viernes, 14 de abril de 2017

Equilibrio.


Hasta la edad de catorce años, viví en casa de uno de mis abuelos. Era este tratante de ganado, y cuando cumplí  los cuatro, me regaló un pollino. Según decía, y lo tengo oído muchas veces en casa, porque en la vida todo es, o debe ser, equilibrio. Y equilibrio era para él, que un infante a tan tierna edad se sostuviera sobre el burro, dado la cortedad de sus piernas.

Mi burro se llama Bartolo, pero se quedó simplemente en Tolo. A mí los burros siempre me ha parecido que aparentan más edad de la que realmente tienen, tal vez por el hocico blanquecino al igual que las patas o la panza, al menos este. Mi abuelo lo esquilaba de la mitad hacia arriba, trazaba en la grupa unos dibujos geométricos con la maquinilla, distintos cada vez que lo hacía, y de belleza efímera; El pelo crece y el dibujo desaparece. Aún lo tengo y vive bien en la aldea.
Le ponía la albarda y me sentaba encima. Recuerdo que yo tenía tendencia a ladearme hacia la izquierda, y cuánto más envarado iba, tratando de no caerme, más me inclinaba. He dicho recuerdo, aunque a decir verdad, no estoy muy seguro. A menudo creemos recordar algo que se va grabando en nuestra mente a fuerza de las repeticiones, jocosas para los demás en muchas ocasiones.

La casa está a la orilla del río. Un río de aguas impetuosas con las lluvias del otoño, y en primavera por el deshielo de la nieve de las montañas que lo alimentan, casi seco el resto de año. Me hubiera gustado que la corriente fuera más​ regular, pues de esa forma, podría navegar por él en una de esas canoas que veía a los indios, en las películas del oeste. Y es que intuía la gran dificultad que entrañaba mantener aquél equilibrio del que tanto hablaba el abuelo Juan.
Como se puede apreciar, aquello del equilibrio, arraigó  fuertemente en mí, que siempre lo tenía presente.

- Al igual que el universo, siempre en movimiento, siempre en equilibrio, debe actuar el hombre en la vida. Si la veleta está desequilibrada, marcará un rumbo errático confundiendo al hombre y no sabrá de donde vienen los vientos.

Durante mucho tiempo no supe descifrar aquella metáfora. Pensaba que no era tan importante si la veleta marcaba el este, viniendo el viento del sur. Bastaba con saber dónde están​ los puntos cardinales. Luego, un día, me di cuenta de que hay personas que no tienen bien definido adonde quieren llegar en la vida, y, dejándose llevar por apariencias engañosas, fracasan estrepitosamente.

A los catorce años, nos fuimos a vivir cincuenta kilómetros más al norte. A la vera de la mar donde iba a experimentar el placer de la traslación por medio de la piragua y la pala. Equilibrio, potencia, competición, afán de superación, placer... en fin, sobre un medio que siempre me había llamado la atención.

Entré en un club donde pude practicar el deporte, primero sobre las tranquilas aguas del embalse, y más tarde, cuando ya el equilibrio no era problema, sino costumbre, en la mar.
Allí conocí a una muchacha, Marta, con la congenié al instante. Era apenas seis meses mayor que yo, pero la diferencia de madurez, al menos física, era evidente. Medio palmo más alta, y curvas bien definidas, contra una escualidez notoria; brazos y piernas flacas y costillas que se podían contar sin tocarlas siquiera.
Este deporte, requiere unas cualidades físicas exigentes, por lo que el entrenador al verme, me dijo:
- Juanín, va a pasar bastante tiempo antes de que puedas subir a una piragua.

Pero se engañaba. Corría yo más velozmente y más camino que la mayoría de los pupilos que allí tenía. Era flexible como un junco, y de equilibrio, ¡para que vamos a hablar! Es cierto que me faltaba algo de fuerza, nada que no se pudiera conseguir a base de levantar mancuernas, y eso, el tiempo lo diría.

Llegó un tiempo en que mis estudios y el trabajo, ayudaba a mi padre en la fabricación de motocicletas artesanales, me fueron apartando del deporte de competición. Tampoco es que me lo hubiera tomado muy a pecho, una vez conseguida mi meta; desenvolverme bien en aquel medio que tanto me gustaba, seguí practicando, más que nada, porque Marta y yo llevábamos nuestra vida en pareja.

Sin embargo, en esta vida todo parece ser pasajero. El amor, como el dinero, son imprescindibles, pero se acaban gastando. El dinero, porque para eso se hizo, el amor… ¡por tantas cosas!

Marta fue cambiando. Posiblemente fuera porque la meta que se había impuesto, le resultaba inalcanzable. Soñaba con las Olimpiadas, pero tanto sacrificio no iba con ella. Ya ves, durmiendo con una persona durante años, y no te das cuenta de lo que en su interior sucede. Mis ánimos de poco servían.

Ya teníamos veintisiete, ella se “machacaba” en el gimnasio, o al menos eso me parecía por su musculatura, sin conseguir alguna victoria de renombre. Aquel carácter y aquel cuerpo que me enamoró, se habían volatilizado. Cuando hacíamos el amor, creía estar con un hombre. Su piel antes de melocotón, era ahora como la del parche del tambor, se le notaban gruesas venas y tendones, y además, se daba bronceador, y no sé si por ello, o por los aceites que se untaba, ya no olía igual. Con respecto al humor, hoy jovial, mañana de berrinche, pasado receptiva y al otro arisca. Pasaba de la depresión a la euforia en un santiamén sin motivo ni razón, hasta que un día, encontré la razón de su anómalo proceder; escondidos en un tarro de café, tenía un montón de anabolizantes.

Me dolió el engaño, más que cualquier cosa, y al tratar de reprocharle​ su acción, en su descargo dijo que se estaba pasando al culturismo. Cada cual ha de buscar su camino, pero sin saltarse la ley y sin atentar contra el precepto más elemental; cuidar de la propia vida, cosas que ella estaba conculcando. Tras la discusión en la que me llamó de todo, le dije que me iba de viaje por unos días. ¡Tú mismo! Me contestó sin dejar que le explicase. Ella pensaba que era para siempre, y no le importaba. Lo cierto era que me iba a Japón a buscar un motor fiable para montar en nuestras motos.

Allí no solo iba a encontrar el motor, encontré una buena disposición para la colaboración, nosotros haríamos los diseños, y ellos los llevarían a término. Pero mi padre no estaba de acuerdo; las motocicletas habían de ser construidas en España.

Masuko Iroshi actuaba como traductora y negociadora, pues a su padre, tan solo lo vi un par de veces por muy breve tiempo. Hisashi Iroshi, era un fabricante de motores de explosión de pequeña cilindrada para motocicletas y aparataje de jardinería. Masuko, había aprendido algo de nuestro idioma a raíz de su graduación, premiada por su padre con un viaje a nuestro país, y que ya de vuelta en su tierra completaría. A mí, tal vez influenciado y predispuesto por las películas americanas de posguerra, aquella joven me parecía una hermosura. No solo por su cara, mirada y figura, también por su dulzura, expresividad, y la rotundidad y firmeza de sus posiciones, en contraposición a ese estereotipo peliculero.

Mi viaje, previsto para ocho o diez días de duración, se iba a alargar. Ya me dijo Masuko en el primer contacto que tuvimos, que rápido significa, lento pero sin pausa. Llegaríamos a un acuerdo.

Nuestra empresa era pequeña, pero productiva. Yo diseñaba orientado por lo que mi padre demandaba, él con una docena de operarios, doblaban tubos, soldaban, montaban y pintaban. Cada modelo era único, pero había llegado el momento de fabricar en serie, cortas, pero series. Nuestro suministrador nacional de motores, era uno como nosotros, con poca capacidad para abastecer la demanda, por eso estaba yo al otro lado del mundo. Había estado en Italia, pero no estaban interesados en tan exigua cantidad y tampoco en el menudeo, ellos querían el paquete completo. Nos ofrecieron una representación que no aceptamos.

Desconocedor de idioma y costumbres, no sabía cómo entrar a la chica. Lo cierto es que deseaba intimar, no por el negocio, por algo que hacía mucho tiempo no sentía. Los rebusquinos, que decía mi abuelo Juan, y que no son sino cosquillas. Sí, sentía rebusquinos en el estómago, impaciencia indefinida y ganas de estar a su lado constantemente. Pero una metedura de pata, podía dar al traste con una operación que podía ser ventajosa.

Decía San Ambrosio de Milán: Cum Romae fueritis, Romano vivite more, y que nosotros hemos simplificado por: Allá donde fueres, haz lo que vieres. Más, los orientales son más complejos que los latinos, y esto de las citas no era una excepción. Yo no podía decir sin más a Masuko, que la invitaba a cenar. Al menos a ella sola, que era lo que deseaba, pero me arriesgué, pues peor es no intentarlo, que fracasar.

La sorpresa se mostró en su cara solamente por un instante, el instante que tardó en darse cuenta, que yo era un extranjero.

- Chico no pide a chica salir el primer día que se conocen. Eso lleva su tiempo.

- Ya. Pero yo no tengo tanto tiempo. Además, vamos a hablar de negocios... si quieres.

No sé si engañó a su padre, o si simplemente le convenció, pero aquella noche, a la semana justa de llegar, salimos sin carabina.

- Masuko, no voy a hablar contigo de negocios. Esta noche no.

- Lo sé. Mi padre quiere que me case, tiene un amigo, él un hijo. Buena posición. Los hijos han de hacer lo que sus padres quieren. Yo ahora dudo. Ya soy mayor, tengo veintitrés años.

Con media docena de palabras, me lo había telegrafiado todo. Si los dos amigos estaban de acuerdo, nada había que hacer. Otra cosa sería que aún no se hubieran comprometido.

¡Pero qué es lo que estoy pensando! ¡Llevo aquí una semana y estoy rezando porque dos tipos no hayan concertado una boda! De ser así, ¿Acaso estoy dispuesto a casarme yo con ella? ¿En una semana? ¿Vendría ella a vivir conmigo a España? ¿Y Marta? ¡Oh, Dios! ¡En que lío me he metido!

No te engañes tontorrón, estás coladito por Masuko y ella también lo está por ti. Y todo sin una sola palabra de amor, sin un te quiero, sin un beso. Deja que se te pase el caliente, recapacita. ¿De veras creías que eras equilibrado?

Posiblemente me faltara la cordura, la sensatez que ha de tener esa persona equilibrada. No sé, pero hasta la fecha todo ha ido sobre ruedas. Nunca mejor dicho. 
Mi suegro Hisashi invirtió en nuestra empresa, gana por dos lados; nos vende los motores y se lleva los beneficios de su participación. Al final todo será de Masuko, solo la tiene a ella y a sus tres nietos. De vez en cuando se viene por casa, otras lo vamos a ver nosotros.

Mi padre, como siempre; inventando formas que yo llevo al papel. Masuko se ocupa de las cuentas y las relaciones. Para equilibrar la balanza, esperamos una niña. Dos a dos, no está mal.

Mi abuelo cuida de mi burro Tolo y pasea en él a los nietos los fines de semana, a fin de que aprendan a guardar el tan necesario equilibrio.

Marta consiguió al fin lo que tanto deseaba; Fue campeona mundial de culturismo y ya no toma esteroides. Continuamos siendo amigos. Ambos nos dimos cuenta que lo nuestro no había sido un amor pleno, simplemente fue una atracción física que acabó cuando el nexo de unión; agua y canoa, se rompió. Cuando comprendimos que la costumbre había guiado nuestra vidas, y la costumbre no deja de ser casi siempre, eso, una mala costumbre. El amor es otra cosa; lo que yo he sentido desde el primer momento por Masuko.



2 comentarios:

Elda dijo...

Hola Alfredo.
Magnífico relato, me maravilla lo mucho que sabes, o lo bien que te documentas.
Una historia muy amplia y variada, donde me he enfrascado toda entretenida hasta el final. Me encantó el principio con ese paisaje entrañable y los decires del abuelo, y esa palabra de, rebusquinos en el estomago, jajaja.
En fin, que me ha gustado mucho.
Un abrazo y feliz domingo de Pascua.

Alfredo dijo...

Elda.
Feliz día Elda.
A este cuento le hacía falta una página más, creo que el final está demasiado resumido. Pero no tengo tiempo, me he liado con un trabajo en la finca y ando rendido. Hasta el Face tengo abandonado.
Dicen que sabe más el diablo por viejo que por diablo. Posiblemente. El pueblo donde vivo, tiene una señal indicando el nombre y con la leyenda siguiente: Villa de Olímpicos. Y es cierto, hay si no recuerdo mal tres medallas en piragua, una en boxeo, aparte de otros que participaron como técnicos, así que la documentación está a la vuelta de la esquina.
El burro de la foto, está esquilado y en su cuello se pueden apreciar las marcas del esquilador. Es de una trashumancia reivindicativa en la que vi esquilar a las ovejas y donde nos invitaron a comer migas de pastor.
Lo que te digo del diablo.
Muchas gracias por el comentario, me alegra que te gustara.
Salu2.