domingo, 29 de enero de 2017

El escudo de Cornejo y el cuento de la lechera.


Era Don Manuel Cornejo hombre de pretensiones y vanidades mundanas que mostraba con ostentación. Creyéndose por su elocuencia, merecedor de una distinción que nadie le otorgó, colocó en la fachada de su casa, un escudo. En él puso como blasones las tablillas y el estilete de la musa Calíope, pues sabido es, que esta hija de Mnemosina y Zeus, además de musa de la Poesía épica, lo es de la elocuencia.

Sin embargo, hay quien confunde elocuencia con verborrea, y esto era de lo que Don Manuel carecía... y tenía; Poca persuasión y mucha palabrería. Su suerte, radicaba en que en aquél pueblo nadie era tan constante como él. Se puede ser charlatán y embaucador, pero como dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. A fuerza de repetir una cantinela,  más pronto o más tarde, conseguía aquello que se proponía, contradiciendo a este narrador.

Al haber quedado vacante la plaza, el pueblo tenía que elegir a un regidor en concejo abierto, esto es: Por votación a mano alzada de todos los mayores de edad, por entonces 21 años. De las doscientas cincuenta y una personas que vivían allí, solamente noventa y tres tenían derecho a voto dada su mayoría de edad, derecho que les concedía el elegir por si mismos al alcalde, sin intervención de otro estamento más que dicho concejo. 
Ninguno de los vecinos, puestos de acuerdo a la chita callando, se presentó al cargo. No eran tan cándidos como parecer pudiera; no había sueldo. Solamente el ínclito Don Manuel se presentó, saliendo, como es lógico, elegido. Creía el flamante alcalde, que sus méritos de orador lo habían llevado al cargo que dejara su antecesor, de avanzada edad, sin darse cuenta, que a nadie interesaba trabajar por amor al arte. 

El pueblo de Vegafriosa no es muy grande. La iglesia, la escuela, unas calles en torno a una plaza, la estación de ferrocarril y poco más. Negocios, pocos: La cantina, la fonda, alguna tierra y la casona más antigua, pertenecían a Don Manuel. Los habitantes se dedican a la agricultura y a la ganadería principalmente. La carretera a la capital está en un estado deplorable, aunque a nadie le preocupa en demasía. Apenas si pasa un coche, la línea de autobús tres veces a la semana, y los del cinematógrafo que llegan a dar su sesión los sábados. Los vecinos se desplazan a lomos de caballería o en tartana, y de vez en cuando en tren. Estamos a mediados de le década de los cincuenta.

La estación es un buen lugar para el paseo, sobre todo para los mayores. Un ancho y largo andén, bancos bajo la gran marquesina que resguarda de la canícula veraniega, la cantina al lado, y la llegada de los trenes. El tren correo "suele" pasar hacia las cinco de la tarde, viene del sur, y se va hasta el norte. Aquí dejara viajeros que transbordan a otro de solo dos vagones, el tranvía, que los llevará  hacia el oeste. Dos veces pasa el correo, una de subida y otra de bajada, y otro tanto hace el tranvía. A veces, las demoras en uno u otro sentido, dependiendo de la correspondencia que se recoja en cada punto del trayecto, hacen que los viajeros llenen la cantina. Una atracción más para los habituales que, unida a las maniobras que las locomotoras realizan con los vagones de carga, y el trasiego entre los mismos, van pasando el día.

La primera discrepancia que don Manuel tuvo que afrontar en la asamblea de vecinos, fue sobre el escudo que colocó en el frontis de su casa. Eran mayoría los que opinaban, sin saber mucho del tema, que el mero hecho de haber sido elegido, no significaba que pudiera alardear de un escudo nobiliario que no le pertenecía.

De bastante mal humor, de punta en blanco y panamá sobre la cabeza, don Manuel sacó el reloj de oro del bolsillo de su chaleco y agarrando la cadena, comenzó a voltearlo para que se enroscara en su dedo índice, a riesgo de salir lanzado en el supuesto de que la cadena se rompiera.

- Amigos y convecinos, además de empresario, bien lo sabéis todos, escribo sobre nuestro glorioso pasado. Esta tierra de hidalgos, bien merece que una pluma eleve loas a aquellos que engrandecieron nuestro acervo. Olvidado se ha, que los Manrique, Alcalá, Riego o Cornejo entre otros, lograron engrandecer nuestra Patria en general, y este pueblo, que los ha olvidado, en particular. El escudo que tildáis de nobiliario, no es tal. Si hubiese querido presumir de noble, aunque me toca de lejos, hubiera colocado el correspondiente a mi apellido derivado del latín "corniculus". No te rías Ambrosio, que no tiene gracia lo que estás pensando. Corniculus o Cornejo, es el nombre de un arbusto que tengo en el patio de mi casa. Como iba diciendo, si hubiera querido presumir de noble, habría recurrido al escudo de los que probaron su nobleza en las Órdenes Militares como la de Santiago, pues aunque sin título, de ellos desciendo.
He colocado ese escudo, a modo de... digamos anuncio. Para que se sepa que en esa casa, vive alguien que escribe, por ello las tablillas y el estilete que la musa Calíope tiene como atributos.

Allí acabó la discusión... o los malos entendidos, dando por sentado el alcalde, que había ganado la partida, mientras los otros admiraban una vez más, lo lenguaraz que era don Manuel.

El señor cura, que desde el atrio escuchaba las propuestas del concejo, sentados bajo el ancestral tejo, corrió a la rectoría a consultar Cornejo y Calíope en el diccionario, pues él solamente era cura y no sabio.

Enterado de las propuestas a tramitar, respecto de la madera del monte Fuxa, y de la escasez del agua de la fuente alimentada por el manantial conocido como Sequillo, tras ser sometidas unas y otras a votación, se disolvió el concejo. Ahora solo faltaba conseguir los cuartos. Las arcas estaban vacías.

Don Manuel empezó a hacer gestiones. Tal vez con la tala del monte hubiera para hacer un sondeo y conseguir agua en abundancia. Así, con el sobrante del dinero, se podría llevar a cabo una idea que le venía rondando desde hacía tiempo. No obstante, acudió a la capital en busca de recursos, para así financiar la obra sin tocar el dinero de la madera.
Tras numerosas idas y venidas, no consiguió los billetes, pero si la promesa de que enviarían a un prospector. Si encontraba agua, la capital pondría los materiales y el pueblo la mano de obra. Un asunto  casi solventado.

Aprovechando aquellos viajes, se puso en contacto con varios maderistas para que ofertasen a groso modo por el monte. Una vez visto, si salía a cuenta, él redactaría el pliego de la oferta y condiciones, a la que debían contestar formalmente por escrito.

A los tres meses, la campana llamó a concejo y aquel domingo, tras la misa, se reunieron.

- Hay quórum, doy por abierta la sesión y tomo la palabra.

- Quiero informar que el asunto del agua, está resuelto. Se encontró, como ya es conocido, en la Mortera. La semana que viene, traerán el material, la herramienta y mano de obra corre de nuestra cuenta, por lo que hay que decidir quiénes, cuántos, cómo y cuándo empezar el trabajo.

Tras mucha discusión, se decidió multar a los que no asistieran a la andecha (trabajo en común)  con veinticinco pesetas, pasándose al siguiente punto.

- La oferta más ventajosa por la madera es la de Sebastián Carcedo, que se compromete a dejar el monte limpio y replantado. El dinero será empleado en otro proyecto que explicaré una vez se apruebe el tema en trámite. He pensado que la reforestación se haga a base del Eucalyptus Globulus, árbol de rápido crecimiento muy demandado, y que una vez cortado no necesita replantar, pues rebrota con gran vigor al menos durante las tres primeras cortas.

Comenzaron de nuevo las discusiones. Unos opinaban que se replantase de nuevo con pinos, otros que mejor con especies del país, robles, castaños y hayas, y pocos eran los que se decidían por la propuesta del alcalde, que tuvo que intervenir de nuevo.

- ¿No os dais cuenta, de que en el mismo tiempo que tarda un pino en crecer, se pueden recoger dos cosechas de eucaliptos?  Por no hablar de las otras especies que ni vuestros nietos verán crecidas. Con la propuesta que hago, tendremos el doble de beneficio.

La palabra beneficio es algo que abre cualquier mente por muy obtusa que sea. Vistas las cuatro ofertas presentadas, se levantaron las manos en señal de aprobación. Ahora tocaba vender la otra burra.

- Amigos y convecinos, hace tiempo que vengo madurando una idea que puede resultar beneficiosa para todos. Podemos ahorrar del menguado presupuesto concedido, si nosotros mismos producimos parte de la energía que gastamos. El alumbrado público, ahora con cuatro candelas, de la escuela, la iglesia y seguramente hasta nuestras propias casas, no nos costará un solo duro. Con una pequeña inversión, podemos hacer un prototipo, probarlo, y si como espero da el resultado apetecido, multiplicar la inversión y los resultados.

- Al grano Cornejo. ¿Cuánta es la inversión y de qué se trata?

- Se trata de molinos de viento. Algo utilizado desde la más remota antigüedad, y que ahora, con las modernas técnicas de la mecánica y la electricidad existentes, nos llevarán a conseguir lo que nadie ha sido capaz de pensar. Incluso podemos patentar este invento y ganar dinero con él.
Nosotros mismos lo realizaremos, y si la cosa funciona, que funcionará, tendremos trabajo para nuestros jóvenes durante años. Seremos un pueblo rico, montaremos una serrería para los árboles nobles, vendrá gente de fuera a trabajar la madera, a una fábrica de muebles que vamos a construir.

Alguien intervino con la siguiente pregunta:

Y digo yo, Manuel, ¿Cómo es que no tienes tú ese prototipo del que hablas? Eres el más rico del pueblo.

Mientras que otro, muy aplaudido, dijo que aquello parecía el cuento de la lechera, pero el alcalde contraatacó:

- ¿Y qué quieres, que lo ponga en el tejado?  ¿Has ido alguna vez al cine? ¿No te has fijado, que en casi todas las películas de vaqueros sale un rancho con un molino muy alto? Ese molino sirve para manejar una bomba que extrae el agua de las profundidades. Es un funcionamiento sencillo, solamente necesita aire que mueva las palas. Yo quiero hacer lo mismo, multitud de molinos que en vez de mover el embolo de una bomba, muevan dinamos, de esas que llevan los coches. Esa dinamo produce energía que se almacena en una batería y luego se distribuye. Se necesitan las torres bien altas, las palas que recojan el aire en los montes, y un sistema de giro como el de las veletas para que siempre estén en movimiento. Eso no lo puedo colocar en el corral de mi casa, pero si en un monte comunitario. Respecto del cuento de la lechera que has traído a colación Mateo, si cada uno de nosotros se dedicase a allanar el camino quitando las piedras que hay, en vez de colocarlas, otro gallo nos cantara.

Y una vez más, Don Manuel parecía haberse salido con la suya. Encomendaron el trabajo a Nemesio el herrero allí presente, que escuchaba atentamente la idea de Manuel, más, acostumbrado a colocar herraduras, reparar alguna reja de arado o construir las de las ventanas, demostrando que sabía más de lo que parecía, fue consecuente consigo mismo y dijo:

- Vamos a ver, yo puedo hacer la torreta. Es sencillo, solamente se trata de ensamblar hierros unos a otros. El meollo de la cuestión está en las aspas y la veleta por un lado. Las primeras deben de estar perfectamente equilibradas para evitar vibraciones, y con la inclinación adecuada. La veleta ha de tener un sistema de rotación a base de cojinetes de bolas perfectamente lubricados para aprovechar el viento venga de donde venga. Por otro lado, desconozco cómo ha de ser el acoplamiento de la dinamo, nunca he visto una, pero sí sé, que se habría de colocar un mecanismo multiplicador, para que una vuelta de las aspas, se traduzca en muchas veces más las de la dinamo. Quizá con dos poleas, una grande y otra chica, o unos engranajes... En resumen, mejor ir a la ciudad y buscar alguien que diseñe el aparato.

Ahora el problema del alcalde, era no solo encontrar a esa persona que hiciera un plano de lo que se demandaba, el problema radicaba en la discreción de esa persona o personas, para que los planos del artefacto no fueran vendidos por ellos mismos, o cayeran en otras manos. Pensó, que diversificando el proyecto lo podría evitar. Un proyecto abarcaría la torre y el molinete, y otro el ensamble de la dinamo y la instalación eléctrica.

La construcción del molino, incluido el coste de la patente, el traslado y colocación, le salió al pueblo por más de ochenta mil pesetas. A esto había que añadir el salario del experto que manejaba relés y reguladores, para que la luz no tuviese altibajos. Tras las pruebas de rigor, comprobado que todo funcionaba a las mil maravillas, se  iba a dar a conocer el invento previa carga de las baterías durante una semana. Para ello se colocaron veinte bombillas en el atrio de la iglesia, una buena merendola en el prado junto al tejo animada con música, esperando la llegada la noche.

Don Manuel Cornejo, ufano y deseoso de accionar la palanca, no llegó a pronunciar el discurso que traía preparado. Con un ¡Hágase la luz! giró el conmutador. Y la luz fue hecha. Gritos de júbilo, vivas y felicitaciones y hasta el himno de la provincia sonó cantando todos a coro. Luego, más música y bailes.
Más, no todo iban a ser alegrías. no había transcurrido una hora, cuando las bombillas, tras unos parpadeos, se apagaron. Las baterías se habían agotado. La decepción fue enorme, volvieron todos a sus casas en espera de que el técnico pasara un informe.

- Para lo que ustedes necesitan, hay que colocar no menos de veinte molinos y tres veces más de baterías para cada uno. Me temo que es un coste demasiado elevado para el servicio requerido.

Y allí acabó el cuento de la lechera. Don Manuel dejó el cargo para continuar con sus escritos y sus negocios. Aunque el error de cálculo no fue culpa suya, que fue del eléctrico que debía haber avisado de que no era factible, afrontó de su bolsillo el coste de lo sobrepasado con la tala de la madera, guardándose los planos en un cajón, a la espera de un tiempo mejor en que la técnica mejorase el sistema.



4 comentarios:

Elda dijo...

Alfredo, fantástica historia. Me he quedado impresionada de tu saber, que es el mismo que el de D. Manuel, jajaja, por cierto un hombre bien inteligente y predispuesto.
Por un momento en la parte de arriba cuando está explicando lo del letrero que había puesto en la fachada de su casa, he creído escuchar a Paco Martinez Soria, no sé porqué se me ha venido a la cabeza, pero el caso es que me ha gustado mucho tu entrada.
Mis felicitaciones y un abrazo.

Manuel dijo...

Me ha encantado tu relato, y ya quisiera yo tener un alcalde tan persuasivo y con ideas de progreso, como don Manuel. Está claro, que nadie es profeta en su tierra.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Lo cierto es que no pensaba en nadie en concreto para el puesto de alcalde, pero ahora que me lo dices, tal vez tengas razón. Es posible que lo de Cornículus y la risa del mal pensado de Ambrosio, sea del estilo de Paco Martínez Soria.
Me alegra que te haya entretenido. Gracias Elda.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Oye, Manuel, lo mío con los nombres no tiene remedio, casi siempre utilizo los mismos y lo siento por la parte que te toca. De todas formas, esta vez nuestro alcalde no salió muy mal parado.
Muchas gracias por leerlo.
Salu2.