miércoles, 4 de enero de 2017

La añagaza del pastor.


Estaba la ciudad bien guardada tras sus gruesas y altas murallas, refugio inexpugnable para los residentes habituales, ocasional para los campesinos y pastores, que sus tierras y ganado cuidaban extramuros.

Desde el matacán de la torre del homenaje, enclavada en el punto menos vulnerable, y el más alto, un par de soldados oteaban día y noche el horizonte por si aparecía el enemigo. Cuando esto se producía, tocaban una cantarina campana avisando a los campesinos, o a los comerciantes que montaban sus tenderetes arrimados a uno de los lienzos exteriores de la muralla, para que acudieran a refugiarse. Los soldados de la guarnición, corrían entonces al adarve, para resguardados por los merlones, lanzar cualquier arma arrojadiza a través de las almenas y ladroneras.

Así se frustraron muchos ataques, y el moro, que vigilaba también los movimientos en torno a la ciudad, pensaba con sus capitanes en urdir una estratagema para apoderarse de ella, sin el coste de demasiadas vidas. Hubo diversas propuestas, propuestas como; "Algo semejante al Caballo de Troya". No válida a su entender, ya que hartas veces había leído a Virgilio y su Eneida, a Homero y su Odisea, y la patraña urdida por los griegos contra los troyanos, no resultaría en aquella ciudad, en aquel tiempo. ¡Había que buscar otro medio!

El príncipe moro, que era hombre letrado, tenía como consejero a un Cadí, juez de tropas y acompañante fiel, que precavido él, le contó esta fábula de Esopo;

- Habiendo recorrido un largo camino, estaba el viajero rendido de fatiga. Se tendió al lado de un pozo y a poco se quedó dormido. A punto de caerse dentro del pozo, la Diosa Casualidad se le acercó, lo despertó y le dijo; "Cuidado, amigo mío, si te hubieras caído, no lo habrías atribuido a tu poco juicio, sino a mí, que soy la Casualidad, y hubieras dicho que había sido un accidente"

- No entiendo lo que me quieres decir, ni alcanzo la similitud con la situación que aquí tenemos, Cadí.

- Nosotros, oh príncipe, somos el viajero. Estamos tan fatigados, tan ofuscados buscando la forma de entrar en la ciudad, que sin percibirlo, nos descuidamos. Por tanto somos vulnerables y también podemos ser atacados y vencidos..."por casualidad"

- Bien, he oído tu consejo. ¿Qué te parece si comenzamos sistemáticamente una serie de razias? Les robaremos sus vacas, ovejas y cabras, haremos cautivos a sus pastores y labriegos. En alguna ocasión habrán de salir en su defensa, entonces les tendremos preparada una celada. Apresado el grueso de la tropa, entrar en la ciudad será más fácil.

Dice el refrán, que el hombre propone y Dios dispone. Y diese la casualidad, o fuese por decisión divina, en una razia tomaron como prisionero un pastor de cabras, entrado en años y algo duro de oído, que tratando de quitarse de la solanera, se quedó adormilado bajo una encina. Ni la campana, ni siquiera las trompetas de Jericó lo hubieran sacado de tal sopor, cuando quiso despertar, ya era preso.

Poco darían por su rescate, así que habría que destinarlo a lo único que sabía hacer, pastorear. Pero antes de tomar esa decisión, se trató de sonsacar algo que les pudiera ser de utilidad, más el resultado fue nulo.

El juez, observó por casualidad, cómo miraba el preso a la Fátima que lo alimentaba, y pensó, que quizá por medio de su intervención, tal vez...

La mora, de bonita figura, empezó a tratar al pastor con cierta zalamería, de modo que él se encandiló aún más.

- Si tú pudieras conseguirme aquella bonita campana que luce y tañe en la torre... cuando me la trajeras, mejor me portara contigo.

- Eso no lo puedo hacer Fátima mía, son muchos los escalones, mucha la guardia en la casa del alcaide, mucho el peso de la campana.

- ¡Bah! Dices que me deseas, y nada haces por darme gusto.

- No soy rico, pero en mi casa tengo alguna alhaja que te puedo regalar. ¿Estarías conforme con eso?

- ¡No! ¡Yo quiero mi campana!

Y el sordo, tras mucho cavilar, a la mora le fue con un plan.

- Bueno, puedo intentarlo. Lo primero que necesito es ser libre, lo segundo cuatro hombres vestidos y armados como los soldados cristianos. Entraré en la ciudad, luego, por un portillo que conozco y para no levantar sospechas, lo harán los soldados. Cual si fuera la guardia que va a hacer el relevo, subiremos hasta el matacán y nos la llevaremos.

- ¡Pero os verán y se preguntarán adonde la lleváis!

- Le quitaremos el badajo y diremos que va al herrero a reparar.

La mora le fue con el cuento al Cadí, y este la llevó ante el Príncipe para que ante él explicara tan absurdo y fantasioso plan.

- ¿Y por qué tanto empeño en la campana? Preguntó el jefe moro.

- Porque pidiendo lo imposible, será más fácil conseguir lo posible, mi señor - replicó ella.

- Bueno, está bien, al menos ya sabemos que hay un portillo por donde entrar.

Mentando que solo ellos estaban en el ajo, dejó libre la mora al iluso, que a los cuatro moros llevó hasta una especie de cigarral de su pertenencia. Allí esperarían a la noche, y en viendo la señal de una candela, por el portillo se dispusieron a pasar.

¡Ah vida traidora! Cada cual tenía su plan y la que menos pintaba ahora, era la bella mora.

Cien sarracenos en la oscura noche, en fila de a uno, al cigarral junto a los otros se fueron juntando. Se abrió la poterna y la llama de la vela arriba y abajo alumbró. Entonces los moros, al igual que hasta allí vinieran, uno a uno fueron entrando.

El Príncipe moro, con el grueso de su ejército, esperaba las claras del alba en que las puertas de la ciudad se abrieran de par en par, para a galope tendido, veloces entrar. Más, ¿qué había sucedido? ¡Las puertas no se abrían! En cada almena un soldado, los calderos con aceite hirviendo humeantes y preparados, arcos y flechas, piedras y venablos dispuestos para repeler cualquier intento de aproximación.

- ¡Ah perro cristiano y traidor, bien me la has jugado!

Sí. El pastor, que sería duro de oído, pero no tonto, nada más entrar en la ciudad se fue a ver al alcaide, le contó la añagaza que había urdido y la forma en que se resarcirían de los ganados perdidos.

- Esta noche, por el portillo del lienzo sur, entrarán un número indeterminado de moros. Como solamente se puede entrar de uno en uno, cachiporra que te crió y a la plaza a dormir con los ángeles. Cuantos más entren, mayor será el rescate.

 Y es que se puede ser Príncipe, muy letrado y buen caudillo. Lo que no se puede es fiar a la Casualidad empresas de tamaño porte, ni tomar por tonto y traidor, a alguien por el mero hecho de ser pastor.



Matacán: Voladizo que se ubica en la parte alta de una torre, muralla o cualquier otra fortificación y que permite, de forma segura, observar al enemigo y atacarle si fuera el caso. Por los orificios inferiores se podía lanzar proyectiles sobre los atacantes que se localizaban en la base.

Adarve: También llamado Paseo de ronda: Corredor situado sobre una muralla u otro tipo de fortificación que se protege por un lateral por un parapeto almenado y que permitía a los defensores moverse con rapidez en sus labores de vigilancia o combate frente a los atacantes.

Merlón: Saliente vertical que culmina muchas fortificaciones y que permitía ocultarse al defensor quedando a salvo de los ataques enemigos.

Almena: Espacio existente entre merlones. Con la utilización de la artillería se las conoció como cañoneras ya que por ellos se asomaba el extremo de los cañones.

Ladronera: Elemento defensivo que se proyecta exteriormente, a modo de balcón, con el suelo aspillerado para el ataque vertical, situado sobre los accesos para su defensa y sostenido por matacanes.

Cadí: Entre turcos y moros, juez que entiende en las causas civiles.




2 comentarios:

Elda dijo...

Muy buena treta la del pastor, y es que como bien dices, no por ser un letrado, se puede menos preciar la inteligencia del que no lo sea.
Un cuento muy entretenido y en el que se agradece la definición de todas esas palabras, pues la mayoría de ellas yo no las conocía.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Gracias Elda. si te ha entretenido, misión cumplida.
Salu2.