jueves, 2 de febrero de 2017

Cosas de la mar.



Se suele decir, que a la tercera va la vencida. Para mí solamente es un dicho para significar que hay que tener constancia. Si mi padre no hubiera tenido esa constancia, quizá aún estuviera vivo. Os contaré el motivo.

Su vida laboral comenzó a los quince años en una embarcación de pesca. Había sido botada en 1915, cuatro años tenía en esa fecha mi padre. De madera, sin cubierta, y enarbolando dos palos; mayor y trinquete, 15 metros de eslora y 20 toneladas. Dependiendo de la costera, podía llevar entre 10 y 15 pescadores. Fue una de las últimas de este tipo, pues el vapor se imponía dada su rapidez y seguridad. Rapidez para llegar los primeros a los caladeros y para volver a la lonja con la pesca, ya que el mismo pescado vendido en primer lugar, siempre alcanza un precio más alto. El vapor no entiende de calmas que paralicen su marcha, y da mayor seguridad a la hora de salir de situaciones comprometidas por la precisión de las maniobras.

El barco, de nombre Rosaura, no iba a terminar sus días por culpa del vapor, los terminó por una grupada. Un violento golpe de mar, que rompió contra el costado de la nave en el justo momento en que habiendo completado el cerco del bocarte, se disponían a izarlo a bordo. Ya el salabre recogía los boquerones encerrados en la red. Brillaban como la plata a luz del bote lucero, que alumbraba atrayendo el plancton, y tras él, las que más tarde serían anchoas.

Se hundió el Rosaura en un santiamén, y a punto estuvo de llevarse la tripulación al fondo, encerrados por las redes y atrapados por el velamen. Fue una noche extraña, brillaban las estrellas en lo alto, la mar, con esas olas largas de crestas espumosas que forma una  marejada, no representaba peligro. Tan solo aquella ola que nadie vio venir.

Por esta vez, tuvieron suerte los pescadores. El bote auxiliar comenzó a recoger náufragos, las luces que llevaba para atraer a los boquerones, sirvieron para iluminar la escalofriante escena. Luego, el Silvino primero, barco a vapor también en busca del cardumen que llenara sus bodegas, viendo lo ocurrido, puso raudo proa hacia el lugar, finalizando el rescate de la tripulación del Rosaura.

El segundo naufragio que padeció mi padre, fue estando a bordo del Ramón de Cué. Era un vapor con casco de madera y 24 metros eslora, que faenaba a la merluza en el caladero denominado Playa del Agudo. En tránsito desde Guinea hasta La Rochelle, navegaba un carguero con maderas nobles. A la altura de Santander, con mucha mar, perdió parte de la carga posiblemente por una estiba incorrecta. Uno de los troncos perdidos, recorriendo más cien millas a la deriva, fue a impactar contra el casco del Ramón de Cué, provocando una seria vía de agua. El barco se hundió dando el tiempo suficiente para que la tripulación se pusiera a salvo.

Parece que las peloteras en mi casa eran continuas. Mi madre no quería que mi padre volviera a la mar: "¡Juan, no hay dos sin tres y a la tercera va la vencida, quédate en casa, busca otra cosa, no quiero que vuelvas a la mar!" Y mi padre dejó de ir a la mar, pero no por aquella causa, fue por culpa de la Guerra Civil. 
A partir de septiembre del 37, a punto de cumplir yo los dos años, los barcos pesqueros empezaron a salir subrepticiamente de los puertos asturianos cargados de milicianos y evacuados en dirección a Francia. Hasta los botes a motor huían tratando de evitar al "Chulo del Cantábrico", como se llamaba al crucero Almirante Cervera, que cañoneaba cuanto se ponía a tiro, o apresaba a los que en la noche trataban de huir.

En el tiempo que mi padre quedó varado en tierra, buscó trabajo a la par que se sacaba el título de patrón de altura, y con él en la mano, acabada la guerra, se volvió a embarcar con la oposición de mi madre. 
A finales del 42, en plena Guerra Mundial, estaba embarcado en un petrolero que hacía la ruta desde el golfo de Méjico hasta Cuba. Al regreso de La Habana, un submarino alemán lo torpedeó y hundió. Era el tercer barco que se iba a pique con él a bordo, pero de esta también salió indemne.

Tratando él de dar una seguridad a la familia, de la que mi madre dudaba, fue a parar a un granelero que traía trigo y maíz de Argentina. Aunque los malos augurios de mi madre no se habían cumplido, con algo de dinero en el bolsillo decidió que era hora de regresar a casa. Para entonces ya la flota pesquera en España iba en aumento y había oportunidades. Corría el año 47.

Parece imposible de creer, que tras aquellos sucesos su obsesión por la mar no decreciera un ápice. Al contrario, a poco de llegar, compró un lancha para dedicarse a la bajura. Engatusó a mi madre de tal forma, que cuando le enseñó aquel barco, carena en rojo, azul el tajamar, con una banda bajo la borda en blanco, puente y cabina del mismo color, se le soltaron las lágrimas de orgullo y felicidad. En el frente de la cabina estaba el nombre de mi madre: Soledad, y debajo la leyenda; "Ella nos guía". No sabría decir yo si esa leyenda era por ella, o por ser la Virgen de la Soledad la patrona de la Cofradía de Pescadores de Gijón. El caso es que, se le fueron de la mente todas sus prevenciones, se abrazó a su hombre con el convencimiento de que aquellas falsas corazonadas suyas no volverían.

Por aquel entonces tenía yo doce años, mi padre treinta y seis, mi madre treinta y cuatro. Ella, a pesar de ser hija de pescador, jamás había pisado un barco, aquella fue la primera vez. Salimos del puerto para ver desde la mar la bahía de Gijón, luego viramos en redondo para ir hasta Luanco. El día estaba hermoso, lucía el sol en todo lo alto como debe de corresponder al mes de junio. La fuerza de la mar apenas si producía un leve balanceo, procurando él que las viradas fuesen suaves. Tras pasar unas horas regresamos a puerto. Mi madre estaba encantada y ni siquiera se mareó.

Un día, fondearon junto a la escalera de la rula. Empezaron a descargar las cajas con parrocha con bastante esfuerzo, pues la mar estaba baja y las tenían que aupar al suelo del espigón que quedaba más alto. Acabada la faena, mi padre saltó desde la borda hasta la escalera, era un simple paso mil veces repetido, pero la mala suerte quiso, que resbalara al pisar un pescado que una gaviota había tratado de robar. Cayó hacia atrás y se rompió el cuello contra su propia embarcación. Era el año 55 y él solamente había vivido cuarenta y cuatro.


La lancha no se vendió, ni mi madre se volvió a casar, ofreció a Avelino, el segundo de mi padre, el puesto de patrón que aceptó. Ella, además de llevar sus propias cuentas, compraba pescado por barcos enteros para las conserveras. Yo, no sé si dije que no me gusta la mar, no pude acabar la carrera de ingeniero naval que deseaba mi padre, pero me dedico al diseño de barcos.




Dicen, que el dicho que le repetía Soledad a Juan, viene de la milicia romana. Los soldados que formaban la primera fila, los vélites, eran pobres y bisoños como lo fue mi padre. La segunda fila, estaba compuesta por hombres más veteranos, llamados príncipes, y en la tercera estaban los triarios, cuyo valor estaba probado y que gracias a ellos, se echaba el resto. Es decir, si la primera y la segunda flaqueaban, la tercera vencía. O lo intentaban.



3 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
La foto que encabeza el cuento, es de Luarca. La rula o lonja, es el edificio que está al fondo, puertas de azul y entreabiertas. Uno de los pueblos más bonitos de Asturias. Pertenece al Concejo de Valdés.

A grandes rasgos.
Cerco: La pesca de cerco se lleva a cabo con una red rectangular. En uno de sus lados largos, lleva corchos que la hacen flotar, mientras que en el contrario va lastrada con plomos. El barco, largando red, traza un círculo rodeando el cardumen, cuando el cerco está completo, se cierra por abajo y se comienza a subir. El pescado atrapado, se saca con el Salabre o sacadera, una especie de cuenco hecho de red unido a un palo.
El bocarte o boquerón, también lo llaman en algún sitio hombrinos y anchoa, aunque la anchoa es la elaboración en salazón del bocarte. Se utilizan en vivo para la pesca del bonito. El bonito, se pesca a caña, anzuelando un bocarte, a la par que desde el barco se lanza agua para engañar al túnido, que cree que el movimiento en la superficie es producido por los boquerones.
Los boquerones ocupan los primeros lugares en la cadena trófíca, se alimentan de plancton y son el alimento de muchas especies.

Costera: La costera se refiere a la temporada de pesca de una especie: La costera del bocarte, de la sardina, el bonito...
Salu2.

Elda dijo...

Que bonito cuento Alfredo. Desde luego tienes que entender mucho de todo, para expresar tan bien lo que cuentas, en este cuento y en los demás.
Me ha encantado el tema y sorprendente el final de como murió el protagonista, toda la vida en el mar y va morir de un resbalón.
He visto la foto tan que has puesto, y me sonaba muchísimo, y resulta que hace un par de años o tres estuve por Asturias, y Luarca fue uno de los sitios que visitamos y de la que tengo unas cuantas fotografías. Precioso pueblo que paseamos y subimos hasta arriba del todo, pero no recuerdo como se llamaba desde donde vimos todo el magnífico panorama.
Ha sido un placer tu entrada.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Hay un dicho que reza así: Oficial de mucho, maestro de nada. A este voy a añadir otro: Sabe más el diablo por viejo, que por diablo.
Tal vez yo sea un viejo oficial del diablo.
Conozco casi todos los pueblos de mi tierra, la mayoría son hermosos y cada cual tiene su aquél. Si un día tienes tiempo y quieres ver algunos de ellos, tengo las fotos colgadas en el Face. Y si un día te da por venir, algo te puedo enseñar.
Muchas gracias por los comentarios que me dejas, siempre amables y de un elogio que no se merece.
Salu2.