domingo, 12 de marzo de 2017

En esos tiempos...


Hubo un tiempo, en el que vivir en cuevas, entender de hierbas, y hongos, hacer pócimas y elixires, era sumamente peligroso. Sobre todo para las mujeres. Los hombres, aunque hicieran las mismas cosas, se refugiaban en un diploma, falsificado en muchos casos, que casi les exoneraba de cualquier acusación. Así, ya fuera cirujano, sacamuelas o barbero, podía trepanar, extirpar y recetar. Por contra, ellas podían ser acusadas de brujería, simplemente por fabricar un filtro de amor de muy dudosa efectividad.
En ese tiempo, la inmensa mayoría de la población era analfabeta, y pocos en los numerosos pueblos desperdigados por la geografía, se atrevían a poner en duda tal documento. Los niños del campesinado y de urbes de escasa densidad, debían de contribuir al sustento de la familia, razón por la que no podían acceder a una cultura escrita, monopolizada por clérigos, nobles o burgueses de alto rango. Era la tradición oral lo que primaba, calando en aquel caldo de cultivo las enseñanzas del clero.
Sin embargo, a menudo, las gentes acudían a la magia blanca de las brujas para ahuyentar la mala suerte, el mal de ojo, mejorar las cosechas, sanar las enfermedades o prevenir el futuro por medio de la adivinación.
La bruja, utiliza hierbas, ungüentos, filtros y alucinógenos produciendo la sugestión necesaria para hacerse imprescindible y conseguir su propio sustento. Para los filtros de amor, utilizaba, como afrodisíaco el Beleño. También la Belladona, pues la infusión de sus hojas servía desde antiguo para blanquear el cutis de las mujeres, y el jugo de su fruto aplicado en los ojos, producía la dilatación de las pupilas realzando su hermosura. La Mandrágora, poderoso narcótico, se usaba con fines curativos, o el Estramonio y el Floripondio, que pudiendo llegar a causar la muerte, eran de uso habitual.
Tal vez las brujas se propasaron tentadas por peticiones que se salían de lo corriente, dando paso a la magia negra que pretendidamente causaba el infortunio. Necesitaban para ello además del conocimiento de sus hierbas y potingues, de ritos con los que dominar a las crédulas personas. Esos ritos implicaban la invocación del lado oscuro, con lo que se apartaban de la religión y que fue perseguida por la iglesia como herejía.

Desde niña, Angélica - Tabita para los de casa - ya iba con su abuela Priscila al bosque donde escogían las plantas que se necesitaban para fabricar pócimas y ungüentos.

- Mira Tabita, esta planta se llama malvavisco. Podemos utilizar las hojas para preparar emplastos contra las picaduras de los insectos, o tisanas para las flemas de la tos, para lavar las quemaduras y otras muchas cosas, pero lo mejor es la raíz que hay que recoger a finales de otoño.
- Esta otra es la caléndula. Las flores sirven para tratar los dolores y desarreglos de la menstruación.

Y así iban recogiendo de aquí y allá para luego preparar en casa aquellos tarros con diferentes potingues, o colgar de una viga en el desván los ramos que debían ser curados.
La niña ha ido creciendo y aprendiendo de Priscila en ese arte que sirve de remedio a propios y extraños. Entre ambas existe una comunicación que va más allá del trato familiar; Llevan en sus cabezas la farmacopea necesaria para la asistencia en partos difíciles, las pulmonías, cólicos, torceduras o heridas, y que prodigan a los necesitados de ellas.
Pero pronto se establecerá una rivalidad con el hombre que ha llegado al pueblo: El médico.

Alonso de Contreras nació en 1550. Con 16 años se incorpora al tercio viejo de Sicilia como soldado, que en 1571 participa en la batalla de Lepanto contra el Imperio Otomano. Ya había estado en campañas contra los turcos como también las hiciera en Flandes y en la guerra con Portugal. Su última batalla la dio contra los ingleses en 1588 a bordo de una de las naves de la Grande y Felicísima Armada.
Con 38 años, cansado, da por finalizada su carrera en la milicia, sin sufrir heridas de consideración a pesar de haberse batido siempre en primera línea, siendo merecedor de los galones de sargento.
De regreso a su tierra, con la bolsa medio vacía, en peores se había visto, ya que estuvo tres años sin cobrar la paga por una de las bancarrotas del Imperio, se detiene una noche en un figón para reponer fuerzas. A la salida, cuatro hombres le cercan, y a la orden de la bolsa o la vida, responde sacando su acero.
La superioridad numérica no lo amilana, y a destreza, no le ganan aquellos galfarros con sus espadones. Estocadas van y vienen, hiere a uno de ellos que besa el suelo, a poco, otro más se retira con un agujero en el hombro, pero Alonso siente un resquemor en su mano izquierda. La sacude varias veces, sin darse cuenta de que ha perdido parte del pulgar. Ante el alboroto producido, salen curiosos los del figón, mientras que por la estrecha y empinada calle, se oyen ya a los alguaciles correr.

¡Qué extraña es la vida! Durante casi 23 años, ha participado en numerosas batallas, también en reyertas, incluso en algún duelo, y jamás tuvo una herida digna de mención. Es cierto que tiene cicatrices, que sus huesos están resentidos y algunos fueron rotos, pero hasta ahora nada le faltaba.
Contreras ha perdido la primera falange, y un poco más que el médico ha tenido que rebanar para cerrar sobre él la piel. Le va a quedar el juego y un pequeño muñón, que apreciará con el tiempo más de lo que ahora piensa.

Resuelto el asunto, con la mano vendada, y unas indicaciones de lo que debe hacer con ella, se encamina a la casa de sus mayores. Más en el camino, en el dorso de su mano herida aprecia una mancha parduzca y dura, ha perdido sensibilidad y algo de movimiento.

Cuando llega, desoyendo los consejos de su madre que le encamina a casa de Priscila, va ver al médico. Es este de trato un tanto altanero, orgulloso de la sapiencia que cree poseer, y que parece no estar valorada dada la escasa clientela. Sin duda el recién llegado es alguien que viene de rebote, alguien al que la bruja no ha sabido curar.
El galeno mira la mano. La herida ya casi está cicatrizada, pero aquella mancha... Coge una aguja y pincha. Alonso apenas lo nota. Pregunta si tiene alguna mancha más, Contreras dice que no. No obstante le pide que se desnude para comprobarlo y da su dictamen:
- Creo que es lepra.
A Contreras se le viene el mundo encima. Tanta miseria como ha encontrado por esos mundos, y ahora, cuando está en casa, esto.

Últimamente, Villa Serena de los Oteros, el pueblo donde nacieron Priscila, Alonso y Tabita, no hacía honor a su nombre; por fin tenían médico, había llegado Alonso tras muchos años de ausencia, recientemente nombraron nuevo alcalde y ahora anunciaban de paso para Galicia, a un dominico preclaro hombre de la Santa Inquisición. Más que serenidad, aquello era un sin vivir ante tantas novedades dignas de chismorreos. La peor de todas, la llegada del inquisidor.

El alcalde tenía que proveer aposento para tan distinguido – y temido – visitante y acompañantes; otros clérigos, una docena de soldados que en una carreta portaban diversos útiles de trabajo; potro, rueda, y una novedad, la doncella de hierro. A Dios gracias, que solamente se detendrían un par de días para descansar.

Sin embargo, las cosas se tuercen a veces, los propósitos mudan en función de las circunstancias, y estas pueden traer adversidades con las que nadie contaba. Así sucedió, que Alonso, buscando una nueva opinión, en cuanto salió de la casa del doctor, corrió a casa de la bruja como su madre le recomendara.

También el galeno le fue con el cuento al alcalde para que se anduviera con ojo, pues en el pueblo había un leproso. El alcalde, mandó a los alguaciles a casa de Alonso, con orden de que abandonara la villa antes de que acabara el mes; dieciocho días.

Priscila reconoció a Alonso a pesar de los años transcurridos, y trás muestras de afecto en recuerdo de cuando lo trajera al mundo, pasó a interesarse por lo que parecía Le preocupaba. Alonso le enseñó su mano y de inmediato llamó a su nieta, a la sazón en la veintena.

- Esta es mi nieta Angélica o Tabita como la llamamos ¿Qué te parece que puede ser esto, Tabita?

La moza tomó la mano entre las suyas, pasó la yema del dedo índice sobre la abultada mancha y preguntó:

- ¿Has tenido la mano vendada? ¿Con que te la trataron?
- Desde que me hirieron, ocho días he traído el emplasto que el cirujano me recomendó. Aquí está el ungüento que me he puesto sin duda más veces de las que me recomendó en mi afán por curarme. Lo cierto es que cuanto más me ponía, peor lo veía.

Las dos olieron el contenido del pomo, una pizca en la lengu, se miraron y comenzaron a decir la una a la otra lo que creían contenía:

- Ortiga - dice Tabita.
-  Aceite de oliva y harina de trigo para espesar -añade Priscila.
- Y tal vez acelgón - termina la otra.
- Ya, ¿pero qué es lo que tengo? No me preocupaba demasiado, pero me han metido miedo.
- Poca cosa y nada tiene que ver con la herida. Solamente se te ha endurecido la piel, suele ocurrir a las personas mayores, sobre todo en la cabeza, cara y manos. Los nervios se han atrofiado un tanto y perdido sensibilidad por un exceso del contenido del acelgón o mandrágora. ¿Verdad que te ocurre eso? Y posiblemente sientes mareos.
- Sí. ¿Se puede recuperar? ¿Estáis seguras?
- Sí. Tendrás que dejar ese ungüento y ponerte otro que te daremos. No temas, la base es inicua, lleva llantén.
- El médico de aquí me dijo que era lepra. No suelo temer por mi vida, pero si a esa enfermedad maldita.
- Puedes estar tranquilo Alonso, no es lo que te han dicho. En una semana estarás bien del todo. ¡Ah! ¡y tira ese pomo, puede matar a cualquiera que lo meta en la boca.!

La recuperación de Alonso Contreras fue casi inmediata, volvía sentir la mano y ya la flexionaba. Cosa del demonio, según don Elías, el médico, herido profundamente en su orgullo y que tenía en el alcalde su principal valedor. Ambos pertenecían a la burguesía… más o menos ilustrada.

A Elías le salió el tiro por la culata, tanto el alcalde como los alguaciles y algunos vecinos se encargaron de difundir el chisme, y ahora recuperado Alonso de lo que jamás había "tenido", se abrió una guerra descarada entre dos bandos, unos pocos a favor del médico y el resto de la bruja. Mala cosa ahora que ya llegaba su Ilustrísima el inquisidor.

Alonso empeoró la situación al pedir explicaciones a don Elías, y a punto estuvieron de llegar a las manos. El uno era de armas tomar, y exigió al médico pública rectificación del diagnóstico tratando de exonerar a Priscila. Más el otro era cerril y lenguaraz, fiando a su verborrea la resolución del litigio. Como quiera que no estaba dispuesto a pasar por tal vergüenza, amenazó a Alonso con los tribunales, y este respondió al modo en que acostumbraba: Lo retó en duelo.

Así estaban las cosas, cuando llega fray Tomás de Echenique que venía de Castilla de quemar un par de brujas, y se dirigía a Santiago de Compostela donde tenía su sede.
Por más que don Felipe el párroco, trató de convencer al inquisidor Echenique, de que la brujería no existía ni por asomo en Villa Serena, el fraile, celoso de su cometido, quiso ver indicios donde no los había. El alcalde había hablado más de la cuenta.

Aquel domingo, tras la misa y el sermón de don Felipe, el inquisidor, crucifijo en mano, se dirigió a los feligreses según costumbre. Les pidió que levantaran su mano y jurasen ayudar a Santo Oficio a perseguir la herejía y los delitos sexuales, pues delito era el ayuntamiento entre solteros y los actos contra natura.  Para que nadie tuviese duda, leyó el edicto de fe, una larga relación de las creencias y conductas heréticas, entre las que se encontraban la magia negra, el sexo con demonios, los aquelarres, las pócimas y ungüentos, blasfemias, bigamia, y la tenencia o lectura de libros prohibidos.

Esperaba el inquisidor que se presentara alguien para denunciar alguno de estos hechos, pero a pesar de las presiones recibidas, tratando de eludir el duelo, solamente el médico acudió de buen grado como acusación de dos posibles herejes. Más en cuanto vio la composición de la mesa, comenzaron a temblarle las piernas. Aunque el delator había recibido la garantía del anonimato, el miedo a que su nombre se difundiera era grande; allí estaban del pueblo; el párroco como teólogo calificador, el alcalde como jurista, y un alguacil como brazo de la ley. De los acompañantes del inquisidor, un clérigo fiscal y dos notarios.

Oída la acusación, se buscaron testigos que corroboraran la denuncia. En esos tiempos, en que mejor era ser acusador antes que acusado, los vecinos siempre unidos en penas o alegrías, comenzaron a distanciarse al ser llamados por el inquisidor.
Sibilinamente, el fiscal preguntaba si conocían algún acto reprobable y a alguien que los cometiese, y así, fueron elaborando un legajo del que se sacarían unas primeras conclusiones. Procedía llamar a testificar a los que sin saberlo fueron acusados.

La experiencia de Echenique le decía que el párroco llevaba razón, más, una vez puestos a ello, mejor salir de dudas. Interrogaría a las pretendidas brujas, y si respondían adecuadamente, daría el asunto por zanjado.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Priscila Rodríguez, sesenta años, soy partera y herbolaria.
- ¿Sabe el motivo por el que está aquí?
- Dado que conozco a casi todos los vecinos, supongo que requieren información de alguno de ellos.
- ¿Tiene algún estudio para desempeñar su cometido?
- Lo que sé, lo aprendí de mi madre que en la Gloria del Señor esté.
- ¿Cuántos niños ha ayudado a venir al mundo?
- Posiblemente más de quinientos.
- ¿Se le murió alguno?
- A mí no. Pero sí quiere decir si murió alguno en el parto, sí. Hay partos complicados donde muere el neonato, otros en que muere la madre, y algunos en que ambos fallecen. El Señor da, el Señor quita. Sus designios son inescrutables.
- ¿Fabrica pócimas y ungüentos?
- Sí.
- ¿Con qué fin?
- Con el fin de tratar de sanar al que lo necesita.
- ¿Y ha muerto alguien como consecuencia del tratamiento?
- Todos hemos de morir un día, los remedios solo son paliativos. Cada cual tiene su día y su hora.
- ¿Está casada?
- Soy viuda desde hace diez años.
- ¿Cobra por sus pócimas?
- No. Jamás he admitido una moneda. Es cierto que me pagan con su amistad, algún que otro capón, conejo o similar. El pueblo llano es pobre.
- ¿Es religiosa?
- Como cualquier otra persona. Acudo a misa los domingos y fiestas de guardar, comulgo al menos una vez al año, pago mis diezmos y guardo la vigilia. Bien lo sabe don Felipe que es mi confesor.
-¿Es cristiana nueva?
- No. Soy cristiana vieja como lo fue mi familia por ambas partes.
- ¿Qué opina de los actos carnales?
- Monseñor, creo firmemente que el cuerpo es un templo mayor que las iglesias y las catedrales, pues estas las hacen los hombres para gloria de Dios. Sin embargo, el cuerpo es Dios quien nos lo ha dado, por ello hay que tratarlo según las reglas que él nos dio; Creced y multiplicaos, simplemente. Tampoco se debe mortificar de la forma en que algunos lo hacen.
- ¿A quién se refiere?
- A usted monseñor. Por su manera de andar, intuyo que o bien padece de espalda y caderas, o lleva un cilicio que le aprieta en demasía.
- ¿Acaso es adivina?
- No. simplemente observadora. Ni adivino lo que está por venir, ni convoco a los espíritus, ni a las fuerzas del mal.
- ¿Cree que está aquí como acusada?
- Tal parece por la deriva que va tomando el interrogatorio.
- ¿Y quién cree que la pudo acusar?
- No lo sé, ya le dije que no soy adivina. No creo que nadie del pueblo pueda hacer tal.
- ¿Qué posesiones tiene?
- La casa donde vivo con mi hijo, su mujer y mi nieta. La heredé de mis mayores como mi padre la había heredado de los suyos. Mi padre, que fuera uno de los hombres que acompañaron a Magallanes y Juan Sebastián Elcano en su circunnavegación alrededor del mundo, la arregló con las soldadas adeudadas, y a una compensación por tal hazaña.
- ¿Hay rencillas entre usted y el médico?
- No por mi parte, apenas le conozco. Yo no trato de competir con él, simplemente atiendo a quien llama a mi puerta. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.
- ¿Como se llama su nieta?
- Angélica.
- ¿También ejerce de partera?
- Sí. Ella será si Dios lo quiere, mi sucesora.
- ¿Y también ejerce como bruja?
- Monseñor, bruja es quien se dedica a la brujería. Es sabido que el pueblo, falto de cultura, se asombra por poca cosa, tiene recelos sobre lo que desconoce, y fía en la tradición, aunque algunas veces se equivoca. Llama bruja a quien hace algo que ellos no comprenden, sin darse cuenta de que mide por el mismo rasero, a quien remedia, y a quien utiliza poderes mágicos otorgados por el diablo. Nosotras simplemente tratamos de curar por medios naturales.
- ¿Qué medios?
- Con ayuda de hierbas.
- ¿Y no hacen eso las brujas?
- Yo no sé qué es lo que hacen las brujas. Un cocinero, las mujeres en casa o en la fonda, emplean, empleamos para nuestros condimentos, ajo, laurel, tomillo o azafrán entre otras muchas hierbas. ¿Se ha de considerar eso como brujería? Usted es fraile, mejor que yo sabe que en los conventos se hacen bebidas espirituosas a base de frutos o cereales, que se escriben y adornan libros con el jugo de plantas y minerales, ¿es eso pecado? Si restañar una herida o curar una pulmonía a base de hierbas medicinales, se considera algo malo, ¿por qué se les permite a los médicos, utilizar los ungüentos y pócimas que hace el boticario?
- Usted responda y no haga preguntas. ¿No llaman a su nieta Tabita?
- Sí.
- ¿Tabita es nombre judío?
- Arameo, la lengua que nuestro Señor Jesucristo hablaba. Significa gacela, la empecé a llamar así por su agilidad y largas piernas.
- ¿Donde guarda las recetas de sus preparados?
- En la memoria. Aunque se leer, siempre he escrito tan mal, que luego era incapaz de leerlo.
- ¿Tiene libros en casa?
- Solamente la santa Biblia.

Ahora era el turno de Angélica. Echenique, tratando de pasar desapercibido, estaba recostado en un sillón en una de las esquinas de la sala. La vio entrar decidida, sin pizca de temor, espigada ella, un tanto arrebolada, color que parecía natural. Se quedó de pie frente a la mesa, mirando a sus componentes con curiosidad pero sin descaro.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Angélica Núñez Rodríguez, cumpliré veinte en septiembre si Dios lo quiere, ayudo a mi abuela Priscila en los partos y la herboristería.
- ¿Tiene algún conocimiento para desempeñar su cometido?
- Lo que he aprendido de mi abuela.
- ¿No ha estudiado o leído libros?
- No hay libros en mi casa, no los podríamos costear y quizá ni entenderlos. Todo se hace según la tradición y lo que la experiencia nos dicta.
- ¿Quiere decir que experimentan con las personas?
- No. No quiero decir eso. Todos los remedios aplicados son fórmulas aprendidas de memoria, que ya desde la antigüedad se vienen empleando. Es cierto que no a todos les sientan por igual, entonces se corrige esa fórmula.
- ¿Es eso lo que sucedió con el soldado?
- Efectivamente, monseñor. A Contreras se le inflamó la mano como consecuencia del golpe recibido y de la cirugía. El médico, le dio un remedio eficaz, pero con una dosis excesiva de uno de los componentes. Eso, y la mano prieta por el vendaje durante ese tiempo, produjo un agarrotamiento de los nervios y cierta insensibilidad. También tuvo una reacción benigna de la piel, que se confundió con una lepra en estado primario. Sin embargo, la lepra comienza por una mancha blancuzca y no marrón.
- ¿Soltera, o casada?
- Soltera.
- ¿Ha tenido contactos íntimos?
- Si me está preguntando si conservo mi virginidad, sí, la conservo.
- ¿Se atrevería a demostrarlo?
- ¿Acaso está poniendo en duda lo que digo?

Al Inquisidor le hubiese gustado ver aquel cuerpo desnudo, sobre la rueda o sobre el potro; piernas y brazos abiertos en aspa, los pechos enhiestos al cielo, el velludo y abultado pubis invitando a lo que él deseaba. Luego la liberación y el eterno agradecimiento. Echenique se respingó al darse cuenta de sus malos pensamientos y pidió excusas para salir un momento. Se fue a su aposento, se levantó el hábito, y apretó dos agujeros más el cilicio.

- ¿Cree que las brujas vuelan montadas en palos o escobas?
- No tengo motivos ni a favor ni en contra, jamás he visto una bruja.
- Entonces, ¿nada sabe de aquelarres?
- Monseñor, aquí celebramos la fiesta de Nuestra Señora, también la de Santiago Apóstol y la de San Juan, son las reuniones que congregan al pueblo y donde se baila al son de la música hasta bien entrada la noche. La magia, que no la superstición,  está en la fe que a todos nos une.
- ¿Cree en el demonio?
- Así nos lo enseñan desde pequeños. El demonio no solo habita en los infiernos, también en el corazón de los hombres. Es por eso que Jesucristo expulsaba los demonios de los posesos.


Tomás de Echenique estaba cansado física y moralmente. En cuanto a su estado físico, comenzó a mejorar cuando se puso la pomada que Priscila le proporcionó. Había arrojado lejos de sí aquel cinto con clavos que mortificaba su cuerpo, y no reparaba su alma. Respecto a lo moral también. Comprendió que sus propios pecados, no le permitían juzgar con ecuanimidad a aquellas mujeres, como a tantas otras ya sin remedio. Que no eran las herejes brujas acusadas por un hombre letrado que las acusó solamente por insidia, y que pese a ser unas palurdas pueblerinas, hablaban y actuaban en la vida con el convencimiento de buenas cristianas. Por ello, expuso a la mesa lo que pensaba, y todos le dieron la razón; no había caso que juzgar.

Una cosa quedaba por dilucidar: El castigo para el delator que por pura inquina había acusado a Priscila y Angélica. Se lo llevaron preso nadie sabe a dónde, ni por cuánto tiempo.


Villa Serena de los Oteros volvió a ser el pueblo tranquilo que fue, Priscila y su nieta continuaron con su vida, y Alonso Contreras, viendo que nada tenía que hacer allí, prefirió volver al tercio a luchar de frente contra sus enemigos. Parece que jamás volvió.

9 comentarios:

Alfredo dijo...

A pesar de que la anterior entrada ha debido parecer larga a quienes han pasado por aquí, hoy vengo con otro relato largo. Espero que a alguien le guste
Salu2.

Pilar Cárdenes dijo...

Qué tiempos aquellos de Inquisidores, brujerías y la famosa mandrágora.
Tiene gracias la pregunta: ¿Cree en el demonio?
Me ha gustado tu relato.
Un saludo

Elda dijo...

Fantástico cuento Alfredo, expresado con la magia de tu pluma que siempre le da ese punto de atención para seguir hasta el final con avidez.
Como siempre me sorprende como documentas tus escritos, y además el tema me ha encantado. Fabulosas las protagonistas en medio de la ignorancia de los más ilustrados.
Un gusto la lectura
Un abrazo.

Alfredo dijo...


Pilar Cárdenes.
Ante todo, gracias por leerlo.
Respecto de la mandrágora... ¡para dar y tomar hay!
Supongo que habrá algunas obviedades, si la pregunta hubiera sido si creía en dios, sería una más. Mejor con el diablo.
Me alegra que te haya entretenido.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Lo cierto es que ando algo flojo de ideas, pero repasando encontré un cuento que ya tenía olvidado y me sirvió para iniciar este. Si no lo has leído, creo que merece la pena. Se titula El Leproso.
Muchas gracias por el comentario, muy acertada esa última frase tuya sobre la ignorancia de quienes con prepotencia creen ser más que los demás.
Salu2.

Manuel dijo...

Aunque la entrada sea generosa, no me hubiera importado que continuase diez, veinte o cincuenta entradas más, al contrario. Con esto, te lo digo todo.
Gracias, por tan maravilloso relato. Lo has bordado.
Un fuerte abrazo.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel, se agradece el comentario.
Espero que vayas mejor de la pierna.
Salu2.

Mara dijo...

Me ha gustado pasar por tu casa. Así fue como en muchos casos La Santa Inquisición acabó con mujeres sabias juzgadas por hombres con títulos. Saludos.

Alfredo dijo...

Mara.
Muchas gracias por dejar el comentario con el que estoy plenamente de acuerdo.
Salu2.