martes, 23 de mayo de 2017

Cuatro elementos, cuatro.



Agua.
Era aquella mañana primaveral, de un espesante gris plomizo que agobiaba. La fina lluvia calaba a bobos y a listos por igual, únicamente se libraban los precavidos, fueran listos o bobos, porque ellos se amparaban bajo sus paraguas.
Soy persona de aguaceros, de esos que aparecen de repente refrescan el ambiente y se van. De gruesos goterones que lavan las calles y en un momento el sol secará. Me fastidia lo pertinaz, y lo mismo me da que sea esa pegajosa y húmeda lluvia, que personas, situaciones, o esas moscas de Machado que evocan cosas; sobre los párpados yertos de los muertos, inevitables golosas, amigas viejas que ni labran como abejas ni brillan como mariposas.
Canto bajo los chaparrones de verano, y me amohíno con el orbayo que puede durar días y días. Incluso me gustan las noches oscuras de terrible tempestad, aunque en el cielo se vean rebaños de mil vacas, fantasmas a tropel, que lucen negros cuernos con brillo de metal. Porque en esas negras noches, con radiante claridad, oigo la voz de mi conciencia que me recrimina lo que hice mal, como más o menos dice la canción.
Sí, así soy, me gusta el agua caída a raudales, y sobre todo, el agua de la mar, porque de la mar venimos. Mar de blanca espuma surgida del miembro inmortal de Urano, de donde nació Venus-Afrodita merced a Crono, el de la hoz adamantina con la que cortó los genitales de su padre Urano y los lanzó al piélago.
Era aquella mañana primaveral, de un espesante gris plomizo que agobiaba. Ya lo he dicho. La tarde no le fue a la zaga, es más, tanta nube trajo una bajada de temperatura inusual para la fecha. Escondido en mi rincón, por la ventana veía pasar aquellas nubes que soltaban esa pertinaz lluvia. Del suelo, como si en el campo hubiese mil hogueras, ascendía la neblina cual columnas de vapor que la brisa manejaba a su antojo. Un día sin duda para olvidar.



Tierra.
Cuando los antiguos nombraban los cuatro elementos clásicos de la naturaleza, comenzaban por lo sólido; Tierra. Yo he empezado por el agua, precisamente porque así comenzó el día; aguado. Pero también, porque el agua es el líquido más abundante de la tierra  (¡más quisieran algunos que lo fuese el vino!) cuna en la que nos mecimos en los albores de la vida. Sin embargo, Gea-Terra, la del amplio pecho, merece la consideración de Diosa Madre, Creadora de la Naturaleza, vulva receptiva de semillas que desde siempre, en ancestrales ritos de fecundación, tienen lugar en todo el mundo. Como reminiscencias de un arcaico pasado, en el que se imita la fecundación de una tierra esponjosa por las lluvias de la primavera, aparecen pueblos donde los hombres hacen un hoyo en la tierra, se tumban sobre él, y fecundan esa tierra con su semen. En mi tierra se va al monte, se elige el ocalito más alto y recto, limpio de ramas a excepción del copete, para plantarlo en el lugar donde se celebrará la romería. En muchos pueblos se sigue parecido rito el mes de mayo, y así la celebración ha tomado el nombre de Plantar el Mayo. ¡Pocos son los conscientes de lo que tal acto significa!



Aire.
Me gusta la brisa que mece los campos de amapolas, y trigales, que transporta semillas que germinan en la tierra, ese polen (tan vigilado hoy por culpa de las alergias) que fecunda las flores para que den su fruto, y que las abejas se encargan de repartir en las celdillas de los panales para alimentarse y hacer la delicia de  otros.
Más allá de la brisa, Los Vientos me gustan poco. Me desagrada que salgan del odre en que el dios Eolo los tenía encerrados y dominaba a su antojo. Los que entregó a Odiseo-Ulises para que los empleara con maestría para regresar a Ítaca. Más siempre hay curiosos que abren tinajas que dejan salir los males, como Pandora, o tripulaciones que abren odres creyendo que contienen oro, y provocan tempestades haciendo más difícil el regreso a la patria.
Sí, no me gustan los vientos recios, menos aún los huracanados, tifones o tornados que devastan cuanto pillan a su paso. Y eso que creo no haber vivido ninguno. No sé, tal vez sí y no lo recuerde, quizá esté dentro de mi subconsciente.



Fuego.
¡Oh Prometeo! Tú robaste del carro de Helios el fuego olímpico de los dioses para entregarlo a los humanos. Agradecidos estos, quisieron pagar el favor levantando altares en tu nombre. Por ello te castigó Zeus, te encadenó a la montaña para que la hija de Tifón y Equidna te devorase el hígado cada día, y que por ser inmortal, se regeneraba a la noche. 
¡Mucho te tiene que agradecer la humanidad! Sin el fuego, el hombre aún viviría temeroso en las cavernas. No se podría calentar, iluminar para decorar, ahumar, cocer y asar sus alimentos. No hubiera existido metalurgia con la que fabricar las armas para defenderse, ni cocer la arcilla para sus utensilios más elementales.
El cuarto elemento fue la gran preocupación de la humanidad hasta hace cuatro días. Tanto, que los primitivos nombraban un guardián del fuego que se encargaba de mantener y transportar. Luego, las religiones se "apoderaron" de él, lo mantenían y honraban por medio de sacerdotes, vestales, altares y sacrificios. Hoy aún arden las velas en el tenebrario, perfuma el incienso quemado en los turíbulos, y brilla la luz en el sagrario.
Aún resuenan los ecos del ave Feníx, que cada quinientos años se consumía por el fuego para resurgir de sus cenizas, o esa otra de la que los egipcios decían que se creó a sí misma con el fuego de un árbol sagrado en el templo de Ra. Sí, me gusta el fuego, pero no hasta el extremos no temerlo. Lo temo cuando la mano insensata del hombre lo propaga para hacer daño, consciente de que en él van a perecer, desde el más humilde invertebrado, hasta el hombre en muchas ocasiones. Por medio han quedado aves, roedores y mamíferos sin cuento. Y todos ellos, no son como el ave Fénix, ni como el Bennu. Los perdidos, perdidos están para siempre.






6 comentarios:

Elda dijo...

Muy interesante tu entrada Alfredo recordándonos los cuatro elementos y sus favores, sin los cuales no habría vida, y a cada cual más importante.
Se nota que te gusta y eres entendido en mitología griega, ya que citas alguno de ellos, de lo que yo no tengo ni idea…
Me ha encantado el relato, y algunas partes de él, me han parecido poéticas según las has presentado.
Un abrazo y buen día, seguro que será más caluroso de lo normal.


Alfredo dijo...

Elda.
Gustar, mucho, entendio no, simple curiosidad por todas esas cosas y otras muchas. Mi hándicap, esa memoria mía que olvida fácilmente.
A mí también me gustó escribirlo. Respecto del día, así estaba cuando lo escribí, por eso estos días me fuí a la montaña, ayer al pueblo de San Juan de Beleño en el concejo de Ponga, antesdeayer a los de Quirós y Lena, despampanantes todos por sus vistas y el calorcillo.
Salu2.

Liliana dijo...

Mira que he tenido tiempo y paciencia para leerlo, eh??' jajaja no te creas, me ha enganchado de principio a fin y me ha gustado. =)))

Salduos Alfredo =)))

Alfredo dijo...

Liliana.
Lo siento Liliana, pero yo soy de al menos dos folios. A veces repaso alguno de los cuentos ya publicados y me doy cuenta de que falta esto y aquello, que habría que añadir, pues conmigo no va lo de aquel refrán que comienza... Lo bueno, si breve... Y eso en el supuesto de que sea capaz de escribir algo realmente bueno.
Muchas gracias.
Salu2.

Elda dijo...

Que belleza esos lugares que dices has estado. No es que los conozca, los he mirado en Internet... pero es lo que tiene Asturias a parte de todo, un paisaje precioso. Bueno, la verdad es que toda España es una maravilla.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Acabo de venir de hacer la ruta a los Lagos de Saliencia, mañana o pasado los colgaré en el Facce. Las fotos no dicen la maravilla que en realidad son, necesito un dron. Hay reportajes maravillosos, pero al natural, mejor.
Salu2.