sábado, 18 de marzo de 2017

El Blanco, el Oscuro y el Invicto.


Hubo no hace mucho tiempo, ¡qué son quinientos años para este viejo mundo! una mujer que fue tres veces reina en razón de sus matrimonios. Las tres veces enviudó, no sin dar a cada uno de los reyes un hijo, que a su vez fueron reyes de aquellos sus minúsculos reinos, cada uno al lado de los otros cual hoja de trébol.

El primero de sus hijos, era valiente, aguerrido y de buen porte, más demasiado crédulo. Lo llamaron Cándido, que significa Blanco. El segundo de ellos, era indolente, haragán, de verbo fácil, pero ambicioso. Lo llamaron Bruno (Oscuro). El tercero y más pequeño, era como su madre, menudo, listo y vivaracho, pero demasiado inteligente. Lo llamaron Aniceto (Invicto)

Los "pero", indican la parte negativa de todos ellos. Posiblemente, el ser crédulo, ambicioso o inteligente, no parezca peyorativo, todo depende del modo en que esas palabras, traducidas a hechos sean empleadas. Así, el rey crédulo, rayano en la estulticia, creerá las patrañas de sus consejeros y puede que le lleven a una guerra que solo unos pocos desean. No es malo tener ambiciones en la vida, lo malo es que esa ambición lleve al rey a desear lo que no le pertenece y para conseguirlo comience una guerra. En cuanto a la inteligencia, tampoco es mala en sí, solamente lo es, cuando se emplea para aniquilar al ambicioso y al crédulo.

Dicho lo dicho, a nadie extraña a estas alturas, que los tres hermanos se enzarzaran en una guerra fratricida por conseguir cada cual, lo que por derecho de herencia correspondía a los otros.

Todo comenzó, cuando el ambicioso maquinó un plan para hacerse con el reino del crédulo.
- Hermano, creo que Aniceto está preparando algo en nuestra contra. Ya sabes que nunca se sabe lo que maquina, y ha llegado a mis oídos que está reclutando un ejército.

- Será por culpa esos vecinos tan belicosos que tiene. Querrá darles un escarmiento.

- Si así fuera, ¿no crees que nos pediría ayuda?

- Ya, un poco extraño parece.

- Podíamos nosotros adelantarnos a sus planes. Hostigarlo un poco, tomar algunas plazas, quemar algunas cosechas y ver cómo reacciona.

- ¿Y no sería mejor hablar con él primero?

- ¿Acaso ha hablado él con nosotros? ¡No!  No podemos perder el factor sorpresa que tanto puede beneficiarnos.

Y Cándido cedió de buen grado a las pretensiones de su hermanastro, dada su naturaleza belicosa y en contra de lo que su consejero le recomendara.
Tranquilamente, las mesnadas de los dos reyes, se acercaron a un pueblo en el reino de Aniceto. Avisado el alcaide, de la presencia de hombres armados en la lejanía, salió con dos de sus soldados por ver a qué se debía tal movimiento. Al reconocer a los hermanastros de su rey, se tranquilizó un tanto, más su estupor fue grande cuando fue apresado, encadenado y encerrado en una de las mazmorras de la torre. Así cayó la villa en su poder, sin una gota de sangre, ni un cruce de espadas.

Cándido y Bruno arramblaron con todo cuanto de valor había, dejando al alcaide encerrado, y una guarnición formada por algunos de sus hombres para proseguir en el avance. Ni que decir tiene, que los pocos soldados de la villa se pasaron al otro bando. Ya se sabe; A rey muerto, rey puesto, aunque Aniceto aún podría dar mucha guerra.

Otras dos villas no demasiado lejanas, corrieron la misma suerte, colocando los hermanos sus pendones en lo más alto, como señal de pertenencia.
Estando la Corte de Aniceto lejos, no se enteraba de lo que en su reino sucedía, pues Bruno y Cándido no dejaban salir de los pueblos invadidos más que al vulgo a realizar sus labores en el campo.

Deseoso Cándido de participar en alguna batalla, propuso a Bruno atacar algo de mayor entidad, como la ciudad de Salsipuedes, donde había un buen castillo y su guarnición. Salsipuedes, que había quedado atrás por ser presa grande en un inicio en el que los dos ejércitos necesitaban conjuntarse bien, representaba ahora un peligro.

- Hermano, estoy cansado, padezco de melancolía, echo de menos mi cama y algunas otras cosas. Ve tú si tanto empeño tienes y no puedes esperar un par de días. Llévate algunos de mis caballeros y peones, pero prepara el plan con tiento no vayas a salir escaldado.
Cándido, temblando de gozo cual chiquillo con cosquillas, llamó a su capitán para comunicarle la decisión que había tomado; Vamos a la conquista de Salsipuedes, envía un espía para saber cuántos hombres la defienden, las puertas más accesibles y... todas esas zarandajas.

Un hombre a caballo ha llegado a la ciudad. Entra por la puerta del Alcázar donde dos soldados apoyados en sus alabardas, observan a aquellos que por razón de las mercancías que entran, deben de pagar el pontazgo. El hombre pregunta a uno de ellos por la residencia del alcaide al que ha de entregar en mano una carta, y por las estrechas callejuelas se dirige al lugar indicado.

Al día siguiente, Cándido sabe todo lo necesario para entrar en la ciudad. Es ésta un recinto amurallado, sobre un cerro que cobija una torre adosada al lienzo sur poco más alta que las almenas, la iglesia del monasterio, un par de casas señoriales, el mercado y las viviendas o comercios de sus moradores. Solamente dos puertas de acceso; La de la Carne, que mira al oeste y de pronunciada pendiente, así llamada por ser por donde entra el ganado para consumo, y la principal o del Alcázar en el lado contrario. El espía no ha visto más tropa que un par de docenas de soldados, los que están en las puertas, los de la torre y el palacio del alcaide gobernador, y algunos en las almenas.

El capitán del rey, entiende que hay dos problemas: por la puerta oeste es necesario entrar a caballo, a pie quedarían sin resuello; Prolongada pendiente y paso estrecho fácilmente defendible al tener que pasar los caballeros uno a uno. Por la puerta del este, el puente sobre el río que casi circunda el conjunto, es un cuello de botella; a ambos lados hay sendas plazoletas. Imposible el factor sorpresa por lo despejado del terreno. Una vez cerrada la puerta poco se puede hacer. Los atacantes se van a ver en un compromiso; los de atrás no pueden pasar y hacen tapón, mientras que los primeros, aunque llevasen un ariete, están a tiro de ballesta sin sitio donde revolverse y con la imposibilidad de volver grupas. Muy complicado acceder por los lados; por el sur hay que atravesar el río, trepar por los riscos y escalar la muralla. En el lado norte, aunque no existe río, lo escarpado de la pendiente lo hace imposible.

Cavila Cándido hasta lograr la solución, aunque el capitán tiene sus dudas.

Es noche cerrada y oscura. Se oye una voz:
-  Las dos de la madrugada han dado y alerta está el soldado. ¡Alerta el uno!
Otras voces  van contestando: ¡Alerta el dos! ¡Alerta el tres! y así se van corriendo la voz hasta que todo vuelve a quedar en silencio.

La tropa del rey, ha ido cruzando el puente de uno en uno, agachados, arrimados a los pretiles y sin meter ruido. Luego pegados a las paredes, esperan que con las claras se abra la puerta. Ese será el momento en que cual torrente impetuoso, entren a saco.

El capitán le ha pedido al rey que se quede en el rellano al otro lado del puente, hasta que consigan entrada franca. Pero Cándido, temiendo quedarse una vez más sin su combate, prefiere entrar a pie con los primeros. Ya le llevarán luego su caballo.

El sol de principios de verano, aparece radiante casi de sopetón sin que monte alguno se lo impida. Las piedras reverberan por su efecto, y ya se oyen al otro lado del portón las maniobras de apertura. Todos se aprestan para irrumpir raudos, mientras al otro lado del puente, entre las encinas que conforman un bosquecillo, el resto de la tropa espera camuflada a caballo.

Más la sorpresa es grande. La puerta no se abre, y las almenas se cuajan de ballesteros que asaetean sin piedad a los frustrados asaltantes. Sesenta hombres caen abatidos, heridos los unos, muertos los otros. Entre ellos el rey, que tampoco esta vez logró su ansiado combate.

Bruno, ha abandonado su lugar de descanso, y siguiendo en pos de su hermano, ha rodeado el bosquecillo y a apresado al resto del ejército de Cándido, que sin ánimos de lucha por no poder ayudar a su rey, se van a rendir a los que hasta ayer fueran sus aliados.
¡Traición! Exclaman algunos. Y buena razón llevaban. Bruno fue el que envió el emisario a la ciudad para advertir del ataque. El alcaide ha preparado su plan: manda un correo a Aniceto, que presto ha tomado su gente, y a marchas forzadas, pasa por los pueblos conquistados, ve los pendones de sus hermanos, libera, pregunta y llega para rodear a su vez a Bruno.

Bruno se encuentra ahora entre dos fuegos, los soldados de Cándido que retoman sus armas y van contra el traidor, tratando con ello de conseguir el perdón de Aniceto, y el rey Invicto. La superioridad numérica apabulla al indolente y oscuro Bruno, que arroja sus armas hincando la rodilla en tierra, en demanda del perdón.

Bruno ha entrado en la ciudad atado a la cola del caballo de Aniceto. Por mucho que ha tratado de disfrazar el asunto, y queriendo hacer valer la carta que envió avisando del ataque, de nada le ha servido. Ha sido juzgado y condenado. Penderá de una soga, mientras su hermanastro, despectivo, le lanza un ¡Ahora sal si puedes!

La suerte es la suerte, y el destino no se cambia así como así. El listo, no tuvo necesidad de demostrar que lo era, por lo que nos quedamos con las ganas de saberlo. Es cierto, que al menos en aquella ocasión, salió Invicto del trance.

Al Oscuro personaje, más le hubiera valido seguir siendo el indolente que decían era, en vez de pasarse de listo. En su mente estaba entrar en Salsipuedes con la muerte de su hermano como salvoconducto, y hacerse con la ciudad una vez dentro. Dos reinos en la mano y medio de otro. ¡Demasiada ambición y justo castigo!

El mirlo Blanco, es una rara excepción que se da en la naturaleza. El nuestro, el del cuento, no era mirlo, era excepcionalmente tonto como para dejarse embaucar, solo por demostrar su valía en la lucha. 


2 comentarios:

Elda dijo...

Un buen cuento, aunque lo he tenido que leer dos veces porque se me olvidaba como se llamaba cada cual,jajaja.
Un cuento que demuestra lo peligrosa que es la ambición. Bueno, para muestra tenemos el mundo...
Me ha gustado mucho estos detalles: "cada uno al lado de los otros cual hoja de trébol", y, "la ciudad de, Salsipuedes", siendo luego el dicho del hermano :)) muy ingenioso Alfredo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Posiblemente sea un poco lioso el tema de los nombres y su significado. Por eso he buscado tres nombres que comienzan por C; Cándido, o Blanco. B; Bruno u Oscuro. A; Aniceto o Invencible.
En cuanto a Salsipuedes, hay diversas ciudades y lugares en España y América Latina con ese nombre. En Oviedo hay un establecimiento de hostelería que lo lleva.
Gracias por el comentario.
Salu2.