miércoles, 5 de abril de 2017

Sufridos Amores.



Hay mujeres que nacen para solteras, también hombres. Yo tuve tres tías y un tío que "no se quisieron casar". Bueno, al menos él, que prefería disfrutar de los placeres del amor sin ataduras. De ellas sin embargo, la que pudo por su belleza y simpatía, no lo hizo y bien que la pesó. Cuando tenía setenta, me confesó que estaba muy arrepentida. Una de las otras dos restantes -para qué dar nombres -  era fea a conciencia, y nadie la quiso a pesar de su belleza interior y de su entrega hacia los necesitados. Soñaba ella con su príncipe azul, que nunca llegó. La restante...¡Hay, la otra! Salió más fina aún que mi tío, y que dicho sea de paso, no tenían parentesco entre sí. Tuvo novios, amantes si se prefiere, pero jamás dio el paso a pesar de varias propuestas.

También tuve una vecina, que visto el camino que llevaba, seguro, seguro, acabaría profesando en el gremio de la soltería. Lo cierto es que era más bien chaparra, o al menos eso parecía por sus pantorrillas, nalgas y pecho, que de ser algo más estilizadas, pasaría por algo más que una de tantas. Lo malo, no era que fuera más o menos bonita, más o menos baja, más o menos gruesa, lo malo era su beatería recalcitrante. Hasta el párroco la incitaba a que dejase de ir a misa todos los días, a confesar todas las semanas.
- Querida Ana María, comprende que no tienes pecados dignos de confesión, ni es obligatoria la misa diaria, mejor dedicas ese tiempo a tus estudios, a relacionarte con la gente de tu edad. Deja en casa ese misal, y si te gusta cantar, en vez de pertenecer al coro donde todos son viejos, busca un conjunto ye-ye y disfruta sanamente de la vida.
Pero ella erre que erre, al día siguiente, lo mismo que el anterior.

Don Pedro, el cura, movió sus hilos, y un día, le dijo a Ana María, que se pasase por el Diario de la Provincia, para hablar con el director respecto de un trabajo.

- Me han dicho que tratas de sacar el doctorado en Historia, y yo necesito alguien que escriba una columna glosando las virtudes y logros de féminas ilustres de nuestra provincia.

Ana María dejó de ir a misa entre semana, pues se pasaba el día en la biblioteca entre enciclopedias, y biografías. El trabajo, al menos en principio por falta de costumbre, se le hacía arduo. Había de componer una columna de entre 25 y 30 líneas, de casos poco conocidos pero contrastados y con candidatas dignas de ser ensalzadas.

Dado que estudiaba Historia, es un decir pues lo llevaba a trancas y barrancas, eligió a su primera mujer muy atrás en el tiempo. Y aquí comenzó Ana María, olvidándose  de que solamente tenía treinta líneas en una columna. Al cambio, cuatro renglones en un folio.

"Esta es la historia de Adosinda, una mujer que desafió por amor, el acatamiento debido a su hermano y tutor.

Era Adosinda hermana de Don Pelayo, aquella que encandiló de tal modo a Munuza, a la sazón gobernador musulmán del norte de Hispania, venido con el general Tarik en el año 711, a la conquista de la península,  que quiso casarse con ella.

Dicen que Munuza, melómano y enamoradizo empedernido, encontró a la hermosa Adosinda cantando a la orilla del río Sella. Las condiciones para el flechazo eran las idóneas. Ella ve, iluminado por el suave sol del atardecer, a su príncipe; Un apuesto jinete con fama de conquistador, que siendo bereber, vestía los bellos, delicados y coloridos ropajes de los árabes. ¡Flechazo seguro! Él ve a la bella, y que además canta con voz melodiosa, canciones de amor mientras toca la cítara. Lo dicho, flechazo inmediato.

Pero hete aquí, que el visigodo Pelayo, (que al parecer nada tenía de godo y si mucho de hispanorromano; Pelayo del latín Pelagius) mandamás de la familia por fallecimiento de los padres, ya tiene un pretendiente a su gusto para su hermana. Ha dado su palabra a don Alonso, y es sagrado para él su cumplimiento.

Una controversia surge aquí entre certeza y leyenda, pues mientras unos dicen, como hemos visto, que Adosinda y Munuza estaban enamorados y pretendían casarse, otros afirman que la moza bebía los vientos por el pretendiente que Pelayo deseaba; don Alonso.
Sea como fuere, Munuza tenía un problema; Si es cierto que moro y cristiana se amaban, tenían a Pelayo en contra. Si por el contrario Adosinda amaba a Alonso, él se quedaba compuesto y sin novia, algo que no estaba dispuesto a consentir.

Lo más acertado, debió pensar el bereber, sería quitarse a su futuro cuñado de en medio, y así lo hizo. Pelayo es por entonces solamente un noble local y debe obediencia al gobernador. Con la excusa de entregar los tributos en Ihsbiliya (Sevilla), Munuza envía a Pelayo, y aprovechando su ausencia, se va a casar con su amada.

¿Lo hace ella de buen grado? De ser cierto que estaban enamorados, la respuesta es sí. Más, sabiendo que Munuza encerró a don Alonso en una lóbrega mazmorra, amenazando con contarle la cabeza, y a ella meterla en el serrallo si no accedía al casorio, la respuesta se da por respondida, Adosinda accedió a la boda y don Alonso quedó libre. Parece que el flechazo, solamente fue en una dirección.

Podía aquí acabar la historia, cosa que dejo al lector a su libre albedrío, tras decidir si Munuza y Adosinda vivieron un amor apasionado, o si por el contrario, el amor profundo que sentía por don Alonso, la llevó a la muerte.
Los hechos bien podrían haber sucedido así: Cuando el cortejo iba hacia la mezquita, ricamente vestidos, la moza, con semblante macilento, se cae del caballo. Pelayo, que ha llegado de Sevilla de incógnito la recoge, y ella, en postrer suspiro, le confiesa que se ha envenenado. Antes la muerte que pertenecer a quien no quiere. 
Pelayo, venía dispuesto a matar a ambos, al uno por la jugada, y a la otra por faltar al honor de la palabra que ha dado. Más, Munuza, parapetado tras su guardia, es un objetivo imposible. El astur tiene que huir refugiándose en los Picos de Europa, a donde lo irán a buscar.  Adosinda va a ser después de muerta, la artífice  de una batalla con la que comenzaría la Reconquista: La Batalla de Covadonga". 

Para el director del Diario de la Provincia, aquello no era una columna, era el Antiguo Testamento dada su extensión. Además, puestos a elegir, él hubiera elegido a la Adosinda nieta de Pelayo y que sería reina de Asturias, y no a su tía abuela. Ni punto de comparación entre la una y la otra, sin desmerecer a la primera.
No obstante, lo dicho, le dio a Ana María una oportunidad; le publicaría el escrito bajo el título "Sufridos Amores", prometiendo, que de ser bien acogido, cada semana tendría su espacio.

A la chica le pareció bien, y semana tras semana escribía su crónica con pasión. Gracias a aquél trabajo, consiguió varias cosas; ganar un sueldo, ponerse a tipo, y encontrar el amor en un fotógrafo independiente, que se pasaba a menudo por la redacción. A día de hoy, viven su idilio sin pasar por el altar ¡quién lo diría!, aunque de vez en cuando, en sus historias, habla de alguna virgen o santa, pero ha dejado de ser la beata de tiempos pasados.



4 comentarios:

Elda dijo...

Jajaja, bueno pues parece que el cuento acabó bien. La muchacha con el trabajo que le proporcionó el cura y olvidándose un poco de las continuas visitas a la iglesia.
Genial, has contado un cuento dentro de un cuento.
Buen fin de semana Alfredo.

Alfredo dijo...

Elda.
Los cuentos han de acabar bien, cosa que a veces no sucede porque no todo es felicidad en la vida. También hay malas cosas que hay que escribir para que no se repitan.
Gracias Elda. A ver si me da tiempo antes de cenar y me paso.
Salu2.

Liliana dijo...

Mira pues....el cura dando consejos de que no fuera tanto a misa y al final ha logrado que ella cambie su vida, bien!

Hola, vengo de casa de Mara, estaba la puerta abierta.

Saludos =)))

Alfredo dijo...

Liliana.
Agradecido por el comentario.
Los consejos sirven de ayuda, aunque pocas veces los seguimos.
Salu2.