domingo, 30 de abril de 2017

El pastor. (R)


Cuando tenía once o doce años, recuerdo que mi padre me sacó un día al balcón de casa. Era el día perfecto a mediados de junio; el sol calentaba, las vacaciones habían llegado y la piscina y los amigos esperaban.
Aquel día se presentaba maravilloso. Lo que no entendía era la razón por la que estábamos los dos en el balcón a hora tan temprana. Tras un rato de espera en silencio, pregunté;
- ¿Qué hacemos aquí?
- Calla y escucha.
- No oigo nada…
- ¡Chitón! Dijo mientras ponía su dedo índice en la boca.

A lo lejos comenzó a oírse el ruido de los cencerros que portaban cabras y carneros, y las esquilas de algunas ovejas del rebaño. El sonido fue haciéndose cada vez más claro. Pronto pasarían por delante de nuestra casa. Como todos los días del año. Con sol, con lluvia o con nieve. Como todos los días del año, domingos incluidos.

Aquello no era novedad, pero cuando las ovejas pasaban justo por debajo, entonces mi padre habló;
- Fíjate en el pastor.

Por calzado llevaba unas abarcas atadas sobre unas polainas de tela basta hasta media pierna. Un calzón de pana con remiendos en las rodillas y en la culera y un chalequillo de badana sobre camisa de rayas bastante sucia. A la espalda, un morral de piel de oveja y una boina descolorida por el sol y el agua.

- ¿Te fijas en su cara? - me dijo- ¿Qué crees que lleva en el morral?

- Es joven - contesté yo dándomelas de listillo - en el morral o zurrón, llevará la comida. Lo veo volver casi siempre al oscurecer.

- Ese es el camino que llevas tú de continuar haciendo el vago y estudiando lo poco que lo haces. Seguramente tiene un par de años más que tú, seguramente en el zurrón lleva una comida miserable, seguramente no tiene apenas sueldo y trabaja por el pan y el jergón colocado en la misma cuadra del ganado. Seguramente cuando llega, aún tiene que ordeñar, algo que limpiar, cuentas que dar al patrón…

Otro hubiera sentido miedo, que conste que yo lo sentí… por un momento, luego pensé que mis padres me querían y no iban a consentir que aquello sucediera. No obstante, me dio que pensar, y piensa que te pensarás, llegué a una conclusión para la que tracé un plan.
A la mañana siguiente esperaba yo al pastor con un pequeño bocadillo en el bolsillo del pantalón. Le pregunté si le podía acompañar - Si te dejan- me contestó para añadir a renglón seguido - Y siempre que, ni te desmandes, ni metas bulla. Me gusta el silencio cuando estoy en el campo.
Así que antes de llegar a los campos en barbecho, nos dijimos todo lo que nos teníamos que decir, luego silencio, algún silbido ordenando a los perros, pero nada más.

Bajamos por Santo Tomás. A nuestra izquierda los muros del convento, largos y altos, a la derecha, otros muretes bajos que delimitaban fincas y caminos.  Las rojas amapolas contrastaban  con el verde o el amarillento del trigo y la cebada que crecían alto, doblando ya al suelo las espigas. Los campos sembrados, daban paso de vez en cuando a un terreno sin cultivar donde entrábamos. Las ovejas comían al paso y los perros vigilaban no se metieran donde no debían. 
Caminamos un trecho a la vera del río acompañados por el croar de las ranas y matas de altos juncos. El agua trascurría sin prisa pero sin pausa, cantarina, lamiendo las redondeadas piedras, limpias aquí, llenas de musgo allá. Luego, nos apartamos para entrar a otra tierra sin cultivo. El rebaño abonaba igual que comía, al paso, esquilas y cencerros sonaban casi monótonos, mientras grillos y cigarras los acompañaban. Era hora de comer ya.
El pastor, rodeado de los animales, se sentó a la sombra de una encina para mitigar el calor, sin embargo, aquella concentración hizo el olor del rebaño más patente. Abrió el morral, sacó media hogaza de pan y un trozo de tocino grueso y blanco. Colocó el tocino sobre la parte plana de la hogaza y lo fue fileteando con la navaja. Cuando estimó que era suficiente, dividió cada fina loncha en tres pedazos, envolvió el sobrante y cortó pan.
Comía con parsimonia, con el filo de la navaja recogía los granitos de sal desprendidos y los incorporaba al tocino. ¿Saboreaba el manjar, o lo tragaba a la fuerza? No lo sé. Guardó el pan sobrante sacando de otro envoltorio, unas olivas negras y media cebolla que degustó con placer. Echó un zoquete de pan duro a los perros y un par de lonchas del tocino que había reservado para ellos, luego, se acercó a río, hizo una poza en la arena y espero a que el agua filtrara. Bebió, se lavó las manos y volvió a sentarse. Nuevamente abrió la mochila de dónde sacó un paño enrollado y unos papeles. Alisó el terreno y desenrollando el lienzo, lo colocó justo delante de donde estaba sentado. En los extremos de éste y sobre los papeles, partituras, dijo que se llamaban, colocó unos guijarros para que el suave viento no se los llevase. Hizo unos estiramientos, chasqueó los dedos, y comenzó a deslizarlos sobre aquel teclado pintado con sus treinta y seis teclas negras y sus cincuenta y dos blancas.

No pude oír si tocaba bien, pero su cara denotaba la felicidad que debe de sentir aquel que interpreta una melodía sublime.

A pesar de la regañina que recibí al llegar a casa, y eso que había dejado una nota diciendo con quién iba, aquel verano fui todos los días a la piscina, pero sin que nadie me llamase, me levantaba temprano y estudiaba no menos de dos horas.
Desconozco la trayectoria de mi amigo el cabrero, ojalá que sus sueños se cumplieran, los míos, gracias a él, sí.

2 comentarios:

Liliana dijo...

Me ha encantado!

Saludos Alfredo

Alfredo dijo...

Liliana.
Muchas gracias por pasarte Liliana. Me alegra que te haya gustado.
Salu2.