domingo, 10 de diciembre de 2017

Diario tardío y disparatado. (3)

6 de enero de 1995

Querido diario, hoy día de reyes han venido nuestros nietos a recoger los regalos. Mirándolos, he recordado a mis hermanos y la travesura que tal día como hoy, prepararon hace muchos años.
Ya te he contado, que eran mañosos en la construcción de artilugios. Tenía yo diez años, cuando perpetraron aquel plan que venían preparando desde el final del verano.


Las fiestas de La Villa se celebran en septiembre, y ese año fueron muy buenas. Tómbolas, carruseles, circo, los motoristas de la jaula... Ramiro, el mayor, tenía catorce, los gemelos Pedro y Pablo doce, por la mañana, tras la misa, salió la procesión. Ramiro iba en cabeza como asistente del... dejemos esto para más tarde.


Había una diversión apta solamente para forzudos, pues se trataba de lanzar un peso con forma de coche, con un asa en la parte posterior, por una rampa plana al principio y muy empinada al final. Los que presumían de músculo, lo asían con una sola mano, lo rodaban atrás y adelante para coger impulso y lo soltaban. Si llegaba a la cúspide, tocaba una campana y ganaba el premio. Ramiro tuvo una idea que explicó a los gemelos. Se fijaron bien en la rampa y pasadas las fiestas, comenzaron a hacer una similar. Por otro lado, hicieron un dibujo para fabricar una avioneta de madera ligera. Viendo los cazas de hoy, se me antoja que Ramiro tuvo una premonición, era muy parecida. Le colocaron un tren de aterrizaje de cuatro ruedas con pestaña, como las del ferrocarril, para que no se saliese de la vía hasta que, alcanzado el punto culminante de la rampa, volase.


Tras muchas pruebas, todo parecía funcionar a las mil maravillas. Ahora solamente necesitaban el combustible que lo impulsara. Y volvemos atrás. Ramiro iba en la procesión como asistente de Jesús "el cuetero". Exactamente, el que tiraba los voladores, y Ramiro, que llevaba bajo el brazo un montón de cohetes, le iba pasando uno a uno para lanzarlos. Allí tenían el combustible. Subrepticiamente, de vez en cuando, rompía la caña de un volador, el tubo cargado, se lo pasaba a los gemelos que de igual modo se lo guardaban.
El resto era cosa de nada: Abrir con cuidado el canuto, sacar la pólvora que echaban en un tarro de cristal, apartar las mechas para unirlas y hacer una sola, preparar otro canuto más grueso y largo, sin apretar la pólvora, y pegarlo a la parte baja de la avioneta, con su correspondiente caña estabilizadora.


A las cuatro de la tarde, de un día memorable, nos pidieron salir a todos a ver el espectáculo que con tanto sigilo habían estado preparando.
La avioneta estaba pintada de amarillo, en las alas y cola lucía la bandera de España. Todos opinaron que aquella maqueta era una obra de arte, pero faltaba por llegar lo mejor. Ramiro encendió un trocito de trapo en la punta de una caña, dio fuego a la mecha... y el avioncillo salió disparado rampa arriba ante la mirada estupefacta de toda la familia. Bocas abiertas entre la admiración y el susto, voló casi sesenta metros para caer planeando.
Aquello les costó la amenaza de unos azotes, un castigo, y la promesa de no volver a enredar con tan peligrosa experiencia. Aunque parezca broma, aquel disparate salió bien.
Ya en la casa, mi padre, tras la riña por el experimento, se interesó por la idea y de cómo la habían llevado a término. Ramiro explicó que el cohete solamente tenía una cámara, de aquella forma, al contrario que los voladores, que llevan dos, una que impulsa y otra que explota, la pólvora solamente se quemaba de atrás hacia adelante sin riesgo de explotar. Los gases reaccionan impulsando el aparato hacia adelante, y la pequeña rampa, ayudaba a su elevación. Sin saberlo, habían inventado un método, que los portaaviones utilizarían años más adelante.
Mi hermano Ramiro acabó estudiando física, mientras Pedro y Pablo trabajan como modelistas y fundidores para las obras que realiza nuestro padre.

Nada más te cuento por hoy, pero volveré. Aún me quedan cosas por contar.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Diario tardío y disparatado. (2)


1 de Noviembre de 1995

Empecé este diario el día en que se cumplían cuarenta y ocho años de la muerte de mi abuelo Joaquín. No fue casualidad, simplemente, recordando su aniversario, me puse a escribir. La fecha de hoy, no coincide con nada digno de mención, pero es el día de Todos los Santos y vengo de los cementerios. En uno están los dos abuelos paternos, Joaquín e Irene y en otro los maternos con los que mantenía menos trato. Mi madre, que ya tiene ochenta y tres años, no me perdonaría que no la acompañara a depositar las flores que aún cultiva.



La abuela Irene, quedó conmocionada durante bastante tiempo por la falta de su querido Joaquín. Tras el entierro, lo primero que hizo fue dar la vuelta al crucifijo que tenían a la cabecera de la cama. "¡Tantos rezos, rosarios y novenas que te he dedicado durante años, y para una cosa que te pido, me la niegas! ¡No volveré a contemplar tu santa faz! ". A continuación se sentó en la mecedora de su cuarto, callada, a solas con sus pensamientos, y sin apetencia por nada.
Únicamente a mí me toleraba, porque sabía de la unión que con él tenía. Me sentaba sobre sus piernas, acurrucaba mi cara junto a su cuello, y comenzábamos a cañicarnos. Apenas salía de la habitación, comía poco y desmejoraba con el paso de las semanas. Daba igual que mi madre se mostrase zalamera, o le recriminase su actitud, a ella todo le entraba por un oído y le salía por el otro.
Aquellas navidades fueron más bien mustias. Fue al comenzar la primavera, que yo le pedí... Sal a ver las flores, abuela, verás que ramos tan hermosos tiene la glicinia. Y ella salió por complacerme, más algo debió de pasar por su mente. Aunque volvió a su cuarto, al día siguiente, tan de mañana como solía, se levantó de la cama y comenzó con el trajín de siempre. Al atardecer, estuvimos de confidencias, yo tenía por entonces doce años. Hablamos cosas de mujeres, intuía que pronto pasaría de niña a adolescente con todo lo que aquello implica, por eso comenzó con algo que nadie más que ella sabía ahora. Me contó, que bajo una planta semejante a aquella, de grandes racimos florales de color entre blanco y azul, Joaquín la besó por primera vez. Por eso la plantaron en su nuevo hogar, ese caserón de piedra que los antepasados del conde levantaran, y que poco a poco fueron reparando. Después, quiso saber si mi madre ya me había explicado los cambios que iba a notar en mi cuerpo. "Vas a entrar en un tiempo de preparación del cuerpo y de la mente, para ese fin al que toda mujer está destinada; el amor. Amor por los hijos que tendrás, y por el hombre que elegirás. Estarás algo intranquila, confusa quizá. Por un lado querrás seguir siendo la niña que eres, y por otro el ansia de ser mayor. Elige bien al que será padre de tus hijos, no importa si es rico o pobre, guapo o feo, basta con que sea bueno, y que te quiera como tú lo debes hacer".


La mula Ramona, en aquella casa todos los bichos llevaban nombres de persona, se había quedado sin trabajo al faltar el abuelo. Aunque mi padre la trató de enganchar a la xarré, ella estaba acostumbrada a la albarda y no quiso por más que la forzara. Fue la única vez que la vi soltar coces y gemidos. Al parecer, fue ella la que con aquella voz entre relincho y rebuzno, avisó a Joaquín de la tormenta que se avecinaba. Sin embargo, el abuelo estaba en un profundo agujero que llevaba excavando un par de semanas, en un talud allá por Colunga. Concentrado en su quehacer, la oía muy quedo y no le dio importancia. Más, tanta insistencia, puso en guardia a Joaquín, aunque no era lugar, ni tiempo para lobos, fue a ver lo que sucedía, no fuera que alguien se la quisiera llevar. El cielo, antes sin nubes, era ahora oscuro y amenazador. La temperatura había bajado considerablemente y amenazaba con nieve. Dejó las herramientas, y montó la mula, que sin falta de arrear, emprendió la vuelta a casa. Por delante tenían cuánto menos, tres horas de camino. 


Subieron por la sierra buscando el paso entre el Piquituerto, un monte cuya cima rocosa está dividida en dos, la una inclinada hacia el sur y la otra inclinada al norte, y el Chambergo, de forma este acampanada que semejaba el sombrero de nombre homónimo. Fue en las estribaciones del paso, cuando comenzó a nevar tan copiosamente, que no se veía a medio metro, y Joaquín dejó que la mula siguiera su propio instinto. En una hora, la nieve alcanzó treinta centímetros, y de repente, cesó. El viento siempre soplaba suavemente por el paso, pero esta vez, fue creciendo de tal forma, que levantaba la nieve arrastrada hacia zonas protegidas donde se arremolinaba. Hombre y animal parecían figuras fantasmagóricas envueltas en blanco sudario. Por fin coronaron. Al otro lado, el viento iba en descenso y la sensación térmica era mejor. La nieve comenzó a caer de nuevo, esta vez los copos eran más pequeños y húmedos. Tras cuatro horas de marcha, habían llegado a casa ambos tiesos de frío.


A la noche, el abuelo tenía fiebre, tosía, sentía escalofríos y le dolía el pecho. La abuela le ponía compresas en la frente, temiendo lo peor, le pidió a Juaco que fuera a por el médico. Pero él se negó: "Déjate de tonterías mujer, esto se va con unas friegas. Mañana veremos". Pero a las seis de la mañana, Irene no quiso esperar más. Entonces mi padre puso la silla al caballo y bajó a La Villa, avisó de paso al conde, que llevó al médico en su xarré, pero poco pudo hacer.



Mis padres se conocieron en el mercado semanal de La Villa. Él alternaba un sábado en La Villa y otro en La Pola. Los domingos alternaba entre Mieres y Cangas, y así toda la semana por distintos lugares. Él Tenía diecinueve años y ella dos menos.
Cuando con una amiga miraban lo que se ofrecía en los puestos, se vieron por primera vez. Fueron hasta la iglesia donde Juaco ponía su fragua portátil y su yunque. Allí dejaban los aldeanos sus burros y carros, y si era menester, demandaban los servicios del herrador. Él, con la pata de un caballo entre sus piernas, claveteaba la herradura. Atento a su trabajo, encorvado como estaba, solamente lograba ver las piernas de aquellas dos mozas que lo observaban. Acabó la faena y se pudieron ver de frente. Ambos habían hecho su elección.
La amiga tiraba de mi madre con intención de ir a otra parte, aquello ya estaba visto. Ni palabra habían mediado, ella ya se giraba, a él le faltaba por colocar otra herradura. Instintivamente, la detuvo: "Espera un poco mocina, dime cómo te llamas, y si vuelves en media hora, tendré un regalo para ti. No te pesará". "Me llamo Cristina, doy una vuelta y vengo". Contestó resuelta.
Cristina, mi madre, era la mayor de cinco hermanos. Con ayuda de la abuela Ana, lograron a duras penas convencer a Ramiro, de que el ofrecimiento de Arcadio el periodista, era bueno para ella. "Déjate de tonterías marido, no voy a consentir que mi hija se quede solterona en casa, para cuidarnos cuando seamos mayores". Y Cristina, con quince años, se convirtió en secretaria de un hombre entrado en años, que recorría los pueblos en busca de noticias, gentes que tenían cosas para contar, y doncella de su mujer inválida. Aprendió a escribir en la Remington, y pasaba a máquina aquella letra garrapateada y casi indescifrable, que el hombre anotara sobre unas cuartillas. Amante ella de la lectura, todas las tardes solía leer a la dueña de la casa, algunos capítulos de las novelas que su marido atesoraba en la biblioteca, y que escuchaba con gran placer.


El ferreru, dejó listo el caballo, colocó el soldador en la fragua y le dio al fuelle para calentar una varilla que trabajó. Cortó trozos de una chapa que moldeó a base de martillazos, luego los unió a la varilla con estaño, y cuando la moza volvió, le entregó una primorosa rosa de metal.
Con una mezcla de alegría y pesar, Arcadio y su mujer vieron como Cristina y Juaco se casaban el mismo día en que ella cumplía los dieciocho años. Sin embargo, mi madre continuó durante seis meses más con aquella labor, hasta que le dejó el puesto a su hermana, la tía Adela, a quien enseñó a descifrar la condenada letra del periodista, y que había aprendido taquimeca en la academia Solís.

Por hoy, mi diario querido, lo vamos a dejar. Otro día te contaré cosas que a mí me contaron, cosas que he vivido y me llenan de una grata nostalgia. Y digo grata, porque aunque parezca una incongruencia, para mí nostalgia no es el recuerdo de una dicha perdida. Es el recuerdo de haber vivido, de vivir felizmente hasta este mismo momento, una vida plena.


martes, 5 de diciembre de 2017

Diario Tardío y disparatado. (1)

18 de octubre de 1995.

Querido diario disparatado:
No serás tú diario, pues apareceré por aquí solamente cuando me embargue la añoranza. Tampoco lo serás de disparates, pues aunque lo parezcan, esto que te voy a contar, eran cosas que casi a diario sucedían cuando yo era pequeña. Tardío... Sí. Porque ya no tengo edad para un diario. ¿O sí?
Recordar suele ser grato. Tal vez porque por las malas cosas pasamos aprisa y corriendo, cuando no las olvidamos. A veces quedan guardadas en nuestra mente cosas ridículas, sin importancia para los demás, y que no te atreves a contar. Otras, igual de insustanciales, interesan sobremanera a los pequeños, en la creencia de que son cuentos inventados.


Me presentaré: Me llamo Ana Cristina Requejo Posada, nombre que une los de mi abuela materna y de mi madre. Nací en 1935, soy hija de Joaquín el ferreru, y de Cristina Posada. Mis abuelos paternos eran Joaquín Requejo, e Irene Fernández, y los maternos Ramiro Posada y Ana Mier.

Mi infancia, vista a través del tiempo, fue feliz. Quizá en aquel tiempo de miseria y hambre no lo parecía, pero con el pasar de los años, las cosas se ven de otra manera. Cuando no tienes otro remedio que rememorarlo, no lo haces con pesar, ni con pena, ni resentimiento. Lo haces como algo que inevitablemente tenía que suceder, y en algunas ocasiones, hasta te ríes de ello.



Mi familia vivía en el monte desde el que se ve todo el valle, el río y el pueblo entero. El Montiquín lo llaman, porque está a la sombra de otro más alto apodado el Cagayón, pues en la cima, una enorme concreción rocosa y grisácea, asemeja la deposición que hubiera dejado un gigante en tiempos pretéritos. Era el nuestro, bajito, redondeado, con algo de pradería, castaños, robles y hayas, aquí y allá, mientras que en el otro, solo brezo y hartos lo poblaban.
Solamente una casa modesta, la nuestra, junto con las tierras, que el señor Conde Don Mateo Argañosa y del Llano, le vendiera en cinco pesetas a mi abuelo paterno, como agradecimiento por sus servicios. El conde no quería líos con futuros herederos.

Era mi abuelo Joaquín prospector. Un hombre que hurgaba con el pico, desde las cimas de la sierra, hasta los contornos de los acantilados en busca del preciado azabache, y, cuando encontraba el mineral, preparaba el plan para arrancarlo a la tierra. Entonces entraban en danza los mineros, abrían la mina, y con el escombro iban trazando camino para transportar el material. Un material que producía buenos beneficios al conde, y daba de comer a unas cuantas familias; los mineros, y los azabacheros, artífices de joyas muy solicitadas.
En muchas ocasiones, el noble lo acompañaba por trochas y vericuetos para ver como el pico del abuelo descubría indicios de una buena veta, o fracasaba encontrando solamente la pura tierra. Fueron buenos amigos, se tenían confianza, y, aunque no tenía por qué, don Mateo, que ponía el dinero y se encargaba de solicitar permisos y vender el producto, se explayaba con las cuentas como si Joaquín no supiese si había ganancias o pérdidas. "Va mal la cosa Joaquín, esto ha dado menos de lo esperado, este año nos ha salido el tiro por la culata con esa vena que parecía larga. Apenas cubrimos gastos". Cuando esto sucedía, hasta él pasaba apuros. A menudo se alternaban las situaciones de bonanza con las de apretarse el cinturón. Y es que el preciado mineral, era escaso y complicado de encontrar, las vetas eran de poco espesor, y en algunas ocasiones tenía sucedido, pasar entre ellas sin siquiera darse cuenta de que estaban allí. Era el olfato, la intuición o la experiencia, el don que mi abuelo tenía para encontrarlas.
"¿Sabes, me decía el abuelo Joaquín, que por los sitios por donde ando excavando, encuentro a menudo huellas de dinosaurios?" "¿Y qué son dinosaurios, abuelo?" "Eran unos animales muy grandes, que vivieron hace millones de años. Tan altos como casas de tres pisos y que desaparecieron por culpa de un frío intenso que dejó la tierra toda congelada. Un día te voy a traer unas láminas de dibujos para que los conozcas". Y yo esperé con ansiedad los dibujos que me habría de traer.

Mi padre no siguió los pasos del suyo. Le gustaba trabajar el hierro, y a herrero se dedicó. Enganchaba el caballo a la xarré, y con su fragua, su carbón, sus herramientas y herraduras, visitaban clientes fijos, mercados y ferias. Era un trabajo de subsistencia arreglando pezuñas a las vacas y herrando caballos, mientras dejaba un tanto postergado que lo que le gustaba; hacer esculturas de forja, que por el momento nadie compraba.



Mis abuelos solamente habían tenido ese hijo, al parecer mi abuela tras el parto, ya no pudo tener más a pesar de que los deseaban. Sin embargo, tuvieron siete nietos, y de ellos yo era la del medio; tres muchachos por arriba y otras tres chicas por detrás.
En casa no se pasaba hambre, pero si necesidad. Cosas distintas, pues el hambre se puede saciar con el alimento, pero la necesidad es la carencia de cosas de las cuales no se debe prescindir. Teníamos gallinas, y unos patos, los huevos no faltaban, también una cabra que todos los años nos daba un cabrito. Lo vendían a un tipo siniestro que se me antojaba el ogro del gato con botas. Todo porque medía más de dos metros, pesaba ciento cuarenta kilos... y se merendaba el cabritín de una sentada en la posada donde hacía noche. Era tratante en madera, y se relacionaba con el abuelo por aquello de la entibación de las minas. Para quitarnos el mal sabor de boca, nos dejaba siempre un paquete de caramelos cuando se lo llevaba. Lo odiaba de tal forma, que nunca llegué a probar sus dulces. ¡Qué culpa tenía él, de ser tan grande!


Aquél año, Paquita, la cabra, tuvo una cabritina blanca y marrón. Me encariñe con ella más de lo debido. Era mi muñeco al que abrazaba y manoseaba con algo de recelo por parte de Paquita, y los reproches de mis hermanas menores, porque ni con ellas jugaba, ni les dejaba tocar a la Paquitina. Le pedí al abuelo, a mi padre y a mi madre en especial, que no la vendieran. "Niña, vas a empezar a la escuela, necesitas calzado", me dijo ella, entonces lloré inconsolable, me enfadé con todos, y por fin mi abuela Irene consiguió que no se vendiera ni aquella, ni ningún otro animal. Primero dos, luego tres... así fueron aumentando las cabras, de modo que mi madre dedicaba una parte su tiempo a hacer quesos.

Empecé a la escuela recién cumplidos los seis años. Tres mosqueteros me acompañaban; mis hermanos. Para entonces, chica lista, ya leía de corrido, sumaba y restaba llevando, gracias a ellos, y a mi madre que nos tutelaba a todos. También nos contaba historias a la luz del candil de carburo frente al hogar, sobre todo en las largas y frías tardes noches del otoño y el invierno. Mientras se asaban las castañas, y el perol humeaba pendiente de la cadena, la abuela, que era muy religiosa, solía meter entre cuento y cuento algo de la Biblia; Moisés y los egipcios ahogados en el Mar Rojo, los niños que Herodes mató, Jesús dando sopas con honda a los Doctores de la Ley... Y ya que hablamos de sopas, se me vienen a la memoria aquellas sopas de ajo y pimentón, a las que mi madre añadía leche de cabra. Cuando llegaron los tiempos de bonanza continua, se acabaron aquellas sopas de pobre, a menudo recordadas y jamás vueltas a comer.

Un día, mi padre se presentó en una exposición de la ciudad con una escultura fantástica. Pocos en aquel tiempo comprendían bien de qué se trataba. Veían sí, una armadura, pero jamás como aquella. Era la armadura de un Samurai, guerrero japonés muy peculiar, y distinto a los que estábamos acostumbrados a ver en los cuentos de la época, caballeros con lanza en ristre. Toda de placas de hierro unidas por correas de cuero. Colocada sobre un maniquí hecho con varillas de hierro, articulaba sus brazos, piernas y manos gracias a unos roblones y resortes, de modo que podía adoptar distintas posiciones; manejando la catana, con el arco y el carcaj lleno de flechas a la espalda, o al revés, catana enfundada y arco en las manos. Una figura que mi madre vistió según mostraban las páginas de aquél libro, que él trajera, y sobre los ropajes, la armadura con su casco, sus armas, insignias y cintas de seda, polainas y guanteletes para unas manos de madera. Daba miedo aquella cara, también de madera pintada, cuando te lo topabas de frente. Solo aquellos ojos rasgados se le veían, pues boca y nariz las tapaba una especie de bufanda que protegía el cuello. La sensación de que, en un momento dado iba a comenzar a andar, repartiendo mandobles ¡era tan real! Pero sobre todo causaba una expectación emocionante.



Aunque ir descalza era costumbre mía, por el prado siempre andaba de aquella forma, bajaba por la caleya camino de la escuela con las madreñas atadas con un cordel al cuello. Los escarpines dentro, y cuando llegaba a la carretera, me lavaba los pies en el regato que bajaba del monte... Desde el día de la venta del samurai, no volví a la escuela descalza. Me compraron unas Katiuska para no estropear aquellas madreñas tan bonitas, talladas por un artesano de Campo Caso. La escultura se vendió muy bien, y fue el inicio de prosperidad y una pequeña cuota de la fama que mi padre lograría con el tiempo.



Se murió el abuelo con sesenta y tres años, de una pulmonía que cogiera un otoño de mucha nieve, en el cuarenta y siete. Había llegado a casa gracias a la mula que lo sacó de un ventisquero, aquel día de octubre que amaneciera con cielo despejado.
El Conde vino a casa con el médico cuando supo que estaba enfermo. Las friegas y cataplasmas de ortigas que la abuela le diera, de nada sirvieron. Quiso don Mateo llevarlo al hospital, pero era demasiado tarde... Nos dejó, y ese fue el mayor disgusto que me llevé.
A veces me sentaba en su escaño frente a la chimenea por notar el calor que él dejara en la madera, más, comprendí que el reflejo de la llama era lo que me producía aquella sensación de compañía. Ya no oiría más su voz pausada; gitanina, ven aquí y límpiame los cristales de las gafas, gitanina, vamos a repasar la tabla de multiplicar. Y comenzábamos por el siete, que era un número que se me atragantaba. ¿Sabes por qué te pregunto siempre el siete? Me dijo una vez. Es un número muy importante, siete sois vosotros, siete eran los sabios de la antigua Grecia, siete los metales conocidos en la antigüedad, setenta veces siete has de perdonar a los que te ofenden. ¿Cuánto es siete por setenta? No sé, abuelo, en la escuela solamente damos hasta el diez. Escríbelo en la pizarra y haz la cuenta, verás que fácil.
Cuando fui mayor, comprendí el motivo por el que mi abuelo me llamaba gitana. Encontré unas fotos que don Mateo nos hiciera a las familias en un festín, celebrando la venta a Inglaterra de una partida de azabache. Yo tenía el pelo muy negro, corto y ensortijado, llevaba puesto un vestido de tirantes blanco y mi piel lucía con el tostado del verano, grandes aretes en las orejas, y un collar de falsas perlas sobre la cabeza, que dejaba la más gruesa justo en medio de la frente. Naturalmente, estaba descalza.



Los sábados bajaba con mi madre al mercado semanal. Las mujeres de las aldeas tenían un sitio preferente en la plaza, una hilera dos metros por delante de los soportales del Ayuntamiento. Al colocar los puestos, simples cajas, paxios o cestas en el suelo, solían ponerse de acuerdo en el precio de las mercancías, pero a medida que pasaba el tiempo y se acercaba la hora de comer, verduras, patatas o frutas continuaban en su sitio, entonces les entraba la prisa y bajaban los precios. Aquella idea no fructificó.
Otros vendedores se asentaban a los lados formando una U. A la derecha los que traían arreos para las caballerías, materiales de ferretería, cacharros para la cocina, y trastos varios de segunda mano. En el otro lado, los encurtidos, bollería, bacalao, quesos... Y quesos se atrevió mi madre a mercar con aquel tendero ambulante. Te puedo traer entre una y dos docenas todas las semanas, le ofreció. Toma la prueba y me dices. Él se resistía, que si son pequeños, que si están poco o muy curados... Hasta que probó. Fue legal, de inmediato le encargó dos docenas para la semana siguiente, acordaron el precio, y nos fuimos más contentas que unas castañuelas.

Aquellos zopencos haraganes que eran mis hermanos, no pensaban en otra cosa más que en jugar. Sin embargo, aquella percepción mía no era del todo cierta. Los tres eran mañosos en el arte de la construcción de artilugios para disfrutar. Con las tablas que quedaban de la techumbre de un viejo pajar abandonado, competían entre sí por hacer espadas o cimitarras con la empuñadura más trabajada. Fabricaron un patinete de tres ruedas, y un carretón semejante a esos que ahora llaman carrilanas. ¡Valiente estupidez en un lugar en que no había un sitio plano donde rodarlos! Únicamente en la antojana, quince metros más o menos de tierra apisonada que se convertía en un fangal cuando llovía.
Dos semanas tardaron en hacer un columpio casi igual al del parque del pueblo. Tiraron abajo las vigas de aquel pajar, las llevaron a rastras hasta la casa, los espetaron en los hoyos que hicieron en el suelo, y con las puntas que le birlaron a nuestro padre, clavetearon las dos uves invertidas. “Solo” faltaba el palo que iba de una a otra, y ¡a ver quien era el guapo que lo subía! Tuvieron que pedir ayuda al abuelo, que les reformó casi todo el diseño, colocaron un palo más a las uves convirtiéndolas en aes que les daba mayor firmeza, y ataron las intersecciones con cuerda ya que las puntas no ofrecían garantía. Al fin tuvimos columpio.



Por hoy no te cuento más. Ya volveré, el invierno seguirá al otoño, vendrán días como el de hoy, grises y con un orbayu persistente, en los que sin duda la añoranza me hará de nuevo recordar aquellos ¿disparates?



sábado, 2 de diciembre de 2017

El penco del vecino.


Al leer este título, más de uno se preguntará:
-        a) ¿Está llamando penco a su vecino?
-        b) ¿Su vecino tiene un penco por caballo?
Pues bien, aunque mi vecino sí es un penco, también tiene un caballo que parece un penco. Es un penco -el vecino- porque encaja al cien por cien en dos de las acepciones del diccionario: Rústico, tosco e inútil. También encaja en otra definición, que cualquier persona con gusto le dedicaría. Dejémoslo para el final.

Un día apareció por su propiedad un tratante que le traía un potro hermoso. No sé mucho de caballos, pero este parecía joven - tres años me dijo- y yo lo consideré un potro. Es de color blanco, o por mejor decir albino, puesto que según tengo entendido, no suele haber muchos, y erróneamente se llaman blancos a los grises de pelo blanco. A lo que vamos. A los dos días de llegado, y a pesar de lo que el vendedor le dijera; trabájalo adecuadamente, mucha rienda, paseo y ensilla a menudo sin montar, ya lo quiso  cargar con sus ciento veinte kilos de peso. En cuanto el potro vio aquella mole que se le venía encima, rehusó. Aunque desde que nació había tenido buena enseñanza, aún no estaba preparado; no se había generado ente los dos la necesaria relación de confianza.
La fusta entró en acción, pues era su pensar, que lo que no se consigue por las buenas, se ha de conseguir por las bravas. Por fin logró su objetivo, pese al cabeceo del animal que denotaba que algo no iba bien. Pero él continuaba erre que erre, palo, picar espuela y tirones bruscos de la rienda. En fin, al año se cansó del caballo porque no “cubría las expectativas”, lo sacó de la cuadra y lo dejo pastar en un pequeño prado lleno de maleza, con la intención de venderlo. Más, como quiera que era un despreocupado, fue pasando el tiempo y el caballo allí seguía día y noche, lloviese o ventase, bebiendo agua de un regato, y comiendo hasta las raíces de la escasa hierba. Ahora tenía un color de chocolate, producto del barro que se le pegaba, y que nadie cepillaba, estaba flaco, los dientes gastados a fuerza de apurar la hierba y masticar tierra, pero con gusto se acercaba al pastor eléctrico, sabedor que siempre había alguien que le daba unas manzanas o unos trozos de pan.
Dos años después, acertó a pasar por allí el tratante, y viendo aquel penco, se echó las manos a la cabeza. ¿Cómo es posible? Se preguntaba, y yo que salía en aquel momento de mi casa, le dije... Y gracias al pan que los vecinos le damos, pues no sabe lo que es la cebada.
El tratante le montó al vecino un lío de tres pares de narices, y acabó denunciándolo por maltrato animal, cosa que deberíamos haber hecho los que aquello veíamos a diario.

Rescató el tratante al jamelgo, que hoy luce esplendoroso gracias a la dedicación y el trabajo realizado con él. Al respeto y nobleza mutua, al vínculo de confianza establecida, y a la aceptación de liderazgo, de aquél que supo ganarse su confianza.

Se me olvidaba, sobre la definición del principio, yo me decanto por una blanda; desaprensivo. La gruesa me la reservo.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Cosas de chigre: Servicios de tanto por cuánto.


Estos días inusualmente soleados de noviembre, la terraza del chigre está a rebosar. Como de costumbre me siento en esa mesa que Manél me tiene reservada para tomar el café, deferencia que yo compenso con  las propinas que le dejo, aparte de la ganancia por las farturas de los viernes y sábados.
Hoy, capto de inmediato una conversación, a pesar del empeño que ponen los dos interlocutores de al lado en todo lo contrario. Supongo que no será por mí, maduro y curtido, sino por las cuatro mozas de un poco más allá.
En un cuasi monólogo, dice el uno...
- Que los anuncios son a menudo una engañifa, es cosa casi natural que con el tiempo se va corrigiendo. Sin embargo, hay alguno que persiste en comunicar algo que a mi modo de ver, no tiene parangón. Hay empresas que anuncian a bombo y platillo, los servicios que tiene su producto, y que en este caso cuanto menos, me parece ridículo. Lo vas a entender en cuanto te diga de que se trata. Me refiero al Papel Higiénico. ¿A que ya sabes por donde van los tiros?
Exactamente. ¿Cómo un trocito de papel de tanto por cuanto -(9X12 cm)- puede ser un servicio? Algo tan nimio, que ni siquiera sirve para limpiarse los mocos. Algo que para dar un buen servicio, se necesitan bastantes más. Y si no, que se lo pregunten a quienes tienen necesidad de sentarse en un retrete público. Calculo yo, que por lo menos se necesitan entre quince o veinte servicios... solamente para forrar la tapa y no coger algún bichito extraño. Es decir, esos trescientos y pico servicios por rollo que anuncian, los gastan diez personas, sobre todo si son féminas. Y no es afán de meterme con ellas, dios me libre, al contrario, pero hay una diferencia; nosotros orinamos de pie.
- ¿No me digas que has estado midiendo y haciendo cuentas, para llegar a esa conclusión?
- Pues sí. El que está dispuesto a criticar, al menos ha de estar seguro de no falsear la verdad.
- Vale, tienes razón, los trocitos son demasiado pequeños para cualquier cosa, pero yo creo que el perforado, simplemente es para cortar por donde te apetezca.
- De acuerdo. Pero entonces que no digan que son tantos servicios, con decir que el rollo mide cincuenta u ochenta metros, los que sean, se evitan la mentira.
- Eres muy quisquilloso tú.
- Ya.


Me fui con ganas de comprobar, cuántos servicios decía dar el paquete de rollos que había comprado en el súper.


sábado, 25 de noviembre de 2017

Lo sabio que fue el sabio.


Inventó aquel hombre una técnica, con la que cualquier persona podría tener una regresión en su edad. Era aquello una serie de manipulaciones genéticas y no una máquina de esas a las que nos tienen acostumbrados en las películas o en las novelas de ciencia ficción, donde uno se traslada a una época predeterminada. No. La novedad estaba en el viaje de los compuestos de cuerpo humano; ácidos, alcaloides, enzimas, células, moléculas… en una vuelta atrás en el tiempo, de forma inverosímil. Con una mezcla de componentes, en el caldo de cultivo apropiado, y con los parámetros de temperatura, humedad y presión determinados por estudios muy complejos, se lograba el rejuvenecimiento total del cuerpo, hasta una edad que el sujeto decidía.

El invento tenía su miga, pues una vez elegida la fecha, era imposible una vuelta atrás. ¿Cómo elegir entre volver a la niñez, a la juventud o adelantarse hasta la madurez?
Se supone, que la mayoría elegiría sin duda la primera de las opciones. Puro egoísmo, cuanto más atrás, más vida por delante. Pero era cosa de pensar. Volver a ser niño no garantizaba la experiencia adquirida, ni la misma familia, posición social, el reconocimiento por parte de  los demás, ni mucho menos,  la belleza interior o exterior que se pudiera haber tenido. No tendría consciencia de lo vivido a partir de aquella edad que eligió, solamente recordaría parte de una niñez, en la que su familia ya no estaba, o eran tan viejos que no los reconocía. También el mundo era completamente distinto a lo que recordaba, había avanzado, cuanto él retrocedió. Estaba solo, desorientado, hambriento...
 Esta circunstancia, se daba también para las otras opciones, aunque serían pocos los que quisieran más edad. La mayor ventaja, a mi entender, sería siempre para los mayores, gentes con muchas posibilidades económicas que quisieran volver a una edad intermedia. Con un buen plan, ellos  volverían a triunfar.

Medio siglo de su vida, la había dedicado a la investigación. Por fin, a los setenta y seis años, estaba en posición de probar con un humano, lo que con distintos animales en numerosas ocasiones había intentado. Ahora, seguro del resultado, llegaba la hora de la verdad. Aunque no era creyente, rezaba por no convertir al sujeto, en un Jekyll de pacotilla.

El hombre despertó en un lugar desconocido. Parecía estar dentro de una especie de cámara isobárica, con goteros y botellas conteniendo sustancias líquidas y gases diversos a los que estaba conectado. Se fue soltando uno a uno de todos ellos. Sabía bien porqué estaba allí. Sabía que su edad actual era de treinta años, lo notaba en su cuerpo y en su mente, ya que la idea había nacido en su cabeza cuando apenas cumpliera los veinte. Quiso la casualidad que años después, trabajando en su labor de investigador, se topara con el músculo de un animal diseccionado cuyo vigor se recobrara al contacto con alguna sustancia. Aquel descubrimiento, le podría ser útil por dos vías; el comienzo de la regresión soñada, o para un uso comercial que le reportaría pingües beneficios. Pero ahora, para saber si en verdad se había producido la regresión, tenía que conocer sus vivencias no recordadas, las que se borraran de su mente cual eran; hasta qué edad había vivido, el qué y el cómo lo había hecho. Todo estaba pensado de antemano. La pantalla del ordenador, acabada la programación que llevará a término para aquella operación, comenzó con un nuevo programa: Contar la historia de aquellos cincuenta años. Cuando contempló las imágenes, y a él mismo relatando lo sucedido paso a paso, se dio cuenta de que había tratado de imitar, no a Dios, sino al Diablo.

Posiblemente, habría quien opinase que se había saltado todas las reglas éticas al uso. Más, ¿no era un trasplante, el instrumento por el que se da la vida a alguien que está condenado a una muerte segura? ¿Qué diferencia hay entre salvar y rejuvenecer? ¿Acaso no existen tratamientos, y operaciones para disimular los estragos de la edad? ¿No es más criticable la criogénesis, en espera de una resurrección, para volver a la vida una vez encontrado el remedio que causó la muerte?

La prensa dijo de aquel incendio, que había sido provocado. Tal vez por aquel científico, viejo loco, que estaba empeñado en buscar la inmortalidad. Jamás apareció su cadáver entre los escombros, pero como uno más de los curiosos que desde lejos miraban, un viejo de treinta años escuchaba las majaderías de unos y otros. Tenía una vida por delante, a la espera de que el mundo fuera mejor para mostrar su descubrimiento. Ciertamente, no tenía mucha esperanza. Tras milenios de vida sobre la tierra, las guerras, el hambre, la desconfianza, la pobreza, el odio y la mezquindad continuaban como al principio. El mundo no se merecía tal descubrimiento.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Cosas de chigre: Manolo y Severino.


Esta tarde en el chigre, la gente estaba más interesada en ver la televisión que en dar la parpayuela, a la expectativa por ver si había declaración de independencia o nuevas elecciones. Solamente dos personas estaban sentadas en la terraza del chigre donde tomo el café.
La conversación era sobre los políticos, y ya parecía venir de largo. El uno le decía al otro:
- No estoy de acuerdo, no todos los políticos son iguales. Sin duda conocerás esta fábula de Iriarte, que le viene bien al caso.
Un día dijo la víbora a la sanguijuela: De tu boca reparo, que se fía el hombre, mientras que de la mía, recela.
La chupona le responde: Ya, querida, más no picamos de la misma suerte. Cuando yo pico a un enfermo, le doy vida; Tú, picando al más sano, le das la muerte.

- No conocía tal fábula, o al menos no la recordaba, pero, ¿qué coime tiene eso que ver con lo que estamos hablando?

- Ya veo Severino, que a pesar de lo mundano que pareces, fábulas y metáforas no son lo tuyo. Comparemos a esos dirigentes de los que hablamos. Los dos mandan, porque tienen la prerrogativa que les dieron los votos, el uno sobre la Nación, el otro sobre una parte de ella. Esa Nación - digamos que es el enfermo.- está tratando de salir de un bache económico gordísimo del que ya se va recuperando. Bien es verdad, a costa de los sacrificios de todos los ciudadanos. Al primero lo llaman sanguijuela, epíteto este peyorativo, injusto y con afán de molestar y desacreditarlo, sin reconocer, que gracias a los ajustes, el enfermo se recupera. El otro, que como hemos dicho también manda, pero menos, porque solamente es parte del enfermo, con su deriva nacionalista, en la que emplea recursos necesarios para cosas imprescindibles, lo lleva a la quiebra, divide la sociedad quebrantando leyes, y acábara por matarlo. Esta es la víbora. ¿Me he explicado bien? Así es al menos como yo lo veo.

- Paparruchas. Ni tanto ni tan calvo. Yo creo que los dos podían hacer mejor las cosas. El uno ni me va ni me viene, allá ellos. El otro me está jorobando con una ridícula subida de la pensión.

- ¿Cuánto cobras, Severino?

- Dos mil trescientos.

- ¿Y te quejas? Llevas jubilado desde los sesenta años. Cierto que con cuarenta de trabajo, pero es bastante dinero. Si esa queja fuera en favor de los que no cobran ni la mitad, lo comprendería. La solidaridad es indispensable en los momentos difíciles. No estaría mal, que reclamaras, que lo que te dan de menos, se lo diesen de más a esos a los que les suben lo mismo que a ti, cobrando la mitad... o menos. En cuanto a que ni te va ni te viene en el lío que unos cuantos nos han metido a todos... Ya sé que en el término medio está la virtud, Severino. Pero muchas veces, uno no puede ser equidistante, hay que mojarse.

Esta vez me marché con la cabeza caliente, la política es tan compleja, que soy incapaz de comprenderla. Escuchando a unos y a otros; jueces que opinan blanco y otros negro, periodistas que dicen A, mientras otros dicen B, opiniones tan encontradas entre personajes del mismo gremio, que cuesta saber quien lleva razón.
De una cosa estoy convencido: La fuerza de una Nación, está en sus gentes, en esas que unidas luchan por conseguir metas. Los que solamente miran lo suyo, difícilmente conseguirán llegar a buen puerto.




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Amor precoz.


Pensó él, que aquel sentimiento debía ser eso que llaman amor. El primero, el único... aunque fuera un imposible. Un imposible, porque... ni veía en él  un atisbo de reciprocidad, ni ella era libre, ni sus edades estaban en concordancia. Iván vivía en bajo de aquella casa. Ella en el piso superior. Él tenía catorce años, ella le doblaba en edad, estaba casada y tenía un niño de tres años.

El dueño de aquella casa, había vivido en la planta de arriba, mientras que en la baja tenía un amplio zaguán, cuadra y gallinero. Cuando el barrio comenzó a crecer, se vio en la obligación de trasladar el negocio al extrarradio, entonces alquiló la planta de arriba, mientras acondicionaba la de abajo para el mismo fin. Por muchas vueltas que el arquitecto le dio, poca chicha se podía sacar, el zaguán era intocable por ser el paso a la escalera que llevaba arriba, así que solamente se aprovechó la cuadra para una habitación grande, el gallinero para cocina y retrete, y sanseacabó. Apurando, apurando, podían sacar un cuartucho cerrando bajo la escalera, y con ventilación por el montante de la puerta. Sin embargo la demanda de viviendas era grande, y pronto lo alquiló a los padres de Iván, que vivían al lado con los suegros y cuatro hijas solteras. El mayor inconveniente del "nuevo piso", era que necesariamente, habían de salir al zaguán para ir de la cocina a la habitación o viceversa. Por entonces Iván tenía cuatro años.

El padre del muchacho, era "Técnico en bituminosos por aspersión". Traducido al cristiano: Peón que riega alquitrán en las carreteras. Pero él eufemísticamente se presentaba de aquella manera. Era aquel trabajo por los años cincuenta, ingrato y duro, pero fijo. Las apisonadoras a vapor, compactaban el terreno, luego se regaba el alquitrán calentado en un depósito, desde donde se alimentaba la lanzadera por medio de una bomba manual. Una nueva capa de grava fina paleada a mano, y un nuevo alisado con el rodillo de la machuca finalizaba el trabajo. Así fueron cambiando las antiguas carreteras y calles, con piso de zahorra o macadán, de cantos rodados y en el mejor de los casos de adoquines. Ni que decir tiene, las condiciones en que llegaría a casa aquel hombre de salpicaduras y vapores. Y para encima tenía que ducharse con agua fría en el patio trasero, mientras Juana le refregaba las manchas con aceite de oliva.
En fin, esto viene a cuento de lo siguiente: El matrimonio que ocupaba la planta superior, la deja libre. Félix y Juana, los padres de Iván, piensan lo bien que les vendría a ellos el piso. El chico tiene ya catorce años, y hace unos cuantos que lo echaron de la habitación. Ahora duerme en el oscuro cuartucho bajo la escalera. ¡Eso no es de recibo! Pero el dueño pide demasiado, y a ellos no les alcanza el agua al sal. Tendrán que esperar tiempos mejores.

Apenas cuatro días ha estado vacía la planta de arriba. Un matrimonio con un crío la han ocupado. Él es encargado del montaje de la nueva cementera que se está construyendo. Ella, una morena de pelo corto, tez pálida y muy buena figura. Suave en los movimientos y en el habla, educada y sensitiva, que suele llevar vestidos de sedosa popelina, ceñidos de talle, manga corta, enseñando pantorrilla y siempre sobre zapato de tacón.

Iván se ha quedado boquiabierto viendo como aquella beldad, da órdenes a los mozos de cordel que le han traído los muebles:
- Esto, esto y esto, a la habitación a la derecha según se entra. Esto otro al comedor, aquello a la habitación de la izquierda, todo lo demás, a la cocina y al cuarto frente a ella. ¡Mucho cuidado con estas cajas, que llevan  lámparas de cristal, y estas otras la vajilla!
¿Vajilla? ¿Lámparas de cristal? Eso solo lo ha visto en casa de la abuela Vicenta, la que vive en Madrid, y en los restaurantes del centro, o en el hall del ayuntamiento. ¡Estos sí que tienen pasta!

Pronto Iván va a enredar con el chiquillo de arriba. ¡Le gustan tanto los niños! Dice su madre. Pero, para él es la ocasión de estar junto a la joven madre, aspirar su delicado y dulce perfume a jazmín, ver el hechizante contoneo de sus caderas y oír su voz aterciopelada. Sin duda está enamorado de ella, aunque no sepa lo que es el amor.

Muchas veces, en la soledad de su camastro bajo la escalera, ha pensado en la forma de entrar en el piso de su vecina. A solas. Para husmear entre las cosas que ella guarda en la cómoda, para recoger el perfume de sus prendas, acariciarlas y sentir el roce de su propio cuerpo con la tela, y soñando con el cuerpo de ella entre medias. Quizá un viernes, cuando los hombres trabajan, el niño está en el colegio con las monjas, y las mujeres se van al mercado, donde llegan los aldeanos con frutas y verduras frescas. También visitarán las carnicerías y pescaderías de la plaza de abastos. Toda la mañana en la compra para el fin de semana. Toda la mañana de libertad para conseguir lo que desea. La entrada es fácil. El sabe que la llave, esa llave grande y pesada de casa antigua, está colgada de un clavo bajo el pasamanos de la oscura escalera. Pero no se atreve. Como los hombres y como otros chicos, el tiene su obligación; la escuela. Pero ya llegará el verano y tendrá su oportunidad.

Y ésta llegó. Al fondo del zaguán, la escalera hace un ángulo recto. Media docena de peldaños en la penumbra, porque la luz entra por la puerta del portal y se va debilitando zaguán adelante. El tramo más largo es el más oscuro, aquél que le daba miedo subir de pequeño. Tantea bajo el pasamanos, toca la llave, la descuelga. Con un dedo busca la cerradura, y por fin la encaja. Entra en el comedor. El balcón está entreabierto, siente la corriente de aire que se produce y mueve las cortinas. Cierra la puerta. Conoce bien la casa y va a tiro fijo. En la habitación, un armario, la cama, la cuna donde ya no duerme el niño, la cómoda, y una silla calzadora. Revuelve en los cajones procurando dejar todo lo que no le interesa tal y como está. Encuentra lo que busca, pero aunque la emoción le embarga, no es exactamente eso. La ropa huele a limpio, predomina el olor del jabón Lagarto sobre otro perfume más tenue, más sutil. Entonces cae en la cuenta. Va al baño. El cesto de mimbre ha de contenerlo, si no, el riesgo ha sido en vano.
Camisas de hombre, ropa del infante, y allí abajo... ¡El tesoro!. Huele la prenda y, presa de una emoción incontenible, sin meditar la decisión, la mete bajo la camisa y huye a toda prisa. Es en la oscuridad de su cuarto donde va experimentar unas nuevas sensaciones: La mezcla de los efluvios inmateriales de la prenda, con los suyos, más materiales y tangibles.

El destino puede ser cruel, o no. Según a quien le toque la desgracia, y a quién se beneficie de ella. Iván, ha logrado un beneficio momentáneo, pero pronto va a sentir pesar por lo que ha hecho. Le remorderá la conciencia y se culpará, de algo de lo que solamente el destino tiene la culpa.

Irene, su adorada, hace tiempo que no está bien. Una tosecilla recurrente ha ido en aumento desde el invierno, y ahora está asustada. Esta mañana cuando llevaba el niño al colegio, ha empezado a toser, hasta que tiene un vómito de sangre. Una mujeruca que lo ha visto, le pregunta:
 - ¿Hace mucho que tiene esa tos?

 - Desde el invierno, señora.

Entra en casa la mujer, y sale con una botella de gasolina que su marido plomero, utiliza para el soplete. La vacía sobre el vómito que la tierra ha empapado y le prende fuego.

- Señora, vaya de inmediato al médico... y aleje al niño de su lado. Por desgracia he visto esto en más de una ocasión. De no hacer lo que le digo, usted se morirá y los que están a su lado, puede que se contagien. Lo que tiene es tuberculosis.

La predicción de mujeruca era acertada. Irene ha sido ingresada en un hospital en la sierra. Hace tres meses que no ve a su hijo al que atiende Juana. Su marido va a visitarla todos los domingos. Iván, ante tanto comentario espeluznante, hace tiempo que quemara el producto de su rapiña.


Por fin Irene está curada y vuelve a casa. Iván se alegra, se le va toda la pesadumbre, los miedos que ha pasado, y la lástima que ha sentido. Con esos miedos que se van, se va otra cosa; la adoración que por Irene sentía. También el matrimonio se va. El trabajo ha concluido y otra cementera en otro lugar espera; se están construyendo varios pantanos y se necesitan toneladas y toneladas de cemento. El piso queda libre de nuevo, y esta vez sí, esta vez ellos lo ocuparán, pues el técnico en bituminosos por aspersión, ha sido nombrado encargado en la empresa, el que manda las cuadrillas de las nuevas carreteras de asfalto.


domingo, 29 de octubre de 2017

El fantasma.



Tal vez alguien piense de mí que soy una persona morbosa. No es así. Siempre me ha interesado la gente, los vivos y sobre todo los muertos.  Porque de los que ya no están, se pueden conocer historias que de vivos guardaban celosamente para sí. Historias que ahora se cuentan sin pudor.

No es de extrañar esta afición. Mi padre, junto con su hermano y socio, tienen una funeraria. Yo trabajo para ellos. Es aquí, ante los cadáveres, que me da por pensar en la vida que pudieron llevar, anodinas unas, interesantes otras,  envueltas en el misterio las menos. Hoy relatare una sobre la mujer que vamos a incinerar en unas horas.

Lucinda murió sola. El mismo día en que cumplía noventa años. Nos llamaron para recoger el cuerpo. Un mes había transcurrido desde su muerte. Lo sé porque una vez resuelto el asunto, yo fui el encargado de recogerla y prepararla para el funeral.

La habitación era bastante grande. Sentada en el sofá, la muerte de la esqueletizada Lucinda, se me antojó cierta similitud, no sé el motivo, con la de Charles Foster Kane. Sí. Aquel magnate interpretado por Orson Welles en Ciudadano Kane.
Si bien Kane muere en la cama, mientras la bola de nieve cae de sus manos haciéndose añicos, pronunciando aquella misteriosa palabra; Rosebud, Lucinda, en los estertores de la muerte, ha dejado caer la copa con la que celebraba su último cumpleaños. Cristal de la bola, cristal de la copa, ambas en el suelo.

Sobre la mesilla ante el sofá, está la tarta de la que falta un pedazo, Un minúsculo pastelillo con dos velas, nueve y cero. La botella de ginebra está también sobre la mesa. Ha tomado tres tragos más o menos. Y yo me pregunto: ¿Qué palabras habrá pronunciado esta mujer, en su último momento? Esta pregunta, y su soledad, es lo que me mueve a interesarme por su vida.

El televisor estaba encendido. Hartos y extrañados de que durante tanto tiempo, día y noche ininterrumpidamente se oyera un programa tras otro, cayeron en la cuenta de que no veían a la vieja, y que tal vez le hubiera pasado algo. ¡A buenas horas mangas verdes! La Santa Hermandad, como de costumbre, llegó demasiado tarde. Es cierto, y hay que anotarlo en el cuaderno de disculpas, que era una práctica casi habitual de Lucinda, el ver la televisión hasta bien entrada la noche. Que pocos la conocían, a pesar de que llevaba viviendo en aquel piso sesenta años. Que raramente se la encontraban, pues solamente por la mañana temprano salía de casa. Algunos vecinos sabían de su gusto por caminar... "Se va hasta el parque, al otro lado de la ciudad, solamente por dar de comer a los patos del estanque". Y así era. Compraba en el obrador frente al parque, una barra de pan y un pastelillo de merengue, con los que volvía a casa. A veces paraba en el colmado que estaba a medio camino, y ya no salía hasta el día siguiente, con la bolsa en la que llevaba el pan sobrante para palomas y ánades.

En aquel mes que se pasó frente al televisor, su enjuta carne se había pegado al esqueleto. Era como una momia seca por dentro y por fuera, y los únicos líquidos que su cuerpo guardara, se habían volatilizado sin dejar siquiera un atisbo de olor.

Por fin se ha localizado a la familia. 

- Mi padre falleció cuando nosotras teníamos trece y diecisiete años, me cuentan las dos hermanas. Somos tres los hijos. Mi hermano Pedro, el mayor, se fue de casa seis meses después. Cuando encontró trabajo y un piso, nos llevó con él. No creo que venga. Tampoco nosotras íbamos a venir, ninguno nos tratábamos con mi madre. Le parecerá raro, pero ella jamás nos quiso. Nosotros tampoco. ¿Qué se puede esperar de una madre, que jamás nos amamantó porque le daba asco? ¿Qué se puede esperar de alguien, que ve cómo sus hijos se van y no mueve un dedo, ni una palabra para que se queden?

Aquello era demasiado fuerte. Las dos mujeres parecían de esas personas tan viscerales, que cuando odian, odian para toda la vida y cuando aman, también pueden llegar a odiar. Y tanto odiaban a su madre, que a pesar de que Lucinda había mantenido durante toda su vida "que la habían de enterrar al uso", contraviniendo su deseo, la incineraban.
No comprendí a qué se referían con enterrar al uso, hasta que me explicaron que no deseaba nicho, ni mucho menos que la quemaran, que ella prefería la tierra de donde podría salir el día del Juicio Final. Curiosa forma de pensar, para quien según sus hijas era atea.

Les comenté, que la incineración llevaba aparejado el reconocimiento del cadáver.

- ¡Ah no! ¡Eso sí que no! Además de que hace cincuenta años que no la vemos, y nos sería imposible reconocerla, no queremos. Hagan con los restos lo que estimen oportuno.

Tratando de convencerlas de que aquello era indispensable, me atreví a preguntar por ver si las ablandaba: ¿También renunciarán a la herencia?

- De la herencia, me dijo la menor, la mitad era de mi padre. ¿Si no la reclamamos cuando estábamos a la cuarta pregunta, cree que nos ha de interesar ahora?

- Señoras, por favor, consulten con sus maridos.

- No tenemos marido, somos hermanas y pareja. Eso fue lo único que le podemos agradecer a nuestra madre, el que faltas de cariño, nos tuviéramos que arrimar la una a la otra.

Tras aquellas palabras, en mi cabeza se formó la imagen una mujer indolente, que no quiso a su marido, ni a sus hijos. La de las hijas tratando de consolarse la una con la otra, y convertidas las caricias en un amor de amantes. Pero solamente conocía yo parte de una historia con un solo interlocutor. A riesgo de resultar procaz, un metiche al que nada le iba en aquel asunto, pregunté:
- ¿Acaso su madre tuvo una niñez desgraciada, para comportarse de tal forma?

- Nuestra abuela materna, a la que casi no conocimos, se casó dos veces. La primera, enviudó a poco de casada. Era él militar, el único muerto en una batalla, que ni siquiera se llegó a dar. En los preparativos, se cayó del caballo con tan mala fortuna, que su mismo sable lo atravesó. Lloró ella amargamente el amor perdido, y a pesar de que siempre estaba tratando de dar lástima, se casó con su segundo marido. De algún sitio había de comer. Para entonces mi madre ya tenía tres años. Aquel hombre las traía en palmitas, más, cuanto mejor las trataba, la una lo rechazaba en la cama, y la otra  odiaba a ambos por haber suplantado al padre que murió antes de nacer.

Mi madre se casó con mi padre porque era un guapo mozo, y porque una amiga andaba tras de él. Se metió por medio y lo consiguió, pero ella adolecía del mismo mal que la abuela, solo querían a un fantasma.

Creo que ya sé la frase que aquella mujer pudo haber dicho cuando se iba para el otro barrio; ¡Que os zurzan a todos!