viernes, 20 de octubre de 2017

La séptima ola.


La mar estaba bravía. Rompían las olas contra el acantilado que causaba pavor. La blanca espuma que surgía de los golpetazos, y la que se formaba al chocar las olas unas contra otras por efecto del reflujo, semejaba visto desde lo alto un glaciar a setenta kilómetros por hora, un alud en movimiento de viene y va.

Desde siempre, y por cualquier cosa, he sido miedoso. Para evitar que me lo llamasen, disimulaba. Así, cuando había que subir a una altura, a fin de evitarlo decía sentir vértigo. En realidad, fue cierto en un tiempo, cuando tenía doce años y por subirme al campanario de la iglesia del pueblo.
Las campanas al vuelo eran volteadas a mano por los mozos en la fiesta de la patrona. No dejaban subir a los chiquillos, pero yo me colé, y una vez arriba, los que allí estaban, ni siquiera se fijaron en mí. El ruido era ensordecedor, la altura mucha, el esfuerzo considerable en el inicio, pero una vez comenzada a volar, no parecía difícil. Suelta la cuerda del badajo, solamente se trataba de empujar el contrapeso o yugo; bien afianzados los pies en el suelo, una mano en la pared y la que queda libre empuja el yugo hacia abajo. No era difícil, el peligro estaba en no calcular bien cuando debías echar la mano para dar el impulso. Si lo haces antes de tiempo, la mano va al vacío, el cuerpo se inclina hacia adelante... y el yugo te golpea la espalda echándote fuera. Si lo haces después de pasado el contrapeso, lo que te puede golpear es el cuerpo de la campana.
La procesión ya hacía rato que había salido. ¡Hala, todos para abajo! Los mozos se marcharon, pero yo me quede en lo oscuro, arrimado a la pared trasera que hacía de caja de resonancia. Las dos campanas iban perdiendo fuelle. La tentación era grande, me arrimé al claro desde donde veía los tejados de las casas allá abajo. Por un momento me temblaron las piernas, pero puse mi mano en el muro, calculé, y decidido eché mano. La campana pesaba lo suyo. Con las primeras vueltas no hubo inconveniente, aún giraba con buena inercia. A pesar del esfuerzo, cada vez iba más lenta de modo que mi ritmo inicial ya no servía. Mi mano encontró el vacío... y gracias a que por un instante se mantuvo a medio volteo. Cuando volteó, yo ya había dado un paso atrás con un gran susto en el cuerpo. Ese fue el principio de mis miedos a las alturas.

Hoy estoy a la vera de esa mar bravía. Un farallón cual proa de barco se interna en el agua buscando el norte. En la parte baja y resguardada por ese accidente, hay una pequeña caleta. Los pescadores atracan allí sus botes o en la ancha rampa de hormigón a la derecha cuando los quieren tener en seco. Hoy los han dejado en el puerto, ni les parecía segura la cala, ni el embarcadero. 
A pesar de todo cuanto le he dicho, mi mujer se ha ido con el perro hasta un talud que hay sobre la rampa. Ya sé que allí nunca llegará el agua, está demasiado alto, pero temo que uno de los embates produzca un argayo y la tierra se hunda bajo sus pies.
Me ha llamado cagalón porque me he quedado más atrás, en el prado que aún está más alto. Pero, ¿para que estar tan cerca, si desde donde yo estoy lo veo todo mucho mejor? ¿Porqué correr riesgos aunque parezca que no los hay?

Desde mi altura le grito: ¡Atenta a la séptima ola! Ya sé que lo de la séptima ola es algo que se cumple cuando la mar lo tiene a bien. A veces es la sexta y otras la octava, pero casi todo el mundo cree en ello a pies juntillas. Se lo digo para que esté vigilante.

Las olas suelen venir en grupos, cada grupo puede ser de distinto número, lo que es cierto, es que la más grande siempre es la que va en medio de las otras. Las primeras van creciendo y las últimas decreciendo hasta que llega un nuevo grupo.

No las he contado, no sé si venía un grupo de doce o de quince, pero esta es grandiosa. Rompe contra el acantilado, saltan las proyecciones espumaradas a lo alto.... y sube por la rampa a toda velocidad. El perro tensa la correa y ladra desaforadamente al agua. Un agua que ha llegado a la parte superior de la rampa donde encuentra camino hacia la derecha, justo por detrás de donde ellos están. Mis gritos de advertencia no se oyen. La riada imparable arrastra mujer y perro hacia el abismo.
Grito a voz en cuello presa del pánico, a la vez que sin meditarlo salto al vacío, arrastro el culo por el talud hasta llegar donde ella estaba. No sé del miedo, la desesperación ha obnubilado la razón. Un nuevo salto me lleva diez metros más abajo, a los remolinos que forma el agua y nado con todas mis fuerzas, viendo como las otras olas, las que empiezan a ser más pequeñas, arrastran a mi mujer rampa arriba, y a mí en pos de ella. Inerme, ahogada. Del pobre perro me he olvidado. Llego por fina a su altura y la agarro. ¡No! ¡No! ¡Maldita sea! María pesa como el plomo. Me doy cuenta de que no puedo con tanto peso. Y es que mi mujer, por arte de magia, se ha convertido en la "Lloca del Rinconín".

- ¡Alfonso! ¡Fonso! ¡ Fonso! ¡Despierta, despierta! ¡Parece que te estuvieran matando!




La lloca del Rinconín es una de las esculturas más emblemáticas de Gijón. Bautizada así por el pueblo, "La madre del emigrante" es una obra de Ramón Muriedas ubicada en el Paseo del Rinconín. Mirando al mar con cara de sufrimiento y pelo mecido por la brisa, levanta una de sus manos señalando allende los mares, donde los hijos de esta tierra emigraron en busca de mejor vida.


lunes, 16 de octubre de 2017

El Alcohólico.





El único amigo que le quedaba a Ramón, era yo. A todos los demás, hacía mucho tiempo que los había espantado su mujer. Conmigo no podía. Nos conocíamos desde siempre. Nacimos en el mismo barrio y en el barrio continuamos viviendo, en el mismo portal, él en el bajo, yo en el primero. Yo soy más viejo, quince días, lo que a sus ojos, ya desde la infancia, me ha dado cierto caché y preponderancia. Ahora estoy en el hospital, acompañándolo. Ha tenido un accidente tras una discusión con esa arpía que lo insulta, denigra, menosprecia, y creo que hasta le pega. Desde casa oigo bien sus discusiones. Bueno, las voces  y el parloteo de ella que nunca acaba y cada vez se embala más.  Borracho, gastizo y pilila de goma son sus tres epítetos favoritos. En esta ocasión, harto ya, Ramón no se calla. Restalla el bofetón y le espeta:

- Soy alcohólico pero no borracho, solamente una vez me emborraché, y fue antes de conocerte. Sabes bien quién tiene la culpa de mi enfermedad. El beber solo lo hago para aliviar la vida que me das.

Como se suele decir, cogió la puerta y se largó. A punto estuvo de dar la vuelta y pedir perdón. Era la primera vez que le ponía la mano encima en veinte años, pero no lo hizo, salió del portal rumiando contra sí mismo y tragando bilis. Atravesó la calle sin mirar justo cuando pasaba una moto. La cara como un panchón, nariz y pómulo roto, una pierna que operar, y aquí estamos.

Lleva veinticuatro horas en la cama. Mucho tiempo sin beber. Empieza a decir lo que yo creo son tonterías. Tras un rato me voy dando cuenta, de que lo que dice estar viendo no es otra cosa que el delirium. Salgo al pasillo y hablo con la enfermera, necesito que le diga al médico lo que hay. Está empeñado en que ve lejanas naves marcianas, que la caja de pulsadores junto a la puerta, es por donde espían lo que ocurre en la habitación. Y sólo está comenzando. La cosa sin duda irá a peor.

- Ramón- le digo- cuando pulsas el botón de llamada para que venga la enfermera, se enciende fuera un piloto rojo. Ella lo ve, viene, y en ese botón junto a la puerta lo apaga. Las naves que dices ver, son solamente los focos del techo, lo que sucede es que aún estás resentido del golpe en la cabeza. Tu visión no será buena hasta dentro de unos días.

Calló, pero su mirada me dice lo que piensa. ¡Mientes como un bellaco!

Aquella noche se armó la tremolina. Ramón se tiró de la cama, y como pudo, quitó el colchón para tapar la ventana, arrancó cables y tubos del gotero, atrancó la puerta con la mesilla. Rompió la pantalla sobre la cama, los filtros del oxígeno y tiró abajo la televisión con ayuda de las muletas que le dejaron para ir al baño ya que no quería "mear en la botella". Tras el alboroto, se sentó desnudo en el suelo a llorar. Con el camisón se hizo un torniquete en la pierna que había comenzado a sangrar de nuevo.

Han pasado unos días, va mejor. Nadie ha venido a verle y su mujer ni siquiera se ha dignado a hablar con el cirujano después de la operación. Cuando llamaron a la familia para comunicar el resultado, tuve que decir que yo era su hermano. ¡Vergüenza me daba!

- Oye Pablo, quiero que me hagas unas diligencias. Te voy a dar la tarjeta del banco y la contraseña. Quiero que vayas sacando día a día el tope hasta llegar a la mitad de lo que tengo ahorrado. Me lo guardas en tu casa. También quiero que me busques una casa pequeña por la aldea. A menos casa, menos que limpiar. No quiero volver a ver a Rosa. Si la encuentras, y no es mucho el alquiler, la coges. A poder ser con un poco de terreno para plantar tomates y distraerme. Luego, cuando salga, voy a ir al banco para que me borren de la cartilla, pasaré el sueldo a otra entidad. También tengo pensado que voy a escribir una carta a mi mujer. La advertiré que los gastos están cubiertos por un mes. A partir de esa fecha, luz, agua, y otras zarandajas, debe ser ella quien los asuma. Como el piso es mío por herencia, continuaré pagando la contribución, pero nada más. Mientras tenga dinero del que tirar, para ello la dejo la mitad en la cuenta, no habrá problema. Para ella estaré muerto, pero no tendrá pensión. Que se las arregle como pueda.

Le pregunté si lo había meditado bien, si no sería mejor una separación formal, de qué manera iba a hacer esto, aquello y lo otro, y si no sería mejor que consultase con un abogado para no meter la pata. Su decisión era firme.

Le encontré una casita de cuarenta y dos metros cuadrados, cocina, comedor, y estar, a un andar, esto es; sin tabiques de por medio. Una habitación y baño. Sin pasillo, entrando de la calle directamente a la cocina. Con huerta y a doce kilómetros de la ciudad. Era muy antigua, pero con algo de reforma quedaría perfecta. El día en que salía del hospital, lo fui a buscar en su coche. Le gustó mucho y al momento supo lo que iba a hacer, los muebles que compraría. Estaba eufórico, sin percatarse de la soledad en que se estaba metiendo.

A poco de estar instalado, y caminando ya aunque con muletas, se fue ver al abogado. El taxi lo dejó a la puerta, aún no podía conducir. Era temprano. El horario colocado en la placa del portal, indicaba que por la mañana los trámites eran de nueve y media a catorce, sin embargo subió. En la puerta otro cartel anunciaba "pase sin llamar" y aunque solo eran las nueve, empujó y entró.

- Buenos días, ¿hay alguien?

Una joven apareció por uno de los pasillos con una gamuza en la mano.

- Hola, buenos días. Aún es temprano, pero pase y siéntese en la salita.

La mujer tenía ganas de cháchara. Le ofreció un café.

- O chocolate, té, manzanilla, lo que guste. Y si quiere unas pastas también. Yo soy la mujer de la limpieza, vengo de ocho a diez todos los días, me marcho después de servir a los empleados un café. En este mundo de prisas, solo alguno viene desayunado y no son precisamente las mujeres. ¿Viene a ver a don Manuel? ¿O a resolver algún trámite? Perdone, tal vez piense que soy demasiado indiscreta...

- Sí, a ver al abogado.

- Es un hombre muy competente, sin duda le resolverá bien sus cuitas. Yo hace veinte años que trabajo aquí. Vine para que me ayudara con los papeles, y además de solucionarlo, me empleó. Es que soy filipina, ¿sabe usted?

- ¡Ah! Pues no lo parece. Por el habla, digo, porque el rostro casi ni se nota, quizá los ojos un poco rasgados.

- Es que mis antepasados eran españoles. Mi bisabuelo se fue como funcionario a Luzón, tuvo un hijo que se casó con mi abuela que era nativa. Ambos tuvieron varios hijos, uno de ellos, mi padre, se casó con mi madre que también era mestiza de español y filipina. Por eso mis apellidos son españoles. Tras muchas vicisitudes aquí estoy, en la tierra que mi abuelo no dejaba de añorar sin conocerla. Influencias de su padre que todo su pensamiento estaba puesto volver algún día.

- Bueno, van llegando los empleados. Le voy a dejar. Una cosa, si quiere que lo lleve a algún sitio cuando acabe, no hay inconveniente, Tengo un coche pequeño y estoy libre hasta las doce.

- Como te lo cuento Pablo. Me esperó, yo no quería molestar, pero insistió. Le indique el camino y cuando ya llegábamos, la invite a tomar algo en el restaurante del cruce. Hablamos un buen rato, luego, nos fuimos, le enseñé la casa y me dejó de piedra cuando me dice que si quiero me viene a buscar hacia las seis para dar una vuelta. Tenía yo la mosca tras la oreja, tanto ofrecimiento a una persona que de nada conocía, y siendo ella la que llevaba la iniciativa, me dejaba un tanto descolocado.

- De tarde lo pasé tristemente entretenido. Me llevó a un merendero desde donde se veía la mar. Allí me contó su vida; la muerte de sus padres cuando tenía siete años y cómo se fue a vivir con su abuelo durante otros tres hasta que falleció. Entonces la recogió un vecino que abusaba de ella, pero su mujer que se enteró, celosa, la vendió.

El comprador, un tal Reynaldo, tenía niñas de entre diez y veinte años, a las que explotaba en un tugurio que regentaba. Cuando tenía catorce, conoció a un español que se prendó de ella. Era el fulano un estereotipo del Bogart interpretando al detective Sam Spade, aunque en la realidad era todo lo contrario; contrabandeaba con productos de China y Japón en todas las islas, principalmente con Cebú y Luzón, atracando su barco en el puerto de Manila sin ningún recato gracias al soborno. Era conocido por señor Casasola.
El español siempre avisaba con antelación de su llegada para que Reynaldo le enviase a Margarita al hotel. Entonces el proxeneta la quitaba del trabajo tres días antes "para que estuviera bien cerradita cual primeriza".

Casasola, que estaba enamorado de ella, quiso comprarla, pero a Reynaldo no le convenía y se negó. Entonces se propuso rescatarla de aquella mala vida para dejarla libre. Entre Casasola y Margarita prepararon en secreto los papeles; pasaporte, visados, billetes avión, equipaje... y dinero. Ella no tenía una gorda, con los gastos corrió el enamorado, y Margarita, que sabía muy bien donde el macarra Reynaldo guardaba sus ahorros, por la mañana, antes de tomar el avión, le cogió tres mil dólares del escondrijo donde lo guardaba. Poca renta para lo que él se merecía. Así llegó sola a España, agradecida del gran favor que Casasola le había hecho.

- Rocambolesca historia, Ramón. ¿Y tú, le has contado la tuya?

- Pues sí. Mejor antes que después, así se evitan los malos entendidos. A pesar de todo, cuando me trajo de regreso, me dijo:

- ¿Quieres que me quede contigo esta noche?

- ¿Y se quedó?

- Pues sí, y espero que por mucho tiempo.


Desde que Ramón salió del hospital, no ha vuelto a probar una gota de alcohol. No lo necesita ya. Su vida ha cambiado y no gracias a la terapia del cultivo de tomates... que no planta. Todo se debe a la mujer que tres años después de conocerla, le ha dado una hija.
Margarita continúa con su trabajo, sus dos horas en el despacho, y otras tres atendiendo la casa y los niños de una divorciada que se pasa los días en su negocio. No es cuestión de perder los mil euros que saca en limpio.

Sin embargo, Rosa, que en toda su vida no había dado palo al agua, tuvo que marcharse a vivir de nuevo con sus padres. No fue capaz de mantener un trabajo más de una semana, acabado el dinero que Ramón le dejara, se vio en la tesitura de trabajar, o pasar hambre. Cuando divorciada ya, abandonó el piso de Ramón, le rompió cuanto pudo; persianas, bañera, inodoro, muebles, lámparas...  Esa fue su venganza.

Ramón recompuso el piso, pero no quiso vivir allí. Se fue con Margarita. Suelen pasar el verano en la casilla de la aldea donde comenzó su felicidad.




domingo, 8 de octubre de 2017

El Hotel.


La casona, un tanto decrépita por el paso de los años y el abandono, salió a subasta con un precio irrisorio. Así y todo, corriendo los rumores que corrían por el pueblo, ningún vecino pujó. Un mes después, volvió a salir a subasta sin precio de salida. Un avispado hombre de negocios, pensó que allí había chollo, y, aunque tuviera que derribar el edificio y construir de nuevo en la parcela, salía a cuenta. Ofreció un miserable euro y se llevó casa y finca.

Encargó a un arquitecto que revisara cimientos y demás para ver si se podía aprovechar algo. Este le comunicó que solamente era desechable el tejado, y que con la reforma del interior quedaría un hotel de lujo. El único inconveniente que tenía, era el ruido que producía la cementera situada tras el monte cuando soplaba el aire del nordeste. Nada especial que no se pudiera remediar con un buen aislamiento en el interior, pero sí para la terraza que pretendía y desde dónde se podría contemplar todo el valle y la ría que a unos cientos de metros formaba una hermosa playa.

Entraron los obreros y en menos de cuatro meses la obra estaba terminada. Solamente ocho habitaciones por planta, veinticuatro en total aprovechando el bajo cubierta. Los sótanos, antiguos calabozos, se destinaron para los servicios; almacén, lavandería cámara y cocinas. El piso bajo para recepción, comedor, bar, salón de estar, escalera y ascensor. Asfaltaron el camino, allanaron la parte trasera para aparcamiento, y junto a la fachada del oeste, colocaron la piscina con lo que la obra se dio por finalizada. Los clientes comenzaron a llegar con la primavera. Al principio, más que otra cosa, parejas que buscaban un sitio discreto, no lejos de la ciudad y en un entorno privilegiado. Poco a poco, entre la propaganda de los medios y el boca a boca, el hotel casi siempre estaba al completo.

Fue a partir del mes de octubre, cuando la clientela bajaba bastante por semana, que algunos de los habituales empezaron a notar cosas raras. Se quejaban de un frío húmedo en la habitación 213. Un frío que se desplazaba de un lado al otro de la cama o hacia los pies. Tenían la sensación que desde una especie de nebulosa de contornos imprecisos, les espiaba algún ser maligno cuando dormían, y que en la 212, al otro lado del distribuidor, se abría sin ton ni son la puerta del armario de corredera de donde salía una figura grisácea que se perdía por el pasillo.

Antonio llevaba el hotel y a él le fueron con la embajada.

- ¿Fantasmas en un hotel que solamente lleva seis meses de funcionamiento? ¿En un edificio nuevo? Perdón señor Julio, pero me parece un tanto raro. Tal vez la puerta quedó desnivelada y con cualquier movimiento imperceptible se abre. Ya sabe que los edificios, y aunque no lo parezca y se hable de obra muerta, están muy vivos. Hay movimientos telúricos muy lejanos y profundos que nosotros somos incapaces de percibir, pero no los edificios.

- Ya sé que las chimeneas de una fábrica, oscilan, ¡pero esto es un mazacote rectangular y de escasa altura! Además, no se olvide de esa etérea figura, ese efluvio que parece venir de algún lado para dirigirse a otro.

- Don Julio, es usted un buen cliente y no lo quiero perder, de las habitaciones que tengo libres, escoja la que desee.

Y don Julio y su ligue se mudaron para el piso de arriba y en lo sucesivo no se volvieron a quejar. Sin embargo, don Pedro y su secretaria, los de la 213, no se movieron de allí para disgusto de la señorita.

- Son aprensiones tuyas Angelita. Siempre con el miedo en el cuerpo por temor a tu novio, te hacen ver fantasmas donde no los hay. ¡Cómo va a haber aquí fantasmas!
Claro está, que don Pedro después de un par de faenas y vuelta al ruedo, caía rendido y no daba ni pie ni mano.

Hasta que una noche, Puri que así se llamaba la secretaria, notó la presencia del fenómeno. Sintió el frío aún antes de que sin romperla ni mancharla, atravesará la puerta que daba al pasillo. Se arrebujó con la sábana y la colcha contra el cabecero de la cama, a la par que muda por el espanto, trataba de despertar con pataditas y codazos a su amante. A medida que se acercaba, una figura de mujer se iba definiendo; ojos desorbitados, rictus de asco u odio cual posesa… y unas grandes tijeras amenazadoras.
Por fin el contenido grito salió de su boca, le dio un sopapo a Pedro, y cogiendo el almohadón se lo lanzó a la fantasmagórica loca. Entonces la mujer, en vez de asestar el golpe, lanzó las tijeras y se evaporó.

Todo podía haber sido un pesadilla, a no ser porque la tijera dio en la pared y rebotada fue a caer de punta sobre Pedro que ya se incorporaba.

Del arma, ni se supo. Desapareció al igual que su portadora, pero sus efectos los notó el hombre en su cuerpo;  tenía una cortada a la altura del hígado por la que no cesaba de sangrar.

El encargado de noche, visto el estado de nervios de la joven, y que la herida del hombre continuaba sangrando a pesar de los apósitos, optó por introducirlos en su coche y llevarlos al pueblo situado en la loma sobre la playa. Abrió la puerta el médico y los hizo pasar, proporcionó un sedante a la mujer, y tras desinfectar y poner unas grapas en la herida de Pedro, preguntó por lo sucedido.

- Ustedes perdonarán, pero necesito saber para descartar una agresión que tendría que denunciar.

- Ella le contará que es lo que ha pasado, yo simplemente me encontré sentado en la cama y con un dolor en la barriga como si me hubiera cortado con un cristal.

Y Purita, algo más calmada, relató al galeno lo que viera o creyera ver. El doctor, como de sesenta años, les hizo unas cuantas preguntas y luego de ofrecerles un té, revolvió en un cajón donde encontró lo que buscaba.

- Mire bien esta foto, le dijo a la joven entregándole una lupa. Quiero que me diga si reconoce a alguien.

La fotografía, que debió de estar enmarcada en su día, mostraba el edificio de la antigua casa cuartel de la Guardia Civil. Ante la casona, posaban los habitantes, y que a juzgar por sus vestimentas, o era el día de la inauguración, o la celebración de la patrona. Los niños en primer lugar, detrás las mujeres, y tras ellas sus maridos, vestidos de gala.
Con un simple golpe de vista, señaló una cara que luego inspeccionó con calma ayudada de la lupa. La mujer tendría sobre cuarenta años y buena figura. También se fijó en otra que en vez de mirar a la cámara, tenía la cara volteada hacia uno de los guardias de la fila superior.

- No hay duda, esta es la persona que vi, dijo señalando a la mujer que estaba al otro extremo de la que tenía la cara volteada.

Don Fernando, el médico, tomó la foto y la dio la vuelta. En el dorso estaban escritos por grupos los nombres de los siete guardias, sus mujeres y sus hijos. Entonces contó a la pareja una historia que oyera cuando apenas tenía quince años.


 - Conozco bien la historia del cuartel, he nacido en este pueblo, aquí me crié y aquí me jubilaré en unos años. Solamente durante mi etapa de estudiante, y luego en los primeros de profesión, he estado fuera.
- Siempre se ha dicho, que en los sótanos se torturaba para obtener información, primero por culpa de la guerra, y después para tratar de detener a los jefes del contrabando que entraba por la ría. En la primera etapa, hubo algunos desaparecidos. Las gentes del pueblo dejaron de murmurar cuando supieron que los presos habían sido llevados a la cárcel de la capital. No obstante, y dada la situación de asedio en que se encontraba el cuartel, la jefatura optó por cerrarlo por un tiempo. Pasada la guerra, lo reabrieron. Fue entonces el estraperlo lo que debían tratar de perseguir, embrión que dio paso a los contrabandistas que de matute metían toda serie de mercancías para su distribución en la ciudad.
Los guardias vigilaban día y noche la bocana del minúsculo puerto y la playa, pero al parecer, algunos de los vigilantes estaban en connivencia con los matuteros. Uno de estos guardias que hacía la vista gorda, estaba prendado de la mujer de un compañero a la que hacía regalos, hasta que la consiguió. Mas, en tan reducido espacio, conviviendo los unos con los otros, todo se llega a saber.
Simón, el galán corrupto y corruptor, tenía mujer y dos hijos. Ella, que se había montado un rústico taller de confección en la despensa de su piso, comenzó a sospechar que su marido la engañaba. Las mujeres saben bien cuando su hombre les es infiel. Lo que no imaginaba, era quien era la otra y dónde se reunían. Una noche, la mujer de Simón se despertó hacia las cuatro de la mañana. Se encontró sola en el lecho, y una punzada taladró su corazón. Nadie pudo explicar cómo supo con quien estaba su marido, tampoco cómo entró en la casa de su rival, lo cierto es que tres cuerpos aparecieron muertos en la alcoba de la amante cuyo marido estaba de servicio en el puerto. Sea como fuere, Ana, la mujer de Simón, mató a ambos con las tijeras que siempre llevaba colgando de una tanza entre la falda, al estilo de alguna gitana de las que venden telas por los mercadillos. Simón, antes de morir, empuñó la pistola que llevaba para disimular si alguien lo veía por el pasillo, y disparó dos veces a Ana.
Hasta aquí, más o menos lo sucedido. Otra cosa es lo que a raíz de aquello se cuenta de tarde en tarde, porque nadie quiere saber nada del tema. Decían, que desde aquel funesto día, el espectro de Ana vagaba por el edificio en busca de su marido con las tijeras de sastre en la mano, y que en los sótanos del cuartel, se escuchaban los lamentos de aquellos que en vez de ser conducidos a la capital, fueron asesinados. Lo cierto es, que usted señorita, que nada sabía de esta historia, ha señalado con acierto a Ana. Mire a su marido detrás. ¿Sabría decirme quién es la amante?

- Está claro, no puede ser otra que ésta que lo mira.

- Pues ya tiene a los difuntos, y la constatación de que en ese hotel, hay al menos un fantasma que no ha comprendido que su venganza le costó la vida.
Avisaré a Antonio de lo que hay, y que él decida si ha de clausurar esas habitaciones. Yo lo haría.






martes, 3 de octubre de 2017

Matar es fácil: La joya desaparecida.


Todo empezó hace años. Cuando como otros novios en el reservado del café, jugaban a los dados o al parchís. Era aquel cubículo un reservado muy poco discreto. Cerrado por unas pesadas cortinas siempre entreabiertas, las madres sentadas a las mesas frente a la barra vigilaban a sus hijas. También los que por la calle pasaban podían ver lo que dentro sucedía, la gran cristalera que daba al sur, solamente estaba protegida por unos visillos de pasa la pulga, esto es; ralos a conciencia.

Pepe y Nuria mataban el tiempo con su partida. Cuando él ganó la tercera, como de costumbre, perdió el interés. Resuelto, fue directo a lo que le rondaba por la mente.

- Oye Nuria, ahora que ya estamos casados por lo civil, bien podríamos...

- ¡No! Hasta la semana que viene no es la boda y sabes que espero esa noche con emoción contenida.

- ¡Bah! Lo de la iglesia no deja de ser una pantomima, obligados como estamos por las circunstancias en que vivimos. En otros países no existe ese requisito. Lo verdaderamente válido es el amor que la pareja se profesa. Tampoco creo que un papel del juzgado avale ese amor por toda la vida.

- ¡Que pesado te pones Pepe! Mira, mete un dado en el cubilete, si en seis tiradas seguidas sacas la misma figura, mañana domingo nos vamos a un hotel.

Y Pepe, sabiendo las nulas posibilidades de tal envite, quiso confiar en la suerte.

Aquel domingo, seis días antes de la fecha, Pepe y Nuria disfrutaron de su noche de bodas,,, de cuatro de la tarde a nueve de la noche. Ya en la habitación, Pepe le hizo un regalo inesperado; una cadena de oro de la cual pendía un dado del mismo material y que en sus seis caras tenía tres puntos.

Han pasado veinte años, la pareja tiene un hijo de dieciocho, el mayor. Es buen estudiante, pero le apasiona demasiado el Rock. Ha estado ahorrando para ir a Madrid a un concierto de Aerosmith que se va a celebrar en el Palacio de los Deportes. Cuatro mil pelas la entrada más viaje y otros etcéteras. Por más que ha mendigado, no le alcanza la sal al agua; solamente tiene para la entrada y un par de bocadillos, pero va.

Es el 14/06/1997... El Real Madrid juega en casa con el Atlético. A la banda de rock se le ha antojado ir al partido y posponen un día su actuación. Más gastos a afrontar por José Ignacio.

Nacho está en la Puerta del Sol, no lo piensa dos veces. Los amigos también están a la cuarta pregunta, esa expresión que dicen venir de los antiguos interrogatorios judiciales, en los que al imputado se le preguntaba nombre y edad en primer lugar; su lugar de nacimiento y domicilio en segundo; su religión y estado civil en tercero y en cuarto por sus bienes y rentas. Para no ser embargados, los declarantes alegaban ser insolventes, y siempre que se hacía alguna alusión al dinero, se remitían a lo declarado en la cuarta pregunta. El mozo entra en una casa de empeños y pide dinero por la joya que presenta.

- ¿La primera vez que vienes? - le dice el tipo tras la ventanilla - Ya. Te voy a orientar de qué va esto. El oro no tiene un precio fijo, sube y baja a tenor de diversos parámetros que son impredecibles. Como puedes entender, yo debo cubrirme las espaldas, y sacar mi ganancia. Por ello, voy a pesar lo que me traes, tanto peso, a tanto el gramo, tantas pesetas. Ahora te pregunto, ¿quieres empeñar o vender? Si vendes, tanto te doy y aquí se acabó todo, si empeñas, yo te aconsejaría que lo hagas por la cantidad que necesites; cuanto menor sea esa cantidad, menos interés a pagar y más facilidad de rescatar lo empeñado. Tú dirás.

- Entendido, con mil me arreglo.

- Bien. Te doy las mil, tienes un plazo de un mes justo para venir a por la joya, en ese momento me pagarás mil doscientas, Si pasa un día de la fecha y no has venido, perderás la opción de rescate. ¿Estás de acuerdo? Puedes poner más tiempo, si necesitas dos meses, me darás mil cuatrocientas y así sucesivamente hasta...

- No, con un mes me basta.

A pesar de que el concierto fue un éxito, a Nacho no le satisfizo. Tenía demasiada preocupación por el lío en que se había metido. Había cogido aquel colgante del joyero de su madre... por si acaso. Ella solamente se lo ponía una vez al año y no lo notaría. Por otro lado, tenía todo un mes para juntar las mil doscientas. Debía gastar el mínimo imprescindible para unirlo a las pagas semanales.

Faltaban cinco días para el vencimiento y Nacho, a duras penas, había reunido lo que debía pagar. Le faltaba el viaje y no sabía de dónde sacaría el dinero. Eso no fue lo grave. Lo grave fue que su madre notó la falta de la joya. Entonces confesó. Se armó la de Dios es Cristo. A pesar de todo, Pepe, que era un blandengue cuando de sus hijos se trataba, toma una decisión; él irá a Madrid temprano en el coche, con la papeleta, desempeñará le colgante y volverá el mismo día.

A las seis de la mañana ya está en pie, ha pedido un día de permiso. Nuria trabaja y ha de atender a los hijos menores de once y trece años. En el garaje se da cuenta de que tiene un pinchazo, para viaje tan largo necesita imperiosamente arreglarlo. Una demora con la que no contaba, hasta las nueve no abren el taller del centro comercial. A pesar de estar antes de que abrieran, no le dan hora hasta las diez. Total, que cuando quiere ponerse en marcha ya son casi las once, lo que significa que no llegará a destino antes de las seis de la tarde.
A medio camino, cerca de Tordesillas, se detiene a estirar las piernas y a comer un bocado. Va retrasado, de no haber ocurrido aquel incidente ya estaría en Madrid, solventado el asunto y tras una comida rápida, la vuelta para estar en casa sobre las diez.
Pero las prisas no son buenas consejeras, se pierde la noción de muchas cosas por querer finiquitar cuanto antes lo que se tiene entre manos. Una señal no vista, o despreciada olímpicamente, supone media hora perdida y una multa con la que no contaba. A la altura de Las Rozas, un vehículo se incorpora al carril de la derecha a toda velocidad, a pesar de tratar de desviarse hacia su izquierda, a Pepe le ha golpeado el retrovisor rompiéndole el espejo. Como quiera que el incívico conductor ni siquiera hace ademán de detenerse, Pepe le toca el claxon varias veces. La respuesta es un gesto con el dígitus impúdicus, una peineta vamos, y un acelerón para perderlo de vista.
Por fin ha metido el coche en el aparcamiento. Son casi las siete de la tarde y adonde va, cierran a las ocho, mejor coger un taxi por si se pierde. Solventado el asunto, sopesa si quedarse a dormir, o exponerse a la vuelta. Está cansado, hambriento, y habiendo madrugado es fácil que le entre la modorra. Habla con Nuria por teléfono que le aconseja que se quede. Busca una pensión; "La Barata" en una transversal a la Calle de la Montera.
La habitación en el tercer piso y sin ascensor, está limpia aunque el mobiliario es bastante cochambroso. Un balcón que no se puede abrir da a un patio interior pequeño y oscuro, sobre la puerta un montante entreabierto es la única ventilación en un Madrid caluroso de julio. Bueno, ya está, para unas horas cualquier cosa sirve. Sale a tomar unas cervezas y pinchar algo. Se va hasta la Plaza Mayor, baja hasta Las Cuevas de Luis Candelas y se mete entre pecho y espalda una de cochinillo, aunque visto el tipo del trabuco de la entrada presupone que le van a atracar. Tras deambular un poco para bajar la cena, se va para la pensión.
A la una de la mañana no aguanta más, el calor y los ayes de la pareja en la habitación de al lado son insoportables. Se viste y se va a la calle, lleva una botella vacía de agua que ya se ha bebido para tirarla al contenedor un poco más arriba de la entrada. Abre la tapa. ¡Sorpresa! Sobre una caja de cartón de lejía "El conejo Blanco" hay una pistola. Mira a ambos lados de la estrecha calle con nulo tráfico, a nadie ve. En el contenedor han tirado unas cañas quitadas seguramente de un cielo raso. Con una de ellas engancha el arma por la guarda del gatillo, no quiere dejar sus huellas ni borrar las que pudiera tener la culata. En otra caja de zapatos encuentra un par de señora, a su vez en bolsas. Los zapatos están casi nuevos, son de tacón de aguja, color rojo chillón con un corte en la puntera y un lazo en el empeine. Saca uno de ellos para guardar la pistola y se va calle abajo hasta la calle Montera para bajar a Sol, donde espera encontrar a la policía.
Antes de llegar a Montera, un hombre con síntomas de embriaguez viene dando tumbos. Justo a la entrada de un bar de copas, se chocan. El beodo, en vez de disculparse, con voz aguardentosa reprocha...

- ¿Te crees que la calle es tuya gilipollas?

- Si no vinieras haciendo eses no te hubieras chocado conmigo, casi me trago los monaguillos por evitarte.

Pepe conoce a ese tipo. ¡Sí, es él! El presentador de un programa de televisión muy conocido por no dejar títere con cabeza.

- Maldito cabrón, ¿me vas a echar a mí la culpa? ¿A mí? ¿Quién te crees que eres mierdecilla?

- Mierdecilla lo serás tú, estúpido borracho.

En ese mismo momento, el presentador tiene una basca y le arroja el alcohol que lleva dentro, junto con unos cuantos tropezones. A pesar del salto hacia atrás, a Pepe le ha manchado el pantalón.

- ¡Guarro, mira como me has puesto!

- ¡Te jodes mierdecilla! Y no te solmeno dos hostias porque no tengo gana de bronca.

Entonces Pepe saca el cañón de la pistola por la boca de la talega...

- Y yo no te vuelo los cojones porque me das pena. ¡Fantoche!

El bocazas se ha venido abajo al ver el arma. Por el olor que apodera al de la vomitona, no cabe duda de que se lo ha hecho encima, y las temblorosas piernas se han negado a sostenerle. Pepe entra en el bar iluminado con tenues rojos y azules y les dice a las que están tras el mostrador...

- Señoras, llamen al servicio de limpieza, aquí a la puerta hay una mierda mayúscula.

Pepe sigue su camino mientras ve cómo el presentador es reconocido por las personas que han salido intrigadas por sus palabras. Ya tiene el castigo que se merecía. Encuentra a quienes estaba buscando, les hace entrega del arma, enseña la documentación y se va a por el coche. Demasiadas emociones para un solo día, demasiado calor que altera los nervios. Aunque tenga que parar a dormir por el camino, va a tardar en volver a los madriles.

Por esta vez, y aunque matar hubiera sido muy fácil, no había motivo para tanto.

A preguntas de su mujer, Pepe le dijo que todo había ido de maravilla. El chico encontró trabajo para agosto en una hamburguesería, y con lo que cobró, y lo que ya tenía, pagó la deuda que el padre no quería coger. Pero la madre,  más sagaz, lo cogió. 

Y es que el que algo quiere, algo le ha de costar. Claro está, que al poco, con ese dinero, le compraron un guitarra, en realidad un bajo que mola tanto o más.


viernes, 22 de septiembre de 2017

Siempre dispuestos para la pelea.





32 años después del seísmo más devastador que haya sufrido el país mexicano, las fuerzas de la naturaleza han vuelto a golpear. Los ciudadanos siempre dispuestos, se han sumado a la pelea de los rescatadores para colaborar en lo que sea necesario, y se sigue buscando entre los escombros aunque el tiempo se agota para los desaparecidos.

¡Arriba los puños y viva México!

¡Descansen en paz los muertos, y valor para los vivos!











lunes, 11 de septiembre de 2017

El hacha del leñador.



Para que un amor perviva en el tiempo hasta el punto de entrar en la leyenda, uno de los amantes,  a veces los dos, están  obligados forzosamente a morir. Tanto en la vida real, pero sobre todo en esa ficción que es el género teatral denominado tragedia, se prodigan estos amores de consecuencias funestas y que nos han llegado desde la antigua Grecia. Ficción o realidad,  Elena y Paris, Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta, Don Juan y Doña Inés, Tristán e Isolda, Desdémona y Otelo, Isabel y Diego de Marcilla, entre muchos, han entrado en esa leyenda.
Además, la leyenda necesita un tiempo para consolidarse, para convertir en tradición, en algo definitivo y estable, aquello que se ha escrito, o que puede haber sucedido. Aún y así, no todas las peripecias inverosímiles llegan hasta nosotros, solamente una mínima parte de ellas son conocidas por el vulgo, y casi siempre, están protagonizadas por actores relevantes: Dioses y reyes principalmente. Sobre los miles de millones de pelamangos - persona sin ninguna entidad - que habitamos este planeta, los trovadores no  fabricarán leyendas, ni los abuelos harán correr de boca en boca hechos relevantes, por muy trágica que haya sido su vida.

Yo te voy a contar una pequeña historia que nunca merecerá estar entre esas leyendas, porque no se da ninguna de las condiciones. Si acaso, que fue escrita por uno de tantos pelamangos.

Hubo una vez un leñador, que construyó su cabaña en medio del bosque con la aquiescencia de su señor. Solamente una condición le puso: "Por cada árbol que derribe tu hacha, has de plantar tres". Y Simón, que era joven y fornido, aceptó. Llevó consigo a su esposa, y por un tiempo vivieron felices. Cuatro hijos tuvieron, llamando Florlinda a la menor por su hermosura ya de recién nacida.

El tiempo fue pasando, y fiel a su promesa, tantos árboles derribaba, por tres multiplicaba los que plantaba. Más un día, al caer uno de ellos, una gruesa rama las piernas le quebró. Postrado en cama, sin poder trabajar, se acabó la bolsa y la despensa, y no tuvieron otro remedio que mandar a los dos hijos pequeños al villorrio, por hacer algún servicio que les pagaran al menos con un zoquete de pan. 
Mientras Florlinda hacía imaginarias comidas a su padre, la madre menos capaz, trataba de suplir su falta con gran esfuerzo y mucho afán. Ayudaba en la tarea el mayor de los hermanos, vigilando el boliche que Simón dejara cociendo, trabajo este de responsabilidad, pues había que estar al tanto de los agujeros que se pudieran producir, para taparlos de inmediato so pena de que se quemara la leña perdiendo la carbonera. Montones de tierra tenía repartidos en derredor de la pequeña montaña que formaba el boliche, y la pala siempre presta para taparlos.

Un día, por el bosque apareció un viajero. Trabajaba la leñadora con denuedo y poco provecho, y él que la vio, con ella trabó conversación.

- Si tú quieres, leñadora, yo te echaré una mano.

- Te lo agradezco, pero no es necesario ni tampoco te podría pagar.

- Con un caldo de gallina vieja me ha de bastar.

- ¡Más quisiéramos! Mi marido está herido en cama y vacío el corral. Solo tenemos nabos y eso te puedo dar.

- Dame el hacha.

Y ella le pasó el utensilio que él acarició, y en diciendo unas palabras mágicas, el hacha por si sola comenzó a trabajar. Derribó un árbol y sus ramas podó, de manera que del tronco buenos tablones sacó, dejando a un lado la broza para en la carbonera quemar.

Maravillada la mujer, a su casa se fue a esconder, no fuera obra del diablo aquello que acababa de ver. Con palabras entrecortadas, presa de la emoción, a Simón la hazaña contó; ¡En una hora y sin esfuerzo hizo, lo que tú tardas un día con sudor! Y más sosegada ya, comenzó a calcular.

- Si ese hombre el sortilegio nos enseñara, con tus cinco hachas... ¿cuántos árboles cortaras?

- Dile que pase y veremos, si por ello impone alguna condición. Seguro que pedirá lo que no tenemos, por algo de tan grande proporción.

- Yo te enseñaré las palabras mágicas con las que ricos seréis. A cambio vosotros, a vuestra hija doncella, con quince años cumplidos para mi hijo me entregaréis. Usa este don con mesura, no vaya a suceder, que en vez riquezas halles amarguras.

- Nueve años son muchos, dijo el marido recelando del mago, tiempo habrá para buscar el modo de no cumplir la promesa, para entonces tendremos un buen patrimonio y llegada esa hora, con quien convenga haremos buena boda".

Más el tiempo pasa volando, han pasado ocho de los nueve años, y muchas cosas han sucedido en ese intervalo. El hacha taló sin descanso, y gracias a que solo aquella poseía el don, se libraron de mayor problema. Pronto en el bosque comenzaron a verse abundantes claros, y el señor, observando que la arboleda en vez de medrar menguaba, mandó a un alguacil a que contara los tocones y con los arbolillos plantados los confrontara.

¡Ah maldición! El leñador, preocupado en guardar el secreto, no se atrevía a contratar a nadie reventando de trabajo a toda la familia. Escogían los árboles, los malos para la carbonera, los buenos para tablones. Apilaban, tapaban y cocían la madera. A su tiempo desenterraban el carbón, lo cargaban en el carro y lo vendían. Para todos era un sin vivir. El único consuelo era contar con avaricia el oro ganado, para ya ricos en otro lugar al que escaparan, vivir sin cumplir la palabra dada al extraño. De plantar lo prometido se había olvidado.

El señor conde ha sentenciado a Simón.

- No volverás cortar un solo árbol, y si en el plazo de tres meses, no está replantado el bosque, te asaré vivo en una caldera. No obstante, y como consecuencia del perjuicio, una vez acabada la plantación, tus hijos varones, sin soldada, entraran a mi servicio hasta que disponga lo contrario.

Dos mil árboles han sido talados según el alguacil. Ha de plantar Simón, según las cuentas, seis mil. Descontando los plantados le faltan al menos cuatro mil. La huída lejos del conde no es posible, la guardia lo iría a buscar y más pronto que tarde, cociendo en la caldera estará. Ha de contratar gente que le ayude con la compra de plantones, negociar, acarrear y plantar. El dinero que fue haciendo, se le va marchando en jornales, y piensa, que aunque se libre de la amenaza del conde, del brujo no se librará.

Con el conde todo resuelto, árbol más árbol menos, se acabó la faena. Ahora queda por dilucidar, lo que con su hija va a pasar.

Dice el padre - Con algún galán de los que la rondan, podríamos la casar.

Aunque muerta de pena, cuatro hijos casi ha perdido, la madre resuelta a Florlinda está dispuesta a entregar: "Vale más una hija aunque lejos esté, que la venganza de mago tan poderoso de la que no podremos escapar".

Florlinda no sabe porqué sus padres tienen tanto miedo, ella no lo tiene, nunca ha visto el prodigio del hacha, y casarse con uno u otro, ¡qué más da!
Acaricia la idea de Simón sin reparar el daño que a todos puede causar, pero su madre es de armas tomar, y cuando tiene una idea, es complicado que se vuelva atrás. No obstante, y pese a quien pese, está decidida: ¡Dejará de ser doncella!

Un apuesto mozo, a caballo ha llegado al lugar. Viste buen paño, a la cintura un puñal, y Florlinda que lo ve, de inmediato se ha enamorado. Su mente maquina un plan: "Con este me he de casar... o al menos a él me he de entregar".

Más queda gratamente sorprendida por las palabras del doncel.

- Hermosa doncella, sin duda eres Florlinda, yo me llamo Gaspar. De Omnímodo, el que todo lo abarca, soy hijo, y tu mano vengo a reclamar, pues mi padre con tu madre hace años acordaron, que el uno para el otro estábamos destinados. Una sola condición he de poner esperando de acuerdo estés, que aunque mi padre tiene buen ojo, primero nos debemos conocer.

De paseo por el bosque empezaron a intimar. Le pregunto ella por su padre, por saber si era el ogro que los suyos pintaban, y el mozo le respondió:

En realidad mi padre se llama Amancio, pero todo el mundo le conoce por Omnímodo. Ahora te explico el motivo. Dueño de una comarca entera, su negocio consistía en prestar terrenos a labriegos, ganaderos y a cualesquiera que necesitasen una parcela para edificar sus casas o negocios. Él sabía cuando nacía una ternera, una oveja, un cerdo, las fanegas de trigo o pacas de alfalfa que se cosechaban, todo, absolutamente todo lo que sucedía en cada casa, de ello se enteraba. Así, al cumplir el año, los aldeanos pagaban según como les había ido sin marcar él la tasa.  Si había sequía, inundaciones, o cualquier otra desgracia que no pudieran afrontar, él lo remediaba.
Fue cuando yo nací, que lo dejó todo en manos de su secretario y amigo, y ahora en las mías. Mi madre a la que adoraba, murió en el posparto, dedicándose desde entonces al estudio de las Ciencias Ocultas, para tratar por su mano, lo que pudiera remediar y que aquello a nadie volviera a suceder .
Muchos hombres sabios venían a enseñar y aprender, y él también los iba a visitar. Entonces le pusieron el nombre de Omnímodo, porque todo lo abarcaba; ciencia, saber, inteligencia, poder... En uno de estos viajes llegó hasta aquí, te vio, y al momento supo que eras quien me convenía para esposa. El motivo solo él lo sabe, quizá también tiene el poder, de leer en nuestro interior.


Florlinda y Gaspar, más de un mes de novios no pudieron aguantar, con orna y boato presto se casaron. Se fueron a vivir al castillo de Omnímodo que deshizo el conjuro del hacha, pues una vez más constató, que el pan con el esfuerzo propio se ha de ganar.

Como regalo de bodas, el conde liberó de las obligaciones impuestas a los hermanos, que antes que partir leña para hacer carbón, con él se quedaron de soldados.

A Simón y su mujer, sin la ayuda de hijos ni sortilegio, tullido como está, no les cunde el trabajo. Se han ido a vivir a una casilla junto al puente del río, donde son los encargados de cobrar el pontazgo. Ellos piensan en la deferencia del conde por haber cumplido, más este, pensando en el beneficio, ya tiene sustituto para el bosque. Es joven y fornido como antaño lo fuera Simón, con él saldrán los carros de madera y carbón con mayor frecuencia, pagará por pasar el puente, y una tasa por árbol derribado, además de replantar. 

¿Por qué ha de regalar lo  suyo, y que otro se pueda beneficiar?


Ya dije al principio, que esta historieta nunca fue ni será leyenda, tampoco tragedia. Florlinda y Gaspar se amaron sin ambages desde el principio, y no estaría de más recordar un par de máximas que pueden venir a cuento del cuento:

"Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores". 
Duque de La Rochefoucauld.

“Bienaventurados los que dan sin recordar, y los que reciben sin olvidar.”
Madre Teresa de Calcuta.