viernes, 5 de mayo de 2017

Tuve una novia...












Tuve una novia conocida desde la infancia. A mi me llevaban a la aldea a pasar los veranos, por eso del aire puro y mi propensión a las crisis asmáticas. Me quedaba en casa de mi abuela, donde mi tía, la hermana de mi padre, viuda casi desde que se casó, me cuidaba. Su marido, al que apenas recuerdo, murió en un accidente, abrasado por una colada del horno alto al reventar el tapón de la piquera. No tenía hijos y yo fui su preferido de entre todos sus sobrinos.

Eva y yo fuimos creciendo a la par, vecina de puerta con puerta, tenía un año más que yo, cosa que se empezó a notar, cuando cuerpo y mente empiezan a despertar a una fase novedosa e inquietante. Cuando se siente la necesidad de la exploración y de saber las respuestas a esas preguntas que no hacemos, porque los mayores, con supina ignorancia, las consideran tabú. Debían de entender, que cada cual ha de aprender a su modo, tal y como ellos aprendieron. ¡Qué tiempos tan distintos a los de ahora!

En la aldea había veintidós casas, tres hórreos, una panera y dos pajares, amén de unas cuantas cuadras, lóbregas y sin más ventilación que la puerta de cuarterón, donde se cobijaban algunas vacas, conejos, cerdos y gallinas. Bien las tengo contadas, pues todas las conocía junto con sus moradores, viejos y jóvenes.

Cuando a principios de julio llegaba de la ciudad, todos los vecinos nos venían a saludar y ver cuánto había crecido. A la noche mis padres se marchaban, y no volvían hasta agosto por las fiestas y a pasar una quincena.

Aquel año, al finalizar un invierno duro de nevadas intermitentes, murió Quico. Su mujer Quica, se metió en la cama de la que ya no quiso salir. Nada tenía sino tristeza. Dos semanas después, la llevaron entre cuatro para que lo acompañase en el camposanto, y allí reposan uno al lado del otro, mirando al sur desde un sitio privilegiado.

En casa de Quico, quedaban ahora, su hija Lurdes (se llamaba así por un error del escribiente del registro) siempre de negro desde que en la guerra muriese su marido luchando por los "rojos", su nieta Rosa, su marido Miguel, y el hijo de ambos nacido apenas tres días antes del fallecimiento de Quico. Parece como si el bisabuelo estuviera esperando a que el mocoso viniese al mundo para morirse.

Esta casa, la conocía casi mejor que la de mi abuela, pues cuando venían los tíos y primos, nos echaban a dormir con Rosa, la nieta de Quico. Tenía, hoy está cerrado por un tabique, un amplio zaguán abierto al sol de media tarde, donde nos atechábamos cuando llovía, o para quitarnos de la canícula a la hora de la siesta que casi todos dormían. Entre los que dormían, Rosa y Miguel, que trabajaba de noche como guarda en la "fábrica de la aspirina", y aprovechaban para enjaretar el niño a Eva. 
Era el zaguán todo piedra, piedra en las paredes y lajas de piedra en el suelo. De piedra los cuatro escalones en semicírculo, que daban acceso a la habitación de los Quicos, y de pizarra el tejado. La estancia, que no tenía ventanas, era por donde antiguamente metían el carro para guardar el heno en el pajar, ahora habitación. Las vacas empujaban culo atrás el carro, y desde este, lanzaban la hierba con la pala de dientes por un hueco alto, hoy puerta. De ahí los escalones. Cuando dejaron el ganado, transformaron el pajar, abrieron dos ventanas al sur desde las que se podía contemplar, por encima de los tejados de las casas de enfrente, el río, el valle y los montes cuajados de hayas, fresnos y robles. Era la mejor y más alegre habitación de toda la casa, y como los viejos siempre tienen frío, en uno de los rincones colocaron una chimenea.

En más o menos silencio, jugábamos a la escoba sobre una mesa camilla que había en el rincón más profundo, donde estaba la entrada a la casa. La puerta en el centro, en una de las esquinas, la mesa, en la otra un colgadero de donde pendían los calderos de agua que se traía de la fuente. La puerta comunicaba directamente con la cocina, y un estrecho pasillo donde se abrían las puertas de tres habitaciones, que también daban a medio día.  En una de ellas dormía con Rosa mientras fui pequeño. Debajo estaba la cuadra, que ocupaba la mitad al ancho y en toda su longitud, por estar la edificación contra terreno debido a la pendiente del monte.

Alrededor de la mesa, nos juntábamos Eva, Isabel, Lito y yo. Entre las dos chicas, el serón con el niño. Un día, entre bromas y veras, apoyé mi mano en el muslo de Eva. Nada dijo, así que, ni corto ni perezoso y con mucho disimulo, procuraba dejar allí la mano mientras los demás sumaban y recogían si era el caso. Poco a poco, y ante la pasividad de la chica, fui subiendo muslo arriba. Ella abrió las piernas, notaba su calorcillo y creo que hasta un leve estremecimiento, pero, mala suerte... me tocaba echar carta. Necesitaba las dos manos. Raudo tiré una sin mirar siquiera, no sumaban las quince, así que volví a la posición inicial. Esta vez me fui en busca del nido... y lo encontré. La respiración de Eva aumentó el ritmo, y, para que la partida se ralentizara y tuviera yo más tiempo allí la mano, como le tocaba echar, lo pensó un poco y se confundió adrede en la suma. Que sí, que no,  y mientras yo a lo mío. Por fin depositó una carta y se las llevó todas; ¡Escoba! Entonces Eva, queriendo corresponder, trató de buscar mi pajarito, pero Lito, muy suspicaz, creyó que en aquellas manos bajo la mesa, se intercambiaban cartas.

- ¡Las manos sobre la mesa, que no valen trampas!

Se acabó la fiesta, por lo menos para mí, que perdí el interés por el juego.
El perfume que había quedado en mis dedos me causaba una extraña sensación. No podía pensar en otra cosa, deseaba salir de allí, ir con Eva al solitario pajar del monte y... Pero nada de lo que yo pudiera pensar sucedió; los dormilones comenzaron a aparecer.

Pasaron unos años, y hubo uno en que no me pude quedar para la fiesta. Comenzaba a la Universidad, y tenía que buscar alojamiento en Santiago. Supongo, que como casi todo el mundo, soy más de reencuentros que de despedidas, de forma, que la mía fue con la mano en alto para los amigos, y un casto beso en la mejilla de Eva.
Quizá mi abuela, mi tía y alguien más, pensaran que era demasiado poco para unos novios que van a separarse por un tiempo. Más aquel concepto "novio", no lo tenía yo muy claro. A pesar de los años transcurridos, nada había sucedido entre Eva y yo que no fuera un escarceo, un meter mano que siempre acababa de igual forma; con mi retirada en el momento preciso.
¿Cobardía? ¿Miedo? ¿Gatillo flojo?  ¡No! Ni mucho menos. Siempre he creído que el sexo es, o debe de ser, la consecuencia del amor. Sin amor, el sexo no es más que una reacción de los sentidos, un aquí te pillo aquí te mato, solo deseo y nada del placer que proporciona el sentimiento. Y yo no estaba enamorado de Eva, no era la chica que yo deseaba como mujer, y ella puede que tampoco viera en mí a su hombre. Quizá nos dejamos llevar por los demás. Las mujeres: ¡Mira que buena pareja hacen! ¡Son el uno para el otro! Mientras alguno de los hombres, llenos de malicia y envidia: ¡Anda con ella, que la tienes en el bote! y cosas de estas. Y así comenzamos a cogernos de las manos, a ir juntos a todos lados - empecé a venir al pueblo los domingos- y a tener aquellos momentos de intimidad, que acabaron confirmando mis pensamientos. Por eso nunca fui más allá, no quería ser parte de una estafa. Lo correcto hubiera sido ser sincero, poner a Eva al corriente de aquella incertidumbre. Más aquella incertidumbre se me asemejaba a una balanza, en un platillo los pros, en el otro los contras, sin estar seguro de que los pros lo fueran realmente, ni tampoco los contras. El distanciamiento tal vez aclarase las cosas.

A principios de noviembre, me llegó un carta de mi tía Sofía. Jamás me había sermoneado, y tampoco lo hacía ahora, pero sus letras hablaban de una preocupación cierta; Eva estaba embarazada. ¡Imposible, pero cierto! Había que aclarar aquella situación.
Me fui al pueblo por unos días, quería deshacer aquel enredo del que todos me culpaban, y estaba ciento por ciento seguro no tenía parte.

Eva estaba encinta de tres meses. Su madre aseguraba que aquello era el resultado de una despedida más cariñosa de la cuenta, y ya preparaban a toda prisa un bodorrio al que no estaba dispuesto.

- ¿Estás bien? Pregunté. Ella bajó la vista al suelo para contestar con un sí temeroso que dejó paso a unas retenidas lágrimas.
- ¿Y quien dice que yo soy el padre?
- ¿Quién podría ser sino tú? Preguntó a su vez la madre.
- ¿También tú lo dices, Eva?
El llanto se hizo más profuso, y en ese instante, comprendí la vergüenza que sentía por el doble engaño; el que apurada por situación tan comprometida trataba de perpetrar, y por la infidelidad en que había incurrido.

- Lo siento mucho Eva, pero si no dices la verdad en este momento, estoy dispuesto a que se haga una prueba de paternidad. Todos sabéis que estudio farmacia, y aunque no es medicina, estoy al corriente de las nuevas técnicas que se emplean para ello. Yo no soy el padre, porque nunca, ni con consentimiento ni si él, he tenido esa relación.

Podía Eva haber estirado la goma hasta las últimas consecuencias, pero no quiso. No sé si fue porque de veras me quería, o por el temor a un mayor ridículo. Al fin y a la postre, lo hecho hecho estaba y allí podía terminar la historia. Confesó el desliz. Todo sucedió durante las fiestas, el padre tenía que ser por fuerza aquel con quien estuvo bailando toda la tarde. Un desconocido del que ni sabía su nombre, ni siquiera de dónde era.

Hay un dicho que reza; Uno calienta la pava mientras otro se toma el mate. Tal vez yo tuve la culpa de lo que le pasó a Eva. Sabía su forma de ser, lo congestionado de su cara, el temblor del mentón, aquellos ojos extasiados hasta el derretimiento cuando la abrazaba... y no puse remedio, al menos aquel que ella esperaba.


4 comentarios:

Mara dijo...


Las estupendas descripciones, mantienen en vilo el relato. Conozco un caso parecido y desde luego más de uno ha pagado los platos rotos de otro. Hoy con la prueba de paternidad no debe existir ése problema. Bien por tu decisión y la de ella que al fin confesó. Tú nunc fuiste culpable. Cada uno es responsable de sus actos y de sus horas locas. Saludos.

Elda dijo...

Cuanto me ha sonado la descripción del principio del cuento en el pueblo, me ha recordado cuando yo iba en el verano y veía las vacas y esas casas de piedra de mis abuelos con las cocinas en el suelo y el caldero colgado de la cadena; pero no la historia de los muchacho porque yo no jugaba a esas cosas, jajaja.
Pues menos mal que la chica fue honesta al final.
Muy entretenido el relato Alfredo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Mara.
Creo que el cuento debía acabar así. hAy que estar muy enamorado para cargar con el mochuelo, y no era este el caso; hubiera sido un completo fracaso.
Muchas gracias por leerlo Mara.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Mi mujer y yo salimos a conocer esos pequeños pueblos que atesoran casonas, palacios e iglesias. Algunos tienen además historia, otros sin embargo, solo conservan el encanto de sus viejas casas, hoy muy arregladas. Posiblemente me fijase en alguna similar a la del cuento.
La escoba es un juego entretenido y fácil de jugar, lo otro... Hay quienes jugaban a médicos.
Gracia Elda.
Salu2