martes, 17 de enero de 2017

El Asesino.



Por una vez quiero ser sincero. Voy a desnudar mi alma frente a ti, con todo lo que ello supone. Te voy a contar aquellos pasajes oscuros de mi vida, tan oscuros, que después te alejarás cuando solamente deseo todo lo contrario, pero es necesario. No quiero continuar mintiendo.

De chico solo ansiaba llegar a cumplir cuarenta años.  ¡Cuán lejos me parecía aquella fecha! Sin embargo, dada mi naturaleza enfermiza, lo consideraba un logro importante. Juzgaba que para entonces ya habría conocido eso que llaman amor. Ambigua palabra de desconocidos efectos, que todos deseaban encontrar.

A medida que iba creciendo, una especie de rencor me invadía. Era el rescoldo de la envidia que llevaba albergada dentro; envidia de aquellos que estaban sanos, de los que asistían a clase con normalidad sin repetir cursos, de los que jugaban en la calle corriendo tras el aro, al escondite o a policías y ladrones.

El rencor se convirtió en odio, y de ese odio nació la necesidad de hacerles pagar el sufrimiento que llevaba conmigo y del que nadie era culpable.

Comencé hurtando cosas a unos, para que dejándolas a otros, les culpasen cargando con un castigo inmerecido. Así, siempre en la sombra, me regodeaba del mal que hacía, buscando con imaginación tretas y maldades. Mas, aquello era insuficiente. ¿Que era un pequeño castigo, comparado con lo que yo sufría? ¡Nada! Debían sentir dolor en el cuerpo. Sí, dolor físico y grande, aparte del moral, ese que acaba llevando a las personas al desprecio de sí mismas. Así llegué a convertirme en asesino.

Salvadas todas aquellas enfermedades en el aspecto físico, continuaron sin embargo los síntomas emocionales; el miedo y la ira me llevaban a la ansiedad, que acababan siempre en depresión. Tenía sentimientos de culpa, pero no lograba perdonar... ni era capaz de pedir ser perdonado para llegar a la paz interior. Solo yo sabía de mis problemas, siempre había sido un embaucador.., y seguí siéndolo.

 A los diecinueve años, estaba trabajando en una estación de servicio a la salida de la ciudad, poco antes de entrar en la autopista. Abría de cinco de la mañana a doce de la noche. En el turno de tarde, a partir de las seis el empleado de refuerzo se iba, quedando un solo operario a cargo de la tienda. Un día, a las once y media de la noche, cuando me dispuse a hacer los aforamientos, entró un individuo a cara descubierta. Suelo oler a los de mi calaña, así que pensé en un atraco. Efectivamente. Puso cinco euros sobre el mostrador y pidió cambio para la máquina de tabaco. Abrí la caja, en ese momento, esgrimió una pistola de pequeño calibre y más vieja que la tarara.

- ¡Dame la pasta sin un solo movimiento sospechoso!

Puse la caja de la registradora sobre el mostrador para que se sirviese, advirtiéndole que el atraco se estaba grabando. Él no parecía muy diestro. Se quedó casi inmóvil, moviendo únicamente la cabeza en busca de la cámara sin verla aunque estaba delante de sus narices. Ante el desconcierto manifiesto en que se encontraba, con las manos en alto le dije:

- Tengo aparte el grueso de la recaudación en un cajón blindado. Te propongo un trato: Te llevas la pasta, la grabación y vamos a medias.

A pesar de lo lerdo que me pareció en un principio, no dudó un solo segundo. Guardó el arma y dijo; Vamos a ello. Pasamos a la trastienda donde le entregué la caja fuerte y la grabación.

- Ahora has de maniatarme bien fuerte con cinta americana y te vas. Llévate todo y nos vemos dentro de tres días para el reparto. Cuando consiga soltarme, llamaré a la policía y contaré lo sucedido.

- ¿Y vas a confiar en mí?

- Sí. Puedes dar por sentado que de no cumplir, te buscaré y morirás.

Todo se hizo tal cual. Aparentemente la policía no sospechó nada. Creyeron estar ante alguien experto, que no era  la primera vez en hacer aquello.

Transcurrido el tiempo acordado, él no solo cumplió, me presentó a alguien con quien trabajaba. A partir de allí, pasé a formar parte una banda que al principio me trató con recelo. Era la banda un tanto sui géneris, pues los miembros hacían sus chapuzas en solitario cuando les venía en gana, otras actuaban todos juntos, y las más, el jefe, a quien apodaban "El Chino", llamaba a unos u otros según le convenía. Distintas personas, distintos métodos, más difícil de atribuir el crimen.

Parte de la banda, cayó en manos de la policía en un atraco del que yo, que continuaba trabajando en la gasolinera, solo participaba como informador de trabajos factibles de ser realizados. Nunca sabía el día ni la hora en que se iba a cometer el robo, y solo el jefe estaba enterado de la labor que me encomendaba.

En aquel atraco, hubo un chivato; el compinche con el que repartí el dinero de la estación de servicio. Fue fácil de saber, solamente el jefe y él pudieron escapar de la encerrona que estaba preparada.

El Chino quiso ponerme a prueba, me ordenó darle un escarmiento y yo lo hice. Fue algo vulgar. Robé un coche y lo atropellé, la cosa se saldó con varios huesos rotos. Charry, que así se hacía llamar, intuyendo de dónde podía venir el atropello, se tuvo muy mucho denunciar a nadie más. Tras haber limpiado bien las posibles huellas, dejé el coche en el mismo lugar donde lo había robado, forcé el tapón de la gasolina y le di fuego... por si acaso. Cuatro coches más ardieron aquella noche culpando todo el mundo a un vándalo maníaco.

El Chino me tenía agarrado por donde más duele; en su poder estaba la grabación de la estación de servicio. Mi compi me había asegurado su destrucción. Ese engaño fue quizá lo que me llevó a cumplir sin rechistar la orden del jefe, con un sádico placer de venganza.  

Ahora pendía sobre mi cabeza cual espada de Damocles aquella prueba que me incriminaba. Esa falta de confianza me sublevaba. El chantaje me encorajinaba de tal forma, que pensé en deshacerme de ambos a la vez, prueba y jefe.

Entonces te conocí. Y aunque esta parte bien la sabes, no quiero pasar por alto el sufrimiento que debiste padecer. Una leucemia se cebó en ti a los ocho años. El último de los tres trasplantes logró devolverte la vida que se te iba. Ese era el nexo de unión entre tú y yo. Más, mi vida caminó por viles derroteros, mientas que la tuya lo hizo por todo lo contrario; ayudaste, ayudas entregada, con amor infinito, con la sonrisa en los labios, a aquellas personas que lo necesitan.

Esa forma de ser tuya, me pareció un tanto ridícula en un principio. Estaba acostumbrado a ser como el perro, que él solo se lame sus heridas, y pensaba que el resto de de la gente debía de ser igual. ¡Craso error!

Me gustabas mucho, aunque como todo ser egoísta, solo me fijaba en lo que me interesaba, tu cuerpo y esa alegría siempre fiel compañera. Luego, puedo ser malo pero no tonto, me di cuenta de que la belleza la irradias desde dentro. Eso me ha llevado al convencimiento de que algunas personas no solo tienen corazón, también tienen alma. Me enamoré de toda tú. De toda, por dentro y por fuera, comprendiendo al fin el significado y los efectos de la palabra amor. Lo que aún no sé, es lo que viste en mí. Tal vez al pequeño gato solitario, abandonado en la cuneta necesitado de cariño y protección.

Me propuse cambiar, pero antes tenía una cuenta que saldar. Sería un último trabajo, que tal vez me llevara a matar al hombre que en sus manos tenía mi destino. Hablaría con él, le pediría la grabación y si se negaba...

Siempre nos habíamos reunido en lugares dispares, esta vez me citó en un garaje. ¡Quién hubiera pensado que al Chino le gustaba la mecánica!  Un motor de coche estaba destripado sobre un caballete frente a un banco de trabajo. En la pared, dos luminarias con cuatro tubos fluorescentes, herramientas en el tablero y piezas sueltas desengrasando en una bandeja sobre una mesa auxiliar. El local era grande, no estaba en uso. El portón de madera cerrado, la oscuridad fuera del lugar donde trabajaba, grande. Hablamos de esto y de aquello. Supe que tenía nuevos socios y me preguntó si había alguna información, le contesté que lo dejaba, solo estaba allí para recuperar la cinta. Entonces echó mano al pecho, yo saqué la pistola y lo encañoné.

- Solo voy a sacar la cartera, quiero que veas algo.

Luego, fuimos hasta la antigua oficina, abrió la caja fuerte y me entregó la cinta.
Destruida la cinta, ¿Que quedaba? No había pruebas para una simulación de robo. Tampoco las había por el robo del auto, ni del atropello, ni del posterior incendio. El único problema residía en que el Chino cantara - Charry había desaparecido de la ciudad - lo que podría suponer una pena por asociación ilícita o algo semejante.

No sabía si acudir a la policía y contar toda la verdad. Aquello implicaba al Chino, y el Chino, podía llegar a ser mi suegro. Aquel día en el garaje, me mostró una foto.

-  Hace años que estoy divorciado, ella es mi hija y no me conoce. Sigo sus pasos de vez en cuando y sé de lo vuestro.


Mi amor, he tomado una decisión, ojalá que sea la acertada: He visto las orejas al lobo y creo que gracias a ti estoy curado. Voy a quemar esta carta, a casarme contigo, y a vivir felices por el resto de nuestros días.

4 comentarios:

Elda dijo...

Alfredo, esta historia me ha parecido fantástica, bueno ya sé que te lo he dicho en otras ocasiones, pero me ha encantado de principio a fin y además se me ha hecho hasta corta.
El tema muy entretenido, y no me extraña nada que muchos chicos terminen siendo delincuentes por problemas en la infancia. Bueno, me atrevería a decir que todos los que llegan a ello, es por una infancia desprovista de muchas cosas, sobre todo de cariño.
¿No has publicado nunca tus historias...?
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Aunque escribo por mero placer, siento un poco de zozobra; Es el momento en que doy a conocer eso que he escrito y que nunca se sabe cómo va a ser acogido. Con este cuento no la tenía. Pienso en él como uno más, y mira por donde, tú me dices que te ha gustado. Tendré que mirarlo con más cariño. Un millón de gracias.
Respecto de la pregunta que me haces, tengo que decirte que sí. En dos ocasiones escribí dos cuentos para un concurso que hacía el Ayuntamiento donde resido No sé si continúan con ello. Por suerte, me premiaron el primero y al año siguiente el segundo. Luego dejé de participar, de eso hace años. Los publicaron junto con otros, en dos librillos que solían imprimir cuando tenían suficientes para ello.
Nunca más he presentado nada en ningún otro sitio. El motivo es que soy bastante cortado, la entrega de premios se hizo en la casa de la Cultura el primero, y había que exponer de qué iba la cosa. Fatal, lo pasé fatal. El segundo fue aún peor. Se entregaron en la Iglesia Parroquial, y el acto se clausuró con un concierto a cargo del tenor de Cangas de Narcea Joaquín Pixán. Nunca jamás, y así fue.
Algo que no me gusta, y que se hace o solía hacerse, es que la preselección corra a cargo de gente... mmmm, para que luego elija el jurado. Comprendo que un jurado no puede leer las cantidades ingentes que a veces se envían. Si alguna vez te da por mirar el currículum de algún escritor de fama, verás que hay muchos que se presentan y ganan, a premios de cinco mil míseras pesetas. Te hablo de los años ochenta más o menos.
Bueno, basta de rollo por hoy.
Salu2

Elda dijo...

Jajaja, me ha hecho mucha gracia lo que dices que lo pasaste fatal, no me extraña, a mi me hubiera pasado lo mismo porque no soy capaz de hablar delante de unas cuantas personas.
Bueno por lo menos te llevaste la satisfacción de ganar, pero yo me refería, a que te editaran un libro de cuentos, aunque creo que eso es muy difícil para personas desconocidas.
Hay una persona a la que he leído de vez en cuando en su blog, que vive en Lo Pagan (Murcia), y le editaron un libro de historietas (no sé, si la edición se la pagó él, o en realidad fue una editorial), pero a lo que voy, es que compré el libro, y sinceramente las historias me han parecido muy malas, nada que ver con lo que escribes tú. Por eso te lo pregunté.
Bueno Alfreo, gracias por la respuesta.
Un abrazo y buen fin de semana.

Alfredo dijo...

Elda.
Creo que hay gente que se lo paga de su bolsillo. Suelen ser ediciones de pocos números para la familia y los amigos.
Aunque ya me han dicho en alguna ocasión algo parecido, ni se me ocurriría. De mi familia la única que me lee es mi nieta mayor, aunque esa, si no tuviera más que la guía de teléfonos, ten por seguro que lo haría.
Muchas gracias por todo Elda
Salu2.