viernes, 12 de mayo de 2017

A burro muerto...


Tuve un compañero de trabajo, con el que trabé una buena amistad. Era hombre de convicciones firmes, que como en cualquiera persona, unas eran acertadas y otras algo menos, pues nadie en este mundo está en posesión de la verdad ciento por ciento. Era él, como buen matemático, de verdades objetivas, es decir; demostrables, lo que no quiere decir, que en ocasiones no fuera un tanto subjetivo, pues se quiera o no, a veces se dejaba llevar por los sentimientos.

Hijo de un carnicero, preso durante la guerra por supuestos fraudes en la venta de carne, y muerto en extrañas circunstancias, estudió Perito Industrial con gran esfuerzo; trabajando a la vez que estudiaba con gran aprovechamiento. 
Siempre estuvo en contra de aquellos a los que culpaba, sin embargo, a pesar del rencor que pudiera guardar dentro de sí, jamás hablaba de ello, más hay ocasiones en que sin hablar, se demuestra por medio de actitudes la disposición del ánimo. Y ese ánimo contamina a los que están cerca, sin darse cuenta hasta que ya es tarde.

Juaco tenía un hijo y una hija. El chico, mal entendedor de la filosofía del padre, le salió admirador de Mussolini, anduvo metido en una organización fascista de la que a duras penas logró sacarlo. La hija por el contrario, se unió a un hippie existencialista de largas rastas con el que acudía a manifestaciones de todo tipo, incluso a aquellas en que los polis daba palos, o quizá por ello, en defensa de la paz, armonía y amor.

Jefe de la Oficina Técnica de una gran empresa, era feliz con su trabajo, pero disgustado con el sueldo por comparación. De este malestar, tenía culpa la empresa, pero más que nadie los sindicatos, que mirando más por el trabajador manual que por el técnico, pedían aumentos en cada convenio para la "clase trabajadora", olvidando que todos, sean técnicos, analistas, administrativos u operarios, son trabajadores.
Juaco, se ponía enfermo cada vez que se discutía el convenio. La empresa ponía encima de la mesa tantos millones, y el comité de sindicalistas los repartían. Como quiera que esa "clase trabajadora" estaba a turnos, primaban esa particularidad, llegando a doblar un peón el sueldo de los que trabajaban a jornada normal.

Mi amigo reunió a aquellos que como él se sentían menospreciados, para pedir al director, que les dejase fuera del convenio, negociando con ellos los salarios. Pero, a sabiendas de lo que ocurría no aceptó. Los obreros eran cinco veces más que los técnicos y no se iba a arriesgar a una huelga.
Los dos bandos, discutieron lo suyo, hasta que calientes los ánimos, alguien, conocedor de los pasos del hijo, llamó facha a Juaco y por extensión a todo el grupo, únicamente por ser lo que eran, y reclamaban lo que creían les pertenecía. Casi se llega a las manos ante tamaño insulto, comprendiendo el comité de empresa que había llegado demasiado lejos, que los que reclamaban justicia, no eran fachas por el mero hecho de estar estudiados. A partir de aquella fecha, los siguientes convenios se firmaron a igual porcentaje para todos. Aquello, que parecía equitativo, no lo era, pues la curva salarial ya no existía; prácticamente cobraban todos igual, cosa inverosímil.

Los técnicos y administrativos, con Juaco a la cabeza, pidieron esta vez al director pasar a turnos con categoría de peones, y que en su puesto colocase a "quienes tuviera a bien". A sueldos iguales, preferían trabajar sin responsabilidades, sin quebraderos de cabeza y sin tener que dar órdenes. ¡Que otros hicieran los cálculos, programaran, pensaran y resolvieran!
El director reconoció la desigualdad social en que la empresa había incurrido, les fue con aquellas quejas a los socios y dueños, que ni cortos ni perezosos lo pusieron de patitas en la calle. Él había sido el único culpable de aquella degradación, ocupado únicamente en que la producción aumentase año tras año. 
Durante los dos años siguientes, los salarios de los reclamantes aumentaron, mientras que los de los obreros quedaron congelados. Los jerifaltes de los sindicatos, que habían permanecido sordos y ciegos, les leyeron la cartilla a sus subordinados del comité, y la paz social se restauró con el nuevo director. 


Murió Juaco un año después de estos sucesos, corroído por un cáncer de hígado. La iglesia donde se celebró el funeral, estaba llena a rebosar, y entre los corrillos formados a la puerta, solo se escuchaba cuánto sabía, y la rectitud con la que había obrado siempre.

¡A burro muerto, la cebada al rabo!







2 comentarios:

Elda dijo...

Me parece muy injusto que un trabajador con más responsabilidad en su cargo, tenga el mismo salario al que lo único que tiene que hacer es trabajar sin preocuparse de nada.
No se hasta que punto el sindicato es justo, pero creo que también trabaja a conveniencia suya, como se ha visto de algunos dirigentes…
Una buena historia en la que al final se ve lo que sucede siempre que alguien muere… Muy bueno el refrán.
Siempre un placer tus historias Alfredo.
Un abrazo.

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Alfredo dijo...

Elda.
Injusticias hay en todas partes, no obstante esto es un cuento y siempre se cargan un poco las tintas.
Casi todos en este mundo procuran/mos arrimar el ascua a nuestra sardina.
Gracias Elda.
Salu2.