martes, 3 de enero de 2017

La Intrépida.


Quiso el azar, que aquel barco que se había botado un mes atrás, tuviera un capitán distinto al destinado para comandarlo. El hombre, mareante de rango y pro, tuvo la mala suerte de perder una pierna en un accidente fortuito que le privó del privilegio. El nuevo y joven capitán, nada más ver el velero que se estaba aparejando, quedó enamorado de él y puso todo su empeño en hacerse merecedor al honor de pilotarlo, pues cuatro eran los que rivalizaban por el puesto.

La nave, una goleta de borda baja, tres palos y una cangreja en cada uno, había sido bautizada como "La Intrépida". El mascarón de proa colocado en el tajamar, era un prodigio del tallador, causa de admiración que, queriendo representar una nave aguerrida y sin miedo a la tempestad, talló una figura de mujer en una nave sin mástil, sin timón y con las velas rotas por la violencia de los vientos. Imposible parece, que ni el armador, ni el capitán, ni nadie de cuantos admiraron la goleta, se dieran cuenta del fatal error del tallista, ya que la figura era la viva representación de la Diosa de la Mala Fortuna.

El día en que presto iba a iniciar su primera singladura, el capitán de la pata de palo, que hubiera mandado la nave de no ser por tan desgraciado accidente, estaba en el muelle para verla partir. Él sí se dio cuenta del desafortunado detalle, y demudado por el espanto y acongojado el corazón, agarrando por el brazo al armador, lo llevó a un aparte diciéndole que la goleta no podía salir a la mar. El hombrecillo, menudo, nariz ganchuda y quevedos de gruesos cristales, lo miró atónito. Creyó que, celoso él, quería estar en el puesto del otro a pesar de su manifiesta invalidez.

- ¡La Intrépida va a naufragar, se perderá y con ella los hombres y su cargamento!

- ¿Acaso, ha tenido usted una visión? ¿Está celoso del nuevo capitán? ¿No lo juzga capaz?

- ¡No me entiende! ¡La goleta está sentenciada, lleva consigo la mala fortuna!

Pero el barco, sueltas las amarras, desplegadas sus velas, ya abandonaba el puerto con aire majestuoso.

Durante tres días, la goleta voló a todo trapo batiendo récords, más, la noche del cuarto, fue eterna. La mar pasó de una simple marejada a mar gruesa, y lo que debió ser alba, apenas lo fue por obra y gracia de unos negros nubarrones. También trajo viento y centellas que vislumbraban algo peor. El capitán mandó largar escota, reducir trapo, y que se reforzasen los amarres de la carga ante la tormenta que arreciaba, y la mar, ya montañosa, que parecía querer hundirles en el abismo. Dos días de lucha y esfuerzos, un hombre desaparecido, y tras ello, la niebla y una calma chicha exasperante que duró una semana. Lo malo no fue todo aquello, lo malo fue que tras tanta lucha, se había perdido el timón. Aprovecharon para colocar un zuncho al eje, y cuando la chapuza solucionó momentáneamente el desaguisado, el viento comenzó a soplar nuevamente llevándose consigo la niebla.

A partir de aquel momento, la maniobra había de ser cuidadosa, para que el compromiso exigido al timón, fuera lo más liviano posible y poder aportar lo más cerca posible. Otros tres días perdidos en puerto para la reparación, pero de algo sirvieron. El maestro del astillero le dijo al capitán:

- Buen barco, precioso barco y marinero por demás, pero lleva el mal consigo.

- ¿Cómo dice?

- ¿Acaso no sabe a quién lleva en la proa?

Y el hombre le contó la historia de la Diosa Fortuna. De la Buena, y de la Mala. Y el capitán, por si las moscas, mandó retirar el mascarón y que tallasen otra figura de mujer con los ojos vendados, el cuerno de la abundancia bajo el brazo izquierdo, la mano firme en el timón, mientras que con la derecha agarraba a la calva Ocasión por los cuatro pelos que tenía en la nuca.

Como quiera que ya habían perdido un tiempo precioso, La Intrépida se hizo a la mar sin mascarón y con la intención de recoger el nuevo a la vuelta. Sin otros contratiempos dejaron su carga, embarcaron otras mercancías y volvieron al puerto donde ya estaba listo el nuevo mascarón.

A pesar de referir todas sus desventuras con pelos y señales, el tiempo precioso que se perdiera, el hombre desparecido, y el costo de las reparaciones y reformas, movieron al armador a despedir al joven capitán.

Más la última palabra aun no estaba dicha para La Intrépida. Hízose de nuevo a la mar la goleta, con un nuevo y experto capitán. Y según cuenta la leyenda, el barco se hundió cuando de Charleston  se dirigía a Nassau en su segunda travesía. De nada sirvió el nuevo mascarón, la fortuna, buena o mala, siempre será aleatoria, inconsecuente, voluble y caprichosa.


2 comentarios:

Elda dijo...

Bueno, parece que cuando la sentencia o el destino está trazado, por mucho que se le adorne o se le esquive,no hay forma de librarse.
Un cuento muy marinero al que no le falta ningún detalle de los nombres que se usan en estos menesteres.
Como siempre un placer leer tus historias.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
¡Quien sabe si con el joven capitán las cosas hubieran ido por otros derroteros!
A veces se muda demasiado pronto la confianza que se deposita en alguien, por mucho que justifique su proceder ante la adversidad.
Salu2.