viernes, 17 de febrero de 2017

El color de las patatas con arroz.


Bajamos un trecho por la carretera hasta llegar a la iglesia. Justo al lado de la fachada que da al sur, arranca el camino, la bordea y, pasando pegados a la tapia del cementerio, vamos ascendiendo por donde antaño subían los carros hasta la mina de carbón. Apenas quedan restos, las huellas profundas en el suelo, la escombrera donde ha ido creciendo una vegetación heterogénea que crece a su libre albedrío, y  que casi la cubre por completo. La bocamina aún se puede ver. Una pared de ladrillo la tapa y, por si a alguien se le ocurriera derribarla, colocaron una gruesa reja de hierro. Siempre me da un escalofrío, tal vez sea el saber que una explosión de grisú,  segó la vida de siete personas. Fue entonces cuando hundida, la cerraron. En verdad aquello era un chamizo más, sin derecho a llamarse mina.

Nos dirigimos hacia al este, a partir de aquí, el camino solamente es una vereda que el ganado y los excursionistas se ocupan de mantener abierta. Los helechos jalonan una subida que se hace por momentos más dura, solamente son unos centenares de metros, luego, se hace llevadera. Las hayas, castaños y robles han vuelto a crecer no sé si por generación espontánea, o porque alguien los plantó. Cantan los pájaros en esta mañana radiante, ya vamos llegando a la casa del ahorcado.

De la pequeña casa, solamente se ven las paredes. Se puede apreciar que tenía la cocina, dos habitaciones y la cuadra. No dejo de preguntarme qué es lo que tienen las chimeneas, se puede caer la casa entera, pero ellas permanecen inhiestas por muchos años. Aquí vivió un matrimonio. El hijo que tuvieron, se marchó en la juventud y jamás volvió. El padre, que en sus años mozos fue ciclista de fama, la construyó, quién sabe si para apartarse del mundo, a raíz de un accidente en una prueba por etapas. Él marchaba el primero en la clasificación general, pero bajando aquél puerto, iba en pos del segundo que le quería arrebatar el liderato. En una curva, el que iba delante, se cayó, chocó contra el pretil y rebotó hasta el centro. José no lo pudo evitar, la rueda delantera pegó contra la espalda del caído y salió lanzado por los aires. Un hombro y una rodilla rotos le apartaron de una profesión en la que tenía mayor futuro. Fue entonces cuando hizo la casa.

Nadie sabe lo que le pudo pasar por la cabeza, pero con cincuenta años, se colgó de una viga en la cuadra. Cuando la mujer llegó del mercado a donde iba a vender, lo encontró. Desde entonces empezaron a llamarla la casa del ahorcado. La mujer no durmió allí ni un solo día más y, abandonada, colapsó la techumbre.

Ahora vamos en dirección norte, estamos describiendo una amplia curva este, norte, oeste, sur, que nos llevará a la cima del monte. Un monte cónico, redondeado y calvo de árboles pero pleno de hierba que los caballos se encargan de segar. Pero antes de llegar, veremos la cabaña mirando al norte que el ciclista utilizaba para curar la cecina de los caballos que allí mismo mataba y descuartizaba. Aún la utilizan los que llevan sus animales a pastar, en ella suelen guardar sacas de pan duro y unos puñados de cebada. Ya no hay cecina, ni muertes a escondidas, ahora, los caballos de carne los bajan hasta la carretera y los meten en un camión camino del matadero.

A la derecha, y separada del monte por una vaguada, va quedando la montaña. Ya sabes, el monte puede tener árboles o estar pelado, pero es monte. La montaña, es una masa pétrea donde se esconden el oso y el lobo en invierno. Yo lo entiendo así.

Hemos llegado a la cima. Desde aquí, se ve todo y no se ve nada. No ve nada aquél que solo mira el paisaje como una sucesión de montes o montañas, más o menos verdes, más o menos poblados de árboles, más o menos altos. Pero el monte es algo más, es el susurro de las hojas mecidas por el viento, el esquilón o el cencerro que los cuadrúpedos llevan colgados al cuello para que la manada no se separe en los días de niebla, el raposo que huidizo nos mira desde la lejanía, el alimoche que vuela silencioso, el contraste entre la falda donde abundan las cotollas (tojo) con su florido amarillo y las urcias (brezo) de color rosado, con el verde de la campa.

 Sí, se ven otros montes, ninguno como este que hollamos, cada cual hermoso a su manera. Allá está aquel picacho que en la cima conserva uno de los lienzos de la torre, esa que le dicen “del moro” cuando en realidad ni uno solo la pisó. Para entonces ya estaban muy, muy lejos. Se oye el tañer de una campana hacia el oeste. Es la hora del Ángelus. Volteamos la cabeza, la espadaña de la iglesia destaca sobre los tejados que en otro tiempo fueron rojos y hoy son negruzcos de hollín. Las chimeneas fuman sin cesar esparciendo el humo por el valle, y seguro, que si estuviéramos en el pueblo, a la nariz nos llegaría el olor de la fabada. Vemos la carretera nueva, pareja al río, haciéndose una compañía que el agua y las truchas posiblemente no hubieran querido; botes, plásticos, neumáticos... Un poco más allá, el puente de cuatro ojos, calzada que fue trazada por los romanos, paso de peregrinos que tomaban el agua en la Fuente de los Llocos al principio de la arcada. Hoy el río ha dejado huérfano al puente, se marchó por otro lado, y bajo él, solo quedan guijarros y maleza. Más triste fue lo de la carretera, les estorbaba el último ojo, y hoy el camino ancestral está cortado a pico.

Al frente podemos divisar la chimeneas de la fábrica de aceros, los haces de vías por donde transitan los trenillos cargados de carbón, mineral y caliza. El plano inclinado por donde bajaban las vagonetas de aquella mina con nombre de mujer y aquella otra que daba salida al carbón atravesando el río por medio de un teleférico. ¡Hay las minas! Nombres femeninos por doquier; Baltasara, Mariana, María Luisa, Lola, Avelina, Esperanza, Modesta, Santa Bárbara...

Comenzamos a bajar por el lado oeste. Hemos dejado atrás, allá en el fondo, la ciudad y los pequeños pueblos que viven en los valles, al abrigo de esos montes, de la sierra de cumbres aún nevadas. Es una bajada casi recta. Saltamos el regato alimentado por una fuente con abrevadero. Curioso encontrarla tan arriba. El regato va buscando camino, haciéndose más caudaloso. Llegará a alimentar el lavadero donde las mujeres con el balde a la cabeza, llegarán para trajinar, lavando y tendiendo, mientras comentan, ríen o cantan dependiendo del pie con que se levantaran.

Ya llegamos a la carretera vieja, desde aquí todo bajada por un buen firme, Paramos en casa de Fonso, fogonero y maquinista que fue de aquella maquinilla que arrastraba veinte o treinta vagonetas, y que le decían La Galana. Ahora está pensionado, lleva un braguero para mitigar los dolores de una hernia, que no le pueden operar. Tal vez más adelante, cuando encuentren mejores medios. ¿Y del amor? - Yo ya ni chicha ni limoná. Media hora hablando de enfermedades, mi tío, soltero y escribiente en el economato, que si la mancha esto, que si la mancha lo otro... Si al plato llegaran más tajadas y menos patatas, tal vez no estarías del pulmón pienso yo. Y el otro, que si el güevo derecho, que si la ingle, la espalda... Y yo, que surniaba un poco a cuenta de la sombra, habiendo estado toda la mañana al sol, fui el centro de atención de los dos hombres... ¿Tú crees, que tragarse los mocos puede ser bueno? Le dice mi tío Avelino a Fonso. ¡Bah! le responde el otro, yo me fumo un paquete de cuarterón al día, y aquí estoy. Además, todos hemos sido críos. ¡Como si ellos no hicieran lo mismo!

Nos vamos, apenas nos quedan unos centenares de metros para llegar a la aldea, hoy comeremos batallón, ya nos avisó mi madre antes de salir ¡Venid con hambre, que hoy hay patatas con arroz! Menos mal que también llevarán chorizo. Lo digo por el color.





2 comentarios:

Elda dijo...

Muy bueno el relato Alfredo. Tiene sus puntitos románticos y otros graciosos como el decir de los dolores, y toda una belleza la exposición del recorrido, con el que he disfrutado como si yo misma caminara por esos lares.
Me ha encantado esta frase: "las chimeneas fuman sin cesar esparciendo el humo por el valle" ¡qué bonita!, quizás te la plagie algún día, jajaja.
Me ha gustado mucho, igualmente las imágenes.
Un abrazo y buen fin de semana.

Alfredo dijo...

Elda.
Muchas gracias por el comentario.
El recorrido es fácil de describir en una tierra como esta, pues hay rutas hermosas en cualquier lugar que vayas. ¡Más quisiera yo poder describirlas como se merecen!
En cuanto a la frase, yo no tengo "copyrigit". Utiliza lo que quieras.
Salu2.