viernes, 24 de marzo de 2017

El cajón de mis recuerdos.


Voy a tener que ir al loquero, ya no aguanto más. En estas últimas semanas me viene sucediendo una cosa extraña: Sueño.

Muy natural, todo el mundo sueña. Querrás decir que recuerdas tus sueños cuando antes no lo hacías tan a menudo.

No. No es eso. Y tienes razón, me he expresado mal: Sueño... y vivo lo que sueño en una realidad aterradora, que no acaba cuando despierto. Al contrario, se complica aún más.

¿A mí me lo cuentas? ¿Acaso tú y yo no somos la misma persona?

Sí. Pero necesito la imperiosa necesidad de contárselo a alguien, y qué mejor que a ti, que soy yo mismo.

Mira por donde ahora tenemos doble personalidad.

No seas tonto, de sobra sé que hablo conmigo mismo, me ayuda a ver las cosas claras.

Bueno, pues a ello.

Mi sueño comienza siempre igual, aunque la temática es distinta cada día. Estoy sentado frente al televisor, vivo lo que veo de tal manera, que parece estuviera dentro de de él. Yo me digo, que solo sueño con esa playa donde las olas mueren mansamente en la orilla. Apenas una pequeña cinta de espuma las orla, y en el reflujo de la marea, va dejando charcos, y una arena húmeda de color más oscuro, más marrón que el resto donde no llega el agua, y que parece refulgir por efecto del sol. Aquí y allá, en esos charcos, aparece un minúsculo orificio por donde sale una pequeña burbuja que estalla. Se podría pensar, que es el gas atrapado que pugna por salir a la superficie. Posiblemente, pero hay más y sé muy bien de qué se trata. Recuerdo que cuando era un chiquillo, llevaba un puñado de sal en la mano. Allí donde había un agujero, echaba un poco y esperaba a que la navaja asomase a la superficie para cogerla. A veces, el rico molusco deja asomar nada más que su músculo, pero otras, con un ansia desmesurada, emerge a toda velocidad enseñando sus frágiles valvas de un marrón listado, en tonos rojizos a veces, otras de blanco nacarado.

La playa es muy larga, está desierta a finales de este marzo soleado. Por la derecha, los cantos rodados flanquean un pequeño riachuelo que allí desemboca. Alguien ha plantado siete palos en círculo, uno más grueso en el centro, sobre el que ha ido apilando piedras pequeñas sobre grandes. Por el número de estacas, llego a pensar en algo cabalístico, o sencillamente, que es una especie de escultura de un padre con su hijo. Lanzo la imaginación al vuelo: Quizá sea el altar sobre el que se hicieron ofrendas, recitaron mantras y entonaron cánticos, como en ese rito al estilo de la Puja budista, para eliminar las energías negativas. Solo faltan las banderolas de oración que dan ese colorido excepcional al Himalaya, donde los sherpas no suben sin realizar la ceremonia. No me resisto a colocar una piedra más, cual si esa fuera mi plegaria.
Recorro esa playa en toda su longitud y voy encontrando varadas en la arena cosas inservibles que la gente arroja convirtiéndola en un basurero: Botellas de plástico y cristal, la tapa de un inodoro, botes de refresco, tampones higiénicos usados.... Supongo que todo desaparecerá con la llegada del buen tiempo.

Mi sueño acaba sin ninguna incidencia, solamente una paz gratificante parece embargar mi alma. Pero cuando me levanto por la mañana y me preparo el café, encuentro aquella pequeña concha de vieira que en mi sueño recogí de la arena. Eso me deja aturdido. Trato de recordar cuándo y dónde la encontré en tiempos pretéritos, pero no es posible. Ayer mismo no estaba donde está, ni tengo noción de haberla tenido nunca.

Te contaré otro de los sueños de esta etapa, que finalizaron bien. Nuevamente estoy ante el televisor, y me adentro en él viviendo algo de singular belleza. A bordo de un barco turístico que quiere semejar un sampán, solo por su línea y sus velas, pues me parece por comparación demasiado confortable en su interior, visitamos la bahía de Ha-Long. Navegamos entre los islotes que los dragones de la leyenda escupieron, para formar una barrera defensiva contra los invasores chinos, en su intento de asentarse en aquellas tierras.
El atardecer es grandioso, el sol va hacia su ocaso dejando reflejos de oro sobre la superficie de un mar, completamente en calma. Unas traviesas nubes tratan de ocultarlo. Forman entonces el fondo bellísimo de un cuadro: el claroscuro de sí mismas, el más negro de los islotes, y el rojizo de ese sol que parece pugnar por sobrevivir.
Nunca he estado en Vietnam, y tal vez, viendo ese reportaje en la televisión, quedó grabado en mi mente cual si de verdad se tratara. Es posible que así fuera. Más, entonces, ¿de dónde han salido esos autorretratos a bordo de la nave, y que he encontrado en el mismo lugar donde estaba la concha? ¿Y quién es esa mujer que me acompaña? Grandes misterios de irresoluble solución.

La cosa se fue poniendo peor. Un día, me vi inmerso en el bombardeo de una ciudad que tiempo atrás fuera cosmopolita. Los proyectiles de cañones y morteros, hacían boquetes en las paredes de los edificios, mientras que los lanzados por la aviación, los reventaban cual sandía golpeada con un mazo. Cascotes, polvo, gritos y aturdimiento. Yo trabajaba como voluntario llevando heridos en una ambulancia. Cansado de tanto horror y sufrimiento, tome una determinación.
No me preguntes cómo, los sueños son así, pero allí estaba yo, en el Palacio Presidencial y con un documento de embajador plenipotenciario de un país aliado. Debía entregar una carta y un presente enviado al dictador, del que siempre he dicho tiene cara de pito. 
Puedo llegar a comprender, que en algún momento, en algunos países, se necesite un dictador que de estabilidad y prosperidad a sus gentes. Que acabe con los desórdenes, las hambrunas y la incultura. Lo que no comprendo es que las dictaduras, al igual que los reinados, se puedan perpetuar y trasmitir de padres a hijos. Ya pasaron esas épocas. Es así, que cerriles, la mayoría de esos dictadores acaban llevando al pueblo a peores situaciones. 

Es por ello que allí estaba yo, convertido en un fanático más. Tratando de acabar con las muertes de una guerra civil y la dispersión de sus habitantes, tal vez a costa de mi vida, y  la de un semejante.

El presente era una carabina bellamente adornada. Dos cajas de cartuchos; rojos los que concentraban el tiro, muy propios para animales de gran porte. La otra con cartuchos verdes, de apertura más dispersa, para caza menor. En ambas cajas había algunos trucados, con la pretensión de que al percutir uno de ellos, la poderosa carga fuera tan potente, que el arma reventara matando a su portador.

A fecha de hoy, no parece que el rifle haya sido disparado. El dictador continúa vivo, no hay noticia de ningún percance, yo tengo la muestra de los cartuchos sobre la repisa encima del televisor. Jamás he tenido contacto con un arma de fuego, ni he salido de mi país. La cosa no deja de ser sumamente inquietante. Es muy posible que alguien se haya apercibido del caramelo envenenado que dejé, que se descubriera el pastel, en una comunicación habida entre los dos mandatarios, como agradecimiento del presente recibido. De ser así, seguro que estarán buscando a aquel falso dignatario que hizo la entrega.  
Pero lo más inquietante, no es que lleguen a descubrirme y acabe muerto en cualquier cuneta. Lo es, el que ahora creo lo vivido en mis sueños. Y eso me acojona hasta el punto en que he regalado el televisor, y tengo la alarma del despertador programada para que toque cada media hora. Durmiendo a ratos, quizá deje de soñar.

 He desistido de ir al loquero. ¿Me comprendes, verdad?

Si, temes que por ese cabo lleguen al ovillo. ¡Para qué dar un cuarto al pregonero!

Exactamente. Además, con el remedio que me he dado, parece que la cosa funciona. Otra cosa es... ¿Qué hago con el cajón donde guardo tantos recuerdos?



4 comentarios:

Elda dijo...

Una historia extraña ciertamente, pero contada con esa técnica que tienes para los cuentos, esplendida, y que se hace tan amena.
Me encanta la primera parte de ese diálogo que mantiene consigo mismo el protagonista.
Muy bueno el final que has hecho de ese sueño que se disipa con las pocas horas de dormir, pero que la realidad perdura en el cajón...
Un placer Alfredo.
Un abrazo y buen fin de semana.

Manuel dijo...

Dicen, que cuando se deja de soñar, se deja de vivir, así que déjate de loquero, y tómate unas buenas vacaciones; y verás, además, como el cajón de los recuerdos se va cerrando solo, poco a poco.
Me ha encantado.....como siempre.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Perdona el retraso, ando muy liado.
Aunque los diálogos no son lo mío, de alguna manera había que empezar el cuento. En cuanto al final, no podía ser de otro modo, hay que dejar un espacio para la duda. Acabar con los sueños por medio de ese método no era suficiente, de ahí los recuerdos guardados y el misterio de su procedencia.
Muchas gracias Elda.-
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Yo creo que a nuestro protagonista, le acompañará la duda por mucho tiempo. Tal vez un día recordará dónde encontró los objetos del cajón, que aquellas fotos se las hizo en Disneylandia y cosas por el estilo.
Gracias por el comentario Manuel.
Salu2.