lunes, 8 de mayo de 2017

Matar es fácil: La conciencia del criado.


Era Arnaldo chofer y criado de la rica Matilda, con quien tenía una relación amorosa a espaldas del marido. Arnaldo, cincuenta años, poderoso con sus ciento treinta kilos y el uno noventa de altura, era sin embargo de carácter maleable. Demasiado maleable. Justo lo contrario que Matilda; mandona, seca, áspera, diez años más vieja y no demasiado agraciada.

Matilda enviudó de su marido tras una enfermedad crónica que durante años lo tuvo postrado en cama. Dueño de una fábrica de bollería industrial, le salía el dinero por las orejas como se suele decir, pero que de poco le sirvió ante tal adversidad. Fue por ello que su mujer, falta de esa asistencia tan necesaria a cierta edad, encontró en Arnaldo el amante perfecto: callado, sumiso y bien dotado para... las artes. No habían pasado cuatro meses del óbito, cuando Matilda "propuso" matrimonio a Arnaldo. Quería atarlo corto, y lo consiguió.
A partir de entonces, reveló todo su despotismo tratando a su nuevo marido como al lacayo que siempre consideró. Ni un céntimo le daba que no estuviera plenamente justificado, jamás le dejaba salir solo de casa a no ser que fuera a la fábrica por motivos puntuales, o a demanda del gerente.

Armando se fue metiendo en sí, acoquinado por ella de tal forma, que no era capaz de responder en la misión por la que había sido "contratado". Cuanto menos respondía él, peor lo trataba ella, formándose así un bucle interminable; desprecio - abatimiento, voces - asco, insultos... ansia de matar. ¿Matar? ¡Sí! La llegó a odiar de tal forma, que deseaba matarla. 

A veces, la enajenación llega tal punto, que ni la conciencia, ni la cárcel son un obstáculo. Es más, ni siquiera pensaba en esas cosas, al menos por el momento. Solamente pensaba en cómo lo haría, hasta que dio con la solución: Debía sufrir, ver que se moría sin remisión. La iba a dar un buen trancazo para mejor dominarla, luego, la llevaría al garaje, la ataría por el tobillo a la cadena del polipasto y la subiría. Así colgada boca abajo, le haría un sutil corte en la garganta. En aquella ridícula posición, con una pierna y los brazos colgando, comenzaría a manar la sangre. El fino hilo bajaría hasta la boca donde gustaría ese sabor a hierro, anegaría sus perversos ojos, y, encharcando el pelo, acabaría por perderse en el sumidero por el que salía el agua cuando lavaba el coche.

A menudo decimos de alguien, que no tiene conciencia. Se supone que ha cometido un acto reprobable, y no concebimos que no le remuerda por ello. Sin embargo, esa aseveración es una falacia: Todos tenemos conciencia.
Es posible que no tenga remordimiento, pero sí tiene conciencia de lo que ha hecho. Sin ella, sin conciencia, y al igual que los animales que parecen tener solamente instinto para evitar el peligro, no tendríamos conocimiento de nosotros mismos, pero sí de nuestro entorno, y ese instinto, que nos lleva a obviar los peligros, es incapaz de evitar las consecuencias de cualquier acto cometido. Ahora bien, si solamente tuviera instinto, no tendría que hacerme responsable de mis acciones, tanto de las buenas como de las malas, pues no sabría distinguirlas. El problema reside, en que los demás sí me harían responsable.

Esta conclusión a la que llegó Arnaldo, que podía ser maleble, pero no tonto, le hizo sopesar los pros y los contras. Si la mataba, daría con sus huesos en la cárcel más pronto que tarde, aunque eso no era lo más grave; los más grave era que su conciencia no le dejaría vivir con aquel peso. Por ello abandonó la idea en la que tanto se recreaba.

Con el gerente tramó un plan. que veremos a continuación tras este preámbulo: Los veinte repartidores, trabajadores autónomos, cargaban la mercancía en la fábrica a las cinco de la mañana, pagaban en dinero contante y sonante lo que se llevaban y cobraban lo vendido con su ganancia. Cada cual tenía su zona por pueblos y ciudades. Los viernes, el dinero de toda la semana, lo ingresaba Arnaldo en el banco, y acto seguido presentaba el justificante del ingreso a Matilda.

Entre ambos, Arnaldo y gerente, crearon una empresa ficticia en un país con el que no había extradición. Esta empresa, facturaba por una mercancía inexistente, así trasvasaban dinero de la cuenta de Matilda a la propia. Cuando ya  los acreedores de empresas que sí servían materia prima, y los operarios que no cobraban el sueldo, comenzaron a reclamar, estimaron llegado el momento oportuno para largarse con todo lo que quedaba del botín.

Aunque por esta vez no hubo necesidad de matar a nadie, Arnaldo y el gerente, muy satisfechos, se encuentran disfrutando el arte de la samba y con la conciencia bastante tranquila.


Se me olvidaba. Matilda, acosada por los acreedores, se vio en la necesidad de desprenderse de la fábrica, del palacete donde vivía y otras fincas, por lo que quedando en la más completa ruina, tuvo que ponerse a trabajar de lo mismo que hiciera antes de casarse con su primer marido y señor: De criada. 

6 comentarios:

Adriana Alba dijo...

Estupendo y entretenido relato.
Misterio y suspenso, me encanta.

Fue un gusto descubrir tu espacio Alfredo, cuando gustes te espero por el mio.
Saludos cordiales desde Argentina.

Elda dijo...

Desde luego fue mucho mejor esta opción, con ella sufriría lo suyo la mala mujer, más que si la hubiera matado, y encima él disfruto lo que ella no pudo al final, y sin ningún remordimiento.
Me ha encantado este cuento Alfredo.
Un abrazo y buena semana.

Alfredo dijo...

Adriana Alba.
Muchas gracias por dejar tu comentario Adriana. Me complace te haya gustado.
Pasaré por tu espacio.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Ni pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió, que reza el refrán.
Esa podría ser la raíz del cuento.
Matilda, cree conocer todas las triquiñuelas de su antiguo oficio, no en vano llega a casarse con el que fuera su amo, y trata de atar en corto a su amante. Crecida por su ego, y dado su carácter despótico, trata mal su nuevo marido que decide vengarse. Debía haber tenido algo de mano izquierda.

Gracias Elda. Que tengas también una buena semana llena de inspiración.
Salu2.

Manuel dijo...

No hay nada peor que un pobre harto de pan, -lo digo por la insoportable Matilda-, así que Arnaldo acertó con su decisión, y le dio donde más le dolía.
Muy bueno, amigo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Manuel.
Efectivamente Manuel.
Gracias por tu presencia, paso a visitarte.
Salu2.