jueves, 19 de enero de 2017

El ratonero.


Algo vio el ratonero desde lo alto, que no cesaba en sus vueltas y revueltas sobre el mismo lugar. Era su volar no obstante pausado, más veloz en los giros y dejándose llevar por las brisas que valle arriba entraban de la mar. Su sombra se proyectaba al suelo y también sobre las matas de laureles, desde donde ocultos en la espesura, unos vivarachos ojos lo vigilaban.

Los ojos de la curruca, negros como el azabache y orlados por un rojizo y vivo círculo, iban del ave al nido en que tenía sus cuatro polluelos. Indecisa, no sabía si acudir al matorral para protegerlos, o si dejarlos allí solos. Tomó la decisión más acertada impresa desde tiempo inmemorial en sus genes; Mejor solos. No era el estilo de la rapaz, introducirse en el espeso conglomerado que conformaba el seto de boj. Las zarzas, que campaban a sus anchas aprovechando el descuido del aldeano, eran un impedimento añadido. Además, si ella se movía, probablemente cayera entre sus garras antes de llegar. Aguantó, con paciencia esperando que su pareja, quién sabe dónde, hiciera lo mismo. Mientras, el Busardo, cansado de revolotear, decidió posarse en un poste del alumbrado. Desde esa atalaya, sus ojos escrutadores enfocaban en todas direcciones sin mover una pluma, solamente con un rápido giro de cabeza.

El niño, doce o trece años, era también espectador. Él solo veía aquel ave de gran porte, pero intuía que algo había atraído su atención. Quizá un esculibiertu (Lución), un insectívoro, o un roedor.

El ratonero hizo un movimiento, ahuecó las alas, proyectó una deyección,  levantó el vuelo y se alejó. Entonces la curruca entonó su melodioso canto de llamada al macho que apareció de inmediato, y ambos, uno tras otro, llevaron a sus polluelos lo que en el pico portaban. El peligro había pasado.

De inmediato, al oír aquel canto, el niño supo lo que la rapaz había visto o intuido: una sombra, un aleteo, una cría reclamando alimento... Algo más había en el bardal. Luego las vio, las dos una en pos de la otra:  El capirote negro hasta los ojos, la cabeza, el cuello y la garganta grises, el pecho y vientre blanco... Sí, eran Currucas Capirotadas.

Cuando de nuevo los pajarillos se fueron en busca de alimento, el niño se dirigió presto hasta el seto, encontró el nido, vio los polluelos con sus ojos abultados y aún cerrados, su escaso plumón, y las bocas de todos que se abrieron intuitivamente en busca del gusanillo o los mosquitos. Se fue el niño, y su padre que lo veía desde lejos, entró en la casa, revolvió en un arca y  salió con algo en la mano.

- Toma, con esto los podrás observar en la distancia.

Feliz abrazó al padre y se fue a la terraza a mirar con aquellos prismáticos. El aguilucho volvía de nuevo. Esta vez se posó en el grueso cable del teléfono. Niño y ave se miraron desde la lejanía, el uno con sus ojos castaños orlados en amarillo, el otro con los suyos azules que lo hacían a través de los espejuelos de ocho aumentos.

El chico tomó buena nota. Aunque los conocía desde que naciera, nunca los había visto tan cerca. Las patas del Ferre eran de un color amarillo oscuro, pardo las garras, pico negro, más claro en la base, cerca de esa membrana amarilla que se llama cera. Las plumas marrón oscuro, moteadas de blanco en la garganta y el vientre, en verdad era un pájaro muy bonito.

Cada cual a lo suyo, y lo suyo, lo del topo, no era salir de la topinera al capo raso. La imprudencia le costó la vida. El ave se tiró literalmente del cable, para abrir sus alas una décima de segundo después. En los cincuenta o sesenta metros recorridos, alcanzó tal velocidad, que antes de caer sobre su presa, ya sus alas iban frenando, con las patas por delante y que no erraron el tiro. Allí mismo lo remató de un par de picotazos, y de no ser por el ruido de una moto que pasó por el camino cercano, allí mismo se lo hubiera zampado. Levantó el vuelo perdiéndose entre los castaños donde sin duda degustaría aquel aperitivo.

- Así es la vida - le dijo el padre al chiquillo cuando le contó con emoción lo sucedido - todo se reduce a tres cosas básicas: La relación con los demás miembros de la especie, la nutrición para conservar esa vida, y la  reproducción por la cual se le da continuidad. Eso es lo que el ratonero, a su modo hace.




3 comentarios:

Alfredo dijo...

No entiendo mucho de aves, pero aún y así me voy a aventurar, quizá alguien lea el cuento y me diga si estoy equivocado o no. La foto que ilustra el cuentin está sacada desde mi casa. Creo que es un Busardo, por aquí Ferre, aunque este nombre se le suele dar a casi todas las rapaces de porte similar. A lo que vamos. Yo creo que es un pollo joven, del año o poco más: tiene muchas plumas blancas, están poco acomodadas, las uñas y el pico son demasiado negras, la cera es escasa y el ojo demasiado tierno.
Salu2. Alfredo.

Elda dijo...

Pues si tu no entiendes de aves con la descripción tan buena que haces de ellas, no se nota. Yo si que no tengo ni idea, el único pájaro que no confundo es el gorrión, compañero de los ciudadanos, jajaja.
Y así es la vida como en el cuento decía el padre al niño.
En la fauna, la supervivencia de las especies así es, el grande se come al chico, bueno, como en la nuestra :))
Estupendo cuento Alfredo, en el cual he visualizado todo por lo bien que lo describes.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Una cosa es entender, y otra verlos desde la ventana. Vivo en un bonito entorno donde los pájaros que describo son de andar por casa; el ferre, la pega o picaza, el cuervo, el cuquiellu, el raitán o petirrojo, el ñerbatu o mirlo, el xilgueru, el verderín, el chcochín, y otros cuantos, además de tu gorrión hoy bastante escaso, son habituales. Es difícil no fijarse en ellos y más cuando alguno viene a la ventana a comer la comida del gato.
Gracias por el comentario Elda.
Salu2.