jueves, 9 de febrero de 2017

Los sueños del pintor y la pitonisa.


He tenido sueños raros, pero como el de esta noche, ninguno. He soñado con batallas donde yo era el adalid, me he visto cual desheredado de la fortuna viviendo bajo un puente, cazando en la sabana animales raros, y hasta con escarabajos peloteros que rodaban la mierda de los demás, para colocar su huevo dentro.

Es muy posible que cada sueño estuviera influido por el estado de ánimo de ese día, o del precedente. Así, adalid igual a triunfo o reconocimiento en el trabajo. Por el contrario, cuando como los gitanos vivía, daba la casualidad de que todo se había ido al traste. En cuanto a lo del escarabajo… es difícil de saber. A riesgo de decir una estupidez, no tengo otra explicación que la siguiente: El sentido de protección hacia los que un día serán mis hijos. 
Dentro de la bolita que el coleóptero transporta para esconder en su guarida, la larva calentita por la fermentación del estiércol, se alimenta hasta llegar a su completo desarrollo. Luego continuará con su ciclo reproductivo ya en el exterior. 
Ver veremos si es cierto eso que pienso, el día que encuentre alguien para compartir mi vida. Ésta es una ensoñación, una fantasía sobre algo futurible que ya tarda en llegar.

Mientras ese momento llega, pienso en este sueño que me tiene confundido y que paso a relatar. Estaba en mi garaje. En una de las paredes tengo colocada una cajonera pintada de gris. Cada cajón está numerado sobre el tirador. Al abrir uno al azar, se puede comprobar que está dividido en compartimentos con contenidos iguales pero de distinto calibre. Verbigracia: Cajón 7, tornillería. Compartimento A: Tornillos de 6x10, compartimento B: Tornillos de 6x15, compartimento C: Tornillos de 6x20, y así sucesivamente. Lo mismo para tuercas, arandelas, material de fontanería u otras cosas por el estilo.
¡Cuánto orden, qué pulcritud! Sobre todo para alguien que no tiene garaje, ni coche, ni se dedica a la mecánica ni a la fontanería... 

Me saqué el carnet de conducir antes de ir al servicio militar, decían que era un chollo estar de chofer, aunque yo no lo tenía claro; me daba pánico conducir. Llegado al campamento, nos separaron por grupos. Pidieron barberos, y salieron un par de ellos, conductores, albañiles, electricistas… Me fui con los míos, el grupo más numeroso quitando los sin oficio ni beneficio.
Aparte de la instrucción, a todos nos daban cursillos; mecánica a los mecánicos, electricidad a los electricistas… Y a mí me mandaron a un carro de combate como conductor. En aquel agujero, me asfixiaban el calor y el humo, padecía de ansiedad, salía con la camisa pingando y el pantalón como si me hubiera orinado encima. 
Le pedí al sargento que por favor me diera otro puesto, y el me convenció para que me quedara, al fin y al cabo, los tanques solo se arrancaban una vez al mes - demasiado consumo - y circulaban por el monte, sin tráfico. 

En fin, dejemos de divagar y vayamos al asunto. Fui al garaje. La cajonera era un colador. Toda llena de agujeros de polilla. Al abrir uno de los cajones, salieron volando docenas de ellas. Las tablillas que separaban los compartimentos, estaban hechas serrín, se desmoronaban al simple contacto con los dedos. Algo raro en verdad, pues el día anterior todo estaba perfecto. En los pocos minutos que estuve allí, los agujeros se hicieron tan grandes, que veía la claridad al otro lado. Yo estaba soñando, lo sabía, y aplicaba la lógica; ¿Por qué veo claridad, si al otro lado hay una pared ciega? ¡Imposible!
Por muchas vueltas que le di a la cosa, esta vez no le encontraba explicación alguna. Y los agujeros aumentaban en cantidad y tamaño, repitiéndose un día tras otro, aquél maldito sueño.

Consulté la guía telefónica por ver si encontraba alguna bruja, perdón, pitonisa que me pudiera ayudar. ¡No iba a ir al loquero, era lo que me faltaba!

No creí que esta gente estuviera tan solicitada, me dieron cita para tres días después a la una y media de la tarde. Llegué puntual y puntual fue ella. 
Cada cual se hace sus composiciones y yo llevaba la mía. Esperaba encontrar una mujer cincuentona con sus cartas del tarot, la bola o algún otro símbolo o instrumento de ayuda. Esperaba entrar en una habitación oscura, con olor y humo de incienso, con signos cabalísticos o esotéricos en las paredes, qué se yo. Pero me equivoqué de medio a medio. La estancia era grande, un ventanal con cortinas traslúcidas dejaba pasar tamizado el sol del mediodía. En las paredes pintadas de blanco, cuadros con paisajes de montañas nevadas, contrastaban con otros del desierto, un jarrón con flores, una mesilla auxiliar... y poco más.
Mi interlocutora era joven y preciosa. No se levantó de la butaca. Sentada a la mesa camilla – esto si debe de ser de obligado cumplimiento- jugaba con un tablero de pizarra en el que había una cuadrícula trazada en blanco. En unos pequeños cuencos tenía fichas de parchís, rojas, azules, verdes y amarillas que colocaba arbitrariamente en unos u otros cuadrados, al menos eso me parecía, mientras yo hablaba.

Me preguntó qué era lo que me había llevado allí, y le conté la necesidad saber el significado de mi sueño. También me preguntó el porqué de no haber acudido a un sicólogo, cual era mi trabajo, mi situación económica, relaciones estables etc. etc. etc. Lógicamente, no iba a responder a todo aquello con la verdad. Para contarte mi vida, pensé, hubiera ido al sicólogo como bien dices, pero temo que me infle a pastillas. Así que, milonga tras milonga, respondí a sus preguntas con todo lo contrario a la realidad, para pasar después a relatarle el puñetero sueño.

Escuchado aquello y colocadas bastantes de las fichas en el tablero, me dijo:

 - Van a ser cien.

Mucho me pareció, pero los puse sobre la mesa. Ella cogió los dos billetes de cincuenta, los dobló, y los introdujo por una ranura bajo el tapete. Acabó empujandolos con una paletilla de esas que los médicos utilizan para mirar la garganta hasta, supongo, el fondo de una caja fuerte bajo la mesa. Luego pasó a darme el veredicto.

- Creo en la realidad del sueño, por el contrario, casi nada de todo lo que me ha contado. Me dice que es pintor, sobre todo de luminosas marinas y paisajes verdes o floridos. No lo creo. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta y seis, treinta y ocho?
Su vida es apagada, triste. Las esporádicas relaciones no satisfactorias, siempre le dejan con un amarguillo en la boca, no son profundas, y no entienda por profundas, catorce o quince centímetros más o menos. Necesita algo estable que dé sentido a su vida. Las polillas, no son sino el anuncio de la vulnerabilidad espiritual, emocional y económica en que se encuentra, por culpa de esa pintura gris que realiza. Deje esa obsesión por pintar como Sorolla y sea usted mismo, el que debió ser hace años cuando empezaba. Encuentre el camino, ese reflejado en el sueño; el orden, el mimo, la pulcritud de lo bien hecho. En definitiva, hay que desterrar la polilla que se lo está comiendo a bocados. Hay que recapacitar sobre algo que hizo, posiblemente sin remedio ya, perdonarse o perdonar, para que la esperanza le haga renacer a un futuro mejor. Espero que tenga suerte.

¡Cómo fue capaz! Leyó en mi interior como si fuera un libro abierto, supo ver mis mentiras, lo anodino de mi existencia, la búsqueda del sexo fácil que ahuyentaba por unos segundos mis pesares, el sentimiento de culpabilidad que venía arrastrando durante años. Y todo, escuchando mientras movía sus fichas en el tablero, apreciando el tono de mi voz, mis ademanes, la expresión corporal toda. Quizá, absorto en sus juegos de manos, yo había cometido errores poniendo énfasis donde no debía. 
En aquel rato que pasé con ella, me cautivó de tal forma, que no llegué a intuir que ese era el sistema usual con los que acudían a sus consultas. Por eso, con toda mi cara, pasando del usted al tuteo, me atreví a proponer:

-  ¿Me ayudarías tú?

 ¿En qué forma? ¿No te bastas solo?

- No. No es eso. Posiblemente ahora pueda salir solo del agujero, ya sé lo que me sucede. Lo que quiero es una cita, me gusta mucho tu manera de ser, de decir. No llevas anillo, ni sé si tienes pareja, si así fuera, me bastaría, de momento, con ser tu amigo, pero deseo algo más profundo que los centímetros que has mencionado.

Sonrió con tristeza. Aquel cómodo sillón donde estaba sentada, inició un movimiento hacia atrás. Era una silla de ruedas mecánica, perfectamente camuflada, luego hacia adelante hasta colocarse ante mí, que me había puesto en pie, se levantó la falda a la altura de las rodillas diciendo...

Voy a aceptar la cita… si te atreves. Te servirá de terapia.

Cerré la boca abierta por la sorpresa, le faltaban ambas piernas hasta las  rodillas. 

No temas, tengo las prótesis en la habitación.

- ¿A las cinco te vale? Me llamo Luis, Luis García Blanco.

- A las cinco pues, soy Vanesa, Vanesa Díaz Suárez.

Tiempo atrás tuve una novia, ella llevaba el coche por una carretera secundaria, ya he dicho que no conduzco ni tengo coche, los ánimos caldeados, regresábamos de una fiesta. Pudimos haber parado, pero nos besamos sobre la marcha. Ella murió cuando chocamos contra un árbol, yo solo un brazo roto. Ese fue el desencadenante por el que había estado culpandome.

Vanesa también había perdido sus piernas en un accidente de carretera. En cierto modo, ella, al igual que yo, se escondía. Es cierto que salía y alternaba, pero de eso a algo más serio… 

Al pedirle aquella cita absurda - nadie va a que le echen las cartas y sale con una cita - conseguí despejar nuestros caminos. Ella recuperó la estima que había perdido por sí misma, y yo dejé de sentirme culpable.
Creo que nos enamoramos en el primer momento en que nos vimos, pero la cosa fue poco a poco, deleitándonos en el conocimiento mutuo, esperando impacientes la hora de encontrarnos, felices por el mero hecho de estar juntos.

Hoy mis cuadros vuelven a rezumar los colores del arco iris. Mientras, ella continúa con ese trabajo suyo, moviendo fichas para atraer la atención de aquellos que quieren, pero no se atreven, a poner su vida al descubierto en busca del bálsamo que mitigue sus dolores. O simplemente para tratar de averiguar un futuro que nadie sabe.


2 comentarios:

Elda dijo...

Tu imaginación ya se ve que no tiene límites, es fantástico como puedes escribir historias tan detalladas como estas, haciendo del cuento una interesante lectura.
Me encanta este detalle entre otros: ""¡Cuánto orden, qué pulcritud! Sobre todo para alguien que no tiene garaje, ni coche, ni se dedica a la mecánica ni a la fontanería... jajaja.
Por otro lado, todo el relato con la pitonisa me parece genial y el final por supuesto me ha gustado mucho. Mira tu por donde, se arregló la situación de los dos.
Me ha parecido estupendo Alfred, tiene unos detalles muy buenos.
Un abrazo y buen fin de semana.


Alfredo dijo...

Elda.
Muy agradecido, me alegra que te gustara.
Poco más te puedo decir, siempre, de una u otra manera, me dejas sin palabras.
Salu2.