domingo, 19 de febrero de 2017

Matar es fácil: El hijo de Armando.


Durante treinta años, trabajé para la misma empresa. Era el dueño, de edad un poco mayor que yo, buena e inquieta persona, a la que todos los empleados estimábamos. Tal vez fuera porque siempre nos decía que éramos el activo más valioso con el que contaba. Y no era por hacer la pelota, la prueba estaba en que nunca había tenido un conflicto laboral, se cobraba buen sueldo y hacía favores al que los necesitaba.

Aquella forma de llevar la empresa, con un paternalismo que algunos tildarían propia de un cacique, no era tal. Allí, ni estaba restringida la libertad ni la autonomía, pues cada cual podía exponer sus ideas tendentes siempre al bien común. Como es lógico, había normas, no es posible una organización sin ellas, pero si alguien estimaba que aquello era mejor que lo otro, se estudiaba, debatía y modificaba o no, en función de los pros y los contras.

¡Qué voy a decir yo! Empecé como oficial, pronto pasé a encargado, para continuar a medida que el tiempo transcurría, con mayores responsabilidades. La empresa contaba con quince trabajadores cuando inició su andadura. Nos dedicábamos a la ferralla, aprovechando el bum de la construcción, pero el dueño, de nombre Armando, en cuanto acabó de pagar la hipoteca de la nave, se embarcó en otra aventura para diversificar la producción.

Dicen que el que tiene padrinos se bautiza, y el que no se queda sin bautizar. Armando no tenía padrino, pero si un buen amigo con una fábrica de colchones. Este amigo, le propuso que se dedicara a la fabricación de perfiles de hierro para la fabricación de somieres, y para un tipo de camas y mobiliario que iba a presentar a una licitación de los hospitales estatales. Uno proveería de material y el otro lo transformaría. Armando construyó una nave donde empezamos a hacer perfiles laminados de hierro.  Tubos cuadrados, rectangulares, redondos, varillas calibradas, roscadas... La cosa marchaba, ya éramos treinta cinco personas.

Armando siempre estaba entrampado, tenía su sueldo como uno más, y si alguien con malicia, piensa que aumentaba su patrimonio a costa de sus obreros, se equivoca. Él solamente era el dueño de la nave de ferralla y la de perfiles que había pagado de su bolsillo. A partir de allí, las naves que siguió construyendo; una para la construcción y montaje de calorifugado, otra de mecanización y tornillería, y una fundición de modelado en bronce, eran participadas por los trabajadores. Es decir, en vez de acudir al banco a pedir, formó una sociedad de la que todos éramos  partícipes. Ya éramos ciento quince empleados, muchos casados con mujeres que también lo eran.

Con sesenta años, Armando enfermó con un pronóstico poco halagüeño. Por entonces yo estaba de director, y él se dedicaba a la economía y a buscar trabajo dadas sus buenas relaciones. Como quiera que no podía continuar, pasó sus responsabilidades a su hijo, al que yo juzgaba un poco tarambana además de engreído. Mucha fachenda para alguien que no fue capaz de acabar la carrera y solamente se dedicaba a disfrutar de la vida.
Pero yo me engañaba, en realidad apenas lo conocía y era el mío solamente un juicio de impresión. Pronto se dio a conocer; carácter desabrido, chulesco, mandón y artero. Creyendo que todo le pertenecía, o que le debía pertenecer, empezó a maniobrar con astucia para que lo que entre todos habíamos conseguido, pasara a su poder. Los pedidos a las tres empresas participadas, comenzaron a descender. Él era el responsable, como lo fuera su padre, de buscar el trabajo, más, cuando quisimos darnos cuenta, ya acumulaban pérdidas sustanciales. Hubo que bajar sueldos y ante unas negras perspectivas, se fue haciendo con las participaciones de los que buscaban oportunidad en otros sitios.

Con la mayoría de las acciones en su poder, el ordeno y mando fue la norma. Se bajaron los sueldos, pasando todos a cobrar por el convenio del sector, hubo reducción de plantillas, y comenzó a interferir en mi trabajo.

- A partir del día de la fecha, se dejaran de hacer las revisiones programadas de hornos y trenes de laminación. Cuando se averíen, se reparan y listo.

Este es un ejemplo de cómo iban a funcionar las cosas. De nada sirvió que le dijera que las programaciones se hacían para cuando menos carga de trabajo había; agosto, y que la caída de un horno en otro mes, por ejemplo, supondría mayor pérdida en tiempo, dinero y compromisos con los clientes. Siempre vale más prevenir que lamentar.

Jamás se avenía a razones, las discusiones y el malestar eran continuos. Estaba visito que quería deshacerse del personal antiguo a cambio de gente joven que acatara las órdenes sin rechistar, y con menos derechos. Eliminó las guarderías de las que su padre había dotado a las empresas, pues en ellas trabajaban casi tantas mujeres como hombres. Las pequeñas casitas del poblado construido, se fueron quedando vacías a medida que unos se marchaban al cementerio y otros buscaban bujio en otro lado. Las viudas debían abandonarlas. Total, para dejarlas vacías.

Un día me llamó a su despacho. Sobre un soporte, en el centro de la mesa de caoba, un cetro de marfil rematado con un águila, hablaba por sí mismo de por quién quería ser tomado: Él era como los antiguos cónsules romanos, dirigía el "estado y el ejército" y aquel cetro era el símbolo que lo representaba.

- He decidido prescindir de tus servicios, no estamos en sintonía. Así que puedes ir buscando otra cosa, tienes un mes de plazo para abandonar el empleo y la casa.

Yo tenía cincuenta y cinco años aunque eso no importaba, sabía que encontraría trabajo en cualquier parte. Lo que importaba era la desfachatez con la que prescindía de mí tras tantos años de servicio. Uno por uno se me vinieron a la imaginación las caras de todos aquellos que antes que yo habían pasado por aquella situación, bien lo sabía: Intercedí por todos ellos. Pero fue inflexible.

Aguantando la ira que me subía por la garganta, le espeté:

- Te va a costar trabajo y dinero, mucho dinero.

- ¡Quien te crees que eres, come mierda! Durante muchos años has engañado a mi padre haciéndote el listillo. Él te encumbró dónde estás, pero conmigo no te vale. ¡Te voy a arruinar! Tengo pruebas de tu deslealtad y latrocinio.

Siempre he sido una persona trabajadora y ecuánime, tuve bien de quien aprender; su padre Armando. Que me llamara ladrón desleal no estaba dispuesto a consentirlo. Es cierto, me cegó la rabia, una rabia acumulada durante meses al ver su manera leonina de actuar.

- ¡Hideputa! ¡Mal nacido!

Salté sobre la larga mesa agarrando al paso el cetro con intención de bajarle un hombro, lo agarré por el cuello y solté el golpe. Quiso hacer una finta y el cetro se estrelló contra su cabeza.


Hoy escribo esto desde la cárcel. No por justificarme, el mal que hice hecho está y pago por ello. Siento su muerte, que no quería y que jamás hubiera pensado pudiera suceder. Me podrán llamar homicida, pero no ladrón ni desleal porque nunca lo fui. En verdad ambos nos arruinamos la vida, él más que yo.

4 comentarios:

Elda dijo...

Que fantástica historia.
He sentido la misma indignación por el heredero, después de admirar a Armando, que el protagonista del relato.
Cuantos casos habrá más o menos intensos en esto de los negocios con los sucesores, como este tipo tan poco valido para llevar una empresa.
Según iba leyendo, sentía más rabia y deseaba que le diera bien, pero veo que se pasó, ajajá.
Genial Alfredo, te mueves de maravilla por cualquier tema, y además tienes la valía de producir aparte de interés por el escrito, unos sentimientos parejos, buenos o malos.
Un placer leer tus historias.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Gracias Elda.
Ya ves, a mi me parece que soy muy reiterativo. Es por eso que siempre ando rebuscando en el tarro algo distinto, aunque no sé si lo consigo.

Supongo que todos hacemos más o menos lo mismo; colocarnos en el lugar de los protagonistas. El que escribe es como el actor, una vez interpreta el papel de bueno, otras de malo, y ambas tienen que ser creíbles. El actor que no se cree su papel, será siempre mediocre.
(A la chita callando te diré, que aunque el que escribe se lo crea, también puede ser mediocre)
Salu2.

Elda dijo...

Que vas a ser reiterativo si los cuentos que escribes son de temas diferentes.
La reiterativa soy yo con mis rollitos románticos, que la mayoría nada tienen que ver conmigo, jajaja.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Hace poco me regalaron un librillo de poemas de Neruda. Te voy a decir la verdad: No lo aguanto. Cada vez que me pongo a leerlo, se me viene a la cabeza su voz y su forma de recitar y lo dejo.
Los poemas que haces, son románticos, pero diáfanos. Me gustan mucho.
Salu2.