viernes, 26 de mayo de 2017

Cosas de chigre: Obligación de mentir.


Ayer, mientras tomaba el cafetín en la terraza del chigre, escuché la conversación de dos personajes más o menos de mi edad.

- Tengo que ir a pasar la revisión del carné de conducir, y me encuentro ante un dilema; mentir o no mentir. Te cuento: Un primo mío y de la misma quinta, fue el mes pasado. Como quiera que él ya es mayor (yo aún no)  y tras comprobar si estaba en condiciones, se lo renovaron para tres años.

- Oiga, ¿por qué para tres años si solamente tengo sesenta y nueve? Le dice a la jovencísima doctora.

- Es que toma medicamentos.

- Ya, los mismos que hace cinco años, que hace diez, y quince, y veinte... y nadie me puso pegas.

- Pero ya va siendo mayor, hay que prevenir.

- Eso no me parece razón suficiente, más, si tenemos en cuenta que lo que tomo para nada influye en mi manera de conducir, con mayor motivo.

- Es que con la edad se van perdiendo reflejos...

- Mire usted doctora, haciendo un cálculo a bote pronto del kilometraje recorrido a lo largo de mi vida, estimo que he pasado con creces el millón de kilómetros. Nunca he tenido, ni he provocado un accidente ni grande ni pequeño. Tengo todos los puntos del carné y los que dan de propina, aunque es cierto que me han echado tres multas por exceso de velocidad.

- Total, que tararí que te vi.  Y yo, que me encuentro en situación igualita que él, no sé si cuando me pregunten, decir que no me duele la espalda, que no tomo la pastilla para la próstata, y otras zarandajas de índole menor. Y no es que me fastidien un par de años, no importa demasiado (aunque haya que pagar más a menudo) lo que me subleva, es el menosprecio a la persona. El que te consideren ya un viejo, cuando estás en plenas facultades, que crean has pasado a ese gremio, al que hay que mirar con prevención.

- Ya. ¿Y cuándo vas, no sé, al urólogo por ejemplo, no te das cuenta de que sucede otro tanto? Te pregunta sibilinamente:
- ¿Toma alcohol?
- De vez en cuando, una clara por tomar algo. Y ahí te has caído con todo el equipo. En el informe escribe: Bebedor habitual.
 - ¿Fuma? - Vuelve a preguntar.
- Un par de pitillos al día. Y en el informe la misma cantinela: Fumador habitual. Son todos igual, quieren ver más allá de lo que en realidad hay. ¡Parecen de la Gestapo, siempre con sospechas!

- Efectivamente, te ven mayor y te gritan como si estuvieras sordo, te preguntan veinte veces por la medicación que tomas, como si fueras tonto, y escriben lo que les da la gana pensando que mientes. En fin, ya lo tengo decidido: Estoy sano como un coral y no tomo más que agua. En este país no se puede vivir sin la mentira; te obligan a ella.

Y se marcharon rua abajo, mientras yo me fuí directo a la cartera a ver cuando caducaba el mío.


martes, 23 de mayo de 2017

Cuatro elementos, cuatro.



Agua.
Era aquella mañana primaveral, de un espesante gris plomizo que agobiaba. La fina lluvia calaba a bobos y a listos por igual, únicamente se libraban los precavidos, fueran listos o bobos, porque ellos se amparaban bajo sus paraguas.
Soy persona de aguaceros, de esos que aparecen de repente refrescan el ambiente y se van. De gruesos goterones que lavan las calles y en un momento el sol secará. Me fastidia lo pertinaz, y lo mismo me da que sea esa pegajosa y húmeda lluvia, que personas, situaciones, o esas moscas de Machado que evocan cosas; sobre los párpados yertos de los muertos, inevitables golosas, amigas viejas que ni labran como abejas ni brillan como mariposas.
Canto bajo los chaparrones de verano, y me amohíno con el orbayo que puede durar días y días. Incluso me gustan las noches oscuras de terrible tempestad, aunque en el cielo se vean rebaños de mil vacas, fantasmas a tropel, que lucen negros cuernos con brillo de metal. Porque en esas negras noches, con radiante claridad, oigo la voz de mi conciencia que me recrimina lo que hice mal, como más o menos dice la canción.
Sí, así soy, me gusta el agua caída a raudales, y sobre todo, el agua de la mar, porque de la mar venimos. Mar de blanca espuma surgida del miembro inmortal de Urano, de donde nació Venus-Afrodita merced a Crono, el de la hoz adamantina con la que cortó los genitales de su padre Urano y los lanzó al piélago.
Era aquella mañana primaveral, de un espesante gris plomizo que agobiaba. Ya lo he dicho. La tarde no le fue a la zaga, es más, tanta nube trajo una bajada de temperatura inusual para la fecha. Escondido en mi rincón, por la ventana veía pasar aquellas nubes que soltaban esa pertinaz lluvia. Del suelo, como si en el campo hubiese mil hogueras, ascendía la neblina cual columnas de vapor que la brisa manejaba a su antojo. Un día sin duda para olvidar.



Tierra.
Cuando los antiguos nombraban los cuatro elementos clásicos de la naturaleza, comenzaban por lo sólido; Tierra. Yo he empezado por el agua, precisamente porque así comenzó el día; aguado. Pero también, porque el agua es el líquido más abundante de la tierra  (¡más quisieran algunos que lo fuese el vino!) cuna en la que nos mecimos en los albores de la vida. Sin embargo, Gea-Terra, la del amplio pecho, merece la consideración de Diosa Madre, Creadora de la Naturaleza, vulva receptiva de semillas que desde siempre, en ancestrales ritos de fecundación, tienen lugar en todo el mundo. Como reminiscencias de un arcaico pasado, en el que se imita la fecundación de una tierra esponjosa por las lluvias de la primavera, aparecen pueblos donde los hombres hacen un hoyo en la tierra, se tumban sobre él, y fecundan esa tierra con su semen. En mi tierra se va al monte, se elige el ocalito más alto y recto, limpio de ramas a excepción del copete, para plantarlo en el lugar donde se celebrará la romería. En muchos pueblos se sigue parecido rito el mes de mayo, y así la celebración ha tomado el nombre de Plantar el Mayo. ¡Pocos son los conscientes de lo que tal acto significa!



Aire.
Me gusta la brisa que mece los campos de amapolas, y trigales, que transporta semillas que germinan en la tierra, ese polen (tan vigilado hoy por culpa de las alergias) que fecunda las flores para que den su fruto, y que las abejas se encargan de repartir en las celdillas de los panales para alimentarse y hacer la delicia de  otros.
Más allá de la brisa, Los Vientos me gustan poco. Me desagrada que salgan del odre en que el dios Eolo los tenía encerrados y dominaba a su antojo. Los que entregó a Odiseo-Ulises para que los empleara con maestría para regresar a Ítaca. Más siempre hay curiosos que abren tinajas que dejan salir los males, como Pandora, o tripulaciones que abren odres creyendo que contienen oro, y provocan tempestades haciendo más difícil el regreso a la patria.
Sí, no me gustan los vientos recios, menos aún los huracanados, tifones o tornados que devastan cuanto pillan a su paso. Y eso que creo no haber vivido ninguno. No sé, tal vez sí y no lo recuerde, quizá esté dentro de mi subconsciente.



Fuego.
¡Oh Prometeo! Tú robaste del carro de Helios el fuego olímpico de los dioses para entregarlo a los humanos. Agradecidos estos, quisieron pagar el favor levantando altares en tu nombre. Por ello te castigó Zeus, te encadenó a la montaña para que la hija de Tifón y Equidna te devorase el hígado cada día, y que por ser inmortal, se regeneraba a la noche. 
¡Mucho te tiene que agradecer la humanidad! Sin el fuego, el hombre aún viviría temeroso en las cavernas. No se podría calentar, iluminar para decorar, ahumar, cocer y asar sus alimentos. No hubiera existido metalurgia con la que fabricar las armas para defenderse, ni cocer la arcilla para sus utensilios más elementales.
El cuarto elemento fue la gran preocupación de la humanidad hasta hace cuatro días. Tanto, que los primitivos nombraban un guardián del fuego que se encargaba de mantener y transportar. Luego, las religiones se "apoderaron" de él, lo mantenían y honraban por medio de sacerdotes, vestales, altares y sacrificios. Hoy aún arden las velas en el tenebrario, perfuma el incienso quemado en los turíbulos, y brilla la luz en el sagrario.
Aún resuenan los ecos del ave Feníx, que cada quinientos años se consumía por el fuego para resurgir de sus cenizas, o esa otra de la que los egipcios decían que se creó a sí misma con el fuego de un árbol sagrado en el templo de Ra. Sí, me gusta el fuego, pero no hasta el extremos no temerlo. Lo temo cuando la mano insensata del hombre lo propaga para hacer daño, consciente de que en él van a perecer, desde el más humilde invertebrado, hasta el hombre en muchas ocasiones. Por medio han quedado aves, roedores y mamíferos sin cuento. Y todos ellos, no son como el ave Fénix, ni como el Bennu. Los perdidos, perdidos están para siempre.






sábado, 20 de mayo de 2017

Las calles de mi ciudad.


Han cambiado los nombres de mi ciudad. Por una vez, el consistorio ha estado de acuerdo; ha colocado nombres cortos, sencillos y que dicen algo que NO todos tenemos claro. Verbi gratia:
Calle de la/del 
Abnegación. Afecto. Altruismo. Amistad. Amabilidad. Ánimo. Audacia.

Benevolencia. Belleza. Beso. Bondad.

Caballerosidad. Compañerismo. Compromiso. Confraternidad. Civismo. Coraje.

Delicadeza. Devoción. Decoro. Desprendimiento. Dignidad. Decencia.

Educación. Estima. Entereza. Esperanza. Espontaneidad. Esplendidez.

Fama. Fe. Fraternidad. Fidelidad. Franqueza.

Generosidad. Gracejo. Guapeza. Galanura.

Honor. Honradez. Humildad. Humanidad.

Igualdad, Imparcialidad. Identidad. Idiosincrasia.

Lealtad. Legalidad. Legitimidad. Limpieza.

Magnanimidad. Magnificencia. Magisterio.

Nacimiento. Nobleza. Necesidad.

Orgullo. Obediencia. Ósculo.

Patria. Patriotismo. Perdón. Pundonor. Prodigalidad.

Respeto. Responsabilidad. Reciprocidad. Rectitud.

Sacrificio. Sinceridad. Sencillez. Sensatez.

Talante. Temple. Temperamento.

Vergüenza. Veracidad. Verso. Victoria. 



¿De veras lo crees? Yo tampoco, Aunque tengo una vana esperanza, me gustaría. Así, tal vez, influenciados por ese nombre, en la Calle de las Flores sus moradores colocarían macetas en las ventanas.  Entre los inquilinos de la Calle de la Amistad, no habría rencores. Los de la Calle de la Necesidad, ayudarían a quienes menos tienen. Los de la Calle del Pundonor velarían por su buena fama... 

El ejemplo cundiría en toda la ciudad, entonces, el respeto, el orgullo, la nobleza, el compromiso, el desinterés etc, etc, convertirían a esa ciudad en lugar maravilloso.

lunes, 15 de mayo de 2017

El pan de la felicidad.


Tenía Don Genaro una hija llamada Ernisenda. Pequeña, delgaducha, pero de belleza extraordinaria y que era el ojito derecho de su padre. Claro está, que no tenía otros hijos. Cuando cumplió los catorce años, su padre le dijo...

- Oye, Erni, el conde Don Alonso te quiere tomar por esposa. Dime lo que opinas.

- ¿Sinceramente?

- Sí, claro. Sabes que tu opinión cuenta para mí.

- Padre, tiene casi cincuenta años, es más grande y peludo que un oso grande, demasiado aventurado en la batalla, pobre como una rata y nadie le ha querido para marido a pesar de ser conde. Dime tú lo que encuentras a su favor.

- No niego lo que dices hija, más yo me honro con su amistad. Es cierta su pobreza, pero, ¿acaso no tengo yo para ambos? Mi herencia será tuya, la suya también. Serás condesa, y dado su carácter bonachón, tú serás quien ordene y mande. No es ningún petimetre, es jovial, afable y seguro que te respetará. Si no ha encontrado mujer no será porque no le han buscado, pero él siempre ha huido de las lagartonas que solamente querían mudar de posición.

- Ya veo padre que estáis muy en sintonía, dejaré que me corteje, pero si en tres meses no siento algo especial, lo rechazaré.

Y don Alonso comenzó a tener apartes con Ernisenda, aunque siempre ante la presencia de su aya. El día en que se cumplía el tercero de sus vistas, Alonso llegó con la pelambrera recortada, desaparecidas las hirsutas barbas, y un presente.

- Sabes que mi hacienda no es la cuarta parte de la de tu padre Erni, por ello te voy a regalar algo que tengo en gran estima pues perteneció a mi madre, y que es de lo poco que me queda.

Eso dijo, entregándole un brazalete de plata con algunos zafiros azules incrustados y un tanto opacos por el uso.

- ¿Y cuál es el motivo?

- Que llevamos tres días hablando y parece que el estrecho sendero para llegar a tu corazón ya nota alguna pisada. Espero que en breve tiempo se ensanche, que desaparezcan los abrojos y en su lugar florezca la perfumada madreselva.

A la niña le agradó el regalo y la plática. Se dio cuenta de que en verdad la amaba, que no era el suyo simple deseo, y comenzó a verlo con esa aureola resplandeciente que ilumina a los elegidos.

Don Alonso, aficionado a la cetrería, puso en sus manos "El libro de la caza" de Don Juan Manuel, príncipe de Villena, donde describe la fauna y la caza con halcones. Ella lo leyó una y otra vez hasta entrar en gana de poner en práctica aquellas enseñanzas. Pero aún faltaba tiempo para ello.

Alonso le preguntó qué rapaz le gustaría manejar; de alto o de bajo vuelo, pues sabido es, que para cada tipo de presa hay un tipo de rapaz. A Erni le gustaba el halcón, aunque Alonso le recomendó el azor para empezar.

- El halcón - le dijo- se utiliza para la caza de alto vuelo; palomas, garzas, patos... Hay que adiestrar al pájaro, amansarlo para que no desconfíe, que tenga mucha contacto humano y se acostumbre a nuestros ruidos y movimientos. Hay que enseñarlo a volar, que se ponga fuerte y musculoso con una alimentación regular y controlando su peso. Por último, enseñarle a cazar para lo que se utiliza un señuelo.  El azor sin embargo se utiliza para el bajo vuelo, para cazar conejos y liebres, aunque no por ello desprecian cualquier presa del bosque.

Se pasaban las horas juntos criando y adiestrando los pollos, de vez en cuando, paseos a caballo por la orilla del río hasta la charca de Las Arenas por ver si había patos, viendo a los colonos en sus rutinarias labores, y acudiendo a alguna justa o torneo donde él participaba. Llegó el plazo que le diera a su padre, y fiel a su palabra, le comunicó su decisión.

- Padre, aunque tengo dudas, me casaré con Alonso.

Hubo grande fiesta en aquella boda desigual, y Ernisenda, la que poco tiempo atrás pensara que aquel rudo hombre no la iba a hacer feliz, había cambiado totalmente de opinión. Y es que la felicidad es como un buen pan colgado de un fino cordel en medio de un corro de hambrientos. Ella se llevó un buen trozo, cinco años después, cinco hijos tenían. Más, mientras ella cada vez estaba más hermosa, aquel oso grande empezó a padecer de tercianas,  se fue quedando flaco, descolorido y falto de vigor. 
Ernisenda no acertaba a sanarlo. Los remedios que los entendidos daban, de poco servían; unos días parecía que mejoraba, para caer de nuevo en aquellas fiebres del demonio.  Cuando las fiebres venían, desnudo lo ponía sobre el frío suelo, tapaba sus vergüenzas con una sábana, y se tumbaba a su lado poniéndole compresas. Un médico aseguró que para las tercianas era un buen antídoto la sangre menstrual, y ponía todo el énfasis de hombre leído, en los escritos de Plinio el Viejo, y más recientemente de Agrippa de Nettesheim.
A pesar de la prevención con que Ernisenda tomó aquella receta, buscó una impúber, para que cuando tuviera su primera regla, la madre recogiera aquella sangre y dársela a su marido. De nada sirvió, salvo para la comidilla del pueblo durante un tiempo. Todo se acalló el día en que Alonso, aquel fornido hombretón venido a menos, murió.

Amargamente lloró Ernisenda a su marido el Conde, y a pesar de que la rondaron muchos caballeros, solamente tenía veintidós años, ella permaneció fiel al recuerdo de aquel que la había enamorado. Mantuvo sus pájaros y con ellos salía a cazar, pero ya no volvió a criar.

Bastantes años después, cuando ya  varias generaciones habían pasado, la ciencia descubrió que un minúsculo bichito; la hembra de un mosquito, era la causante de las fiebres. Si a Ernisenda le hubieran dicho, que aquella charca donde iban a cazar patos causaría la muerte de Alonso, no lo hubiera creído.


viernes, 12 de mayo de 2017

A burro muerto...


Tuve un compañero de trabajo, con el que trabé una buena amistad. Era hombre de convicciones firmes, que como en cualquiera persona, unas eran acertadas y otras algo menos, pues nadie en este mundo está en posesión de la verdad ciento por ciento. Era él, como buen matemático, de verdades objetivas, es decir; demostrables, lo que no quiere decir, que en ocasiones no fuera un tanto subjetivo, pues se quiera o no, a veces se dejaba llevar por los sentimientos.

Hijo de un carnicero, preso durante la guerra por supuestos fraudes en la venta de carne, y muerto en extrañas circunstancias, estudió Perito Industrial con gran esfuerzo; trabajando a la vez que estudiaba con gran aprovechamiento. 
Siempre estuvo en contra de aquellos a los que culpaba, sin embargo, a pesar del rencor que pudiera guardar dentro de sí, jamás hablaba de ello, más hay ocasiones en que sin hablar, se demuestra por medio de actitudes la disposición del ánimo. Y ese ánimo contamina a los que están cerca, sin darse cuenta hasta que ya es tarde.

Juaco tenía un hijo y una hija. El chico, mal entendedor de la filosofía del padre, le salió admirador de Mussolini, anduvo metido en una organización fascista de la que a duras penas logró sacarlo. La hija por el contrario, se unió a un hippie existencialista de largas rastas con el que acudía a manifestaciones de todo tipo, incluso a aquellas en que los polis daba palos, o quizá por ello, en defensa de la paz, armonía y amor.

Jefe de la Oficina Técnica de una gran empresa, era feliz con su trabajo, pero disgustado con el sueldo por comparación. De este malestar, tenía culpa la empresa, pero más que nadie los sindicatos, que mirando más por el trabajador manual que por el técnico, pedían aumentos en cada convenio para la "clase trabajadora", olvidando que todos, sean técnicos, analistas, administrativos u operarios, son trabajadores.
Juaco, se ponía enfermo cada vez que se discutía el convenio. La empresa ponía encima de la mesa tantos millones, y el comité de sindicalistas los repartían. Como quiera que esa "clase trabajadora" estaba a turnos, primaban esa particularidad, llegando a doblar un peón el sueldo de los que trabajaban a jornada normal.

Mi amigo reunió a aquellos que como él se sentían menospreciados, para pedir al director, que les dejase fuera del convenio, negociando con ellos los salarios. Pero, a sabiendas de lo que ocurría no aceptó. Los obreros eran cinco veces más que los técnicos y no se iba a arriesgar a una huelga.
Los dos bandos, discutieron lo suyo, hasta que calientes los ánimos, alguien, conocedor de los pasos del hijo, llamó facha a Juaco y por extensión a todo el grupo, únicamente por ser lo que eran, y reclamaban lo que creían les pertenecía. Casi se llega a las manos ante tamaño insulto, comprendiendo el comité de empresa que había llegado demasiado lejos, que los que reclamaban justicia, no eran fachas por el mero hecho de estar estudiados. A partir de aquella fecha, los siguientes convenios se firmaron a igual porcentaje para todos. Aquello, que parecía equitativo, no lo era, pues la curva salarial ya no existía; prácticamente cobraban todos igual, cosa inverosímil.

Los técnicos y administrativos, con Juaco a la cabeza, pidieron esta vez al director pasar a turnos con categoría de peones, y que en su puesto colocase a "quienes tuviera a bien". A sueldos iguales, preferían trabajar sin responsabilidades, sin quebraderos de cabeza y sin tener que dar órdenes. ¡Que otros hicieran los cálculos, programaran, pensaran y resolvieran!
El director reconoció la desigualdad social en que la empresa había incurrido, les fue con aquellas quejas a los socios y dueños, que ni cortos ni perezosos lo pusieron de patitas en la calle. Él había sido el único culpable de aquella degradación, ocupado únicamente en que la producción aumentase año tras año. 
Durante los dos años siguientes, los salarios de los reclamantes aumentaron, mientras que los de los obreros quedaron congelados. Los jerifaltes de los sindicatos, que habían permanecido sordos y ciegos, les leyeron la cartilla a sus subordinados del comité, y la paz social se restauró con el nuevo director. 


Murió Juaco un año después de estos sucesos, corroído por un cáncer de hígado. La iglesia donde se celebró el funeral, estaba llena a rebosar, y entre los corrillos formados a la puerta, solo se escuchaba cuánto sabía, y la rectitud con la que había obrado siempre.

¡A burro muerto, la cebada al rabo!







lunes, 8 de mayo de 2017

Matar es fácil: La conciencia del criado.


Era Arnaldo chofer y criado de la rica Matilda, con quien tenía una relación amorosa a espaldas del marido. Arnaldo, cincuenta años, poderoso con sus ciento treinta kilos y el uno noventa de altura, era sin embargo de carácter maleable. Demasiado maleable. Justo lo contrario que Matilda; mandona, seca, áspera, diez años más vieja y no demasiado agraciada.

Matilda enviudó de su marido tras una enfermedad crónica que durante años lo tuvo postrado en cama. Dueño de una fábrica de bollería industrial, le salía el dinero por las orejas como se suele decir, pero que de poco le sirvió ante tal adversidad. Fue por ello que su mujer, falta de esa asistencia tan necesaria a cierta edad, encontró en Arnaldo el amante perfecto: callado, sumiso y bien dotado para... las artes. No habían pasado cuatro meses del óbito, cuando Matilda "propuso" matrimonio a Arnaldo. Quería atarlo corto, y lo consiguió.
A partir de entonces, reveló todo su despotismo tratando a su nuevo marido como al lacayo que siempre consideró. Ni un céntimo le daba que no estuviera plenamente justificado, jamás le dejaba salir solo de casa a no ser que fuera a la fábrica por motivos puntuales, o a demanda del gerente.

Armando se fue metiendo en sí, acoquinado por ella de tal forma, que no era capaz de responder en la misión por la que había sido "contratado". Cuanto menos respondía él, peor lo trataba ella, formándose así un bucle interminable; desprecio - abatimiento, voces - asco, insultos... ansia de matar. ¿Matar? ¡Sí! La llegó a odiar de tal forma, que deseaba matarla. 

A veces, la enajenación llega tal punto, que ni la conciencia, ni la cárcel son un obstáculo. Es más, ni siquiera pensaba en esas cosas, al menos por el momento. Solamente pensaba en cómo lo haría, hasta que dio con la solución: Debía sufrir, ver que se moría sin remisión. La iba a dar un buen trancazo para mejor dominarla, luego, la llevaría al garaje, la ataría por el tobillo a la cadena del polipasto y la subiría. Así colgada boca abajo, le haría un sutil corte en la garganta. En aquella ridícula posición, con una pierna y los brazos colgando, comenzaría a manar la sangre. El fino hilo bajaría hasta la boca donde gustaría ese sabor a hierro, anegaría sus perversos ojos, y, encharcando el pelo, acabaría por perderse en el sumidero por el que salía el agua cuando lavaba el coche.

A menudo decimos de alguien, que no tiene conciencia. Se supone que ha cometido un acto reprobable, y no concebimos que no le remuerda por ello. Sin embargo, esa aseveración es una falacia: Todos tenemos conciencia.
Es posible que no tenga remordimiento, pero sí tiene conciencia de lo que ha hecho. Sin ella, sin conciencia, y al igual que los animales que parecen tener solamente instinto para evitar el peligro, no tendríamos conocimiento de nosotros mismos, pero sí de nuestro entorno, y ese instinto, que nos lleva a obviar los peligros, es incapaz de evitar las consecuencias de cualquier acto cometido. Ahora bien, si solamente tuviera instinto, no tendría que hacerme responsable de mis acciones, tanto de las buenas como de las malas, pues no sabría distinguirlas. El problema reside, en que los demás sí me harían responsable.

Esta conclusión a la que llegó Arnaldo, que podía ser maleble, pero no tonto, le hizo sopesar los pros y los contras. Si la mataba, daría con sus huesos en la cárcel más pronto que tarde, aunque eso no era lo más grave; los más grave era que su conciencia no le dejaría vivir con aquel peso. Por ello abandonó la idea en la que tanto se recreaba.

Con el gerente tramó un plan. que veremos a continuación tras este preámbulo: Los veinte repartidores, trabajadores autónomos, cargaban la mercancía en la fábrica a las cinco de la mañana, pagaban en dinero contante y sonante lo que se llevaban y cobraban lo vendido con su ganancia. Cada cual tenía su zona por pueblos y ciudades. Los viernes, el dinero de toda la semana, lo ingresaba Arnaldo en el banco, y acto seguido presentaba el justificante del ingreso a Matilda.

Entre ambos, Arnaldo y gerente, crearon una empresa ficticia en un país con el que no había extradición. Esta empresa, facturaba por una mercancía inexistente, así trasvasaban dinero de la cuenta de Matilda a la propia. Cuando ya  los acreedores de empresas que sí servían materia prima, y los operarios que no cobraban el sueldo, comenzaron a reclamar, estimaron llegado el momento oportuno para largarse con todo lo que quedaba del botín.

Aunque por esta vez no hubo necesidad de matar a nadie, Arnaldo y el gerente, muy satisfechos, se encuentran disfrutando el arte de la samba y con la conciencia bastante tranquila.


Se me olvidaba. Matilda, acosada por los acreedores, se vio en la necesidad de desprenderse de la fábrica, del palacete donde vivía y otras fincas, por lo que quedando en la más completa ruina, tuvo que ponerse a trabajar de lo mismo que hiciera antes de casarse con su primer marido y señor: De criada. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Tuve una novia...












Tuve una novia conocida desde la infancia. A mi me llevaban a la aldea a pasar los veranos, por eso del aire puro y mi propensión a las crisis asmáticas. Me quedaba en casa de mi abuela, donde mi tía, la hermana de mi padre, viuda casi desde que se casó, me cuidaba. Su marido, al que apenas recuerdo, murió en un accidente, abrasado por una colada del horno alto al reventar el tapón de la piquera. No tenía hijos y yo fui su preferido de entre todos sus sobrinos.

Eva y yo fuimos creciendo a la par, vecina de puerta con puerta, tenía un año más que yo, cosa que se empezó a notar, cuando cuerpo y mente empiezan a despertar a una fase novedosa e inquietante. Cuando se siente la necesidad de la exploración y de saber las respuestas a esas preguntas que no hacemos, porque los mayores, con supina ignorancia, las consideran tabú. Debían de entender, que cada cual ha de aprender a su modo, tal y como ellos aprendieron. ¡Qué tiempos tan distintos a los de ahora!

En la aldea había veintidós casas, tres hórreos, una panera y dos pajares, amén de unas cuantas cuadras, lóbregas y sin más ventilación que la puerta de cuarterón, donde se cobijaban algunas vacas, conejos, cerdos y gallinas. Bien las tengo contadas, pues todas las conocía junto con sus moradores, viejos y jóvenes.

Cuando a principios de julio llegaba de la ciudad, todos los vecinos nos venían a saludar y ver cuánto había crecido. A la noche mis padres se marchaban, y no volvían hasta agosto por las fiestas y a pasar una quincena.

Aquel año, al finalizar un invierno duro de nevadas intermitentes, murió Quico. Su mujer Quica, se metió en la cama de la que ya no quiso salir. Nada tenía sino tristeza. Dos semanas después, la llevaron entre cuatro para que lo acompañase en el camposanto, y allí reposan uno al lado del otro, mirando al sur desde un sitio privilegiado.

En casa de Quico, quedaban ahora, su hija Lurdes (se llamaba así por un error del escribiente del registro) siempre de negro desde que en la guerra muriese su marido luchando por los "rojos", su nieta Rosa, su marido Miguel, y el hijo de ambos nacido apenas tres días antes del fallecimiento de Quico. Parece como si el bisabuelo estuviera esperando a que el mocoso viniese al mundo para morirse.

Esta casa, la conocía casi mejor que la de mi abuela, pues cuando venían los tíos y primos, nos echaban a dormir con Rosa, la nieta de Quico. Tenía, hoy está cerrado por un tabique, un amplio zaguán abierto al sol de media tarde, donde nos atechábamos cuando llovía, o para quitarnos de la canícula a la hora de la siesta que casi todos dormían. Entre los que dormían, Rosa y Miguel, que trabajaba de noche como guarda en la "fábrica de la aspirina", y aprovechaban para enjaretar el niño a Eva. 
Era el zaguán todo piedra, piedra en las paredes y lajas de piedra en el suelo. De piedra los cuatro escalones en semicírculo, que daban acceso a la habitación de los Quicos, y de pizarra el tejado. La estancia, que no tenía ventanas, era por donde antiguamente metían el carro para guardar el heno en el pajar, ahora habitación. Las vacas empujaban culo atrás el carro, y desde este, lanzaban la hierba con la pala de dientes por un hueco alto, hoy puerta. De ahí los escalones. Cuando dejaron el ganado, transformaron el pajar, abrieron dos ventanas al sur desde las que se podía contemplar, por encima de los tejados de las casas de enfrente, el río, el valle y los montes cuajados de hayas, fresnos y robles. Era la mejor y más alegre habitación de toda la casa, y como los viejos siempre tienen frío, en uno de los rincones colocaron una chimenea.

En más o menos silencio, jugábamos a la escoba sobre una mesa camilla que había en el rincón más profundo, donde estaba la entrada a la casa. La puerta en el centro, en una de las esquinas, la mesa, en la otra un colgadero de donde pendían los calderos de agua que se traía de la fuente. La puerta comunicaba directamente con la cocina, y un estrecho pasillo donde se abrían las puertas de tres habitaciones, que también daban a medio día.  En una de ellas dormía con Rosa mientras fui pequeño. Debajo estaba la cuadra, que ocupaba la mitad al ancho y en toda su longitud, por estar la edificación contra terreno debido a la pendiente del monte.

Alrededor de la mesa, nos juntábamos Eva, Isabel, Lito y yo. Entre las dos chicas, el serón con el niño. Un día, entre bromas y veras, apoyé mi mano en el muslo de Eva. Nada dijo, así que, ni corto ni perezoso y con mucho disimulo, procuraba dejar allí la mano mientras los demás sumaban y recogían si era el caso. Poco a poco, y ante la pasividad de la chica, fui subiendo muslo arriba. Ella abrió las piernas, notaba su calorcillo y creo que hasta un leve estremecimiento, pero, mala suerte... me tocaba echar carta. Necesitaba las dos manos. Raudo tiré una sin mirar siquiera, no sumaban las quince, así que volví a la posición inicial. Esta vez me fui en busca del nido... y lo encontré. La respiración de Eva aumentó el ritmo, y, para que la partida se ralentizara y tuviera yo más tiempo allí la mano, como le tocaba echar, lo pensó un poco y se confundió adrede en la suma. Que sí, que no,  y mientras yo a lo mío. Por fin depositó una carta y se las llevó todas; ¡Escoba! Entonces Eva, queriendo corresponder, trató de buscar mi pajarito, pero Lito, muy suspicaz, creyó que en aquellas manos bajo la mesa, se intercambiaban cartas.

- ¡Las manos sobre la mesa, que no valen trampas!

Se acabó la fiesta, por lo menos para mí, que perdí el interés por el juego.
El perfume que había quedado en mis dedos me causaba una extraña sensación. No podía pensar en otra cosa, deseaba salir de allí, ir con Eva al solitario pajar del monte y... Pero nada de lo que yo pudiera pensar sucedió; los dormilones comenzaron a aparecer.

Pasaron unos años, y hubo uno en que no me pude quedar para la fiesta. Comenzaba a la Universidad, y tenía que buscar alojamiento en Santiago. Supongo, que como casi todo el mundo, soy más de reencuentros que de despedidas, de forma, que la mía fue con la mano en alto para los amigos, y un casto beso en la mejilla de Eva.
Quizá mi abuela, mi tía y alguien más, pensaran que era demasiado poco para unos novios que van a separarse por un tiempo. Más aquel concepto "novio", no lo tenía yo muy claro. A pesar de los años transcurridos, nada había sucedido entre Eva y yo que no fuera un escarceo, un meter mano que siempre acababa de igual forma; con mi retirada en el momento preciso.
¿Cobardía? ¿Miedo? ¿Gatillo flojo?  ¡No! Ni mucho menos. Siempre he creído que el sexo es, o debe de ser, la consecuencia del amor. Sin amor, el sexo no es más que una reacción de los sentidos, un aquí te pillo aquí te mato, solo deseo y nada del placer que proporciona el sentimiento. Y yo no estaba enamorado de Eva, no era la chica que yo deseaba como mujer, y ella puede que tampoco viera en mí a su hombre. Quizá nos dejamos llevar por los demás. Las mujeres: ¡Mira que buena pareja hacen! ¡Son el uno para el otro! Mientras alguno de los hombres, llenos de malicia y envidia: ¡Anda con ella, que la tienes en el bote! y cosas de estas. Y así comenzamos a cogernos de las manos, a ir juntos a todos lados - empecé a venir al pueblo los domingos- y a tener aquellos momentos de intimidad, que acabaron confirmando mis pensamientos. Por eso nunca fui más allá, no quería ser parte de una estafa. Lo correcto hubiera sido ser sincero, poner a Eva al corriente de aquella incertidumbre. Más aquella incertidumbre se me asemejaba a una balanza, en un platillo los pros, en el otro los contras, sin estar seguro de que los pros lo fueran realmente, ni tampoco los contras. El distanciamiento tal vez aclarase las cosas.

A principios de noviembre, me llegó un carta de mi tía Sofía. Jamás me había sermoneado, y tampoco lo hacía ahora, pero sus letras hablaban de una preocupación cierta; Eva estaba embarazada. ¡Imposible, pero cierto! Había que aclarar aquella situación.
Me fui al pueblo por unos días, quería deshacer aquel enredo del que todos me culpaban, y estaba ciento por ciento seguro no tenía parte.

Eva estaba encinta de tres meses. Su madre aseguraba que aquello era el resultado de una despedida más cariñosa de la cuenta, y ya preparaban a toda prisa un bodorrio al que no estaba dispuesto.

- ¿Estás bien? Pregunté. Ella bajó la vista al suelo para contestar con un sí temeroso que dejó paso a unas retenidas lágrimas.
- ¿Y quien dice que yo soy el padre?
- ¿Quién podría ser sino tú? Preguntó a su vez la madre.
- ¿También tú lo dices, Eva?
El llanto se hizo más profuso, y en ese instante, comprendí la vergüenza que sentía por el doble engaño; el que apurada por situación tan comprometida trataba de perpetrar, y por la infidelidad en que había incurrido.

- Lo siento mucho Eva, pero si no dices la verdad en este momento, estoy dispuesto a que se haga una prueba de paternidad. Todos sabéis que estudio farmacia, y aunque no es medicina, estoy al corriente de las nuevas técnicas que se emplean para ello. Yo no soy el padre, porque nunca, ni con consentimiento ni si él, he tenido esa relación.

Podía Eva haber estirado la goma hasta las últimas consecuencias, pero no quiso. No sé si fue porque de veras me quería, o por el temor a un mayor ridículo. Al fin y a la postre, lo hecho hecho estaba y allí podía terminar la historia. Confesó el desliz. Todo sucedió durante las fiestas, el padre tenía que ser por fuerza aquel con quien estuvo bailando toda la tarde. Un desconocido del que ni sabía su nombre, ni siquiera de dónde era.

Hay un dicho que reza; Uno calienta la pava mientras otro se toma el mate. Tal vez yo tuve la culpa de lo que le pasó a Eva. Sabía su forma de ser, lo congestionado de su cara, el temblor del mentón, aquellos ojos extasiados hasta el derretimiento cuando la abrazaba... y no puse remedio, al menos aquel que ella esperaba.


miércoles, 3 de mayo de 2017

Engaño.


Yo seré un hombre que muera de pie. Y no lo digo con jactancia, lo digo con pesar. Tampoco moriré en olor de multitud, ese olor a flores que desprenden los que han llevado una vida casi santa. Pero tampoco mi cuerpo desprenderá el fétido olor de la corrupción, porque ya tengo dicho, que quiero ser incinerado. Moriré de pie, porque los que están a mi lado, en ello se empeñan; siempre me han visto como el recio olivo, ése árbol de luz, verdad, poder, gloria, paz y alianza, y no los voy a defraudar... aunque hayan vivido engañados.

De algunos hombres, se espera más de lo que pueden dar. Es entonces cuando mente y cuerpo se esfuerzan por parecer aquello que ellos desean. Más, ese esfuerzo, sobrehumano a veces, acaba con el árbol poderoso que creen es. De tanto mirar, de hacer por los demás, de sufrir con y por ellos, para que lleven una vida mejor, tratando de evitarles problemas, se descuida a sí mismo. La savia llega a duras penas, se agostan los brotes,  y acaba por morir agotado. Agotado, pero de pie.

 Tal vez entonces, reconozcan que no era el olivo fuerte, que, a lo más que llegaba, era a ser un saúco de ramas debiluchas. Alguien dirá; Bueno, de este árbol se colgó Judas, así que no debía de ser muy debilucho. Es cierto. La liviana madera de este arbusto, considerado maldito por ese motivo, es tan dura, que hay quien dice que de él se sacaron los tablones de la cruz de Cristo. ¡Mira por donde, Maestro y discípulo, murieron los dos en un saúco.

A veces las apariencias engañan. ¿De qué estoy hablando sino? Del engaño de los que creen lo que no es, a veces por conveniencia, del engaño de ese hombre a sí mismo: Nadie puede dar más de lo que tiene, ni exigir para sí cargar con todos los problemas ajenos, aunque sean muy próximos.

Cada cual es como es y difícilmente cambia. Por eso, y a pesar de haber reconocido a tiempo mi equivocación, sigo pensando que continuaré viviendo de la misma forma; engañando a los demás, aunque me cueste la vida.