sábado, 1 de abril de 2017

Matar es fácil: Ojos que no ven...


Ramón era bajito y magro de carnes. Toda la vida trabajó en los talleres del Ferrocarril del Norte: 45 años, que no es poco. Desde que entró de pinche, gracias a la recomendación de un pariente. Fue ascendiendo en el escalafón por méritos propios, y favorecido además, por las jubilaciones y falta de nuevas contrataciones. 
Cuando él entró, trabajaban allí 47 personas. Eran tiempos en que la mano de obra se pagaba poco, mientras los repuestos costaban caros. A la empresa le cundía más reparar y construir antes que acudir al fabricante extranjero, de donde procedía el material rodante, y para eso tenía sus tornos y fresadoras, sus aparatos de soldadura, amén de un buen plantel de montadores ajustadores  y electricistas.
La técnica, aunque casi no lo parezca, avanza deprisa. Los sueldos, aunque no tanto, también. Fue por ello que esa mano de obra, empezaba a ser una carga. Vinieron los ajustes, jubilaciones anticipadas o despidos compensados. Ramón ascendió a jefe de taller, aunque para entonces solamente mandaba sobre la media docena de hombres que quedaban.

Josefa, Josefina, Fina para los conocidos, tenía dos años más que Ramón, y aunque no hacían buena pareja, ella le sacaba un palmo de altura, se casaron tras un noviazgo de tres años. Los que tardaron en juntar para el ajuar y la boda. Para el piso no daba, se fueron de alquiler.
Gracias a que ella trabajaba como eventual en la fábrica de conservas, iban tirando. Unos años después, y con cuatro criaturas, Fina pasó a ser fija, ya decimos que la técnica avanza, y esa técnica hizo que desapareciera en parte la eventualidad de las costeras. Se llama costera, a la temporalidad en que se pesca cada especie; si hay costera, la fábrica trabaja a pleno rendimiento necesitando más mano de obra.
Al poder disponer de cuanta electricidad quisieran, se instalaron cámaras frigoríficas  y bodegas donde almacenar la materia prima para el año. También la maquinaria, y los transportes influyeron notablemente para que no se notasen los altibajos que las costeras producían.

Han pasado los años, los hijos han abandonado del nido, casados todos ya, y cada cual aquí y allá donde mejor ganarse el pan. Ramón y Fina viven una vida tranquila y desahogada, más el destino es cruel a veces. A Fina, que ahora tiene sesenta años, le han detectado una demencia senil.

Ramón discutía a menudo con Fina; ¡Fina! ¡La sartén, mira la sartén que se quema el aceite! ¡Fina! ¿Vas a cocinar más? ¡Pues apaga la placa que la dejaste encendida! Guardaba la leche en el friegaplatos en vez de la nevera, y así tantas cosas. Ella se ponía como un basilisco, diciendo, que ya que lo veía, que pusiese el remedio. Pero él entendía, que ir detrás resolviendo todos aquellos desaguisados, no era solución.

Un día, Fina volvió del trabajo acompañada por una amiga y compañera. Ambas, y por recomendación del encargado habían estado en el médico.

- Te cuento Ramón - le dijo la amiga- Don Manuel ha dicho que le vayas a ver, tiene que contarte lo que le pasa a Fina, para ver la forma de mejor llevarla.

- ¿Llevarla? ¿Adónde?

- ¡No! No tiene que ir a ningún sitio, quiero decir de tratarla, la mejor forma de tratarla. Tiene algo que no me ha dicho, solo que se le olvidan las cosas, pero no te preocupes demasiado. Hoy estábamos envasando anchoa en tarros. Ya sabes, limpiar y recortar el salazón una a una, metiendo primero las que mejor se ven junto al cristal, luego las del centro. Pues ella, no sabía cómo hacerlo. ¡Fíjate tú, después de tantos años! Las introducía sin recortar y todas apelotonadas. El encargado dijo que aquello no era normal, que la acompañase al médico no fuera a tener un derrame o algo parecido, pues no daba pie con bola.

Y así se enteró Ramón del mal que aquejaba a su mujer.

A partir de allí, la cosa fue a peor con bastante rapidez. La jubilaron por enfermedad y ya casi no salía de casa; creía que todos cuchicheaban a sus espaldas sobre lo que padecía. Discutía por cualquier cosa, casi no hablaba o hablaba para sí cual si rezara, y las noches las pasaba revolviendo todos los cajones buscando algo sin saber el qué. De habitual comedida en eso del amor, se desinhibió por completo, exigiendo más, y de mayor duración, pero pasados unos meses, también se le fue aquella ventolera.
Lo peor estaba por llegar, dos años después, empezó a preguntar a Ramón quién era él y que hacía en aquella casa. Se le quedaba mirando fijamente de tal forma, que Ramón hubiera dado todo cuanto tenía por saber sus pensamientos. Pidió la jubilación para cuidarla, pues hasta el aseo dejaba de lado, y él, que ni un huevo sabía freír, tuvo que buscar ayuda.
Con los hijos no podía, ni quería contar. Cada cual estaba a lo suyo, lejos, y sin tiempo material para ello. Contrató una chica dominicana para que atendiera por la casa, pero su mujer la miraba aún peor que a él. No sabía este si era por el desconocimiento, en realidad sólo reconocía a sus propios hijos en las fotos antiguas, por el color de su piel tostada de sol caribeño, o por intuir en ella una rival.

¡Lo que faltaba! pensó Ramón, además de descerebrada, racista.

Fina espiaba a Daniela, la dominicana, que cantarina ella, movía las caderas mientras hacía las labores de la casa. Su mirada aviesa la perseguía, y en más de una ocasión, Ramón la oía refiriéndose a él y a Daniela: "Estos dos están amancebados, a él se le cae la baba, y la pícara mueve el culo para incitarlo".

Poco menos que una lucha encarnizada, era el tema de la ducha, la una que no, la otra que sí. ¡Doña Josefa! ¿la ducho con agua fría? Preguntaba amenazadora la chica. Y Fina, cosa rara, parecía entenderla, dejándose bañar entonces, entre miradas de odio.

Como todos los días, aquella mañana Ramón llevó el desayuno a su mujer; Un bol de café con leche y media docena de galletas de nata. Cucharada a cucharada se las fue metiendo poco a poco. En un momento dado ella no quiso más, Ramón dejó el servicio sobre la mesa de noche para ayudarla a vestirse. Le quitó el camisón, nada llevaba debajo. Admiró aquel cuerpo que aún conservaba prietas las carnes, el poblado y negro vello púbico, los senos un poco caídos y la roseta de los pezones tan tostada como la piel de Daniela.
Apenas fueron tres segundos, pero cuando ya salía de su ensoñación, Ramón cayó en la cama por el empujón de Fina. Luego, ésta se acaballó sobre él. Ramón quiso echar mano a sus senos, más ella cogiéndole por las muñecas, las aprisionó bajo sus rodillas. Él no creía lo que estaba pasando, cerró sus ojos para dejarse hacer. A pesar de los sinsabores diarios, la amaba y deseaba, tal vez como nunca, en una mezcla de lástima y pasión.

Al menos uno de ellos, de sus ojos, jamás se volvería a abrir. El grito, mezcla de incredulidad, terror y dolor, debió de escucharse muy lejos. Al instante la cuchara vació el otro ojo, rodando ambos por la almohada. Desojado, sintió un dolor en el pecho como si le partieran el corazón. Ramón se fue para el otro mundo sin saber que lo había atravesado el estilizado mango de la cuchara.

Daniela llegaba todos los días a las diez de la mañana. Encontró a Josefa sentada en el salón, sin fijar la vista en un punto concreto, desnuda, y las manos ensangrentadas. Ninguna herida parecía tener, entonces temió lo peor, se fue a la habitación y encontró aquel cuadro dantesco.

A la hora de hacer suposiciones, cualquiera de ellas puede servir para tratar de explicar lo inexplicable. Tal vez Fina, en su errático y confuso pensar, llegara a la conclusión de que el corazón de aquel hombre ya no le pertenecía, y si el corazón no siente... ¡para qué necesitas los ojos!



4 comentarios:

Elda dijo...

Ay que horror, me he quedado pasmada, no podía creer lo que estaba leyendo. Si que le has dado un buen giro a la acción... que forma más espantosa de matar, pero te diré que me ha encantado.
Un relato estupendo, todo él muy entretenido hasta que llega ese final tan inesperado.
Al leer el título pensé que habías repetido una historia que editaste titulado también, Matar es fácil, pero ya he visto según iba leyendo que no era la misma.
Aunque me repita, lo cuentas genial.
Un abrazo y que pases buen domingo.

Manuel dijo...

Igual que Elda, sorprendido por ese final tan trágico, pero, sin dejar de reconocer, como me engancha esa forma de escribir tan bonita que tienes.
Gracias.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Matar es fácil, es el título genérico de una serie donde voy relatando crímenes. Todos son execrables, pero unos más horrendos que otros.
Muchas gracias, me alegra que a pesar de todo te haya gustado.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel por el elogio y por pasarte.
Ahora miro si has publicado esas cosas de tu tierra que tanto me enseñan y gustan.
Salu2.