domingo, 30 de abril de 2017

El pastor. (R)


Cuando tenía once o doce años, recuerdo que mi padre me sacó un día al balcón de casa. Era el día perfecto a mediados de junio; el sol calentaba, las vacaciones habían llegado y la piscina y los amigos esperaban.
Aquel día se presentaba maravilloso. Lo que no entendía era la razón por la que estábamos los dos en el balcón a hora tan temprana. Tras un rato de espera en silencio, pregunté;
- ¿Qué hacemos aquí?
- Calla y escucha.
- No oigo nada…
- ¡Chitón! Dijo mientras ponía su dedo índice en la boca.

A lo lejos comenzó a oírse el ruido de los cencerros que portaban cabras y carneros, y las esquilas de algunas ovejas del rebaño. El sonido fue haciéndose cada vez más claro. Pronto pasarían por delante de nuestra casa. Como todos los días del año. Con sol, con lluvia o con nieve. Como todos los días del año, domingos incluidos.

Aquello no era novedad, pero cuando las ovejas pasaban justo por debajo, entonces mi padre habló;
- Fíjate en el pastor.

Por calzado llevaba unas abarcas atadas sobre unas polainas de tela basta hasta media pierna. Un calzón de pana con remiendos en las rodillas y en la culera y un chalequillo de badana sobre camisa de rayas bastante sucia. A la espalda, un morral de piel de oveja y una boina descolorida por el sol y el agua.

- ¿Te fijas en su cara? - me dijo- ¿Qué crees que lleva en el morral?

- Es joven - contesté yo dándomelas de listillo - en el morral o zurrón, llevará la comida. Lo veo volver casi siempre al oscurecer.

- Ese es el camino que llevas tú de continuar haciendo el vago y estudiando lo poco que lo haces. Seguramente tiene un par de años más que tú, seguramente en el zurrón lleva una comida miserable, seguramente no tiene apenas sueldo y trabaja por el pan y el jergón colocado en la misma cuadra del ganado. Seguramente cuando llega, aún tiene que ordeñar, algo que limpiar, cuentas que dar al patrón…

Otro hubiera sentido miedo, que conste que yo lo sentí… por un momento, luego pensé que mis padres me querían y no iban a consentir que aquello sucediera. No obstante, me dio que pensar, y piensa que te pensarás, llegué a una conclusión para la que tracé un plan.
A la mañana siguiente esperaba yo al pastor con un pequeño bocadillo en el bolsillo del pantalón. Le pregunté si le podía acompañar - Si te dejan- me contestó para añadir a renglón seguido - Y siempre que, ni te desmandes, ni metas bulla. Me gusta el silencio cuando estoy en el campo.
Así que antes de llegar a los campos en barbecho, nos dijimos todo lo que nos teníamos que decir, luego silencio, algún silbido ordenando a los perros, pero nada más.

Bajamos por Santo Tomás. A nuestra izquierda los muros del convento, largos y altos, a la derecha, otros muretes bajos que delimitaban fincas y caminos.  Las rojas amapolas contrastaban  con el verde o el amarillento del trigo y la cebada que crecían alto, doblando ya al suelo las espigas. Los campos sembrados, daban paso de vez en cuando a un terreno sin cultivar donde entrábamos. Las ovejas comían al paso y los perros vigilaban no se metieran donde no debían. 
Caminamos un trecho a la vera del río acompañados por el croar de las ranas y matas de altos juncos. El agua trascurría sin prisa pero sin pausa, cantarina, lamiendo las redondeadas piedras, limpias aquí, llenas de musgo allá. Luego, nos apartamos para entrar a otra tierra sin cultivo. El rebaño abonaba igual que comía, al paso, esquilas y cencerros sonaban casi monótonos, mientras grillos y cigarras los acompañaban. Era hora de comer ya.
El pastor, rodeado de los animales, se sentó a la sombra de una encina para mitigar el calor, sin embargo, aquella concentración hizo el olor del rebaño más patente. Abrió el morral, sacó media hogaza de pan y un trozo de tocino grueso y blanco. Colocó el tocino sobre la parte plana de la hogaza y lo fue fileteando con la navaja. Cuando estimó que era suficiente, dividió cada fina loncha en tres pedazos, envolvió el sobrante y cortó pan.
Comía con parsimonia, con el filo de la navaja recogía los granitos de sal desprendidos y los incorporaba al tocino. ¿Saboreaba el manjar, o lo tragaba a la fuerza? No lo sé. Guardó el pan sobrante sacando de otro envoltorio, unas olivas negras y media cebolla que degustó con placer. Echó un zoquete de pan duro a los perros y un par de lonchas del tocino que había reservado para ellos, luego, se acercó a río, hizo una poza en la arena y espero a que el agua filtrara. Bebió, se lavó las manos y volvió a sentarse. Nuevamente abrió la mochila de dónde sacó un paño enrollado y unos papeles. Alisó el terreno y desenrollando el lienzo, lo colocó justo delante de donde estaba sentado. En los extremos de éste y sobre los papeles, partituras, dijo que se llamaban, colocó unos guijarros para que el suave viento no se los llevase. Hizo unos estiramientos, chasqueó los dedos, y comenzó a deslizarlos sobre aquel teclado pintado con sus treinta y seis teclas negras y sus cincuenta y dos blancas.

No pude oír si tocaba bien, pero su cara denotaba la felicidad que debe de sentir aquel que interpreta una melodía sublime.

A pesar de la regañina que recibí al llegar a casa, y eso que había dejado una nota diciendo con quién iba, aquel verano fui todos los días a la piscina, pero sin que nadie me llamase, me levantaba temprano y estudiaba no menos de dos horas.
Desconozco la trayectoria de mi amigo el cabrero, ojalá que sus sueños se cumplieran, los míos, gracias a él, sí.

jueves, 27 de abril de 2017

Día de romería.



Se celebra la romería de los Santos Mártires en un pueblo de montaña. Son tan empinados los montes y prados, y la senda tan resbaladiza por la lluvia caída en días anteriores, que se casi se necesita  bastón para afianzarse. Dicen, que para el año que viene estará ensanchado y asfaltado el camino, veremos si esta vez es cierto.

Arriba, en la ermita, apenas un pequeño llano cerrado por un corro de piedras, hace de mirador rodeándola. La mayor parte está ocupado por los madrugadores romeros, que siguen la misa escuchando el oficio por los altavoces. Los que llegaron primero están dentro, y tanto unos como otros, por fuerza tendrán que seguir la procesión. Aquí no hay espectadores, es tan reducido el espacio, que solo estando todos en movimiento se pueden dar las tradicionales siete vueltas al santuario.

Por mucho que los pueblos se empeñen en sus diferencias, siempre aparecen nexos de unión entre ellos. Comparo estas siete vueltas, con las de los peregrinos a la Meca. También ellos dan siete vueltas en torno a la Kaaba y besan la Piedra Negra. Quizá sea una reminiscencia de la tradición judía en las bodas. La novia ha de dar siete vueltas acompañada por sus padres y abuelos, alrededor del novio. Aquí, tal vez por el reducido espacio, están obligados en cierto modo a hacerlo, o posiblemente sea, que el rito fue traído de allá. No se puede obviar que Cosme y Damián eran de Egea y estudiaron medicina en Siria.

Adentro, una nave central y dos capillas laterales. Un cálculo generoso podría estimar la superficie en poco más de cien metros cuadrados. Afuera, un pórtico sostenido por columnas rodea los lados norte, sur y oeste quedando solamente el ábside desprotegido de techumbre. Antiguamente, las columnas estaban enlazadas por una gruesa cadena de hierro, con objeto de definir claramente el acogimiento a sagrado.

Como quiera que yo era profano en la materia, y muy importón, comencé a preguntar. Una señora mayor y dicharachera a la que estaba pegado -no cabía ni un alfiler-  sufrió mi incesante interrogatorio.

- ¿Y cómo les dio por hacer esta iglesia en semejante vericueto?

- Cosas de antaño, hijo, ¡quién sabe ya el motivo! Al parecer fue el rey Favila el que dio permiso para la construcción de la ermita. Se cuenta, aunque una leyenda similar ya la he oído de la Virgen de El Carbayu, que cuando la estaban haciendo más arriba, en aquel monte, las piedras aparecían aquí una y otra vez, así, que acabaron construyendo en este lugar. Desde luego el paisaje es maravilloso. ¿No le parece?

- Sí, verdaderamente. Dicen que los santos eran hermanos.

- Sí, los trajeron, bueno, sus reliquias, en el Arca Santa desde oriente, donde un emperador romano les cortó la cabeza. Se dedicaban a la medicina y murieron por su fe. Les hicieron santos por sus curas milagrosas.

- ¿Entonces, ese candelero donde se queman las velas, son la ofrenda de los enfermos?

- Eso es. Cada cual hace su promesa para librarse del mal que lo aqueja, luego, conseguida la curación, cumplen trayendo su exvoto. Antes, unos piernas, otros manos, muletas, hasta figurillas enteras de niños traían, aunque eso ya casi no se hace, no había sitio donde guardarlos, ahora solo velas. También damos las siete vueltas al recinto.

- Siete, el número mágico.

- Bueno, no sé si es mágico, yo por costumbre suelo jugar a la lotería un número que acabe en siete. Unas veces toca y otras no. El reintegro ¡eh! que el gordo nunca me ha tocado.

- Cuénteme lo de las cadenas que había antes. Aún se notan las marcas.

- Está hablando de antes, antes, antes. Cuando los malhechores, huyendo de la justicia, se ponían a salvo dentro de la iglesia.

- Ya. No me parece que hubiera tanta gente por las aldeas cercanas. Antes, antes, antes, como usted dice... seguro que aquí no llegaba la justicia. Además, la iglesia estaría cerrada, y posiblemente, no había ni cura.

- La justicia siempre llega a todas partes, y los perseguidos no tenían por qué entrar dentro, con pasar las cadenas, ya era lugar sagrado, lugar de acogida. Mire, ya acabó la misa y van a sacar las tallas para dar las vueltas. Acaba con el besapié. 

- No me dijo el motivo de las siete vueltas.

- Hay, hijo, eso no lo sé, será para que protejan todo alrededor. Tampoco usted me dijo por qué el siete es mágico.

- Es largo de contar, a ver si me da tiempo antes de que se organicen. Verá: 
El tres es un número sagrado, significa perfección, del latín perfectio; per equivale a completo, facere, es sinónimo de hacer, y ción indica acción o efecto. Para los cristianos no hay nada tan completo como Dios, tan perfecto, que en siete días hizo cielo y tierra, por eso es un número sagrado. 
Cuatro son los elementos básicos de la tierra conocidos en la antigüedad; agua, tierra, fuego y aire, y cuatro son los puntos cardinales; norte, sur, este y oeste. Si unimos lo sagrado con lo terreno; 3+4= 7, estamos uniendo el cielo y la tierra. Por eso se dice que es un número mágico. 
Y dicho sea de paso, el siete es un número mencionado a menudo en la Biblia: En el sueño del faraón, que José hijo de Jacob interpreta, hay siete vacas gordas que son devoradas por siete vacas flacas. Siete años de abundancia y siete de escasez. La hambruna acaba con la prosperidad. 
La muralla de Jericó, cayó tras dar los israelitas siete vueltas a la ciudad tocando sus trompetas. Así se podría enumerar una larga lista, aunque a mi me gusta aquello de: Perdonarás a tu hermano setenta veces siete. ¡Conforme?

- ¡Sí hijo, sí! Lo he entendido, y mira por donde, ahora me ha venido a la cabeza que; siete son los pecados capitales, y otras tantas las virtudes cardinales.  Ya vienen, un gusto hablar contigo, si luego bajas a la romería, te invitamos a comer, somos veintidós. Soy María y esta mi hermana Juana.

Gracias María. Soy Samuel. Allí nos vemos.


martes, 25 de abril de 2017

Lucha sin cuartel.



Los dos ejércitos campaban a sus anchas en aquél terreno favorable. No eran enemigos entre sí, más bien aliados que se dedicaban al mismo fin; acabar con la subsistencia del enemigo.
Los unos con su uniforme verde, negro los otros, y había quien decía, que estaban por llegar los amarillos y los grises para unirse a ellos.

Pronto se dio cuenta el general, al mando del campo invadido, de la plaga que tenía encima, y ni corto ni perezoso, pidió ayuda. Le mandaron unos insectos voladores, laqueados en rojo y con siete círculos negros, advertencia para los demás de quienes eran. El motivo por el que allí estaban; una lucha sin cuartel.

Los soldados enemigos, confiados entre el follaje que los camuflaba, fueron cogidos de improviso, despedazados y devorados por millares, sin piedad. Algunos huyeron en desbandada, otros quisieron defenderse, pero no pudieron resistir ante el tamaño y el blindaje de sus atacantes.

Así se consiguió eliminar la amenaza, mientras la niña del general cantaba:

 Mariquita, quita
cuéntame los dedos
y vete a misa
con la camisa y el camisón
cuéntame los dedos
que los veinte son.
Mariquita, quita
cuéntame los dedos
si no me los cuentas
échate a volar.


Se estima que una mariquita adulta, puede consumir más de mil pulgones, cocos, pulgas, ácaros y cochinillas durante el verano. Una mariquita hembra, en sus tres años de vida en condiciones favorables, puede tener más de un millón de crías. Considerados estos insectos como insecticida natural, se utilizan como control biológico de las plagas sustituyendo los productos químicos, veneno para la fauna.


domingo, 23 de abril de 2017

El estranbótico.


Desde pequeño lo llamaban el estrambótico, aunque él lo que tenía era estrabismo; el ojo derecho miraba para occidente. Ya se sabe cómo es la gente de pueblo; guasona hasta para el mal ajeno. Como quiera que los padres, no sabían que aquello se podía corregir, dejaron el tiempo correr y así se quedó el crío. De mayor era buen mozo y cabal donde los hubiera, pero a la gente les da reparo el que no mira de frente. Lo cierto es que él lo hacía con un ojo de negra pupila, y lo blanco del otro, la  esclerótica, vamos.

Sucedió que la vecina, joven, agraciada, aunque un poco burra pero casada, tuvo un niño. No se sabe si salió gritón sin más, o simplemente que siempre tenía hambre. Dos días pasaron, los berridos del recién nacido iban a menos y también de fuerza andaba un tanto laxo. No era de extrañar, la madre de nombre Paula, que la llevaron desde la huerta donde sacaba patatas, a la casa de socorro de la ciudad por un dolor en la espalda, les parió el crío a la puerta. Todos pensaban que era ciática, pues apenas se le notaba la barriga. Lo cierto es que ella no tenía ni idea, ni le importaba el motivo por el que le había faltado la regla. Cosas de mujeres según había oído. Mucho menos sabía, de los síntomas; nunca había ido al médico. ¡Parece mentira siendo de pueblo! Digo que no era de extrañar, pues al fin la madre, más tonta que la hija, que no le había explicado de la misa a la media, se dio cuenta de que su hija no tenía leche.

Paula, temiendo ser el hazmerreir nuevamente, como ocurriera con el parto, dijo, que cuando estaba dando de mamar, el estrambótico se asomó a una ventana y la vio la teta. Esa impresión era la causa por la que perdió la leche. Ya se sabe, un tipo así, puede causar mal de ojo.

Palomo, que así se llamaba el mozo, cargó con el sambenito, hasta que la vieja María, la más lista de la aldea, propuso el remedio; El bizcocho, debía de tocar las tetas de Paula. Así le vendría de nuevo la leche y se eliminaría el mal de ojo causado sin querer. El único que no estaba de acuerdo con la solución, era Marcial, padre de la criatura y esposo de Paula. ¡Que la tome de vaca o cabra, pero las tetas a mi mujer solo se las toco yo! Por fin consiguieron convencerle; el bien de la criatura ante todo. Nada mejor que la leche materna para la crianza del vástago.  

En la habitación, estaban la madre, la hija, María y Palomo, apodado el estrambótico o más cariñosamente el bizcocho. Calentó sus manos el mozo metiéndolas en los sobacos y entre sus muslos, no fuera que el frío resultara perjudicial, y cuando lo estimó, Paula echó los senos fuera. A pesar de la concurrencia, un tanto sonrojada, a ella se le inflaron los pezones aun antes de que él la tocara. A él... los pezones no.

Luego, las malas lenguas, la de María la vieja con otras viejas (que hubieran dado mucho por tener cincuenta años menos) y la de Paula con sus amigas, corrieron la voz entre las féminas; al torete con pinta de semental, se le había puesto un encomiable bulto, y no en la garganta precisamente.

Por raro que parezca, el mismo día Paula amamantó a su hijo, que si no dejó de berrear, al menos lo hacía solo para reclamar la pitanza. En los días que siguieron, al bizcocho, que estaba para mojar, le salieron mozas por doquier; Ya no importaba el mal de ojo. El parche que se puso a lo Moshé Dayán, le daba un aire de pirata... ¡que no veas!


jueves, 20 de abril de 2017

Quién sino yo.



Cuelga el hombre día tras día en la red, amorosos requiebros, versos encendidos, y hasta extensas parrafadas, exaltando las virtudes que cree en su amada. Y como cada nueve de noviembre, le manda un ramito de violetas.

Más, un cuchicheo, una sonrisa malévola, un gesto de la mano en la frente, con los dedos índice y meñique extendidos hacia afuera, ocultos los otros, le ponen en guardia.

- ¿Estarán insinuando lo que imagino?

Y la insinuación da paso a la certeza, y de la certeza nace otro verso que le envía al "feisbuk":

Quién sino yo
sabe de mi vida
de mi condición.
Quién sino yo
sabe de mis males
físicos y morales.
Quién sino yo
que en el amor creyó
pendiente de una rama
como fruta en sazón
al alcance de la mano
para henchir el corazón.
Ilusión  vana
vana ilusión
con tu primer beso
comenzó la traición.
Si no me querías
¿a qué el engaño?
¿a qué continuar con el juego?
¿hasta lograr el casorio?
Mis dineros buscabas
mientras a otro entregabas
cuerpo y corazón.
Erraste arpía,
como también erraron
los que de siempre pensaron
que por ser yo de buena cuna
implícita llevaba la fortuna.
Quién sino yo
sabe de mi vida
Quién sino yo
sabe de mis males,
sino, lo que yo he querido contarles.

De nada sirvió el reproche; ya hacía mucho tiempo que ella lo había borrado como amigo, por plasta.
El noviazgo, como se puede suponer, lo rompió él. (Es que ella sí era el puro demonio. Recuerda... Cecilia)




miércoles, 19 de abril de 2017

Los mellizos.


Teo y Jacinto se conocían desde la infancia. Estudiaron la misma carrera,  y trabajaron los dos en la misma empresa, hasta que se independizaron y montaron su propio negocio. Se casaron, primero Teo, que al año justo tuvo con Encarna un par de mellizos. Seis meses después lo hizo Jacinto con Isabel y tuvieron una niña.

Los mellizos, a pesar de que sus padres, entendiendo que aunque casi iguales en talla peso y parecido físico, no lo eran, hacían hincapié en un trato diferenciado, corrigiendo al primogénito, nacido seis minutos y medio primero, la supremacía innata que a toda costa trataba de imponer al "pequeño".

Al mayor le pusieron de nombre Abelardo, y al segundo Ignacio. Las peleas entre ellos duraron hasta los cinco o seis años, a pesar de que Ignacio casi siempre acababa acatando la voluntad de Abelardo. A partir de esa edad, el comportamiento de ambos varió. Era como si uno y otro, se diesen cuenta de que por aquel camino no iban a llegar a ninguna parte. Allí estaban sus padres para recordárselo.

Sin embargo, tanto la malicia del uno, como la contumacia del otro, permanecían soterradas. Soterradas pero vivas. Es cierto que parecían quererse, ¡sin duda! Que se necesitaban el uno al otro, ¡también! Que a todo el mundo engañaban, ¡pues sí! Que se tenían celos, ¡faltaría más!

Hasta los quince años funcionaron bastante bien, tal vez el acierto de sus padres al vestirlos de distinta forma, que en la guardería y la primaria estuvieran en distintas clases, contribuyó a ello. Pero a esa edad comienza a salir el vello, se fijan en las chicas... y ya está liada. Los dos se decantan por alguien a quien conocen desde que nació; Isabela, la hija de Jacinto e Isabel.

Ambos tratan de convertir la amistad que les une a Isabela en algo más. ¿Aflora de nuevo la rivalidad? ¡Naturalmente! ¿Lo hace el mayor por chinchar al pequeño? ¡No! En este caso la "culpable" es ella. Simpatía, bonita cara, exuberantes trenzas, figura que se va formando cual Afrodita... y una zalamería que no es sino muestra de cariño fraternal. Pero de ahí a otra cosa...

De cualquier forma, ambos están dispuestos a conquistarla. Ella podía haber mandado a paseo a los dos y elegir un tercero, pues en la lucha por la supremacía, quedaba un tanto relegada. Eran más las disputas entre ellos que la atención que realmente la prestaban.

Aquello era tal cual la naturaleza nos tiene acostumbrados; los machos se pelean para conseguir a la hembra, mientras ella estoicamente observa. Al final, ya se sabe, el macho dominante cree haber vencido, sin darse cuenta, de que casi siempre es la hembra la que elige. Lo normal, y siguiendo esa pauta, es que el dominante se quede con la chica, pero los humanos, animales racionales, irracionales  a veces, somos distintos a otras especies. Si en ellos el instinto de la conservación y continuación de esa especie, es prioritario, el humano tiende a inclinarse hacia el débil; "la desdicha de los demás despierta en el espectador sentimientos compasivos y hace latir su corazón con desdichas extrañas" que decía Kant.

Pensemos en una de esas pelis americanas: Chico, quaterbak del equipo de fútbol, guaperas y engreído, cree tener doblada a la guapa y esbelta jefa de animadoras. Al final, el idilio entre ellos siempre acaba mal, todo por culpa del timorato de turno, que prendado de la chica, harto de mofas y golpes, se viene arriba.

Hecha la elección, Abelardo no se resigna, y, creyendo que el parecido con su hermano le puede resolver la papeleta, ha decidido aprovechar cualquier ocasión para forzar a Isabela. Ha trazado un plan; se cambiará el peinado, vestirá las ropas de Ignacio, y cuando este la deje en casa a la noche, llamará a su puerta. Ella pensará que su novio ha olvidado algo, saldrá al porche y allí, sin tiempo para dejarla reaccionar, la tomará en sus brazos y...

Más el inmaduro muchacho, reconcomido por dentro por los celos y el deseo, al ver los tiernos besos de los enamorados, duda. La ira lo tiene congestionado, puños y dientes apretados, dispuesto a salir de las sombras desde donde los espía, y saltar sobre los dos con ganas de hacer daño, o dar media vuelta y tirarse de cabeza al barranco de la cantera.

- Oye Nacho, Abelardo me tiene muy preocupada. Ya no es el de antes, está mohíno, desdejado... Tal vez deberíamos hacer un paréntesis en lo nuestro hasta ver si cambia de actitud.
- ¿De veras crees, que tú eres como aquellos juguetes que me quitaba de pequeños? ¿Piensas, que si lo dejamos, perderá el interés por ti, al igual que lo hacía entonces?
- Es posible. ¡Más quisiera yo ser un mero capricho! Hagamos la prueba. ¡Por favor!
- No me gusta. De ser cierto, ha de madurar, y si no lo es... los tres vamos a perder.

Y Abelardo entonces, saliendo de su escondite...

- Muy a punto pasaba por aquí. Perdonad si escuche lo que no debía. Para vuestra información os diré, que ya basta de bromas y enredos. Isabela, no eres mi capricho, estás muy buena, pero no eres mi tipo, yo solamente lo hacía como siempre; por joder. Hermano, perdona, no creí que ibais tan en serio.

¿Quién sabe dónde está la verdad?

Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero

Aristóteles.

viernes, 14 de abril de 2017

Equilibrio.


Hasta la edad de catorce años, viví en casa de uno de mis abuelos. Era este tratante de ganado, y cuando cumplí  los cuatro, me regaló un pollino. Según decía, y lo tengo oído muchas veces en casa, porque en la vida todo es, o debe ser, equilibrio. Y equilibrio era para él, que un infante a tan tierna edad se sostuviera sobre el burro, dado la cortedad de sus piernas.

Mi burro se llama Bartolo, pero se quedó simplemente en Tolo. A mí los burros siempre me ha parecido que aparentan más edad de la que realmente tienen, tal vez por el hocico blanquecino al igual que las patas o la panza, al menos este. Mi abuelo lo esquilaba de la mitad hacia arriba, trazaba en la grupa unos dibujos geométricos con la maquinilla, distintos cada vez que lo hacía, y de belleza efímera; El pelo crece y el dibujo desaparece. Aún lo tengo y vive bien en la aldea.
Le ponía la albarda y me sentaba encima. Recuerdo que yo tenía tendencia a ladearme hacia la izquierda, y cuánto más envarado iba, tratando de no caerme, más me inclinaba. He dicho recuerdo, aunque a decir verdad, no estoy muy seguro. A menudo creemos recordar algo que se va grabando en nuestra mente a fuerza de las repeticiones, jocosas para los demás en muchas ocasiones.

La casa está a la orilla del río. Un río de aguas impetuosas con las lluvias del otoño, y en primavera por el deshielo de la nieve de las montañas que lo alimentan, casi seco el resto de año. Me hubiera gustado que la corriente fuera más​ regular, pues de esa forma, podría navegar por él en una de esas canoas que veía a los indios, en las películas del oeste. Y es que intuía la gran dificultad que entrañaba mantener aquél equilibrio del que tanto hablaba el abuelo Juan.
Como se puede apreciar, aquello del equilibrio, arraigó  fuertemente en mí, que siempre lo tenía presente.

- Al igual que el universo, siempre en movimiento, siempre en equilibrio, debe actuar el hombre en la vida. Si la veleta está desequilibrada, marcará un rumbo errático confundiendo al hombre y no sabrá de donde vienen los vientos.

Durante mucho tiempo no supe descifrar aquella metáfora. Pensaba que no era tan importante si la veleta marcaba el este, viniendo el viento del sur. Bastaba con saber dónde están​ los puntos cardinales. Luego, un día, me di cuenta de que hay personas que no tienen bien definido adonde quieren llegar en la vida, y, dejándose llevar por apariencias engañosas, fracasan estrepitosamente.

A los catorce años, nos fuimos a vivir cincuenta kilómetros más al norte. A la vera de la mar donde iba a experimentar el placer de la traslación por medio de la piragua y la pala. Equilibrio, potencia, competición, afán de superación, placer... en fin, sobre un medio que siempre me había llamado la atención.

Entré en un club donde pude practicar el deporte, primero sobre las tranquilas aguas del embalse, y más tarde, cuando ya el equilibrio no era problema, sino costumbre, en la mar.
Allí conocí a una muchacha, Marta, con la congenié al instante. Era apenas seis meses mayor que yo, pero la diferencia de madurez, al menos física, era evidente. Medio palmo más alta, y curvas bien definidas, contra una escualidez notoria; brazos y piernas flacas y costillas que se podían contar sin tocarlas siquiera.
Este deporte, requiere unas cualidades físicas exigentes, por lo que el entrenador al verme, me dijo:
- Juanín, va a pasar bastante tiempo antes de que puedas subir a una piragua.

Pero se engañaba. Corría yo más velozmente y más camino que la mayoría de los pupilos que allí tenía. Era flexible como un junco, y de equilibrio, ¡para que vamos a hablar! Es cierto que me faltaba algo de fuerza, nada que no se pudiera conseguir a base de levantar mancuernas, y eso, el tiempo lo diría.

Llegó un tiempo en que mis estudios y el trabajo, ayudaba a mi padre en la fabricación de motocicletas artesanales, me fueron apartando del deporte de competición. Tampoco es que me lo hubiera tomado muy a pecho, una vez conseguida mi meta; desenvolverme bien en aquel medio que tanto me gustaba, seguí practicando, más que nada, porque Marta y yo llevábamos nuestra vida en pareja.

Sin embargo, en esta vida todo parece ser pasajero. El amor, como el dinero, son imprescindibles, pero se acaban gastando. El dinero, porque para eso se hizo, el amor… ¡por tantas cosas!

Marta fue cambiando. Posiblemente fuera porque la meta que se había impuesto, le resultaba inalcanzable. Soñaba con las Olimpiadas, pero tanto sacrificio no iba con ella. Ya ves, durmiendo con una persona durante años, y no te das cuenta de lo que en su interior sucede. Mis ánimos de poco servían.

Ya teníamos veintisiete, ella se “machacaba” en el gimnasio, o al menos eso me parecía por su musculatura, sin conseguir alguna victoria de renombre. Aquel carácter y aquel cuerpo que me enamoró, se habían volatilizado. Cuando hacíamos el amor, creía estar con un hombre. Su piel antes de melocotón, era ahora como la del parche del tambor, se le notaban gruesas venas y tendones, y además, se daba bronceador, y no sé si por ello, o por los aceites que se untaba, ya no olía igual. Con respecto al humor, hoy jovial, mañana de berrinche, pasado receptiva y al otro arisca. Pasaba de la depresión a la euforia en un santiamén sin motivo ni razón, hasta que un día, encontré la razón de su anómalo proceder; escondidos en un tarro de café, tenía un montón de anabolizantes.

Me dolió el engaño, más que cualquier cosa, y al tratar de reprocharle​ su acción, en su descargo dijo que se estaba pasando al culturismo. Cada cual ha de buscar su camino, pero sin saltarse la ley y sin atentar contra el precepto más elemental; cuidar de la propia vida, cosas que ella estaba conculcando. Tras la discusión en la que me llamó de todo, le dije que me iba de viaje por unos días. ¡Tú mismo! Me contestó sin dejar que le explicase. Ella pensaba que era para siempre, y no le importaba. Lo cierto era que me iba a Japón a buscar un motor fiable para montar en nuestras motos.

Allí no solo iba a encontrar el motor, encontré una buena disposición para la colaboración, nosotros haríamos los diseños, y ellos los llevarían a término. Pero mi padre no estaba de acuerdo; las motocicletas habían de ser construidas en España.

Masuko Iroshi actuaba como traductora y negociadora, pues a su padre, tan solo lo vi un par de veces por muy breve tiempo. Hisashi Iroshi, era un fabricante de motores de explosión de pequeña cilindrada para motocicletas y aparataje de jardinería. Masuko, había aprendido algo de nuestro idioma a raíz de su graduación, premiada por su padre con un viaje a nuestro país, y que ya de vuelta en su tierra completaría. A mí, tal vez influenciado y predispuesto por las películas americanas de posguerra, aquella joven me parecía una hermosura. No solo por su cara, mirada y figura, también por su dulzura, expresividad, y la rotundidad y firmeza de sus posiciones, en contraposición a ese estereotipo peliculero.

Mi viaje, previsto para ocho o diez días de duración, se iba a alargar. Ya me dijo Masuko en el primer contacto que tuvimos, que rápido significa, lento pero sin pausa. Llegaríamos a un acuerdo.

Nuestra empresa era pequeña, pero productiva. Yo diseñaba orientado por lo que mi padre demandaba, él con una docena de operarios, doblaban tubos, soldaban, montaban y pintaban. Cada modelo era único, pero había llegado el momento de fabricar en serie, cortas, pero series. Nuestro suministrador nacional de motores, era uno como nosotros, con poca capacidad para abastecer la demanda, por eso estaba yo al otro lado del mundo. Había estado en Italia, pero no estaban interesados en tan exigua cantidad y tampoco en el menudeo, ellos querían el paquete completo. Nos ofrecieron una representación que no aceptamos.

Desconocedor de idioma y costumbres, no sabía cómo entrar a la chica. Lo cierto es que deseaba intimar, no por el negocio, por algo que hacía mucho tiempo no sentía. Los rebusquinos, que decía mi abuelo Juan, y que no son sino cosquillas. Sí, sentía rebusquinos en el estómago, impaciencia indefinida y ganas de estar a su lado constantemente. Pero una metedura de pata, podía dar al traste con una operación que podía ser ventajosa.

Decía San Ambrosio de Milán: Cum Romae fueritis, Romano vivite more, y que nosotros hemos simplificado por: Allá donde fueres, haz lo que vieres. Más, los orientales son más complejos que los latinos, y esto de las citas no era una excepción. Yo no podía decir sin más a Masuko, que la invitaba a cenar. Al menos a ella sola, que era lo que deseaba, pero me arriesgué, pues peor es no intentarlo, que fracasar.

La sorpresa se mostró en su cara solamente por un instante, el instante que tardó en darse cuenta, que yo era un extranjero.

- Chico no pide a chica salir el primer día que se conocen. Eso lleva su tiempo.

- Ya. Pero yo no tengo tanto tiempo. Además, vamos a hablar de negocios... si quieres.

No sé si engañó a su padre, o si simplemente le convenció, pero aquella noche, a la semana justa de llegar, salimos sin carabina.

- Masuko, no voy a hablar contigo de negocios. Esta noche no.

- Lo sé. Mi padre quiere que me case, tiene un amigo, él un hijo. Buena posición. Los hijos han de hacer lo que sus padres quieren. Yo ahora dudo. Ya soy mayor, tengo veintitrés años.

Con media docena de palabras, me lo había telegrafiado todo. Si los dos amigos estaban de acuerdo, nada había que hacer. Otra cosa sería que aún no se hubieran comprometido.

¡Pero qué es lo que estoy pensando! ¡Llevo aquí una semana y estoy rezando porque dos tipos no hayan concertado una boda! De ser así, ¿Acaso estoy dispuesto a casarme yo con ella? ¿En una semana? ¿Vendría ella a vivir conmigo a España? ¿Y Marta? ¡Oh, Dios! ¡En que lío me he metido!

No te engañes tontorrón, estás coladito por Masuko y ella también lo está por ti. Y todo sin una sola palabra de amor, sin un te quiero, sin un beso. Deja que se te pase el caliente, recapacita. ¿De veras creías que eras equilibrado?

Posiblemente me faltara la cordura, la sensatez que ha de tener esa persona equilibrada. No sé, pero hasta la fecha todo ha ido sobre ruedas. Nunca mejor dicho. 
Mi suegro Hisashi invirtió en nuestra empresa, gana por dos lados; nos vende los motores y se lleva los beneficios de su participación. Al final todo será de Masuko, solo la tiene a ella y a sus tres nietos. De vez en cuando se viene por casa, otras lo vamos a ver nosotros.

Mi padre, como siempre; inventando formas que yo llevo al papel. Masuko se ocupa de las cuentas y las relaciones. Para equilibrar la balanza, esperamos una niña. Dos a dos, no está mal.

Mi abuelo cuida de mi burro Tolo y pasea en él a los nietos los fines de semana, a fin de que aprendan a guardar el tan necesario equilibrio.

Marta consiguió al fin lo que tanto deseaba; Fue campeona mundial de culturismo y ya no toma esteroides. Continuamos siendo amigos. Ambos nos dimos cuenta que lo nuestro no había sido un amor pleno, simplemente fue una atracción física que acabó cuando el nexo de unión; agua y canoa, se rompió. Cuando comprendimos que la costumbre había guiado nuestra vidas, y la costumbre no deja de ser casi siempre, eso, una mala costumbre. El amor es otra cosa; lo que yo he sentido desde el primer momento por Masuko.



miércoles, 5 de abril de 2017

Sufridos Amores.



Hay mujeres que nacen para solteras, también hombres. Yo tuve tres tías y un tío que "no se quisieron casar". Bueno, al menos él, que prefería disfrutar de los placeres del amor sin ataduras. De ellas sin embargo, la que pudo por su belleza y simpatía, no lo hizo y bien que la pesó. Cuando tenía setenta, me confesó que estaba muy arrepentida. Una de las otras dos restantes -para qué dar nombres -  era fea a conciencia, y nadie la quiso a pesar de su belleza interior y de su entrega hacia los necesitados. Soñaba ella con su príncipe azul, que nunca llegó. La restante...¡Hay, la otra! Salió más fina aún que mi tío, y que dicho sea de paso, no tenían parentesco entre sí. Tuvo novios, amantes si se prefiere, pero jamás dio el paso a pesar de varias propuestas.

También tuve una vecina, que visto el camino que llevaba, seguro, seguro, acabaría profesando en el gremio de la soltería. Lo cierto es que era más bien chaparra, o al menos eso parecía por sus pantorrillas, nalgas y pecho, que de ser algo más estilizadas, pasaría por algo más que una de tantas. Lo malo, no era que fuera más o menos bonita, más o menos baja, más o menos gruesa, lo malo era su beatería recalcitrante. Hasta el párroco la incitaba a que dejase de ir a misa todos los días, a confesar todas las semanas.
- Querida Ana María, comprende que no tienes pecados dignos de confesión, ni es obligatoria la misa diaria, mejor dedicas ese tiempo a tus estudios, a relacionarte con la gente de tu edad. Deja en casa ese misal, y si te gusta cantar, en vez de pertenecer al coro donde todos son viejos, busca un conjunto ye-ye y disfruta sanamente de la vida.
Pero ella erre que erre, al día siguiente, lo mismo que el anterior.

Don Pedro, el cura, movió sus hilos, y un día, le dijo a Ana María, que se pasase por el Diario de la Provincia, para hablar con el director respecto de un trabajo.

- Me han dicho que tratas de sacar el doctorado en Historia, y yo necesito alguien que escriba una columna glosando las virtudes y logros de féminas ilustres de nuestra provincia.

Ana María dejó de ir a misa entre semana, pues se pasaba el día en la biblioteca entre enciclopedias, y biografías. El trabajo, al menos en principio por falta de costumbre, se le hacía arduo. Había de componer una columna de entre 25 y 30 líneas, de casos poco conocidos pero contrastados y con candidatas dignas de ser ensalzadas.

Dado que estudiaba Historia, es un decir pues lo llevaba a trancas y barrancas, eligió a su primera mujer muy atrás en el tiempo. Y aquí comenzó Ana María, olvidándose  de que solamente tenía treinta líneas en una columna. Al cambio, cuatro renglones en un folio.

"Esta es la historia de Adosinda, una mujer que desafió por amor, el acatamiento debido a su hermano y tutor.

Era Adosinda hermana de Don Pelayo, aquella que encandiló de tal modo a Munuza, a la sazón gobernador musulmán del norte de Hispania, venido con el general Tarik en el año 711, a la conquista de la península,  que quiso casarse con ella.

Dicen que Munuza, melómano y enamoradizo empedernido, encontró a la hermosa Adosinda cantando a la orilla del río Sella. Las condiciones para el flechazo eran las idóneas. Ella ve, iluminado por el suave sol del atardecer, a su príncipe; Un apuesto jinete con fama de conquistador, que siendo bereber, vestía los bellos, delicados y coloridos ropajes de los árabes. ¡Flechazo seguro! Él ve a la bella, y que además canta con voz melodiosa, canciones de amor mientras toca la cítara. Lo dicho, flechazo inmediato.

Pero hete aquí, que el visigodo Pelayo, (que al parecer nada tenía de godo y si mucho de hispanorromano; Pelayo del latín Pelagius) mandamás de la familia por fallecimiento de los padres, ya tiene un pretendiente a su gusto para su hermana. Ha dado su palabra a don Alonso, y es sagrado para él su cumplimiento.

Una controversia surge aquí entre certeza y leyenda, pues mientras unos dicen, como hemos visto, que Adosinda y Munuza estaban enamorados y pretendían casarse, otros afirman que la moza bebía los vientos por el pretendiente que Pelayo deseaba; don Alonso.
Sea como fuere, Munuza tenía un problema; Si es cierto que moro y cristiana se amaban, tenían a Pelayo en contra. Si por el contrario Adosinda amaba a Alonso, él se quedaba compuesto y sin novia, algo que no estaba dispuesto a consentir.

Lo más acertado, debió pensar el bereber, sería quitarse a su futuro cuñado de en medio, y así lo hizo. Pelayo es por entonces solamente un noble local y debe obediencia al gobernador. Con la excusa de entregar los tributos en Ihsbiliya (Sevilla), Munuza envía a Pelayo, y aprovechando su ausencia, se va a casar con su amada.

¿Lo hace ella de buen grado? De ser cierto que estaban enamorados, la respuesta es sí. Más, sabiendo que Munuza encerró a don Alonso en una lóbrega mazmorra, amenazando con contarle la cabeza, y a ella meterla en el serrallo si no accedía al casorio, la respuesta se da por respondida, Adosinda accedió a la boda y don Alonso quedó libre. Parece que el flechazo, solamente fue en una dirección.

Podía aquí acabar la historia, cosa que dejo al lector a su libre albedrío, tras decidir si Munuza y Adosinda vivieron un amor apasionado, o si por el contrario, el amor profundo que sentía por don Alonso, la llevó a la muerte.
Los hechos bien podrían haber sucedido así: Cuando el cortejo iba hacia la mezquita, ricamente vestidos, la moza, con semblante macilento, se cae del caballo. Pelayo, que ha llegado de Sevilla de incógnito la recoge, y ella, en postrer suspiro, le confiesa que se ha envenenado. Antes la muerte que pertenecer a quien no quiere. 
Pelayo, venía dispuesto a matar a ambos, al uno por la jugada, y a la otra por faltar al honor de la palabra que ha dado. Más, Munuza, parapetado tras su guardia, es un objetivo imposible. El astur tiene que huir refugiándose en los Picos de Europa, a donde lo irán a buscar.  Adosinda va a ser después de muerta, la artífice  de una batalla con la que comenzaría la Reconquista: La Batalla de Covadonga". 

Para el director del Diario de la Provincia, aquello no era una columna, era el Antiguo Testamento dada su extensión. Además, puestos a elegir, él hubiera elegido a la Adosinda nieta de Pelayo y que sería reina de Asturias, y no a su tía abuela. Ni punto de comparación entre la una y la otra, sin desmerecer a la primera.
No obstante, lo dicho, le dio a Ana María una oportunidad; le publicaría el escrito bajo el título "Sufridos Amores", prometiendo, que de ser bien acogido, cada semana tendría su espacio.

A la chica le pareció bien, y semana tras semana escribía su crónica con pasión. Gracias a aquél trabajo, consiguió varias cosas; ganar un sueldo, ponerse a tipo, y encontrar el amor en un fotógrafo independiente, que se pasaba a menudo por la redacción. A día de hoy, viven su idilio sin pasar por el altar ¡quién lo diría!, aunque de vez en cuando, en sus historias, habla de alguna virgen o santa, pero ha dejado de ser la beata de tiempos pasados.