sábado, 14 de enero de 2017

El libro mágico.



Hace años, cuando los libros no estaban al alcance de todos, el préstamo entre particulares era cosa habitual. Por ese motivo, había gente que acostumbraba a escribir en la guarda, a quién pertenecía aquel libro. La pertenencia, era solamente física, pues la intelectual siempre se ha imprimido con letras, que aunque pequeñas, muestran quien ha sido el autor y el impresor, siendo a veces un remedo de la portada.

Trabajo como conserje en el Ayuntamiento del pueblo, donde fui designado para la limpieza de los polvorientos libros, que la familia de un fallecido había donado como legado. De la catalogación y esas cosas, ya se encargarían en la biblioteca. Para mí, como de costumbre, solo la mierda, aunque por esta vez, creyendo mi jefe que me chinchaba, me hizo el gran favor de darme un trabajo sencillo y sin agobio.

La donación era cuantiosa, a groso modo, más de un millar de volúmenes en no muy buen estado muchos de ellos. El tiempo, la desidia y la dejadez de aquella casa otrora espléndida, causaron tanto mal, que ahora iba a ser demolida. 
Los depositaron amontonados en un cuartucho en el almacén de obras, al lado de barredoras, hormigoneras, señales de tráfico y todas esas zarandajas, donde iba a comenzar mi nuevo trabajo. Aproveche la ocasión para pedir, que pintaran el cuarto, lleno de telarañas y restos  de contenidos varios anteriores, y que se colocase algo de mobiliario, así como los utensilios para desempeñar aquella importante labor. Los libros iban a pasar por las manos de los lectores y debían estar además de pulcros, desinfectados. Humedades, polillas y cacas de ratón... las que se quisieran. Concedido todo ello, y tras un pequeño cursillo que tomé mientras pintaban, sentado en mi sillón, comencé por elegir el primero de una pila.

Cubiertas originales en rústica, de piel los más antiguos, de tela o cartón los más modernos, y algunos reencuadernados. El sistema que seguí fue rutinario; una vez quitada la suciedad exterior, hojeaba el volumen, pues un libro puede guardan entre sus hojas desde billetes de banco, a cartas de amor, notas y documentos, o anotaciones al margen. Los colocaba en una estantería, y cuando tenía cincuenta libros más o menos, los enviaba al bibliotecario.

Manejando el trapo, los pinceles, bastoncillos, cera y bicarbonato, fui pasando el tiempo sin encontrar nada digno de mención, hasta que un día, encontré un libro escondite titulado "Almanzor".

Aquello que está escondido, ha de ser por alguna razón, y siempre que se encuentra, pensamos que ha de ser un tesoro. ¿De qué tipo? Eso era lo que había que averiguar. El libro contenía, otro libro.

Con mano trémula lo extraje de su nicho. Estaba bien conservado. Era la cubierta de un cuero fino, grabada con dibujos incomprensibles para mí. Lo abrí. En la página de inicio, muchas anotaciones con fechas y nombres de ciudades totalmente desconocidas como Enkhuysen año 1602. Y otras como Ámsterdam, Rotterdam o Colonia. No quise mirar más por si a alguien se le ocurría hacerme una visita y me pillaba con mi tesoro entre las manos. Devolví el pequeño al grande y lo guardé en la mochila que siempre llevo conmigo.

Aquél día fui yo mismo a la biblioteca con unos cuantos libros ya saneados y limpios. Estaba incapacitado para continuar con el trabajo dado mi nerviosismo. Tras un rato de charla con el encargado, que elogió mi labor, me fui para casa.

Nada más llegar, encendí el ordenador, saqué el Almanzor y comencé a buscar aquellas palabras, y aquellas ciudades para saber qué era lo que tenía entre las manos. Tras la primera página en blanco en su día y hoy rellena con anotaciones, eché un vistazo a la siguientes observando que al manuscrito inicial, pues de eso se trataba, le habían cosido un cuadernillo que formaba parte de un libro titulado Historia de las Trasmutaciones Metálicas y publicado en Colonia en 1604 por un tal Theobald de Hoghelande.

Sabía el significado de Transmutación, palabra muy repetida. Con la mosca detrás de la oreja, pues creía estar en posesión de un libro de alquimia, al menos la primera parte, la más compleja, y no de una cronología histórica como me pareció en un principio. Poco a poco, con paciencia, palabra por palabra fui traduciendo la parte impresa, más fácil que el garrapateado del principio. Allí se narraba una transmutación que Alexander Seton, también llamado el Cosmopolita, llevó a cabo en Enkhuysen, ciudad holandesa en el año 1602.

La historia se remonta un poco más atrás, cuando de este puerto de pescadores, salió un barco que naufragó cerca de Escocia debido a una tormenta. Uno de los náufragos, posiblemente el capitán, fue recogido por Seton que lo cuidó y ayudó a volver a Holanda.
De paso hacia Alemania, Seton pasó por casa del marino rescatado de nombre Haussen. Antes de partir, Seton hizo una demostración de la Ciencia Hermética que practicaba, transmutando un trozo de plomo en oro.

No voy a contar esta historia de por sí muy interesante, porque quizá ya sea conocida, de lo que voy a hablar es de la primera parte, ésa escrita a mano y que apenas llegue a descifrar.

Aquí se hablaba de minerales como el cinabrio, hermoso en su color bermellón y de donde se extrae el mercurio. Esto lo sabía perfectamente; dos minas hoy cerradas hay cerca del pueblo, donde antaño se extraía. Lo que no sabía, es que los alquimistas lo utilizaban como remedio para los huesos, tónico potenciador de la sexualidad y alargador de la vida, cosas inverosímiles dado su poder tóxico. La Pirita, conocida por oropel u oro de los tontos por su color amarillo. El Azufre, de color amarillento fuerte y que arde con llama de color azul conocido desde la antigüedad: "Y Odiseo entonces le habló a la nodriza Euriclea, diciendo: Trae azufre ¡oh anciana!, remedio del aire malsano, y trae fuego, pues quiero azufrar el palacio".

Las fórmulas, de intríngulis maquiavélico por lo complejo de sus enrevesados anagramas, símbolos y conjunciones planetarias, me aturdían: Sol en conjunción con Mercurio y trígono Saturno, tanto a 1º, cuadrado los nodos 4º, y cuadrado Urano 8'. Neptuno ascendente con Saturno en el IC Venus colocándose en oposición al aumento de Marte 1º.

Ni papa. No tenía ni idea de que lo significaba, ni siquiera si estaba bien escrito. Me pregunté si aquello era astronomía o astrología, cosas distintas, pues, si la primera estudia los astros, su movimiento y las leyes que los rige, la segunda estudia la posición y movimiento para predecir el futuro y conocer el carácter de las personas. ¡Era demasiado para mí, y aún no había empezado!

 Pero no cejé en ello. El arte de la transmutación parecía tener mucho que ver con esas conjunciones planetarias, pues cada planeta está unido a un metal. Sol, Sun en inglés, Oro - Mercurio; Mercurio - Saturno; Plomo. Al final iba a resultar, que con la conjunción adecuada, el día adecuado y con los elementos adecuados, se podía conseguir mudar el plomo en oro.

En mi simpleza, creí que con ir probando mezclas variables de estos tres elementos en un crisol, podía llegar a conseguir lo imposible. Pronto me di cuenta de lo idiota que era, cualquiera podía haber hecho lo mismo desde el año 1600 hasta hoy. ¿Y qué decir de los avances tecnológicos, en países tan poderosos que habían pisado la luna, que habían mandado satélites a los confines del universo? ¿Cuántos sabios no habrían pensado en ello? Y, ¿si no lo consiguieron, iba a ser yo? ¡Pobre iluso!.

Releí el libro una vez más. Algo se me había pasado. Aquellos eran los tres elementos "básicos", pues, en su lecho de muerte, y resultas de la tortura a que fue sometido Saton para que dijera su fórmula, entregó a Sendivogius una pequeña parte de un precipitado alquímico, que actuaría como catalizador. El tal Sendivogius era polaco, y al parecer fue recompensado por Seton por sacarle de la cárcel donde lo tenían hasta que confesara.

Estaba harto de hacer pruebas, mezclando en una retorta casi todos los elementos de la tabla periódica, que fueran conocidos hasta el año 1600. Aquellos ensayos sin pies ni cabeza, me dieron más de un susto por ignorante y atrevido. Lo hacía en la fragua que tengo en la casa donde vivo, herencia de un tío herrero. Tanta mezcla sin resultado, me llevó a hacer partícipe al bibliotecario de mi descubrimiento. Suponía, que él tan leído, me podría ayudar a buscar de entre aquellas sustancias mencionadas en el libro, las que podían formar parte del precipitado esencial.

¡Mala leche la suya! ¡Idiotez supina la mía que le dejé el librillo!. Desapareció dejando el trabajo, y dos meses después, me enteré por las noticias, que, puesto en subasta en una casa londinense, alguien había comprado el libro por un montón de pasta.


El tesoro no era, al menos por el momento, aquello que podía enseñar a trasmutar. El tesoro en sí, resultó ser el libro mágico.

2 comentarios:

Elda dijo...

Y tan mágico el libro, igual que lo que has escrito de él, donde me he perdido en alguna ocasión por tu esplendida información.
Un final genial que a lo largo de ir leyendo ni me lo imaginaba que iba a ser así.
Tanta investigación la del protagonista para nada, jajaja.
Muy bueno, como todo lo que escribes, bajo mi humilde entendimiento.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
A veces uno cree que lo que tiene en la cabeza es lo mismo que escribe en el papel, y que los demás te leen el pensamiento y no lo escrito.
Sobre Seton ya publique algo en otra ocasión, y es que me gustan las cosas relacionadas con los misterios herméticos, la piedra filosofal, las lámparas perpetuas, las órdenes de caballería...
En fin, no dudes en decirme lo que no veas claro, tal vez así pueda ser yo más preciso. Muchas gracias por leerlo.
Salu2.