jueves, 12 de enero de 2017

Matar es Fácil: La desaparición de Mateo.


Todo comenzó al día siguiente de la desaparición de Mateo. Como todos los fines de semana y festivos, a eso de las diez de la mañana estaba llamando a la puerta de su casa. Su mujer apenas abrió un palmo. Sin intención de dejarme pasar, ni devolverme un saludo de cortesía, dijo que Mateo no estaba. Un poco mosca, pues era la primera vez en cuatro años que tal cosa sucedía, le dije que si no iba a tardar mucho, iría a tomar un café al bar de enfrente. Ella, en ese tono desabrido que solía utilizar, expuso en cuatro palabras el motivo por el que yo no iba a atravesar aquella puerta:

- Mateo desapareció ayer, no sé donde está.

Quedé un poco descolocado, sin conciencia exacta de lo que había dicho, pues me parecía inverosímil. Soy fisioterapeuta, durante la semana trabajo con Mateo en el hospital, y como quiera que no es conveniente que deje un solo día la rehabilitación, sábados, domingos y festivos, siempre a la misma hora trabajamos en su casa. Mateo padece una enfermedad crónica en las articulaciones, y que de no ser por el tratamiento, estaría condenado a la inmovilidad absoluta. Tras este tiempo ha mejorado bastante, suele andar un par de kilómetros, repartidos entre mañana y tarde, pero de eso a desaparecer...

- ¿Se habrá caído y estará en  urgencias o algún  centro médico?

- Llamé anoche al ver que no regresaba. No está en ninguno de esos sitios.

- ¿En casa de su hermano?

- Tampoco.

 Me estaba poniendo nervioso con tan escuetas respuestas sacadas a gancho.

- ¿Y has dado parte para que lo busquen?

- Creo que hasta que no transcurran cuarenta y ocho horas no se puede dar parte.

 Aquello era una solemne memez, Mateo era un inválido que podía estar tirado en cualquier cuneta, y ella allí, tan tranquila y con cara de asco ante tanta pregunta incómoda.

Di media vuelta y me fui hasta la comisaría a presentar la denuncia. Le expliqué al policía que me atendió, quién era yo, por qué estaba allí, lo que sabía de la desaparición de Mateo, las particularidades del caso y hasta la mala relación de la pareja. Ella, cuatro años menor que él, rayana en la sesentena, amargada por una vida que se le iba sin poder disfrutarla,  culpaba de ello a su marido, que bastante desgracia tenía con su enfermedad.

Tras hacer unas comprobaciones urgentes sin resultado positivo, dos policías fueron a hablar con Ana, la mujer. A partir de allí, yo quedé al margen, pero en disposición para lo que pudieran necesitar.

Durante todo aquel fin de semana, no puede apartar de mi cabeza lo ocurrido. La inquina que Ana sentía por mí, seguramente nacía al creerme confidente de Mateo. No voy a decir que esa inquina fuera recíproca, pero sí es cierto mi desagrado por ella. Sabía del mal trato de palabra que le daba, importándole un comino mi presencia, así que cuando estaban ellos solos, cosas peores podían suceder. Estos pensamientos me llevaron a una conclusión: Allí había no solo maltrato... tal vez había un crimen.

Traté de apartar de mi mente semejante barbaridad, pero una y otra vez volvía al mismo punto. A ella le hubiera sido fácil meterlo en el coche, todos los días lo llevaba al hospital para la rehabilitación, y con la disculpa de ver la mar, arrojarlo desde cualquier acantilado. Mateo ya no era el hombre que fue, aunque de considerable altura, era la radiografía de un silbido; pesaba cuarenta y ocho kilos y fuerzas escasas. Hasta de la cama había de levantarlo. Una cama articulada que yo le recomendara, con un colchón el último grito de la tecnología. Sus sensores hacían variar la temperatura en función de la parte del cuerpo que lo necesitaba. También la dureza o la rigidez, dato este importante para transformarlo en camilla de masaje.

Una semana más tarde, de la desaparición de Mateo, fui a la policía a preguntar por la investigación, en los diarios ya no era la noticia de primera página que yo fomentara, y poco se comentaba. Nada se sabía. Entonces, les pedí que escucharan una peregrina idea que me atormentaba.

- Creo que Mateo está muerto, en su casa y en su cama. 

No llegaron a reírse de mí, la cosa era seria, pero creyeron que desvariaba. Proseguí impertérrito.

- El colchón que tiene en su cama, está construido a base de polímeros termoplásticos. Si se calientan demasiado, pueden llegar a estado líquido y al enfriarse vuelven a estado sólido. Su mujer ha manipulado los controles, le ha dado calor hasta que se han reblandecido, el cuerpo se ha hundido dentro del colchón, en ese momento ha bajado la temperatura hasta solidificarse de nuevo. Ese es el ataúd donde han de buscar para que esa mala mujer se pudra en la cárcel.

La policía volvió a visitar a la mujer. Le hicieron preguntas que antes no habían hecho, vieron el librillo de instrucciones de la cama y el colchón, comprobando como uno de los capítulos, demasiado técnico para cualquiera, tenía las esquinas de las hojas sobadas y resobadas de mojar el dedo tantas veces como se pasaban. No tuvo inconveniente en que vieran la habitación. La cama estaba hecha perfectamente, sin una arruga en la colcha. Imposible parecía mi acusación, pero fueron al juez para que diera permiso para deshacer el colchón.

Ana fue condenada veinte años.


2 comentarios:

Elda dijo...

Bueno bueno Alfredo, esto es el súmum de la imaginación, jamás se me habría ocurrido una forma de asesinar tan técnica, jajaja.
Me ha encantado esta historia, es fantástica, pero escribes tanto que no me da tiempo a respirar, jajaja.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
No se si ya te he contado que tengo mala memoria. Es por eso que cuando tengo una idea, la escribo lo más rápido posible. En este momento tengo tres o cuatro borradores listos para publicar, pero los iré dosificando no vaya a ser que me quede en blanco durante una temporada.
Oye, lo cierto es que esos polímeros actúan de esa forma, otra cosa es que vuelvan al estado original.
Muchas gracias por el comentario, me haces sentir como el pavo (aunque yo se que no es para tanto)
Salu2.