisos o más, nos quedamos en las sombras, convertida la terraza y jardín en un vulgar patio interior. 
Aunque la abuela Juana, pesarosa por dejar la casa de sus mayores, pronto se hizo a las comodidades de un nuevo chalet en La Providencia, desde donde se veía mejor paisaje. Además, sacó sus buenos cuartos por la finca, amén de tres pisos altos en el edificio que levantaron en el solar. 

Ni que decir tiene, que tuvimos un nuevo gato, esta vez siamés.