domingo, 5 de marzo de 2017

El Españolito


¿Qué pueden sentir unos padres, cuando ven partir a un hijo con trece años, a "Hacer las Américas"? 
¿Qué puede sentir el hijo, al dejar toda su familia y embarcarse en esa aventura?
Tal vez por sus mentes haya pasado por un instante... “es una boca menos a alimentar”. Once hijos son muchos, y el salario escaso. Algo menos de hambre, algo menos de miseria. Pero es sólo eso, un instante. ¡Cuán lejos se va! ¿Qué será de él? ¿Volverán a verlo? ¡Es tan niño!
¿Y él? ¿Qué piensa, qué siente?
Temor ante lo desconocido, sed de aventuras, afán de ganar dinero para ayudar, pena infinita viendo a la madre llorar.

Vicente Canga Argüelles, salió de su humilde casa con la mejor ropa en un pequeño morral. Un raquítico traje y botas de suelas de cartón, una camisa, una muda, algunas monedas que con esfuerzo juntaron padres, familia y vecinos, y un pasaje para el vapor de Argentina. Va andando desde Villaviciosa a Gijón, para ahorrar los reales de la diligencia. Zapatillas de esparto, chaqueta raída, negra boina y vara en la mano para ayudarse en los caminos. Embozado en la amplia bufanda, camina en aquel frío mes de marzo de 1899.

- Buenos días, señora. ¿Podría darme un poco de agua?
- Pasa nin, pasa. ¿Dónde vas por estos vericuetos?
- Voy camino de Gijón, para embarcarme rumbo a la Argentina.
- ¿Tú solín fíu?
- Sí señora.
- ¿Cuántos años tienes rapacín? ¿Nun yes muy joven?
- Tengo catorce.
- Tendrás fame y frío, pasa, pasa y arrímate al fueu. Voy date un poco lleche con pan y mantega.
- ¿Tiene pan?
- ¿No te gusta?
- Sí, sí. Es que casi nunca lo comemos. En casa sólo entra la borona, pero pan blanco...
- Aspera un poco, que con lo flacu que tás y el camín que aún te falta... voy date un güevu fritu.
- No se moleste señora... es que soy magro de carnes.
- Yes demasiao educau rapaz y merez que fagas fortuna, pero nun  seas remilgosu que quién sabe lo que tendrás que pasar. ¿Dónde aprendiste a falar asina?
- Gracias señora. Tengo un tío que es cura párroco.
- Pues podía él ayudáte...
- Ya me ayudó, señora. Pero sobre todo en la enseñanza, para otra cosa, tampoco a él le llega.
- Vaya por Dios que tiempos. Voy dai una voz al mi paisano pa que te acerque un pocuñin na mula.
- Cislooo... Cislooo... Ven pacá que vas llevar en la mula a esti rapaz que marcha pa La Habana
¿Tan lejos te animaste a dir?, Que‚ ye, ¿qué tienes parientes allí?
- No señor. Sólo un conocido que me dará trabajo. En cuanto aprenda el oficio, me estableceré‚ por mi cuenta y llamaré a mi familia. Aquí sólo se malvive.
- ¿Lleves algo pa comer?
- Sí señora. Llevo borona, tocino y nueces.
- Voy date unos choricinos y un piazu jamón. Lleva tamien estí pan y voy metete un pocu miel en esta frasquina. Asina únteslo a la mañana pa desayunar.
- Gracias señora. Muy agradecido. Ahora, tengo que marcharme. Quede usted con Dios.
-  Que él te acompañe.

Vicente llega a finales del mes de marzo a Buenos Aires. Ha dejado atrás veintiún días de navegación. Ha acabado el pan, la borona, los chorizos, el jamón, las nueces... todo lo que llevaba y que con tanto celo ha ido tasando, pues las raciones del barco, como aquella mujer le vaticinó, eran escasas.

La Argentina vive días prósperos. La población va en aumento y la expansión industrial hace que el nivel de vida sea alto. Son tiempos peligrosos no obstante, ya que la estabilidad política ha sido hasta ahora precaria.
Vicente aprende rápidamente en el colmado donde trabaja. Reparte los mandados, despacha comestibles y aperos. Duerme en el mismo almacén y come en la trastienda. No hay sueldo, sólo la alimentación y un jergón. Esta es una situación corriente y aceptada por casi todos los que tienen la suerte de encontrarla. Alguna propina pasa a la bolsa que lleva colgada al cuello, pero va a ser ayudante del encargado y a conocer las telas. Es el puesto más codiciado. Mejor vestimenta, ya hay sueldo y pronto podrá instalarse en una pensión. Llega a ser el preferido de las señoras por su buen gusto y amabilidad. Las damiselas le miran a hurtadillas escondidas tras sus madres. El leve vello del labio superior, va dando paso a un ralo bigotillo. Se ha comprado sus primeros botines, ha cambiado la gorrilla por el sombrero, y ya nunca abandonará el flexible bastón.

Cuatro años han pasado desde que llegó, y ya es socio del dueño. El buen hombre no ha tenido más remedio que rendirse a la evidencia; era el que más y mejor vendía, el que llevaba las cuentas. Por su entusiasmo, sus maneras, su talante innovador. Antes de que fuera a establecerse por su cuenta, prefiere verle como aliado, a competidor.

Hasta aquí, todo parece coincidir con los relatos que de algunos emigrantes tenemos. Un sabor rancio y añorable se desprende de sus andares y, su existencia, nos parece casi conocida. Es similar a la de tantos otros, unos llegaron a hacer fortuna, muchos... se diluyeron entre las masas, llevaron una existencia anodina, o nunca más se supo de ellos. Vicente sentía dentro de sí una inquietud desmesurada. No se conformaba con aquella vida, ya cómoda, que llevaba. Sentía la necesidad imperiosa de conocer aquél vasto mundo donde había ido a parar. Atrás quedaron aquellos años de la infancia sin salir de su aldea, y sin tener siquiera la ocurrencia de que ello fuera a ser posible. Sin embargo, ahí está, pensando en recorrer todo el mundo que sea capaz.
Ha vendido su participación en el almacén. Ha cargado una gran carreta de infinidad de artículos con los que piensa comerciar, y se ha subido decidido al pescante, arreando sus cuatro mulas. Botas altas y flexibles que sobre el pantalón ajusta con un cordón bajo la rodilla, chaqueta amplia que deja ver en ocasiones la cartuchera de la que pende la canana y el revólver. Sombrero amplio sujetado por el barboquejo y carabina a la espalda.
Su más preciado tesoro, va en el fondo de la carreta, dos cajones, uno con munición y otro con armas cortas y largas. Lleva además algo que cree va a ser muy apreciado; cerillas y cantidad de frasquitos de potingues. Pero lo que más estima y en lo que más confía, es en su valioso cuaderno. Allí tiene anotadas infinidad de recetas recopiladas de los diarios o de las mismas clientas y que con su menuda y estilizada letra ha ido llenando día a día. Consejos médicos, de belleza, de limpieza, carpintería, cocina, conocimientos geográficos y rústicos... Ningún tema ha quedado sin tocar. Como compañero y ayudante ha contratado a otro español venido como él a hacer fortuna. Se va a convertir en uno de los muchos buhoneros que recorrieron arriba y abajo todas las américas.

De aquella Buenos Aires que ya iba asentándose como capital federal de la nación, se dirigieron hacia Rosario. Vicente tiene diecinueve años recién cumplidos y su ayudante diecisiete. Podían hacer el trayecto en barco, pero de lo que se trataba era de comerciar y conocer. Van a seguir la línea de ferrocarril que se está construyendo a Córdoba y Santa Fe. El largo trecho de trescientos kilómetros, les depararían sin duda fatigas, pero también aventuras. Más, apenas iniciado el viaje, una carta llega a sus manos. Se ve obligado a malvender todos sus artículos y aperos para regresar a España; su madre gravemente enferma lo reclama a su lado. Aunque todas sus ilusiones se ven truncadas en un momento, prepara velozmente el viaje para tratar de recoger el último aliento de la que le dio el ser. No lo consiguió y llega solamente para el entierro.

Han pasado apenas dos años y de nuevo se va a embarcar. El capital traído, ha menguado considerablemente en este tiempo de casi inactividad total y ayudando a los suyos. Ha comprado alguna tierra y una pequeña casa donde los que quedan vivirán algo más holgadamente. Apenas si ha dejado lo suficiente para el pasaje, por lo que prácticamente comienza de cero nuevamente. Pero tiene más edad y más experiencia. Esta vez su destino será Méjico para donde parte el 12 de noviembre de 1906.

El comercio de las telas que conocía, hace que no pase hambre y que vaya viviendo. Pero no es lo mismo que en la Argentina. El patrón es demasiado severo y no permite que ninguno de sus empleados intimen lo más mínimo con la buena clientela. Cuando, en más de una ocasión, una señora reclama los servicios de tal o cual, le da una disculpa y hace que otro la atienda o lo hace el personalmente. Esa política no gusta a Vicente porque ve que así nunca podrá medrar. Pide la cuenta y se va. Irá alternando trabajos y lugares hasta llegar a los Estados Unidos, y un día de 1910, trabajando en el ferrocarril en el desierto de Yuma, conoce la noticia de que Madero ha convocado al pueblo a una rebelión armada. Su afán aventurero le llama. Él, que nunca estuvo de acuerdo con los métodos represivos de Porfirio Díaz, va a tratar de unirse a la revolución. A decir verdad, no es solo el afán patriótico lo que le mueve, - solo lleva allí cuatro años - intuye que un tiempo nuevo ha de venir donde todo será mejor.

Su mejor amigo es un indio Seri de Sonora al que se conocía por Coyote Casanova y que, siguiendo la antigua tradición, practicaba la caza y la pesca con suma destreza. Este hijo de la tierra, se jactaba, aunque solo en contadas ocasiones, de ser nieto de Dolores de Casanova, hija de una familia de Guaymas que de niña fue raptada por los indios. En la refriega del rapto, el padre de Dolores, murió a manos del Coyote Iguana, y no obstante, Lola le siguió hasta la isla de Tiburón llegando a convertirse en la reina de los Seris, donde tuvieron varios hijos. Uno de ellos, fue el progenitor de Coyote, nombre de su abuelo y  apellidado Casanova en honor de su abuela. Este era el amigo de Vicente con quien iba a vivir aventuras y desventuras.
Era de estatura algo mayor a lo común de su raza, y al lado de Vicente, con su metro ochenta, parecía un gigante. Vestía una mezcolanza de ropas por las cuales no se podía adivinar a qué tribu pertenecía, y su mayor similitud era con los indios apaches. Mocasines y polainas de piel de gamo, pantalón de paño azul muy justo, con bordados a los costados y cortados por las rodillas; casaca de blanco algodón hasta medio muslo, prieta en la cintura por un fajín rojo que le daba varias vueltas y cinta del mismo color sujetando los largos, negros y fuertes cabellos. Llevaba siempre y al estilo gaucho un largo puñal con mango tallado de palo fierro y que a velocidad inusitada sacaba cuando era necesario. Lo manejaba con tal habilidad, que era capaz de acertar una naranja a veinte pasos desde cualquier posición o postura. Hombre parco en palabras dominaba el español, el nahuatl, el zapoteco y el mixteco, pues en su nómada vida, había recorrido todo el territorio mexicano y parte del estadounidense.

Su amistad con Vicente nació como consecuencia de los los cuidados que este prodigó a su mujer en circunstancias adversas para ella. La india huichol Nakaweri, llamada así en honor de los dioses de la vegetación, vivía como todos los suyos apegada a sus tradiciones, pero siguió en su nomadeo a Casanova hasta un poblado cerca de Yuma, nacido al amparo de unos almacenes del ferrocarril. Fue un largo peregrinar desde el norte de Jalisco para ir a morir en una tierra extraña víctima de la picadura de una cascabel.
Casanova había salido según su costumbre tratando cazar algo que le pudieran pagar bien en la cantina. Normalmente tardaba en volver tres o cuatro días, y en este intervalo, Nakaweri fue picada por el crótalo. Se arrastró en busca de ayuda desde su no muy lejana cabaña hasta el poblacho. Vicente la recogió, le aplicó un torniquete, sajó, chupó y escupió, pero todo fue inútil. El mal ya había progresado mucho y a pesar de las cataplasmas y los cuidados de Vicente, unas horas después de regresado el indio, murió.
Este vano esfuerzo por tratar de atajar lo inevitable, le fue pagado a Vicente en forma de amistad incondicional por parte del mestizo, que ya nunca más se separó de él. Aquél hombre adorador del sol, la luna, la tortuga y el pelícano como todos los de su tribu, y que decía que su raza era kunkaahac o raza madre, no tuvo inconveniente en seguir a alguien que carecía del linaje que él presumía tener.

En principio, y para tratar de unirse a la revolución, habrían de recorrer muchísimo camino y esto solamente en sí, ya era una aventura. Su punto de destino esperaban fuera Nuevo Laredo donde se unirían a las gentes que Madero pudiera haber reunido. Sin embargo...

Cargando con sus escasos bártulos llegaron a El Paso y de allí a Ciudad Juárez. La escasez de recursos era notoria por lo que trabajaron en todo lo que les salía; friega platos, peones, muleros... pero con lo que iban a conseguir algún dinero, fue vendiendo un elixir o tónico capaz de fortalecer y dar vigor al más decrépito de los mortales. Tres granos de peyote, un poco de tequila, azúcar de caña y algo de agua para rebajar, era la mezcla. Claro que sus efectos duraban poco tiempo y que sabedores de esto, cuando consiguieron reunir lo bastante para comprar caballos, se largaron lo más aprisa que pudieron. 
Aunque su intención inicial ya se había torcido, decidieron ir hasta Chihuahua donde un nombre comenzaba a sonar con fuerza; Francisco Villa. No llegarían allí sin que les sucediesen un par de aventuras que pudieron haber sido el colofón a tantas penalidades sufridas.

Cerca de Casas Grandes hallaron un arroyo de cristalina agua que caía por una cascada de ocho o diez metros de altura formando una pequeña laguna. La pradera formada por la humedad casi la rodeaba y el aluvión dejado por la corriente se veía cual playa dorada. Algunos álamos, capulines y tecojotes daban sombra y servían de refugio a ardillas u onzas. Era el sitio propicio para descansar unos días. Quitaron las sillas a sus monturas a las que trabaron, apilaron algo de leña para la noche y decidieron darse un buen baño. Después comieron algo de cecina de venado y se tumbaron sobre la hierba. A media tarde, Casanova preparaba una lanza para tratar de pescar algunos peces de los que abundaban, mientras Vicente preparaba la fogata. El indio lanzaba hacia la orilla el pescado con tan pasmosa facilidad, que el español no resistió la tentación de probar suerte. Cogió la azagaya y guiado por la mano del experto, falló el primer tiro, también el segundo y el tercero, pero el cuarto no fue fallo a querer; fue una desviación hacia algo que brillaba en lecho. Removió y halló. En su mano una gruesa pepita de oro lanzaba su guiño al sol del atardecer. Salieron del agua mirándola con incredulidad, hasta que plenamente convencidos de su suerte, lanzaron un ¡Jujuy Chihuahua!

Comenzaba a amanecer y Vicente ya atizaba el fuego para hacer tortitas. preso de la agitación natural en quien con toda seguridad espera hallar su placer, su dorado. Durante toda la mañana removieron todo el fondo del pequeño lago y casi no hallaron nada; seis u ocho granos no mayores que una lenteja. Estaban un tanto desilusionados. Mientras comían, Vicente pensaba, Casanova estaba intrigado viendo a su amigo con el ceño fruncido y sin mediar palabra, cuando de habitual era parlanchín. De pronto, Vicente dio un brinco y se puso en pie.

- ¡En el centro de la cascada, Coyote! ¡En el centro de la cascada!

Se lanzaron allá con los platos de hierro, arrojaron la comida y comenzaron a excavar bajo aquella ducha. Pronto entre el cascajo comenzaron a sacar una y otra pepita hasta el total de setenta. Más de dos kilos lograron en aquel día memorable, pero ya no consiguieron más. El placer se había agotado. Aunque recorrieron el río arriba y abajo de la cascada y laguna, nada más pudieron encontrar. Se dieron por sumamente satisfechos y pensaron emprender la marcha a la mañana siguiente.

Apenas habrían cabalgado un par de horas por las escarpadas pendientes, cuando se vieron rodeados por unos indios de piel muy oscura. Los dos amigos llevaron con cautela sus manos a las armas a la vez que Casanova trataba de entablar conversación con ellos.

.- Son Tarahumaras y odian al hombre blanco, mucho ojo Vicente.

Desmontaron y siempre con la mano sobre la culata de sus pistolas, les ofrecieron de la seca carne que llevaban y algo de licor. De inmediato se estableció una relación aparentemente amistosa y que a medida que transcurrían los minutos se notaba más verdadera. Les gustaron los caballos a los que acariciaban y con grandes risas les invitaron a ir hasta su poblado. No era este sino oquedades en la roca de la montaña, resguardadas las entradas de algunas de ellas por muros de adobe. Para subir o bajar solamente el tronco de un árbol con algunas entalladuras a modo de escalera. Algunos niños cuidaban de los pequeños rebaños de ovejas y cabras y alguna vaca. Poco tenían todos que compartir, pero lo hicieron. Comieron, bebieron y llegaron a la parte más importante del ritual; mostrar sus habilidades. Al son de un desafinado violín y un tambor de piel de cabra, entonaron una melopea ininteligible hasta para Casanova. El chamán tomó un poco de peyote y comenzó a aplicarlo sobre los amigos en la frente, brazos y manos y les colocó un grano bajo la lengua. Así conjuraba cualquier brujería que sobre ellos pudiese alguien verter. También les libraría del reumatismo y de otros males, y repelería las serpientes.

Sin armas de fuego, admiraban los revólveres que los dos extraños llevaban al cinto. Uno de ellos, agarró una piedra, se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo utilizó como honda, acto seguido, invitó al español a que hiciese puntería con su arma en el mismo sitio. Casanova sabedor de que ambos no eran muy buenos tiradores con el revólver, clavó con una paja en un poste un trapo no mayor que una moneda de dólar. Se distanció quince pasos y dándole la espalda, se volvió tan rápido como pudo lanzando su cuchillo. La diana fue festejada por Vicente con varios disparos al aire y con un griterío de admiración por parte de los indios. Uno de los viejos quiso apostar entonces, a que su hijo era capaz de ir y volver hasta el gran desierto en diez días. La distancia era de quinientos kilómetros lo que suponía un total de mil entre la ida y la vuelta. El medio de transporte, las piernas.

Jugadores por naturaleza unos y otros apostaron; ovejas contra cabras, vacas contra caballos... todos querían participar en la fiesta. Se formaron dos equipos de diez corredores cada uno, que traerían como prueba, aquel cactus alucinógeno del color de la tierra del gran desierto. Los Rar'muri, o gentes de pies ligeros, siempre dispuestos para la prueba, no habían probado aquella especie de cerveza de maíz llamada tesguino. Algunos, tratando de mejorar su espíritu, fumaron tabaco mezclado con tortuga seca y sangre de murciélago y al día siguiente partieron dándole patadas a la bola de madera del ritual.

Durante ocho días Vicente y Casanova ayudaron en las tareas propias de la colectividad. Habían apostado sus caballos más por imperativo que por el afán de quedarse con sus miserables cabras. Cazaron, recolectaron, pastorearon y enseñaron a las mujeres la forma de hacer y de utilizar el jabón. Los parásitos desaparecieron como consecuencia de lo mucho que les llegó a gustar lavarse la cabeza unas a otras. Con ello además, aquellos groseros cabellos cortados a cuchillo, se volvieron sedosos.

Antes de cumplirse el plazo indicado, comenzaron a llegar los corredores. Increíblemente cierto fue que perdieron los caballos en la apuesta contra el viejo. Su hijo llegó de los primeros. Los que perdieron sus animales no mostraron mayor enfado; otra vez los ganarían, pero nuestros dos incautos tendrían que hacer el resto del camino a pie. Para evitar esto, Vicente llegó a un acuerdo con ellos; les comprarían los caballos. De una bolsita que llevaba al cuello y en la que previamente había introducido cinco pepitas de oro, extrajo cuatro. Se las mostró al anciano. Aunque este no quería desprenderse de los animales, cedió ante las atenciones que ellos habían tenido con toda la tribu y porque además redondearon la compra con una de las dos carabinas que tenían. La otra pepita se la entregó al chamán que queriendo corresponder les entregó bastantes provisiones para el camino.

Pronto iban a tomar contacto con la revolución. Dejaban atrás la llanura de pasto amarillento y los nopales que crecían juntos y temerosos de su soledad para comenzar a ver algún Pirúl y grupos de Magüelles de hojas gruesas y puntiagudas.
Los abejorros zumbaban en torno a las milpas que ya comenzaban a las afueras de un pueblo llamado Las Cruces, donde encuentran una avanzadilla de Pancho Villa. El jefe al mando, está sentado a una mesa en la plaza donde extiende un recibo por cada animal que se le entrega:

- "He resibido medio saco de frijoles de Antonio García. Firmado, el capitán Contreras"
- "He resibido un cochino de Manuel García. Firmado, el capitán Contreras" 

Así una larga fila de hombres van entregando lo que pueden. Son los primeros tiempos y casi todos lo dan de buen grado. Algo más allá, el orondo cacique del pueblo pende de una soga. Ya no habrá tirano en el pueblo.

Vicente y Casanova se colocan a la fila. Cuando les llega el turno, vacían el contenido de la bolsita, unos gruesos guijarros de oro caen sobre la madera y el capitán no acierta a separar de allí sus ojos. Luego, mira a los dos hombres que no han pronunciado palabra.

- ¿Quen son sus mersedes tan ricos?
- Dos hombres que desean unirse a la causa.
- ¿Y, adonde consiguieron esta maravilla?
- Lejos de aquí.
- Pues sean bienvenidos. ¡Mirar cuates, esto es lo que nos hase falta!

Y volviéndose otra vez hacia ellos...

- ¿A nombre de quen pongo el resibo?
- No hacen falta nombres ni recibos, lo que entregamos lo hacemos sin esperar a que nos sea devuelto.
- Pos han de saber ustedes, que la revolusión no quere que naide piense que no somos honrados. Por eso damos el resibo; pa devolver lo que se nos prestó. Pero también admitimos donasiones, y la suya así se toma. No ostante, le voy a dar el papel...

No sin trabajo comenzó a escribir a la par que en voz alta rubricaba lo que en el papel ponía... "He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del...

- Usted ¿es español?
- Sí señor, lo soy.
- Pues vale... He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del españolito y de su compadre el indio... ¿De qué tribu?
- Seri.
- Y del indio Seri. Firmado; el capitán Contreras.

Desde aquél día Vicente pasó a ser conocido por el españolito. El Seri Casanova, no contaba. Siempre se referían al españolito, aún a sabiendas de que los amigos jamás se separaban; que al encomendar una misión al español, a los dos se la encomendaban; que al llamarlo a él, los dos acudirían como fieles sombras el uno del otro, y el otro del uno.

La partida del capitán Contreras ha decidido levantar el campo. Ya ha recogido todo lo que ha podido, el grueso de la tropa espera el avituallamiento. Abandonan el pueblo en dirección sur. Según su costumbre, el jefe ha mandado por delante a sus exploradores; ellos evitaran el encontronazo por sorpresa con los federales. Tras casi un día de marcha, al atardecer, los vigías descubren una patrulla. Son quince de a caballo mandados por un sargento. Vicente va a oler la pólvora y el dulzón de la sangre.

El sargento sabe su oficio. Andando por aquellas trochas y vericuetos, trata de evitar lo más posible las hondonadas donde pueden ser presa fácil. Él también lleva su explorador que ha estado indagando en el llano por donde forzosamente han de pasar al subir una loma. En esa llanura de unos tres kilómetros de largo por uno de ancho, no hay  apenas vegetación y los cascos de su montura, levantan el polvo cada vez que lo pone al trote. Llega hasta otra pendiente con algunos árboles y rocas desprendidas de la cima. No ve nada anormal y decide volver grupas para comunicar que el camino está despejado. No ha hecho más que caminar unos cientos de metros, cuando en silencio los hombres de Contreras salen del bosquecillo dejando atrás carretas y caballos, suben la loma y empiezan a apostarse tras peñas y matas del otro lado. Otra veintena esperan montados para cargar una vez que la primera descarga haya abatido los más soldados posibles.

Los militares avanzan al paso en fila de a dos con el sol de frente. En vanguardia va el abanderado seguido por el sargento y la tropa. Cuando están casi a la mitad del llano, el mando vuelve a enviar al explorador en descubierta para que mire tras la loma. Parece que no las tiene todas consigo, ya que manda parar al pelotón. Quizá haya visto algún destello de un arma reflejada por aquel sol que ya empieza a ocultarse.
Contreras comprende que la distancia es insuficiente como para que los tiradores apostados sirvan en esta ocasión, y que el jinete que se acerca al trote, va a descubrir a los escondidos tras la peñas. Tiene que cambiar el plan y así lo hace; arrea su montura y es seguido por los demás. El explorador frena su carrera y da media vuelta espoleando su caballo con furor; sabe que su vida depende del rendimiento que pueda sacarle al animal. Mientras tanto el sargento ha mandado echar pie a tierra a sus hombres y tumbar los caballos para formar un parapeto. Huir no es su forma de conducta y tampoco tendría mucho sitio donde refugiarse. Espera abatir bastantes de aquel puñado de revolucionarios en una primera descarga, como así sucede, pero otro tanto ocurre con su pelotón. La arriesgada maniobra de Contreras ha dado su fruto a pesar de todo, saltan sobre el obstáculo a la vez que descargan sus revólveres y machetes, frenan y se revuelven en escasos metros para pillar por retaguardia a los soldados ya sin más escudo que su propio cuerpo.

Vicente no sabe en realidad que es lo que ha sucedido, ha cabalgado con la cabeza pegada al cuello del animal para resguardarse lo más posible del plomo que les enviaban, ha agotado su munición, posiblemente sin acertar a nadie, y menos ducho en estas lides que sus compañeros, ha continuado en su galopada. Cuando se da cuenta y quiere reincorporarse a la lucha, ya los soldados supervivientes están con los brazos en alto en señal de rendición. Contreras no quiere prisioneros; a los heridos los remata en el mismo suelo y a los ilesos manda alinear para su fusilamiento. Alguno de ellos llora al ver cercana la muerte, y trata de convencer al capitán para que le deje cambiar de bando. Vano intento. Con una mueca de desprecio Contreras vacía el cargador de su revólver sobre él a la par que grita:

- ¡Perro traidor!.. ¿Y cuanto tardarías en hasernos a nosotros lo mesmo?

El ajusticiamiento de los federales no ha sentado muy bien a Vicente. Una oleada de enojo le ha ido subiendo desde el estomago hasta la boca que se abre para emitir una protesta...

- Opino, Contreras, que no está bien pasar por las armas a unos hombres que se habían rendido. La muerte en combate nos acecha a todos desde el mismo momento en que decidimos unirnos a uno u otro bando, pero mientras que ésta puede ser gloriosa, o al menos honrosa, lo que usted ha hecho es ignominioso.

- ¿Que quere desir vuestra mersé con esa palabrita?
-  Que ha sido un asesinato.
- Mire patrón, si no está de acuerdo con nuestros métodos, se larga ahorita mesmo, y en paz... ¿Sabe que es lo que ellos hubieran hecho?...  Pos igualito que nosotros. No podemos coger prisioneros, hay que vigilarlos, darles de comer y llevarlos de un sitio para otro. Eso nos resta movilidá, no hay frijóles para todos y al menor descuido se escapan para luchar nuevamente en contra nuestra, así que si no tiene agallas para ver esto, mejor se va por donde vino.

La discusión entre los dos hombres se mantuvo durante unos minutos más, en los cuales Vicente comprendió por un lado lo arriesgado de su postura; un recién llegado enfrentándose a una filosofía establecida en la que la vida de un hombre nada significaba para la consecución de un fin, la revolución, en la que durante un periodo de diez años iban a morir más de un millón, y por otro, que Contreras tenía no una, sino muchas razones, sus razones, para actuar de aquel modo. A partir de aquella tarde Vicente y Contreras se miraban de reojo cuando en alguna acción se podía dar una situación similar, el capitán dulcificó un tanto su proceder y Vicente procuraba hacer en lo posible la vista gorda. Ninguno estaba conforme consigo mismo, por lo que a la menor oportunidad que tuvo, el españolito pidió a Villa, con quién ya se habían reunido, que le encomendase otras misiones.

Vicente y Casanova pasaron  a encargarse del armamento, y este trabajo les llevó a cruzar varias veces la frontera para la compra de armas. Tuvieron que establecer una complicada red de enlaces para saber en qué lugar habrían de hacerse las entregas, ya que la movilidad de Villa y sus Dorados hacía imposible el estar en el punto fijado de antemano con muchos días de antelación.

Por aquellos tiempos no tenían problemas con el lado americano, ya que el presidente Wilson, estaba interesado en que Villa se convirtiese en el presidente de México. Otra cosa distinta sería cuando unos años después, y tratando Villa de que los americanos luchasen contra Carranza, atacaron la ciudad de Columbus produciendo varios muertos. Wilson ordenó al general Pershing que atrapase a Villa, cosa que no logró.
Tampoco tuvieron problemas a este lado del río grande, pues los dos amigos trabajaron con la astucia suficiente como para no toparse con los soldados. Procuraban que las carretas en las que portaban los rifles y las municiones dejaran las menos huellas posibles, y siempre que pasaban cerca de un pueblo redoblaban las precauciones haciendo un barrido de las mismas. Los carros eran cuatro y quince los hombres bajo el mando de Vicente que siempre cumplió las misiones con rapidez y eficacia, por lo que Villa le tenía en gran aprecio.

Vicente entró con Doroteo Arango, más conocido por Pancho Villa, con sus caballos y soldaderas en la ciudad de México en diciembre del 14, y  allí estaba cuando este se sentó en la silla presidencial del Palacio Nacional. En las calles se mezclaron con los zapatistas venidos de las montañas. Todos cantaban reían y lanzaban disparos al aire. Se comía en los puestos ambulantes donde vendían tamales, enchiladas, nopalitos, tripitas de carnero, chicharrones de puerco, elotes cocidos, tacos de carnitas, mole de guajolote, frijolitos con chile, arroz con carne, atole con bolillo o dulce cocal. Pero el tiempo fue pasando y un mes es mucho para permanecer ocioso; hubo muertos en peleas callejeras y abusos de todas clases y no era raro ver atravesados en la banqueta de las pulquerías los que dormían la borrachera. Cuando cansados y sin saber que hacer, los dos jefes guerrilleros decidieron volver a sus tierras, Vicente y el indio optaron por  quedarse en la ciudad. A sus espaldas quedaban batallas como las de Ciudad Juárez, innumerables refriegas y servicios a la causa. Vicente tiene ya treinta y ocho años, está cansado, con los bolsillos vacíos y no ve que el futuro pueda mejorar tanto como él había soñado.

Muy cerca del Zócalo hay una tiendecita de telas que está en venta. El dueño ha muerto y su mujer quiere con sus chamacos retornar a su pueblo de origen. Con el aval de Villa consiguen un préstamo para comenzar, ya que del oro gastado y que la causa les habría de reintegrar, nadie se acordó, ni ellos lo reclamaron.

Trabajaron duro y lograron clientela fija como para poder pagar a un dependiente que atendiera el negocio. Mientras Vicente y Casanova se dedicaban a recorrer los barrios de la metrópoli en venta ambulante y a visitar las fábricas de hilados y tejidos donde abastecerse. Vendían al fiado y nunca tuvieron que arrepentirse. Una vez al mes pasaban a cobrar y siempre hacían nuevos amigos como el españolito decía, que les otorgaban su amistad y más encargos.

El dinero entra en la caja de forma peligrosa según Vicente. Para él, peligro es tener tanto como para no poder dejarlo en casa, ya que de los bancos no se fía, y por tanto hay que invertirlo. Vale más tener posesiones que papel moneda que casi nunca le ha servido de nada, por ello deciden comprar un hotel que hay cerca del Palacio Presidencial, aunque continúan con el "cajón de ropa" que ya ha sido ampliado y donde venden los mejores géneros. Vicente, que espera la llegada de dos de sus hermanos, con sus nuevas obligaciones va a apartarse de la venta ambulante, pero el indio continuará, pues es el trato con la gente llana lo que más le gusta.

Ya le parecía a Vicente que era demasiado mayor para el casamiento, y ni siquiera pensaba en ello, cosa que sí hacía cuando vivió en la Argentina. No es que en esta nueva tierra no hubiera tenido novias, pero siempre fueron para él una cosa secundaria. Tal vez la inseguridad tanto vital como monetaria en la que había vivido, hizo que su subconsciente bloqueara aquella parte de su ser que tiempo atrás le invitaba a formar una familia. Pero esa idea tan largo tiempo dormida, brotó de pronto cuando vio a la chica que en el mismo hotel se dedicaba al cuidado de las habitaciones. Era la hija de dos empleados suyos; recepcionista y cocinera, que en la casa vivían. India mestiza por parte de madre, de pelo en trenza largo y negrísimo, brillante cual hilos de puro azabache, contaba la leyenda de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl a sus hermanitos sentados en el balancín del porche. Su hablar pausado y musical llegó hasta los oídos de Vicente que no pudo por menos de pararse embelesado...

-“...era una donsella de las más hermosas que se llamaba Ickapoyo, que quere desir "Copo de algodón". Un día, el Escorpión Gigante, la vio caminar por las llanuras de Tlalnahuac y quedó tan prendado de ella, que quiso raptarla. La joven gritó y gritó hasta que  su padre y los hombres acudieron en su ayuda. El monstruo sembraba la muerte por toditos lados y la lucha era muy desigual, pero con engaños lograron rescatarla y el Escorpión huyó enfuresido hacia el sur”.

“Uno de los héroes y que era llamado Nextitel, el más bello y el que más valientemente había luchado, fijó su vista en Ickapoyo y en su pecho nasió el amor. Otro tanto le susedió a la niña, que deseó refugiarse en los fuertes y protectores brazos de aquél, pero la vergüensa y el rubor que se le puso en las mejillas se lo impidió”.

“Mientras tanto el Escorpión Gigante lleno de ira vagaba descargando su ira sobre los pobres hombres que estaban atemorisados. Los penetrantes ojos de Nextitel, que quere desir Roca Gris, lo vigilaban hasta que cansado de su maldad desidió salir a su encuentro. Allá en Xantetelco se dió la gran batalla. El Escorpión Gigante lansaba sobre el héroe su venenoso aliento que hasía morir animales y vegetales dejando la tierra todita muerta. Nextitel, llamó para que lo ayudaran, a los vientos que se revolvieron contra el monstruo, pero el animal llamó al fuego en su auxilio para que con sus terribles llamaradas derritiera las rocas. Ya estaba casi seguro de venser, cuando el héroe tomó un poderoso rayo y lo arrojó a su adversario que cayó fulminado a tierra, partido en tres pedasos formando unos picos que hoy se llaman Cerros de Xantetelco.

"La victoria fue festejada y ya estaba anunsiada la boda entre Copo de Algodón y Roca Gris, cuando enterados los amigos del Escorpión Gris de lo que había susedido, desidieron unirse y amenasaron a los hombres con la muerte. Una ves más éstos acudieron a Nextitel para que los ayudara. Se formó un gran grupo de guerreros que al sonar de los atambores y los caracoles partieron con su jefe al frente a combatir. Pasaron los días. Los retoños cubrieron las ramas de los árboles y los campos germinaron, pero de los valerosos guerreros no había notisia alguna. Nadie sabía si habían muerto o continuaban luchando”

“Ickapoyo fue languideciendo en la espera, luego se negó a probar bocado y un día se quedó dormida para siempre. Los habitantes del valle lloraban con desconsuelo mientras tejían blancos liensos de algodón para envolver su cuerpesito, y en estas lamentasiones estaban, cuando la vos del caracol anunsió el regreso de Nextitel”.
“Lloró silensioso ante el cadaver de su amada toda la noche y al despertar el nuevo día, tomó entre sus brasos aquella a la que amó como a naide y se encaminó hacia la ancha garganta del valle, donde con gigantescas piedras construyó la tumba más grande de la tierra. Él había dicho: Aquí erigiré un túmulo gigantesco para que sierre el camino del sol, y que él la salude todos los días al naser y la despida todos los días al morir”.
“Así lo híso, depositando a su amada, y disen que de su cuerpo extendido, destacaba el contorno de su talle; su cabeza orientada al norte, sus pies hacia el sur y su pecho virginal cual cumbre diamantina tocada por los rayos del sol.

Vicente reconoció que la chica hablaba del Iztaccíhuatl, con su perfil nevado, semejante a una mujer yacente cubierta de un manto blanco.  Los tres picos o Cerros de Xantetelco de nombre, el Pecho, la Cabeza y los Pies.

- "Luego, junto a ella, erigió otro mausoleo en el que se encerró a fumar la pipa"  Ese es el Popocatépetl, el Cerro que humea.
- Y aquí acabó el cuento. ¿Les gustó?

Vicente quedó prendado de la muchacha. Ella que lo admiraba, sin pensar que el patrón pudiera fijarse en su persona, se sintió incómoda pero halagada en un principio, para más tarde sentirse atraída de veras. El maduro y ya rico hacendado la cortejó con el permiso de su padre que no dejaba de sorprenderse, ya que no era raro que después de oscurecido, se presentara un grupo bajo la ventana de la chica a la que dedicaban unas canciones.

El día de la boda seis mariachis la despertaron cantando las mañanitas para flanquear luego su camino hasta la iglesia. Todos vestidos con sus trajes de brillantes botonaduras de plata, sus anchos sombreros bordados de oro, sus pistolas enfundadas, con la rica canana repujada, sus guitarrones, violines y trompetas. Cinco caballistas iniciaban la comitiva y otros tantos la cerraban. En medio, y también a caballo, el novio ataviado con traje estilo inglés y el padrino con sus mejores galas Seris. Luego la calesa con la novia y sus padres. Día memorable y matrimonio feliz del que nacieron once hijos, pero eso ya comienza a ser otra historia.


4 comentarios:

Alfredo dijo...

Este es un cuento largo que ya había publicado. Lo he revisado, y algo he cambiado contra mi costumbre. La vez anterior lo hice por capítulos, pero juzgo que no es buen método. Por ello me arriesgo so pena de nadie lo lea, aunque yo lo tengo en gran estima.
Gracias de antemano.
Salu2.

Elda dijo...

Hola Alfredo, he comenzado muy tarde a leerlo y lo voy a dejar para mañana, pero de momento me está gustando mucho. Voy por donde embarca para Méjico, osea que me queda tela, jajaja.
Lo podías haber puesto por capítulos aunque a ti te parece que no es buen método, pero yo creo que si, porque se queda uno con la intriga para próximo.
Salu2.

Elda dijo...

Bravo Alfredo. Anonadada me he quedado de semejante historia, al más puro estilo del oeste, contada con más detalles que los guionistas de las películas.
Vaya que salió aventurero Vicente que se metió hasta en una guerra.
Y la leyenda de los volcanes que enuncias, no será de tu cosecha también?. Bueno no creo, parece que me suena algo.
Fantástica me parece esto que has escrito.
Mis felicitaciones.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Muchas gracias por leer el cuento y alegre de que te gustara.
Sobre los volcanes hay varias leyendas, yo elegí una y le puse una pronunciación mexicana un tanto perronera, pero lo más parecida a lo que oía a la abuela de mi mujer que era del estado de Puebla en México. De allí era mi suegro, que vino de chico y no tenía la pronunciación de su madre. Pensando en ellos lo escribí. Una lástima que para entonces ya no estuvieran entre nosotros. Me hubieran asesorado mucho mejor.
Salu2.