domingo, 26 de febrero de 2017

Tus labios.



Hay una parte de la anatomía humana, que me subyuga.  Son los labios. Con ellos, se pueden expresar multitud de sensaciones: Alegría, desdén, asco, disgusto, cariño, picardía... Bien es cierto, que esas sensaciones estarían un poco huérfanas sin el concurso de otras partes del rostro o de la boca; mofletes, ojos, lengua, dientes... donde todos pueden participar en esa cooperación, al unísono o por separado.
Los labios además, son de un sensitivo extraordinario; a pesar de tener una piel tan fina y delicada, aguantan el frío y el calor, los mordiscos moderados, la humedad casi constante. No, la sequedad no. Se agrietan. Por eso hay que humedecerlos, cuanto más mejor, y si es otro/a, él o la, qué se encarga de mantenerlos húmedos, a fuerza de besos, mucho mejor.

Lo primero que al venir a este mundo, y tras el lloro de rigor, hacemos, es mover los labios en busca de ese alimento, y la grata calidez que nos proporciona un pezón. Cómo dice la canción, soy como el pajarillo que si no canta se muere. Así soy yo, pero no hablo de cantar, que lo hago muy mal, hablo de los besos que esos labios pueden proporcionar. Y es que necesito los tiernos besos de ese niño que tienes entre los brazos y que en infinidad de veces te hacen exclamar... ¡Te comería a besos! Pero tampoco quiero hablar de los besos fraternos, voy a hablar de los besos pasionales. De aquel primer beso que jamás se olvida.

Un día de sol espléndido, me fui a la playa con los amigos. A poco, llegaron unas chicas conocidas del paseo, calle arriba calle abajo, después del cine de las cinco. Yo, siempre timorato, me mantenía un poco alejado del corro que se formó, y como me parecía que desentonaba un poco, decidí ir a bañarme. Ninguno de los amigos quiso acompañarme, mejor intimar con las damiselas tumbados en la arena caliente, que meterse en el agua fría de mayo.
Una de ellas, Sofía, se levantó presta y dijo que a ella también le apetecía Me cogió de la mano para saltar las olas entre risas y palabrería vana, aunque yo no veía el motivo; Era una sirena comparada conmigo, que no lo hacía mal. Pasado un rato de carreras y chapuzones, salimos del agua para reintegrarnos al grupo.

- ¿Te apetece un paseo hasta la pescadería? - me dijo.
- Bueno.

Y allá nos fuimos, casi dos kilómetros, por la arena húmeda donde las olas acababan por morir. Ella parecía querer saber todo sobre mí. Sin embargo, a cualquier respuesta que le daba sobre mi vida, casi siempre escuetas, añadía la suya.

- Ya sé que te llamas Luis, ¿cuántos años tienes?
- Voy a hacer quince.
- ¡Anda, yo los acabo de cumplir! Oye, pues eres muy alto para esa edad. Un poco flacucho estás. ¿Haces deporte?
- No.
- ¿Qué estudias?

Aquella pregunta me venía como anillo al dedo. Pensando que tanto monólogo por mi parte me dejaba como un soso, le conté una milonga.

- Espero aprobar la reválida de cuarto. Comenzaré el nuevo curso matriculado en Formación Profesional. Estudiaré oficialía tres años, para pasar a hacer peritaje, con un poco de suerte, acabaré justo para ir al servicio militar, y cuando me licencien, buscaré un buen empleo.

- ¡Chico, qué bien planificado lo tienes! Yo voy a hacer Graduado Social. Me gusta ayudar a la gente.

Y de pronto me salió por la tangente. Quiero decir con ello, que al igual que la tangente de un ángulo puede tender a infinito, infinitamente distinta fue la pregunta que a continuación me hizo.

- ¿Y no tienes novia?

Me quedé con la boca abierta. Mi cabeza hizo un leve movimiento de negación, mientras mi cara se arrepuchaba cual toro cobarde que arrima el culo contra las tablas. Ella, que no me quitaba ojo, lo interpretó como si las chicas me desagradaran, cosa muy lejana a la realidad, aunque ella quería, necesitaba, saberlo.

- ¿Acaso no te gustan las chicas? ¿No te gusto yo, ni siquiera un poco?
- No. No es eso. Creo que aún soy joven para tener novia.
- ¡Ah bueno! Pues tú si me gustas a mí, y he decidido que vamos a salir.

Huy, huy, huy, que me parece que está pasando el carro por delante de los bueyes, pensé.

- ¿Has decidido?
- Bueno, perdona, si tú quieres.

Siempre me han gustado las personas decididas, las que saben lo que quieren y luchan por conseguirlo, las que se embarcan en misiones que parecen imposibles, pero sopesando los pros y los contras, y Sofía, era una de ellas. Decía lo que pensaba y hacía lo que decía, lisa y llanamente. Además era guapa, o al menos eso me ha parecido siempre, buen cuerpo, ojos negros y unos gordezuelos labios que se abrían en franca sonrisa.

- Sí, quiero.

Y entonces me volvió a coger de la mano con una cara resplandeciente de gozo. Me besó en el brazo, cerca del hombro. Hasta los pelos de las espinillas se me debieron de erizar, y en un impulso irrefrenable, le eché una mano a la espalda y el otro a las piernas levantándola en vilo, y caminando unos pasos con su cara escondida contra mi cuello, le di un infantil beso en los labios. Solamente fueron un par de segundos, aquel no era el lugar propicio... ni nosotros sabíamos aún lo que era un beso de verdad.
Me supo, no sé, a menta y limón, a uva y albaricoque, a dulce y salado ¡qué sé yo!

Aquel mismo día aprendimos. Primero saboreando y mordisqueando labios, luego mezclando salivas, contando con la punta de la lengua los dientes el uno del otro, con los ojos cerrados mientras el tiempo transcurría sin darnos cuenta.


2 comentarios:

Elda dijo...

Jajaja, pues si que aprendieron pronto. Muy buenas las referencias de los primeros coqueteos de la adolescencia, la que nos compartes. En mis tiempos como mucho, solo se hacían manitas, los labios no se compartían hasta que pasaban mil años, jajaja. Bueno supongo que habría de todo...
Me ha parecido una historia muy tierna y me ha encantado la conversación.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Ya ves, se me hacen muy cuesta arriba los diálogos, soy más narrador que conversador.
A mi me enseño lo que era un beso una chica con la que estuve bailando toda la tarde. Mi primer beso, en el mismo día en que nos conocimos. ¡Jo! Me sentí lo más, pero no fue de amor. Solo pura pasión. Eso llegaría mucho después.
Salu2.