lunes, 26 de junio de 2017

El interpretador de sueños.



Hubo una vez un hombre, famoso por lo acertado de las interpretaciones que de los sueños hacía. Era conocido por "El Oniromante".

Al igual que José hiciera con el faraón Sesostrosis, aquel rey quiso que ese hombre interpretara su sueño. He aquí lo que le contó:

- He soñado con un parterre donde había tres rosales y cuatro únicas rosas, las cuatro muy bellas, de distinto color y perfume. Carmesí la una, blanca, amarilla y verde, las otras tres. De las cuatro, la carmesí y la amarilla, enraizadas por separado. Sus largos tallos crecían buscándose, mientras a la sombra de aquellos rosales, otro crecía. Dos tallos y dos flores del mismo arbusto, blanca la una, increíblemente verde la otra. El tallo de la flor verde, hería con sus agudas espinas, al tallo de la blanca que poco a poco se iba agostando. ¡Interpretame tú sabio Oniromante, mi sueño!

- Tu sueño tiene fácil interpretación, mi Rey. El parterre es el reino, tú, enérgico y brillante, eres la flor amarilla que un día tendrás esposa. Ella es la flor carmesí; la atracción, el amor y la pasión. De esta unión, nacerán una hija y un hijo. Ella es la pura e inmaculada blanca rosa, él, la verde, celoso insufrible, que de no tener cuidado, dañará a su hermana. ¡Vigila pues, para que este vaticinio no llegue a cumplirse!

El rey tuvo muy en cuenta lo que el interpretador le dijera, y cuando vio que el hombre iba acertado, aplicando aquello de "vale más prevenir que lamentar", en cuanto nació el varón, optó por enviarlo con su hermano y cuñada para que como hijo suyo lo criaran.

Más parece que el destino siempre se cumple.  Pasaron los años, el rey enfermó hasta el punto en que ya no podía gobernar. Viose entonces en una disyuntiva de hondo calado: Ceder el trono a su hija, por entonces de veinte años, o reconocer la existencia del hijo, dos años menor que su hermana, y dejar que él gobernase. 
La reina prefería que su hija subiera al trono, era querida por el pueblo, estaba educada, era prudente, y tomaba buenos consejos. Pero la ley, desde siempre, otorgaba al varón la primacía. ¿Qué sucedería, si un día se sabía que la Ley había sido conculcada?. Con muchas dudas tomaron una decisión: Fernando sería rey.
¿Acertaron?
Sí. Asesorado por su padre, ahora tío, y por su tío, ahora padre, fue un buen rey. El trato con su prima, ahora hermana, siempre bueno, pasó ahora a ser exquisito. El interpretador había acertado casi en todo, el daño que viese solamente fue una leve sombra: La sombra de una ley injusta.

viernes, 23 de junio de 2017

A la vera de la mar.














Demasiado calor para alguien que no soporta más allá de los 22/24º. Disculpadme si no escribo ni leo, tengo la sesera axfisiada. Por eso he puesto estas refrescantes imágenes de Gijón, son de Diembre. Dos Chorlitos grises, el pescador, el Vuelvepiedras y un trozo de la Ruta del Cervigón. Cinco kilómetros desde la Playa de san Lorenzo hasta la Playa de La Ñora.





lunes, 12 de junio de 2017

De la efímera y eterna juventud.


Hasta la edad de veinticinco años no me di cuenta de la velocidad del tiempo. Ya sé que para mayoría de los mortales, un segundo es un segundo aquí, o en la Conchinchina. Es decir, que el tiempo pasa igual para todos. Más no es cierto.

Ayer estuve en el tanatorio acompañando a los familiares de un amigo fallecido. Muchos llegaron cuando ya estaba yo allí; abrazos besos, lloros, conversaciones monótonas a fuerza de repetir y repetir... El tiempo parecía estancado. Miré el reloj. Efectivamente, aún no había pasado media hora y ya creía llevar toda la tarde.
¡Qué lenta transcurre la tarde! pensé. Y a mí mente vino el recuerdo de aquel accidente. En décimas de segundos, mi vida entera, casi desde el día en que nací, pasó por mi cabeza. Cual flash de destellos efímeros, vinieron y se fueron aquellos recuerdos imposibles en otras circunstancias, rostros y situaciones queridas/os, añoradas/os, importantes, incluso algunas de las odiadas/os. ¡Cómo es posible, tantas situaciones en tan corto espacio de tiempo! 
Posiblemente eso no sea cosa del tiempo, si no de la velocidad del cerebro; ralentización ante el aburrimiento, velocidad ante la ansiedad.

Dicen, que Einstein aseguró en su teoría de la relatividad, que el tiempo transcurre más lento para un reloj en movimiento, que para uno que está quieto. De ahí que el hombre a bordo de una nave espacial, envejecería más lentamente que el que está en la tierra. Esta verdad demostrada, me lleva a pensar, que para permanecer joven, hay que ser un ansioso.
¿Complicado de entender? Tal vez, pero más aún de aplicar: Habría que vivir la vida a la velocidad de la luz. 

jueves, 8 de junio de 2017

Matar es fácil: Odio.







                            Fotos: Densas del yacimiento arqueológico de la Campa Torres, Foso y muro. El Castro fue fundado por los Cilúrnigos, pueblo de origen Celta que se asentó en el lugar. Más tarde los romanos lo convertirían en el oppidum de Noega. (Lugar elevado con defensas naturales reforzadas por el hombre)


Desde los tiempos más antiguos, los hombres construyeron sus poblaciones en sitios que consideraban seguros. Montes y colinas fueron los lugares preferidos desde donde podían ver y defenderse mejor de sus enemigos. Pero el ver solamente implica estar sobre aviso, no significa defensa, y por ello optaron por fortificar sus pueblos con fosos y parapetos.
Con el andar del tiempo, las fortificaciones se fueron sofisticando; al foso se le fueron añadiendo si era factible, el agua, el contrafoso, la empalizada, el muro, la muralla, los torreones, los matacanes, la barbacana... En fin, todo aquello que dificultara la aproximación y el asalto; arietes, escalas, torres de asalto, caballería... Eran tiempos en que los hombres se mataban frente a frente, sabiendo lo que se les venía encima.

Parece que todo esto ha caído fuera de uso. De nada sirve ante las armas modernas capaces de recorrer kilómetros y alcanzar el objetivo propuesto. Pero mira por donde, hemos vuelto, o nos quieren hacer volver, al neolítico. Hoy las calles de nuestras ciudades, se llenan de bolardos y grandes maceteros, que no son otra cosa que aquellos antiguos parapetos. Y todo por la fanática visión de unos pocos, que primero sembraron el terror a base de explosiones, bombazos, y tiroteos, y hoy no necesitan de grandes medios para provocar una masacre; Cuatro gritos a la carrera ¡Bomba, Bomba! entre el gentío, provocan la desbandada y causan cantidad de heridos y muertos.


Yo me pregunto: ¿De dónde ha salido tanto odio? ¿Qué poder tienen esos que convencen a sus propios correligionarios, para que se inmolen llevándose por delante cuantos más mejor?


sábado, 3 de junio de 2017

Las pistolas del abuelo. (R)


- Buenos días, querría comprar un par de pistolas de duelo, originales, a poder ser, de entre 1800 y 1840. He pensado, que como armero, mejor recurrir a usted antes que a un anuncio. ¿Tiene alguna, o puede conseguirlas?
- Buenos días. Originales habría que buscarlas, puedo conseguir algunas reproducciones artesanales muy buenas, las que tengo por aquí son decorativas simplemente. ¿Quiere ver unos catálogos?
- Esta bien, aunque mi ilusión sería conseguir algo de la época de un antepasado mío. No estaría mal dar con las suyas… pero juzgo que será imposible.
- ¿Acaso tenían una marca especial? ¿A que se dedicaba ese antepasado?
- Era marino. En cuanto a marcas de identidad, hay una frase grabada en el dintel de la casa familiar, que sin duda tenía mucha importancia para él; TY PREMIES ROMA, Entiendo que es un anagrama, pues leyendo al revés dice: Amor Siempre Ty. Ty es el diminutivo cariñoso que empleaba él con su esposa Tyye.
- Ya, pero para un arma... no sé. ¿Era oficial o simple marino? Lo digo por el tipo de arma…
- ¿Le gustaría que le leyera parte de la historia?
- A su disposición, el trabajo no me mata, la cosa está muy floja y me encantan los relatos antiguos. Pase, nos sentaremos atrás mientras tomamos café.
- Pues vamos allá, tal vez pueda hacerse una idea y encontremos lo que busco.
- Mi tátara, tátara, abuelo, afincado a la sazón por las tierras de Carolina del Sur, deja constancia de sus andanzas en unos cuadernillos que yo encontré en el desván de la casa, y que para su familia construyó aquí en España. Leo.

"Yo, Pelayo Álvarez de las Asturias, y para quien pueda interesar, dejo constancia en este cuaderno de una parte importante de mi vida.
No me juzguéis demasiado mal. En esta vida se cometen errores y yo he cometido los suficientes como para estar apesadumbrado. Por ello, he procurado remediar, en la medida de lo posible, los males que causé. Quiso no obstante el destino, por mano de Dios, bendecirme con una esposa y unos hijos que han sido causa de mi redención.

Aunque en España la esclavitud quedó abolida en 1837, tres años más tarde me enrolaría como piloto en el barco de un armador catalán, que hacía aquella ruta denominada "el triángulo negrero": Europa-África-América. Al mando iba un holandés llamado Dirck Van Roig.
Nos hicimos a la vela en el puerto de Palamós en mayo del 41 con mercancía variada, que, en aquellos años difíciles, tras la finalización de la Primera Guerra Carlista, era complicado conseguir. Esas mercaderías, debían de costear el porte a cargar en la isla de Gorea, hasta Cuba. Era una pequeña parte de la cuota de los esclavos que las colonias demandaban; 140 hombres, 40 mujeres y 8 niños entre los nueve y catorce años".

- Si ya era mal oficio el cabotaje, esas aventuras…
- Demasiado comprometido, sin embargo hizo la ruta en cinco ocasiones, este es el relato de la última.
- Un estuche con dos pistolas de un capitán de marina… déjeme pensar… En realidad, estando embarcado por esas fechas… el arma podía ser más antigua… espere un momento, tengo un catálogo y no es de reproducciones…
- Mire, por ejemplo este estuche contiene dos pistolas italianas de 1825. ¿Tiene usted algún grabado, o sabe la procedencia de lo que busca?
- No. Solamente sé que hizo uso de ellas en el último viaje, y creo que ya las llevaba desde España.
- Perdone, aunque cavilo, le presto toda mi atención, prosiga por favor.

"Aunque el beneficio podía ser sustancial, también lo eran los peligros que podían implicar, muerte o cárcel. La cárcel, puesto que cualquier barco considerado como negrero, podía ser detenido; solamente se podía traficar con esclavos nativos de las colonias. La muerte, ya que algún barco fue hundido por los abolicionistas que trataban de apresarlo, o por los naufragios.
No muy atrás quedaban los apresamientos del Antelope, capturado en el 20, el Don Francisco en el 37, o el hundimiento en Cayo Largo, del Guerrero en el 27 en el que murieron 41 de los 561 que transportaba.
El nuestro no era un "tumbeiro" al estilo tradicional, donde los hombres y mujeres van tumbados en literas cual si fueran ataúdes, nuestros esclavos podían estar de pie o sentados, restando capacidad pero donde al menos podían moverse. Era una goleta de velacho de dos mástiles, aparejada con cangrejas y foques, que le daban gran velocidad en ceñida, es decir; contra el viento, y de través; recibiendo el viento de costado lo que le podía dar algunas ventajas contra las fragatas perseguidoras. No obstante, cuando en el horizonte se divisaba un mástil, se cambiaba el rumbo de inmediato.
El total de la tripulación de "La Favorita" era de doce hombres, todos curtidos en esas lides, y con pocos escrúpulos. Al cocinero lo ayudaban cuatro mujeres esclavas que corrían turno diariamente, los menores eran los encargados del aseo de la cubierta, entrepuente y sentina, cosa estricta para el capitán, que ni permitía el maltrato, ni que se le muriese la gente por falta de limpieza. Se decía que se debía al siete por ciento del total que cobraría al llegar, pero yo no lo creo".

- Todas son muy bellas e interesantes.
- Como el relato, me ha picado la curiosidad. No sabía yo que los catalanes se dedicaran al tráfico de esclavos…
- Sí, de 1789 a 1820 la trata era legal y estaba liberalizada, los buques catalanes transportaron a Cuba un total de 30.696 esclavos, pero fue a partir de ese año, en que se convirtió en ilegal y clandestina. Duró hasta los años sesenta y lógicamente los libros de contabilidad donde figuraba la carga, desaparecieron.

"Tuvimos mala mar, nos alejamos del rumbo, lo que nos llevó a subir con la corriente sur ecuatorial o del Caribe. A la altura de Fortaleza, en Brasil, un desafortunado accidente iba a cambiar la rutina de los navegantes. La muerte del capitán, por el golpeo de una polea que cayó del mástil de mesana, me dejaba al mando. Palop, el cocinero y que ejercía como curandero, nada pudo hacer por él. Decidí desembarcar el cadáver en aquella ciudad junto con una carta para el armador, aprovechando para aprovisionarnos de agua.
Los hombres, a falta de capitán, y en la creencia de que ningún vínculo nos ataba ya al armador, acordaron vender el barco con su cargamento y repartir el botín. Aquél podía ser un buen sitio.
Pero yo no estaba de acuerdo. Expuse mis razones; los "bultos" en aquella plaza valían muy poco; llegaban miles cada día, y nos esperaban en Cuba donde la documentación falsa estaba a punto… y las voluntades compradas. Mejor era; entregar "el carbón" en el lugar predeterminado: Puerto Padre. Limpio el barco y, con oro en el bolsillo, fingiríamos desplazarnos a Artemisa, en el norte de la isla a recoger un cargamento de café y aguardiente ya contratado. En vez de eso, subiríamos hasta Charleston. Allí, algo más lejos, venderíamos el barco, repartiríamos el botín y cada cual por su lado".

- ¿Era esa corriente la que llevó a Colón al Nuevo Mundo?
- Bueno, más o menos. A Colón le impulsó la corriente del Golfo que baja a Canarias, a La Favorita, tras la tormenta, la empujaba la corriente ecuatorial del sur que costea el noreste de América del Sur, por eso pasaron cerca de Fortaleza.
- Curiosa la forma de nombrar a los esclavos.
- Sí, al ser tráfico ilícito, los libros de contabilidad de las casas comerciales barcelonesas, convertían a los negros en “bultos, carbón, o madera de ébano”. Respecto de la documentación falsa, se hacía constar que los esclavos eran nativos y no traídos de África.
- ¿Y, quienes eran los perseguidores, piratas?
- Los piratas tal y como se entiende ya habían desaparecido; Drake o Morgan, murieron en 1596 y 1688, aunque aún quedaban algunos corsarios con patente caducada, es decir, no amparados legalmente por ningún país. Ahora eran los abolicionistas ingleses, que entre 1821 y 1845 capturaron 233 navíos españoles, 56 de los cuales eran catalanes, llevaban 8.351 esclavos.

"Cerca de Barbados, avistamos un bergantín de dos palos y doce cañones, que aunque en principio no se dio a conocer, mi experiencia intuyó que podía ser pirata; hasta las velas estaban pintadas de negro. Fiel a la prudencia que tan sabiamente nos inculcara el capitán Dirck, y que hasta la fecha nos había dado buenos resultados, tratamos de escurrir el bulto dirigiendo proa hacia Caracas, unas 500 millas por delante. El bergantín largó todo el trapo y comenzó la persecución enarbolando, ahora sí, la bandera inglesa; eran sin duda abolicionistas.
Logramos mantenernos fuera de tiro, y dado que no podía alcanzarnos, cerca de la isla Margarita abandonó. Aquel suceso nos había agotado, pues lo peligroso de las aguas requería de vigilancia constante. Tratamos de volver a la ruta trazada, lo que implicaba pasar entre Puerto Rico y Santo Domingo para tomar Cuba por el sureste".

- Supongo que tampoco los abolicionistas querrían hundir el barco.
- No, pero si lograban horquillarlo, sin duda la persecución hubiera acabado.
- Ya, si lograban largar una andanada por babor y otra a estribor, se entiende que la tercera haría blanco.
- Así es, la pericia mantuvo a La Favorita fuera de alcance de tiro.
- Oiga, ¿y lo de las velas negras?
- Un método de camuflaje, en noches de luna lo blanco resalta más que lo negro, supongo.

"El ambiente a bordo se fue caldeando por la falta de descanso. Surgían disputas por cualquier cosa, y se empezó a abusar de las mujeres, que eran quienes pagaban el pato. Sin segundo al mando y nadie en quien confiar, me vi obligado a mostrarme condescendiente por temor a un motín. Impuse una norma; cada hombre podía tener una mujer adulta, siempre la misma. Yo mismo, pues también ellos desconfiaban de mí al ser el embarcado más reciente y por tal desconocido, elegí a una de ellas que instalé en mi camarote".

- ¿Serían esos casos habituales?
- No tengo ni idea. Supongo que al capitán le debía de resultar muy difícil aplicar la disciplina, cuando estaba Van Roig, tenía un segundo, mi abuelo, y un tercero, el médico. Pero ahora el capitán parecía estar solo.

"Tenía que conseguir ayuda. Como piloto, el salario asignado mensual era de ciento veinticinco duros y tres duros por cada negro que llegase a la Habana, si conseguía poner de mi lado a Palop, él cobraría mi sueldo y yo el del capitán. Parecía un buen trato, tenía que convencerle.
- Oye, Palop, le dije, esto que se pretende es inviable. En Cuba nos espera el apoderado, tras dejar a los negros, él tiene previsto embarcar para supervisar la carga en Artemisa, ¿nos desharemos de él?
- Mejor hubiera sido vender en Fortaleza.
- De todos modos, más pronto que tarde penderíamos de una soga. ¿A quién crees que podemos vender el barco? ¿A quién conoces tú, y qué pasa con los papeles? Decide, acabo de poner mi vida en tus manos.
- ¿Así que todo ha sido una estratagema? Está bien, ¿me da su palabra?
- La tienes, doblarás el sueldo y trataré de conseguir un extra por la falta de un hombre.
El peligro era manifiesto al pasar por el triángulo que forman Haití, Jamaica y las islas Turcas, todas bajo bandera inglesa, por lo que colocamos un cesto a modo de cofa con un vigía en el mástil de proa que era relevado a cada hora".

- Ya, así avistarían más fácilmente otros navíos.
- Efectivamente.

"Aportamos en el lugar convenido sin demasiados incidentes. Los esclavos, encadenados unos a otros por el cuello y la mano derecha, fueron desembarcados y conducidos a los almacenes donde los separarían y marcarían por lotes. Una nueva separación entre familias que ya habían vivido por dos veces; al ser capturados en sus aldeas y en la isla de Gorea donde eran reunidos para embarcar. Todos bajaron menos Tyye Kasinga, mi esclava, una "Pieza de Indias", y por tal "cosida". Era togolesa de etnia Ibo capturada en Enugu a la que había tomado cariño; mantenía en orden el camarote, me servía la comida, lavaba mi ropa y era mi propia sombra. Para vigilar mi sueño, se sentaba en el suelo con la espalda pegada a la puerta, de modo que nadie podía entrar. Allí sentada y en la penumbra del camarote, sus pechos desnudos, y el culo al aire, hacían que tanto mi humanidad como el pelo se me erizaran. Tenía dieciocho años cuando los traficantes la sacaron de su poblado para atravesar media África hasta Gorea, ahora, en la cintura y tapado por una faldeta, ocultaba un estilete que yo le entregara para su seguridad y la mía, pues no dudaba que lo emplearía contra cualquiera que intentara hacernos daño. Una discusión con el primer timonel fue la causa de que yo le entregase el puñal. Tal vez se sintió ofendido por mis duras palabras de recriminación cuando percibí que había errado el rumbo y que habíamos perdido un tiempo precioso, el caso es que cuando le di la espalda, tentó el cuchillo que llevaba al cinto y Kasinga saltó sobre él cual si fuera una pantera. El timonel fue castigado con diez azotes y privado de vino durante una semana. Leve castigo para quien debía de haber perdido la mano de un tajo".

- Explíqueme, por favor, a que llamaba "Pieza de indias" y que significa "cosida".
- A las mujeres vírgenes se les daba este nombre por su mayor valor monetario. La prueba más evidente de que lo eran, es que los labios mayores de la vulva estaban cosidos, y, aunque era imposible verlo, les faltaba el clítoris. Solamente dejaban un pequeño orificio por donde menstruaban u orinaban.
- Ya,  de niñas les practicaban la ablación.
-Exactamente.

"El apoderado, un tal Forcadé, estaba contento. Solamente se habían perdido seis hombres y una mujer, lo que significaba un logro importante. Yo también estaba contento, en mis anteriores viajes se perdieron entre el ocho y el diez por ciento de los esclavos, y no había nada que más me doliese,  que la desidia que provocaba la muerte de uno de ellos, ya había visto demasiados muertos. Sin embargo, pronto yo mismo iba a causar la muerte de un hombre.
Partimos en lastre hacia Artemisa, y lo que iban a ser unas horas de placentero viaje, se convirtieron en la peor etapa que sufrí en veinte años de singladuras. En unos minutos, el día se hizo noche, las olas se convirtieron en paredes verticales infranqueables, el agua de la mar nos empapaba, la de la tormenta nos lavaba... y vuelta a empezar. Al fin zozobramos no demasiado lejos de la costa. El barco, estrellado contra las rompientes, se hizo añicos.
Cualquier marino sabe que el mejor salvavidas es un ahogado, y Tyye yo, nos aferramos al gordo Forcadé, aunque a poco, aquel mito se esfumó, Forcadé se hundió como si fuera un saco de patatas. Parte de la tablazón del entrepuente flotaba como una balsa, portando la anclada mesa de mi camarote  adonde pudimos llegar no sin esfuerzo, Palop se aferraba a ella. Las olas nos escupieron en una pequeña playa donde descansamos. Nadie excepto nosotros parecía haberse salvado, y aunque parezca cruel, casi me alegré. Con aquella tragedia, y aunque muriese ahogado, se evitó el asesinato de Forcadé y las consecuencias posteriores.
Recogimos lo que de utilidad había en los cajones cerrados con la llave que yo portaba al cuello. La documentación estaba perdida, tan solo una bolsa de cuero con algo de dinero, una brújula y mi estuche con dos pistolas de duelo. Al alejarnos de la mar, pudimos oír el tañido de una campana y hacia allá nos encaminamos.
En una plantación, a las afueras de la ciudad, nos proveyeron de alguna ropa y dieron de comer. El propietario, un Whig de nombre Emerson, se ofreció a llevarnos hasta Charleston en su carreta, pero rehusé ante la pretensión de que Tyye fuese a pie".

- A lo que se ve, al tipo no le gustaban mucho los esclavos...
- Así es, el abuelo prefiere ir andando, porque le abochorna que la mujer que ama, no puede subir a la carreta. Por otro lado, hay que tener en cuenta, que en Charleston hubo mayoría de raza negra, sobre la blanca. Descontentos los negros de cómo eran tratados, planificaron  una rebelión en 1822. Tras ser abortada, los blancos tenían armas de fuego, los pocos derechos que tenían y las actividades consentidas, mermaron considerablemente. ¡Les habían cogido miedo!

- Y, ¿qué es un Whig?
- Eran integrantes de un movimiento radical religioso presbiteriano que estaban en contra de los católicos, y por supuesto de los negros. Tuvieron mucho poder en Inglaterra.

"Decidí enviar sendas cartas a la central en España y también a la Habana, para explicar lo ocurrido y que procurasen fondos a la mayor premura, junto alguna acreditación que nos sirviese para regresar.
Mientras yo escribía, Palop hacía un solitario. Cuando terminé, empezamos a jugar al veintiuno. Repartí con él las monedas de la bolsa y comenzamos. A poco, un hombre entró en el comedor de la fonda en que nos hallábamos. Fumaba una pipa de palo largo como las que suelen utilizar los chinos, preguntó si podía entrar en la partida. Yo le dije que solamente lo hacíamos por distracción, pero él insistió. Dado que solo íbamos a jugar los dos, cambiamos un poco las normas de juego; la banca la cogería primero el que sacara la carta más alta, luego, para que no hubiera ventajas, aquél que se llevara la mano, pasaría a ser banca.
El juego se fue calentando, y el individuo ya había perdido una buena suma que aumentaba con cada envite. Varias veces le pregunté si quería dejarlo, pero él, cerril, echó mano a una cartera de piel de becerro, y sacando un documento, exclamó desafiante:
- ¡Hasta aquí puedo llegar!
Era la escritura de una propiedad. Señor, dije yo empujando hacia él lo ganado, recoja su dinero y volvamos al principio.
- No acepto limosnas, juguemos una vez más; ¡Todo, o nada!
La gente se había arremolinado en torno a la mesa, y como quiera que a mí nunca me gustado quedar por gallina, acepté. Al fin y a la postre, prácticamente nada de lo que había sobre el tapete era mío.
La mano fue corta, me dio una carta tapada y una descubierta, me vi en la obligación de enseñarlas; tenía una figura y una as; veintiuno. Él sacó dos figuras; veinte. De la próxima carta dependía todo... y perdió. Entonces, ciego de ira, saltando sobre la mesa me golpeó en la cara llamándome tramposo y retándome a vernos las caras afuera. Pese a que los mirones trataron de convencerle de que el juego había sido limpio, y que en todo caso, era él el que repartía, a la mañana siguiente se celebró el duelo.
Él apuntó alto, o tal vez los plomos estaban descompensados; el suyo hizo sangre y me partió la clavícula, el mío, aunque apunté bajo, lo mató".

- Parece que aquel hombre era un poco tonto. Se buscó la muerte cuando minutos antes le devolvían lo perdido.
- Ya. De todas formas, me pregunto yo, ¿si él hubiera ganado en el duelo, a quién pertenecerían las ganancias?
- Daría por sentado que suyas.
-No sé,  ¿se dilucidaba el honor, o el dinero? ¿Prosigo?
- Sí, quiero ver en que para la historia.

"Palop taponó la herida, y viendo que uno de los padrinos de aquel hombre era mucho mejor conocedor del oficio que él, me llevaron a su casa donde me extrajeron la bala e inmovilizaron el brazo. Entonces le pregunté si podía ayudar a Tyye. Unos días después, repuestos ambos, con trajes nuevos y en calesa, nos dirigimos a tomar posesión del lo que habíamos ganado. Allí nos esperaba una sorpresa.
La finca tenía ochocientos acres de terreno, una casa principal, cuatro chamizos dedicadas a los esclavos, secaderos, el establo... y una mujer de luto que hacía seis días que enterrara a su marido. Uno más de los que habían transcurrido desde que yo lo matara.
Me pareció joven, como de treinta, estilizada y bastante guapa. Ni un reproche, ni una recriminación. Tan solo quería saber qué determinación iba a tomar yo con ella como nuevo amo de la casa. Le ofrecí dinero pensando que con él podría buscar una nueva vida al lado de su familia, o en otro lugar. Mas ella rehusó; prefería quedarse, si no tenía inconveniente, como ama de llaves en el caso de que yo estuviera casado, y si estaba soltero, entendía que debía ocupar el lugar de su marido a todos los efectos, puesto que lo había matado.
Me quedé tan sorprendido, que no acertaba a decir palabra. ¿Era aquello una especie de levirato? Me sacó de mis pensamientos la sagaz Tyye, que, aun sin conocer el idioma, comprendió lo que sucedía. Se colocó pegadita a mi lado a la vez que me asía de la mano defendiendo su territorio, su amor.  Yo, que la conocía muy bien, no dejé de pensar lo mismo que ella: Nosotros nos amamos, ¿qué pinta ésta aquí? Él crápula del marido se jugó toda su hacienda sin pensar en su mujer, y ahora ella exige lo que cree un derecho".

- Perdone, ¿qué es el levirato?
- Es un tipo de matrimonio por cual una mujer viuda que no ha tenido hijos, se debe casar obligatoriamente con uno de los hermanos del esposo fallecido.
- Pero ese no era el caso...
- No, pero ella así lo entendía, quizá fuera judía, o tal vez pretendiera perpetuar sus derechos de esa forma. ¿Continuo?
Sí por favor.

- "Tendrá que ser como ama de llaves, si mi mujer quiere, le contesté.
- ¿Es ella su esposa? inquirió.
- Lo es aunque no tengamos un certificado.
- ¿Acaso no sabe usted en qué país está? ¿No sabe de conveniencias y convivencias sociales?
Discutimos el asunto durante varios días. Me remordía la conciencia solamente con pensar echarla, y tampoco quería aceptar aquella, más que oferta, lo que creí imposición.
Entre Tyye y Palop me convencieron. Abigail, que así se llamaba, viviría en la casa durante un año como ama de llaves, solamente pasado ese tiempo volveríamos a hablar de aquello.
En aquél año transcurrieron muchas cosas: Tyye y yo tuvimos nuestro primer hijo. Palop ejerció de capataz una vez despedimos al anterior que utilizaba el látigo más de lo debido. El propietario de una plantación, que tuvo trece hijos con una esclava, fue asesinado por sus vecinos blancos. Tyye ofreció a nuestros esclavos pequeñas parcelas donde cultivaron o hicieron corrales en beneficio propio. Les dotó de nuevo ajuar y cacharrería, y me pidió que diese la libertad a todos los mayores de treinta y cinco años. Yo accedí. Aquél que se quisiera quedar trabajando el tabaco, podía hacerlo. Allí tenían su casa y un pequeño estipendio. Ninguno se marchó.
De La Habana llegó una carta conminándome a que me presentara para dar explicaciones de lo ocurrido con La Favorita. Del dinero reclamado, nada de nada".

- Los esclavos lo eran por toda la vida, ¿por qué razón deseaba liberarlos a esa edad, en plenas facultades para el trabajo?
- Aquella mi abuela era muy inteligente. A parte del buen corazón que pudiera tener, conseguía varias cosas: Tanto hombres como mujeres, a esa edad aún eran fértiles, podrían tener hijos libres, cosa que no sucedía, tanto si los dos eran esclavos como si lo era uno solo. Además, la procreación en esclavitud, inducía al amo a vender y separar familias, con ello ganaba dinero y no alimentaba las bocas que le sobraban, pero volvía contra sí la animadversión de las familias rotas"

- Ya comprendo. Oiga, los antiguos patronos de su abuelo, parecían catalanes ¿no? Es broma, lo digo por esa fama que tienen con el dinero.
- Ya. En realidad eran mejores pagadores los de España que los que estaban en Cuba. Hay correspondencia de Barcelona en sentido contrario a lo que los habaneros querían. Mi abuelo y Palop cobraron íntegramente lo que se les adeudaba y le ofrecieron el mando de otra goleta, pero no volvió a la mar.

"Abigaíl parecía estar enamorada de mí. Lo notábamos cada vez que Tyye y yo nos besábamos. Se quedaba absorta y sus labios copiaban el gesto de los nuestros, incluso sus brazos hacían ademán de abarcar un hipotético cuerpo. Ella, que había visto nacer muchos niños negros en la plantación, apenas conocía a ninguno, sin embargo, a nuestro niño lo achuchaba, besaba y hacía carantoñas. Gozaba cada vez que Ty se lo dejaba, estaba presta para bañarlo y no perdía ocasión de ver como mamaba.
Un día, Tyye quiso hablar conmigo "de cosas serias". Y seriamente, con un deje de tristeza en la voz, pero con firme resolución habló:
-  Abigail necesita un hijo. Va a cumplirse el año de aquel acuerdo, no esperes más, cásate con ella y dale un hijo. Estaré celosa, pero creo que es justo.
- ¡No lo haré! ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Solo a ti quiero, solo de ti estoy enamorado, desde que con los grilletes al cuello pisaste mi barco, solo contigo me casaré.
- Lo nuestro no tiene futuro, yo seré siempre negra, tu, blanco. Este país no admite eso. Cásate con ella, dale un hijo, pero quiéreme siempre a mí. Abigail ha cambiado, vive una vida paralela a la mía, pero no me envidia, no desea mi mal, sabe que es la segunda y lo acepta
Desde que comencé a navegar, había mandado dinero a mi hermano para que construyera una casa allá en el terruño. A la falda del Picu San Martín, pero bien arriba, desde donde con el catalejo pudiera ver la mar, la bahía de San Lorenzo, el barrio de Cimadevilla... Para que plantase una buena pomarada al norte, limoneros y naranjales en torno a la casa que perfumaran el ambiente, laureles y nogales hacia el oeste para que nos preservaran de los húmedos vientos... y todo eso se lo contaba a Tyye que emocionada lo sentía como suyo... ¿Y me querrá aquella gente? preguntaba. Nosotros somos distintos, no juzgamos a las personas por el color de la piel. Ya, pero tu comerciabas con personas de otro color...  Es cierto, pero aún no te había conocido a ti.
En Mayo de 1841 Abigail y yo nos casamos. Con aquella boda gané en estima de los vecinos, también resultó más fácil vender el tabaco y se inició una vida social que hasta entonces no tenía, pero que tampoco deseaba. Aún y así, siempre me reprocharon, más o menos encubiertamente, mi actitud hacia los esclavos.
Abigail sabía que las noches pertenecían a Tyye, todas menos aquella primera. Tyye me amaba de noche y se difuminaba de día. Sin embargo había un acuerdo tácito entre ambas; si teníamos visita, para ir a los oficios religiosos y actos de sociedad, Abigail era el ama. En condiciones normales, se mantenía en segundo plano. Se llevaban bien, congeniaban, y puede decirse que eran amigas. Aprendieron, la una, porte, distinción, maneras, idioma... La otra, que todos los seres humanos somos iguales ante Dios y que debemos serlo ante nosotros mismos, aprendió a dar sin esperar recibir, a comprender los anhelos legítimos de cada cual...
Ambas me amaron a su manera, con pasión Abigail, como temiendo que aquello se acabara, serena y dulcemente Tyye, sabiendo que nuestro amor sería eterno.
El roce hace cariño, y ese roce hizo que yo amase a Abigail, sobre todo, porque su actitud áspera de aquellos primeros momentos en que nos conocimos, había cambiado radicalmente. Tampoco yo era un marido jugador y pendenciero como el que tuvo. Tres años después de la boda, nació nuestro primer hijo. Fue un parto duro, tanto, que le causó la muerte sin llegar a disfrutar de aquello que más deseaba. Tyye, había dado a luz apenas seis meses antes una niña, nadie mejor para convertirse en su ama de cría. Ahora tenía tres hijos, y, sabiendo que aquél que no era suyo, era el legítimo para los demás, lo alimentó, cuidó y quiso a todos por igual.
Aunque la plantación estaba a dos días de Charleston, los rumores de lo que pasaba en la ciudad no tardaban en llegar. En el año 1849, cuando se empezó a construir la casa de Comercio nueva, el mismo año, en que Harriet Tubman, esclava y libertaria de esclavos escapó a Filadelfia, a la vista de que los acontecimientos políticos y los problemas raciales aumentaban, Ty consiguió que yo cediese en algo que venía insistiendo: Venirnos a España,
Palop se quedó a cargo de la plantación - era dueño de una parte de cuatro en que yo la repartí-  y nosotros embarcamos no sin problemas y comprando voluntades para permanecer todos juntos a bordo. Mi intención era volver al año siguiente, pero eso es otra historia.  Ya he prolongado ésta en demasía, pero no puedo dejar de decir, que el capitán de aquel buque, hizo lo que nadie se atrevió; nos casó".

- ¿Volvieron?
- Solamente el abuelo y Jhony, el hijo de Abigail que para entonces iba a cumplir diecisiete años. Era 1860 y la guerra civil se cernía en el horizonte, pero el chico insistió, y, llegado allí, logró alistarse con la Unión.
- ¿Siendo del sur, se alistó con el norte?
- Si, había mamado leche Kasinga.
- Un día me contará en qué terminó esa historia.
- Cuando me encuentre esas pistolas.

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- ¿Señor Pelayo?
- Yo mismo, diga.
- Soy Jorge, de la armería. He encontrado un estuche con dos pistolas de 1836. Las hizo un armero de Amberes, la casa aún existe.
- Pasaré a verle en breve, tal vez la semana que viene.
- Yo creo que vendrá primero, están grabadas con las iniciales T P R y el armero dice que esa marca no es de la casa, que fue grabada posteriormente. Bien se pudieran corresponder con el anagrama en latín de su casona, ¿podría ser: Ty Siempre Amor?

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- ¡Señor Pelayo! ¿No le dije que vendría usted enseguida?
- ¡No me puedo creer que haya encontrado un imposible!
- Vea este magnífico estuche. Las fotografías son muy buenas, y las pistolas...
- Una maravilla, mire las iníciales T P R. Empiezo a creer que eran las de mi abuelo.
- Sin duda señor Pelayo, fíjese en la pátina, habría que tenerlas en la mano, pero estoy seguro al noventa y nueve por ciento de que no es artificial. Podíamos pedir un certificado de autenticidad... Le van a costar un riñón aunque yo no le cobre la comisión. Bueno, a decir verdad, si que se la voy a cobrar; me contará el resto de la historia.
- ¡Quiero tenerlas en la mano! Así que, hecho. Encárguese de comprobar que no son un bluf. ¿Donde, quien las tiene?
- Están cerca, en Barcelona.
- Pues vayamos a verlas, los gastos corren de mi cuenta. Por el camino le iré contando en qué acabó todo.
- De acuerdo, concertaré una cita para un sábado, salimos el viernes y regresamos el domingo.

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- Vamos a dejarnos de formalismos, Jorge, tú conduces y yo leo, ¿te parece bien?
- ¿Es automático?
- No, mira la palanca del cambio.
- Vale, vamos allá.
- Leo, a ver, a ver... aquí.

"Aunque la correspondencia entre Palop y yo era habitual, las cartas tardaban, en el mejor de los casos, casi dos meses. A principios de julio de 1860, Palop me comunicaba que estaba enfermo y que quería regresar a España. Siempre había sido reservado, y lo poco que sabía de él, era que nació con el siglo. Ahora me comentaba que deseaba retirarse a su pueblo, a la casita que sus padres levantaron cerca de la ermita de Sant Antoni, allá en Altafulla. Aun le quedaba una hermana y tres sobrinos que eran pescadores. Hora era de que yo regresase como había prometido años ha, y que había ido demorando.
Le leí la carta a Tyye, y ella sin pararse a pensar siquiera, me dijo: No quiero que te vayas, pero es tu amigo y si te necesita, es necesario que lo hagas.
- Cabe otra posibilidad, escribiré a Palop y le diré que venda la plantación.
- No. Un día decidiste repartirla, una de las partes era de Abigail, y por tanto, ha de ser de Jhony, él ha de decidir.
- ¡Pero si tiene dieciséis años!
- ¿Eres tú ahora la clueca? Ya es un hombre. Irá contigo, recordará donde nació y tal vez se quede, si así lo decide, yo le cedo la parte que me diste.
- Ty, tienes otros cuatro hijos.
- Aquí tienen de sobra.
- ¿Estás segura?
- No. Temo por ambos, moriría si algo os sucediera, pero es lo correcto.

- Un carácter fuerte el de la abuela...
- Bueno, el abuelo siempre decía de ella que era como la gallina clueca, siempre vigilando, amparando a sus hijos. Ahora se la devolvía. Procuraba ser ecuánime, y cuando creía estar en lo cierto, difícil era convencerla de lo contrario. A decir de mi abuelo, Tyye era hermosa por fuera, y bellísima por dentro, pero también testaruda.
- Oye Pelayo, no me tomes a mal lo que te voy a preguntar; ¿tú eres negro?
- ¿A ti, qué te parece? Cuando llegaron a Asturias, causaron curiosidad y admiración. Tyye era de piel achocolatada, sus hijos, mulatos con una excepción; Blanca, la tercera hija del matrimonio, que así la llamaron por el color de su piel. No sé a ciencia cierta, si con ironía, o por ese motivo, que comenzaron a llamarles "los Blanquitos". ¿Sabes cómo se llamaba mi abuelo? Pelayo. Todos los primogénitos a partir de él nos hemos llamado Pelayo, yo llevo mi parte de la sangre de Kasinga,  aunque todos, hombres y mujeres, se casaron con personas de raza blanca.
- Gracias Pelayo, continua por favor.

"Pero Tyye tenía otro temor, temía un presagio funesto sobre lo que estaba anunciado ocurriría a mediados de ese mismo mes; un eclipse de sol. Aunque se consideraba una mujer del tiempo que le había tocado vivir, y en realidad lo era, aún quedaba dentro de sí el rescoldo medroso de lo ignoto, de aquellos tabús, que de niña en su pueblo aprendió a respetar.
La convencí de que nada malo iba a suceder, llegarían del extranjero, ya que en la zona norte de España era el único lugar de Europa desde donde podría contemplarse el eclipse, expediciones científicas para tal acontecimiento; franceses, ingleses, rusos, portugueses, italianos, todos querían inmortalizar la ocasión, bien en sus retinas o en cámaras fotográficas.
Antes del mediodía, la hora del inicio estaba fijada para la una y veinte, multitud de curiosos que llevaban el almuerzo cual si fueran a una gira campestre, comenzaron a subir por el camino de la casona. Llegados hasta casi la entrada, preguntaron si se podía atravesar por allí hacia el pico, y yo les di paso franco. También nosotros subimos, Tyye no soltaba mi mano, los chicos llevaban unos cartones negros, otros blancos y unos tubos también de cartón. Sobre los cartones blancos, colocarían perpendicularmente los tubos, luego, habían de enfocar el sol sobre los cartones negros con un agujerito dirigido hacia los tubos, así vieron el eclipse sin mirar al sol que podría dejarles ciegos.
 Llegada la hora, el cielo comenzó a oscurecerse, era como si una mancha de tinta se esparciera por los montes, valles, todo. Los perros aullaron un poco y se refugiaron hechos un ovillo, con la nariz bajo el rabo y las patas delanteras sobre los ojos. Vacas y yeguas se reunieron con los de su clase, los caballos colas hacia afuera, pata trasera en posición de prevengan y la cabeza contra el mato. Comenzó un silencio expectante, los pájaros dejaron de piar refugiándose en los zarzales, bajó la temperatura y Tyye se apretó contra mi cuerpo temblorosa. Los chicos miraban sus cartones y así vieron como, poco a poco, la luna se comía al sol.
Corrían malos tiempos en todos los lugares, aunque nosotros podíamos considerarnos afortunados. Teníamos ganado, vendíamos la producción de manzana a Tomás Zarracina, que en el 57 comenzó la fabricación de sidra en un gran lagar donde trabajaban 30 entre hombres mujeres. Antes de eso, se vendía al menudeo, y la mayor parte la comían las vacas.
Palop enviaba remesas de dinero de vez en cuando, pero el grueso de los beneficios se iba en modernizar la plantación. Me contaba, que la hoja del tabaco, se curaba ahora con aire caliente, lo que reducía mucho el tiempo, se necesitaba menos espacio, y cosas por el estilo. Sin embargo, yo le encontraba, como cansado, o tal vez amargado desde que el viejo Zacarías, negro, libre y capataz, fuera encontrado asesinado. Desgajada su carne a latigazos, rotos los huesos y ahorcado. Sí, ser negro, libre y con responsabilidad era mucha categoría para un esclavo. Los asesinos no aparecieron porque nadie se preocupó de buscarlos, solamente era un negro muerto. Palop sospechaba del antiguo capataz".

- Aquél que habían echado por darle al látigo.
- El mismo, rencoroso y vengativo.

"El viaje estaba preparado. Lo más rápido para partir era salir de Gijón en un bergantín. De los barcos de vapor, ni hablar, el Jovellanos no saldría hacia Cuba hasta agosto. Podíamos subir a Inglaterra o Irlanda, de donde partían muchos, pero al final, parecía que lo perdido por lo ganado. Tyye opinaba que mejor sería ir en el vapor. Aún tenía grabada la imagen de los marinos haciendo sus necesidades por la borda y la de los esclavos entre defecaciones y vómitos. Al menos, en aquel barco había cabinas. ¡Qué poco sabía ella de barcos negreros, de tumbeiros! Sus dos travesías lo fueron en barcos aseados, la Favorita lo era y también el Esperanza en el que vinimos desde Nueva York.

- ¿No había línea regular?
- No. El puerto era demasiado pequeño para buques de hierro de más de seiscientas toneladas. Había poco fondo y los barcos quedaban varados a la baja mar. Por aquel tiempo se estaba construyendo el dique de Lequerica, pero no lo terminaron hasta el 64.
- Entonces... el Jovellanos era un barco pequeño.
- Tenía 48 metros de eslora y 443 toneladas de registro bruto, algo mayor que la Favorita. Era un barco que se dedicaba principalmente al cabotaje, pero que algunas veces hacía la ruta hasta Cuba, Puerto Rico y la Guaira.

"Desde aquél día en que hicimos noche camino de la plantación, Tyye dormía siempre desnuda, abrazándome, cogida a mi cintura, su cara contra mi espalda. A pesar de los partos y de los años, mantenía su figura, tal vez las caderas algo más redondeadas, aquellos senos duros y puntiagudos que, como si fueran embudos, se clavaban en mis paletillas. Abigail había hecho un buen trabajo. La enseñó la manera de andar y comportarse, a ceñirse y resaltar lo bueno que tenía, a cuidarse las manos y el peinado, le apretó los pies anchos de tanto andar descalza y le colocó unos botines que ya jamás abandonaría.
Nunca me pidió nada, pero tampoco jamás me rechazó con excusa alguna. El suyo era un amor tranquilo, dejándose llevar y disfrutando en el silencio. Solamente la presión de sus manos, de sus dedos, la respiración in crescendo, el beso eterno, la mezcla de salivas, de fluidos, la relajación al fin, del músculo. Pero desde que llegó aquella carta, había cambiado. Era ella ahora la que me buscaba, la que daba rienda suelta a una pasión desbordada, al ansia de poseerme como si fuera aquella la última noche en que fuera a estar conmigo, como si fuera en busca de la última semilla que quizá germinara en su vientre. Mucho me recordó a Abigail, y un nubarrón demasiado oscuro pasó por mi mente; tenía ya 38 años".

- Paremos a tomar un café y estirar la piernas.
- Bueno, digo yo, que tampoco era tan mayor para engendrar un nuevo hijo...
- Ya, igual pensaba que si algo malo sucediera, siempre le quedaría el consuelo de un nuevo bebé donde volcar el amor que llevaba dentro. "La mujer es una flor en un jardín, su marido, la valla que lo rodea" que dice el proverbio. No sé. Tal vez era de la, opinión de aquel que dijo también: "La mujer es un árbol de plátanos, el hombre sin embargo, es un tallo de maíz" 
- Están bien los proverbios, el uno referido a la soledad en que se quedaba la mujer, y el otro a esa costumbre casi religiosa de procrear.
- Nos hacemos otros doscientos y paramos a comer, ¿vale? ¿Quieres que conduzca yo ahora?
- No, tranquilo, ya tendrás tiempo. Tú sigue, que yo escucho.
- De acuerdo.

"El olor de los barcos negreros en que navegué, era insoportable. No tanto en la Favorita, pues como ya dije en algún lugar de esta mi pequeña historia, el capitán Dirck hacía que la sentina fuera achicada de continuo. Allí iba a parar el baldeo del entrepuente una vez eran recogidos por los niños los baldes para las necesidades. Si el tiempo lo permitía, se quitaban las lonas que cubrían la bodega, y desde arriba, manguera en ristre, se duchaba a los esclavos con agua de mar, que a decir de Plinio el Viejo, era buena para la tisis, la hemolisis, los senos inflamados y las vísceras todas. Pues bien, el olor de un barco que quema carbón, es igual, por no decir peor, que el hedor de los esclavos. El ruido infernal de la máquina, en nada se parece al batir de las olas, al golpeteo del casco contra el agua, del viento sobre la vela. En estos barcos, hay que ir siempre a proa, pues la carbonilla de la chimenea te ciega y atranca la nariz. Es cierto que el camino recorrido en un día, es casi el doble que en un velero, es cierto que no hay que sacar la culera por la borda, es cierto que los camarotes están dotados de lechigas confortables, pero aquél que está acostumbrado a un coy, lo echará de menos. ¡Nada hay como navegar a vela!

- De marino a labrador y ganadero, pero no se le olvidaba el mar.
- La mar Jorge, la mar,  que el  mar es masculino y lo que atrae al marino es su femineidad.
- ¿Estás de guasa?
- No. Cuando te acerques al muelle, pregunta a un pescador o marinero.

"Al día siguiente de celebrarse el día de la patrona, el dieciséis, partió con la marea alta el barco anclado bajo los drops de carbón. Allí estaban Tyye, Pelayo, Gloria, Blanca y Enugu. Ty estaba hermosa con aquel vestido blanco y sin importarle que la crinolina se ensuciara de carbón por los bajos. Una sombrilla la guarecía del sol, los niños a su alrededor y Enugu, con dieciocho meses en los brazos del aya.
La despedida fue emotiva. Besaba una y otra vez a Jhony y le pedía que tuviese cuidado, que volviera pronto. A mí; ¡Cuídamelo, cuídamelo! me repetía una y otra vez. No permitas que nada le pase. Cuando subimos por la pasarela, vi como enjugaba una lágrima con el pañuelo, pero solamente una.

- ¿Drops, Enugu?
- Los Drops eran unas torres desde donde se cargaba el carbón a los barcos, bien fuera para consumo propio, o para llevarlo de un lugar a otro. Enugu era el pueblo donde Kasinga vivió, en Nigeria, aunque ella había nacido en Togo. Al parecer, y en otro cuadernillo lo tengo leído, el cura no quería bautizar al chico porque no encontraba tal nombre en el santoral, y el abuelo lo convenció diciéndole, que en aquella tierra africana de donde la madre provenía, eran todos muy cristianos, que la fe la había llevado un misionero explorador valenciano, y que si él, el párroco, no sabía de ningún San Enugu, no era porque no los hubiera, Con veinticinco pesetas y que se pasase por la mantequería de Pelayo hijo, arreglado.
- ¿Pero ya existía la peseta?
- La primera moneda que se acuñó bajo la denominación pesetas, fue una pieza estampada en Barcelona en 1808, cuando los ejércitos de napoleón andaban por allí. Era de dos pesetas y media. En 1868, se unificó en toda España, hasta entonces había una buena mezcolanza de pesetas, escudos y reales. Creo que en total había veintiún tipos que acuñaban en distintas regiones.
- Oye, ¿así que también tenían una mantequería?
- Compraron un local en el Barrio del Carmen, y pusieron un comercio donde se vendía además de la leche, derivados como la manteca o el queso. Más tarde abrieron otra en La Plazuela de San Miguel, donde vendían helados.
- ¿En ese tiempo? ¿Sin electricidad? No me vaciles Pelayo.
- Construyeron una nevera en algún lugar de la Sierra del Aramo, ya sabes, esos hoyos donde se guardaba la nieve del año bien apisonada y que luego se iba extrayendo según necesidades.
- Oye, Pelayo, ellos salieron en agosto, el dieciséis, pero la Patrona es el ocho de septiembre...
- La Patrona de Gijón, Jorge, Nuestra Señora de Begoña. ¿Sabes por qué la patrona, de Gijón es la virgen vasca?
- Pues no.
- Verás, unos pescadores vizcaínos, que volvían de las costas de Terranova, pidieron protección a la Virgen de Begoña, Patrona de Vizcaya, ante el peligro inminente de muerte por una terrible tempestad, prometieron, si salían con vida, dedicarle una capilla en la  primera tierra que tocaran. Arribaron a la playa de Gijón y cumplieron su promesa.
- Está bien, venga sigue, que me pierdo.

"Navegamos con buen tiempo y ya en La Habana, sin casi tiempo siquiera para bajar el equipaje, abordamos un bergantín que partía para Charleston, la travesía fue rápida.
El puerto de Charleston era un hervidero de gentes que hablaban todos los idiomas, barcos de vapor, goletas y bergantines, gabarras y hasta viejas carracas que utilizaban para el comercio con las islas. Carromatos, almacenes, grúas... Una abigarrada y multicolor masa de hombres de todas las razas; pelirrojos irlandeses, rubios alemanes, chinos con coleta, mulatos... Me llamó la atención un libro en un escaparate y entré a comprarlo para Ty, el título; Uncle Tom's Cabin. El librero me dijo que ya se habían vendido más de un millón de ejemplares y que trataba de esclavos. Creí que le haría ilusión, presumía que el regreso sería rápido.
La ciudad también era un hervidero político. El partido demócrata sufrió una quiebra; mientras los sureños estaban a favor de la esclavitud, los del norte estaban en contra. En la convención del partido, cada facción eligió su propio líder, Carolina salió de la Unión y en el 61 comenzó una guerra que duraría cuatro años.
Pero eso todavía estaba por llegar, nosotros, tras dormir aquella noche en un hotel, nos fuimos hasta la plantación. En cierto lugar del camino hice una parada, Jhony quedó con los caballos y yo fui a acariciar el tronco de cierto cerezo negro de entre los varios que había. Mi mente voló hacia atrás en el tiempo, a la noche en que dormí bajo aquel árbol en compañía de Ty, la noche en que ella dejó de ser una pieza de indias.
Era un viaje de recuerdos, míos, pero también de Jhony: Habíamos visitado el cementerio judío de la calle Coming donde estaba enterrada Abigail, y aunque él no conoció a su madre, no por ello dejaba de serlo.
El chico no pudo leer la lápida escrita en hebreo, solamente el nombre y la fecha; Abigaíl 1812/1844. Yo le indique aquella línea que mandé escribir; "Alegría del padre, también lo fuiste de tu esposo"
Madre, dijo posando su mano sobre la lápida, te estoy agradecido por darme el ser. Y nada más. Él no se sentía judío ni tenía vinculación alguna con ella, su madre era Ty.
La voz de Jhony me sacó de mi ensueño; Father, father, do not you come?
Fue un mandato de mi esposa, que nuestros hijos hablaran inglés. Si ella lo había aprendido, si aprendió español y bastante del gullah, ellos no habían de ser menos; de niños se aprende mejor que de mayor".

- Espera, ¿qué es el gullah? ¿algo así como el spanglish?
- En cierto modo, el spanglish como sabes, es la mezcla de palabras en base española, con inglesas. El gullah era lo que hablaban los criollos, mezcla de africano, inglés, francés, irlandés, alemán...

 "Encontré a Palop sumamente avejentado, sin embargo, la casa había sido remozada, había nuevos almacenes de clasificación y fermentación, los secaderos,  maquinaría para el despalillado, sembradoras...
Mientras hacía un recorrido con él, cogiéndolo por el hombro, lloraba: Creí que no vendrías jamás, he estado muy solo aquí. He echado mucho de menos aquellas reuniones sociales de Abigail. Pero Plop, ¡si tú te quedabas en un rincón con el ponche en la mano! Sí, pero veía gente, gente blanca que reía y cantaba cosas alegres... desde que os fuisteis solamente he oído canturías tristes de hombres y mujeres tristes. ¿Porqué? Son libres ahora, o lo serán dentro de poco. Sí, pero cuantos morirán antes, durante y después de la guerra que se avecina. Ellos lo saben, tanto si se quedan como si se van, continuarán siendo esclavos, siendo pobres, de ahí su tristeza.
Palop era demasiado pesimista o de veras estaba muy enfermo. Al anochecer, una música llegó hasta mis oídos, y me fui hasta las cabañas de los negros. Un joven me cortó el paso cuando quise entrar en aquella de donde procedían los sones. Otro más viejo, que fumaba un gordo cigarro, le dijo; deja, es el patrón. Y entré. Varios quinqués iluminaban vagamente la estancia, un rancio olor a petróleo, sudor y humo hacía la atmósfera casi irrespirable, pero fue solamente la primera impresión.
 La música, al contrario de lo que opinaba Palop, era alegre, y desenfadada. Trompeta, clarinetes, trombón, percusión y una mujer que canturreaba. Cesaron al verme, pero hice un ademán con las manos y continuaron. Finalizada la canción, uno por uno, sombrero en mano, o con una pequeña inclinación, fueron abandonando el local. Me temo que les fastidié la reunión.
Jhony reconoció las habitaciones de la casa, de todo se acordaba. Le dije que íbamos a ir a los campos donde estarían cortando las últimas plantas de la cosecha. Era mediodía, bajo un calor asfixiante, hombres y mujeres se afanaban tumbando plantas de anchas hojas de color verde brillante, y casi dos metros de altura. Por la tarde las cargarían en carretas para llevarlas al secadero y colgarlas por unos días en mancuernas.
Jhony, le dije, todo lo que has visto será tuyo si así lo quieres, ya me arreglaré yo con Palop. Tu madre opina, y yo estoy de acuerdo, que si quieres quedarte, conservarlo y trabajarlo, así sea. Aunque para nosotros continúas siendo un niño, tienes que empezar a decidir tu futuro. Sopesa bien la situación, pregunta lo que no sepas, no juzgues a las personas por sus palabras, si no por sus actos, y trata de adivinar siempre la verdad que se esconde tras las astucias más inverosímiles.
- Padre, lo que tengo decidido, decidido está desde hace tiempo.

- ¡Hala, ya está bien! Vete parando que tengo hambre y tortícolis.
- Me dejas intrigado con la decisión que tomará el chaval, pero sí, ya es hora de comer.

                                                      ******************

Comimos en un restaurante al pie de la carretera mientras hablábamos  de las pistolas.

- Te relevaré ahora no sea que te amodorres con la digestión y el relato.
- No, luego, cuando termines esa parte.
- Bien, como desees. Prosigo leyendo entonces.

- "Padre, salí de esta casa con cinco años, no me siento como un patriota, mi patria no está aquí. Pero algo le debo a la mujer que me crió, a mi madre. Me voy a quedar, lucharé, si hay guerra, con los federales, ellos representan el fin de una vida que no es posible, una vida basada en la explotación con escarnio de seres humanos que solamente se diferencian de los explotadores en el color de la piel. Venda usted la propiedad y vuelva a nuestra casa, con nuestra familia. Yo volveré un día, no concibo otra vida lejos de mis hermanos.
- Hijo, no dejaré que participes de algo, que por muy loable que sea, te puede costar la vida. Yo también debo algo a tu madre, me debo a la promesa que le hice de devolverte sano y salvo.
- Padre, no nos enzarcemos ahora en una discusión, dejémoslo para cuando eso suceda, si ha de suceder.
- Bien, de acuerdo, pero recuerda mis palabras. Voy a hablar con Palop, él se quiere marchar cuanto antes.
Mi dilema era grande, suponiendo que encontrase un comprador, que seguramente se aprovecharía de mi urgencia, ¿qué sería de los negros? Unos eran libres, pero, a pesar del trato paternalista con que eran tratados, también los había esclavos. Aunque todos fueran libres, ¿adónde irían? Imposible trabajar para el nuevo amo, los esclavizaría de nuevo, había modos, incluso un liberto podía venderse a sí mismo a cambio de un techo y alimento. Debía hablar con ellos.

El 19 de septiembre de 1863, se libró al batalla de Chickamauga. El ejército de la Unión sufrió una gran derrota y yo la pérdida de mi hijo Jhony. Para entonces Palop había regresado a España, los negros jóvenes de la plantación se habían ido, yo no lo denuncié, ni tampoco aquél Thompson que fuera nuestro capataz, reconvertido en perseguidor de esclavos, pudo hacerlo; había aparecido muerto de un disparo y rodeado de sus perros. Los viejos no podían con el trabajo, y una parte importante de la plantación se había quedado aquel año sin sembrar por lo que llegué a un acuerdo para vender la propiedad.
No pude cumplir la palabra que le di a Tyye. Un año después de aquella conversación entre mi hijo y yo, encontré una carta suya sobre la mesa de mi escritorio. Fui a su habitación, la cama estaba hecha. Fui a la cuadra, faltaba su caballo. Me senté en el porche, Mamatola me trajo café, nos miramos a los ojos, y ella, bajando la cabeza me dijo, se fue anoche. Entonces abrí la carta. Era finales de mayo del 61.
 "Querido padre: No tome mi marcha como un acto de rebeldía. Usted sabía de mis intenciones, de mis inquietudes y de mi voluntad inquebrantable. De quedarme ahí, de no haber huido en la noche, usted se hubiera salido con la suya y un gran remordimiento. Yo, me consideraría frustrado por toda la vida.
Usted se embarcó con catorce años, el abuelo, su padre, sin estar de acuerdo, tampoco se lo impidió. No. No era una guerra, pero los barcos de entonces afrontaban con demasiados riesgos la mar procelosa. Usted y mi madre, me han enseñado con sus actos a ser quién soy, no renegaré de nuestra estirpe.
Padre querido, dele un fuerte abrazo a toda la familia, y dígales que volveré. Quisiera creer que parto con su bendición. Jhon.
Durante todo el tiempo que transcurrió desde su marcha en el 61 hasta septiembre del 63, no hice otra cosa que buscar a Jhony para traerlo a casa. Recorrí pueblo a pueblo el sur de Carolina del Norte, hasta dar con el lugar donde se alistó; Charlotte. A partir de allí, la cosa se complicaba, nadie en su sano juicio podía ir preguntando por tal o cual regimiento, sin ser tomado por espía. Mi oído estaba atento y, allá donde se producían batallas, escaramuzas o refriegas, allá me presentaba. Procuraba ir siempre a la cabeza, a aquél que ostentara mayor graduación y preguntaba por Jhon Álvarez Kasinga.
Desde Charlotte tracé círculos sobre el mapa; Atlanta, norte de Georgia, sur oeste de Tennessee,... Ningún resultado positivo. Fue meses después de la batalla de Chickamauga, perdida por el Norte, que un sargento me dijo conocer al chico, y que había sido herido, posiblemente muerto, quedando al otro lado del río Cardenillo (Verdigris River). No me di por vencido y seguí buscando.
Supe que en Andersonville los confederados habían construido un campo de prisioneros y fui hasta allí. Era julio del 64.
El campo estaba rodeado por tres empalizadas. La más interior, era como la de un fuerte cualquiera, la diferencia era que la pasarela estaba por fuera y desde ella se vigilaba lo de dentro. Cada doce o quince metros una garita, un guardia, un fusil. Todo aquél que se acercara a veinte metros de la empalizada, donde estaba trazada la línea de muerte, era abatido. Dos empalizadas más, separadas entre sí con anchuras variables, formaban la segunda y tercer hilada de postes. En el exterior, los puntos más débiles del rectángulo, las esquinas, estaban protegidos por taludes desde donde se podían disparar los cañones apostados. Patíbulo, hospitales, casa de muertos, cocinas, cuarteles y un fétido pantanal en el centro del recinto.
Es difícil comprender el horror de aquél campo, y difícil es también  comprender como el responsable de aquél horror, tuviera el corazón de entregarme a mi hijo. Con su permiso, entré dentro acompañado por un guardia, subí al cadalso y de espaldas a los cadáveres que estaban colgados en la horca, grité con todas mis fuerzas el nombre de Jhony. El soldado que me acompañaba, cuando ya me veía sin voz, increpó con dureza a los prisioneros y, aunque la mayoría ni siquiera se enteraron, algunos de ellos, corrieron, la voz: "Ese hombre está buscando a su hijo, un hombre busca a su hijo..." Entonces, atravesando aquellas nauseabundas aguas plagadas de mosquitos y detritus vi venir un renqueante y andrajoso hombre que se apoyaba en una muleta; era Jhony".

- Después de tres años lo encontró. El abuelo era perseverante.
- Está constatado que aquél campo llegó a tener 45.000 prisioneros de la Unión, casi 13.000 murieron de hambre y enfermedades infecciosas y eso tan solo en los 14 meses que se mantuvo abierto.
- Resulta inverosímil que habiendo dejado morir a tanta gente, hiciera una excepción con el chico.
- A si es la vida, ¿qué importancia tiene uno más o menos? Mucho debió insistir el abuelo, quizá hubo un soborno, tal vez le mintió diciéndole que eran españoles, que tenían esclavos en Charleston, que firmo el alistamiento en una noche de borrachera... vete tú a saber.
- Vamos a parar, tengo que tomar algo.
- Estoy de acuerdo, también tengo la boca seca.
- Oye Pelayo, tienes que comprar esas pistolas te pidan lo que te pidan.
- Lo haré Jorge, lo haré.
- Anda, acaba la cola que nos vamos, pero yo sigo conduciendo, ¿vale?
- ¿No estás cansado?
- Calla, apenas llevamos la mitad del camino...
- Ya falta muy poco para terminar el relato, apenas un par de páginas...

"En algún lugar, más arriba del mismo río Flint que atravesaba el campo, nos bañamos. Se le podían contar todos los huesos uno a uno; solamente tenía la piel sobre ellos. Una cicatriz nacía junto a la columna vertebral, rodeaba toda la cadera y finalizaba a la mitad del muslo. Le di la ropa de paisano que llevaba enrollada en la manta, a la grupa del caballo. Me pareció más alto, los pantalones le quedaban bien de largo, pero al igual que la camisa, anchos en demasía.
Le pregunté: ¿Cómo es posible sobrevivir con esa herida en ese sitio? Whisky, tela de araña, me contestó, la herida no fue tanto aunque veas ese costrón, lo peor es que llevo incrustada una esquirla en la articulación. Tuve la suerte de que un hombre me recogiera, con esos métodos poco ortodoxos cicatrizó la herida, pero no se atrevió a hurgar adentro. Luego, cuando ya estaba seca, me entregó a los confederados.
Volvimos a casa, mi intención era buscar un medio de transporte que no llamara mucho la atención por el bloqueo a que estaban sometidos los puertos sureños, bajar a Cuba y regresar a España. No debía de haber problemas, Jhony era un lisiado y teníamos documentación española, pero mejor no tener que dar explicaciones. Cerré el trato de la venta tanto tiempo aplazada y junto con Mamatola, la antigua niñera que a nadie tenía, nos dirigimos a Charlestón. Los demás, se marcharon todos hacia el norte con unos billetes y la carta de libertad de mi puño y letra.
Busqué el trasporte en el puerto. Había una gabarra aparejada con árbol y mastelero, pero que también tenía máquina de vapor. Cuando usaba la vela, por medio de una bisagra abatía la chimenea para que no causara impedimento. No era lo ideal para mar abierto, y bastante lenta, pero podía cargarla con áridos e ir costeando con disimulo, hasta Cayo Hueso y de allí a La Habana.
Así se hizo, y un día antes de la Virgen de Begoña, estábamos en Gijón. Solo entonces, cuando estuvimos en casa, le dije a Tyye lo que había sucedido. Jamás, en la correspondencia que mantuvimos en aquellos años, le había dicho nada; nuestra demora se debía simplemente a trámites burocráticos.
Yo nunca había sido muy devoto, pero por la mañana temprano de aquel día de Begoña, mandé sacar lustro a la xarré, cepillar bien a las yeguas frisonas y colocarles las colleras con los cascabeles bien bruñidos. Luego, todos endomingados, nos fuimos a misa, a agradecer a la Virgen el regreso, como lo hicieran aquellos pescadores.

Epílogo.
- Señor Pelayo, señor Suárez, aquí tienen la certificación de autenticidad de la armas. Pero aún hay más: vean si les interesa este pliego, por favor.
"En este estuche hay dos pistolas, no sabría cual, o si fueron las dos, las causantes de la muerte de dos hombres. A uno, lo maté yo. Se llamaba Thompson y era un asesino cruel. El mató vilmente a mi amigo Zacarías, y persiguió con sus perros a cuantos esclavos trataban de conseguir la libertad. A otro, lo mató en duelo el capitán Pelayo Álvarez de las Asturias, mí patrón, mí compañero, mi amigo, mí socio. Aquella muerte fue el inicio de una vida mejor que yo he de agradecer mientras viva"
- La nota es de un antepasado Jusep Palop Forcadella.
- ¡Increíble! ¡Era Palop y se trajo las pistolas del abuelo!
- No puede ser, mi antepasado nació en 1801 y murió en 1870. Su abuelo aún no habría nacido para esa fecha...
- Perdone, al hablar de abuelo le he confundido a usted, me refiero a mi tátara, tátara abuelo; Pelayo Álvarez de las Asturias.
- Entonces las pistolas son suyas, aquí las tiene.

Pelayo murió en 1896. Sobrevivió un año a Tyye Kasinga.
Su hijo Pelayo, se casó con una veterinaria de León afincada en Gijón. Tuvieron tres hijos. El primogénito también se llamó Pelayo.
Jhon, había dejado de ser Jhony, mantuvo la esquirla toda su vida y padeció una leve cojera. También tuvo tres hijos.
Todos los demás, mujeres y Enugu tuvieron descendencia, ninguno fue marino, la saga comenzó con Pelayo el pescador, continuó con su hijo; Pelayo el capitán y así sucesivamente.
Aunque hay quien pueda pensar que no es posible, a día de hoy sus descendientes todos somos blanquitos, pero continuamos llevando sangre de Kasinga, sangre Ibo o Igbo, aunque sea en menor proporción.