lunes, 9 de enero de 2017

Los secretillos de Don Ferrnado.


A pesar de su oficio miserable, aquel hombre dejó a su hijo tres cosas: Un nombre que algunos juzgaban rimbombante, un terruño baldío y una ataúd heredado de sus mayores. Ahora, moría a su vez este hijo, Fernando María Casielles del Monte, que dejaba bastante más a los suyos.

Fernando padre, fue tamargo (tejero) toda su vida. Como jefe de una cuadrilla, en la que su hijo comenzó el oficio a la edad de ocho años, al llegar el buen tiempo allá por mayo, salía de casa para regresar a últimos de setiembre. Recorría pueblos y aldeas donde se requiriese de su trabajo por un salario misérrimo, pero sustancial para la economía familiar. Dejando la mujer a cargo de la casa, de sus otros dos hijos pequeños, los pocos animales que poseían y cuatro perras para ir tirando, cogía rumbo con sus herramientas a la búsqueda del pan que llevarse a la boca.

Así aprendió el hijo el ingrato oficio del padre, trabajando desde el alba al anochecer, durmiendo en el mejor de los casos a "teya vana" en cualquier pajar, desayunando "sopa calada" (pan con agua) y garbanzos con tocino para comer. Pronto tuvo conciencia ese hijo de que aquello no era vida y decidió que él no la viviría. "Cuando sea mayor e independiente, se prometió, seré un hombre rico".

Con catorce años continuaba fabricando tejas, pero quitándoselo de la boca,  ya tenía en marcha la construcción de un alfar en aquel terreno heredado. Los hermanos aprendieron a darle al torno y a cocer el barro, saliendo de allí una buena producción que vendían en los mercados. Antes de los veinte ya tenía una sala de modelado y decoración, un buen horno, aplicaban el vidriado a sus trabajos y gente que trabajaba para ellos. Fernando María, era el jefe, el motor que movía aquella pequeña industria con sus ideas y sus proyectos.

Fernando María Casielles del Monte era un hombre pragmático. Posiblemente él desconociera el significado del término, pero no su filosofía, esa fe que ponía en aquello que funcionaba, y las consecuencias positivas que generaba. El alfar se convirtió en fábrica de loza, su estatus iba en aumento, con ello, y su don de gentes, logró una buena boda y siete hijos.  

Llegado a este punto, dueño de propiedades y caudales en el banco, en lo mejor de la vida, va y se muere. Puntilloso, aparentemente, en todos los órdenes de la vida, no podía por menos que prever el fatal desenlace al que todos estamos abocados, máxime, cuando sus antecesores por parte paterna, habían muerto antes de los cincuenta. Por tanto, dejó una carta que habría de abrirse antes de dos horas después del óbito, donde reflejaba lo siguiente:

- "Es mi deseo, que el velatorio se celebre en el salón del primer piso. Se me vestirá de chaqué, reloj en el bolsillo del chaleco, alianza, gemelos y alfiler de corbata, que serán retirados antes de la inhumación, todo lo cual pasará a mi primogénito Fernando María Casielles Sobrino.
- Se me introducirá en el ataúd que contuvo de la misma forma a mis antepasados y que está en el desván. No tiene tapa, ni falta que le hace. ¡Que a nadie se le ocurra poner una! En su interior, y entre las manos, que reposarán sobre el pecho, se colocará la bolsa que está en el secreter de mi despacho sin mirar lo que hay dentro. La orientación ha de ser este oeste.
- Se dispondrán cuatro velones, dos a cada lado, en cabecera y pies, y una  lámpara baja en cada una de las esquinas de la sala. Detrás de la caja, veinte sillas iguales, en semicírculo ocupadas del centro hacia la derecha por mi amada esposa Doña Leonor, nuestros siete hijos de mayor a menor, y mis dos hermanos. Desde el centro hacia la izquierda lo ocuparán mi muy querida Doña Jimena con nuestros tres hijos, Luego, mi muy querida Doña Amelia con nuestras dos hijas y por último, mi muy querida Doña Irene con los otros dos.
- Es mi deseo, que se me entierre envuelto en un sudario sobre la dura tierra, y  cubierto por la que se saque del hoyo. El ataúd pasará de nuevo al desván, por si se le quisiera dar un uso posterior.
- El reparto de la herencia que dejo, será a partes iguales entre mis deudos - entiéndase; dinero en los bancos y  acciones - teniendo todos la misma consideración. En cuanto al patrimonio inmobiliario, cada cual en su casa y Dios en la de todos".

De las consideraciones que la carta produjera en cada cual, así como del efecto causado entre los que nada sabían de su oculta vida, no vamos a hablar. Diremos no obstante, que sus hijos estaban todos reconocidos, que el primer vástago habido con cada mujer, llevaba el nombre de Fernando María Casielles ya fuese hombre o mujer, en cuyo caso el nombre pasaría a ser el femenino. Esto de los nombres, que puede parecer una pedantería, no era ocurrencia suya, sino el empeño de cada una de sus amantes, y que, dicho sea de paso, no conocían más que la existencia de la esposa, pero no de las demás.

A eso de la media noche, cuando ya las numerosas visitas habían cesado, y los infantes medio dormitaban en sus sillas, se sintió un ruido cual si el difunto se hubiera tirado un buen cuesco. Las llamas de los velones, detectado el gas, se alargaron bien alimentadas, a la par que un olor como de huevos podridos o aguas ferruginosas invadió la estancia. Fue solamente un instante, el preciso para que cada cual se arrebujase en el respaldo de las sillas con cara de espanto. Pero lo peor estaba por llegar.
Mientras los niños chicos creían estar viendo una representación circense, sus madres los cogían de las manos tratando de protegerlos, mudas de terror pero sin osar levantarse. Entonces, don Fernando comenzó a levitar, se desplazó fuera de la caja y quedó de pie. A punto estuvieron de echar a correr, pero el difunto extendió los brazos en un signo conciliador y todos se quedaron donde estaban. Caminando como un autómata, metió la mano en la bolsa, sacó una a una las monedas de oro que contenía, y las fue depositando en la temblorosa mano de los asistentes. Acabado el contenido de la bolsa, volvió al lugar y a la posición en que estaba dentro de la caja.

El resto de la noche nada sucedió, y todos debieron pensar que aquello no había sucedido, que se habían quedado dormidos y habían tenido un mal sueño. Más la moneda continuaba en sus manos por la mañana.

Lo enterraron tal cual había pedido, y aquella moneda obró el milagro de unir a toda la familia de tal forma, que la empresa de la que todos eran partícipes, se convirtió en puntera con sucursales que exportaban a todo el mundo. Loza de todas clases, desde vajillas y cristalería, hasta bañeras o inodoros, lámparas o figuritas de porcelana, sin olvidarse de su origen; también tenían tejeras donde el barro se conformaba en máquina y no a mano como hiciera Don Fernando María Casielles, y primero su padre, su abuelo y otras generaciones.

 Hermanos y hermanastros se trataban con afecto, unidos, por la moneda, y aquella jerga de los tamargos solo por ellos entendida y transmitida por el padre a sus hijos, y de práctica habitual entre tíos y sobrinos; la xíriga. Hasta el logo de la empresa, hacía una referencia explícita al oficio; El cavador, sacando del túnel el barro en finas lajas, el tendedor que se ocupaba de ponerlas al sol, el maserista que amasaba el barro, el cocedor y el pinche. Bajo el logotipo, las palabras que las mujeres pronunciaban cuando a allá por el mes de mayo se marchaban:

"Por San Miguel, tengáis o no tengáis, aquí vengáis, que lo que aquí tenéis sabéis dónde lo dejáis".


2 comentarios:

Elda dijo...

Jajaja, sin duda tienes una imaginación esplendida que llevas al papel con pericia.
Me ha encantado este relato que me ha parecido divertido e interesante por las habilidades del protagonista (las tuyas para contarlas). Una vida corta pero muy bien aprovechada :)
Un placer haberte leído Alfredo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Te agradezco la paciencia que tienes conmigo Elda.
La historieta no es creíble, sí al menos fue entretenida, me elegra.
Salu2.