lunes, 12 de junio de 2017

De la efímera y eterna juventud.


Hasta la edad de veinticinco años no me di cuenta de la velocidad del tiempo. Ya sé que para mayoría de los mortales, un segundo es un segundo aquí, o en la Conchinchina. Es decir, que el tiempo pasa igual para todos. Más no es cierto.

Ayer estuve en el tanatorio acompañando a los familiares de un amigo fallecido. Muchos llegaron cuando ya estaba yo allí; abrazos besos, lloros, conversaciones monótonas a fuerza de repetir y repetir... El tiempo parecía estancado. Miré el reloj. Efectivamente, aún no había pasado media hora y ya creía llevar toda la tarde.
¡Qué lenta transcurre la tarde! pensé. Y a mí mente vino el recuerdo de aquel accidente. En décimas de segundos, mi vida entera, casi desde el día en que nací, pasó por mi cabeza. Cual flash de destellos efímeros, vinieron y se fueron aquellos recuerdos imposibles en otras circunstancias, rostros y situaciones queridas/os, añoradas/os, importantes, incluso algunas de las odiadas/os. ¡Cómo es posible, tantas situaciones en tan corto espacio de tiempo! 
Posiblemente eso no sea cosa del tiempo, si no de la velocidad del cerebro; ralentización ante el aburrimiento, velocidad ante la ansiedad.

Dicen, que Einstein aseguró en su teoría de la relatividad, que el tiempo transcurre más lento para un reloj en movimiento, que para uno que está quieto. De ahí que el hombre a bordo de una nave espacial, envejecería más lentamente que el que está en la tierra. Esta verdad demostrada, me lleva a pensar, que para permanecer joven, hay que ser un ansioso.
¿Complicado de entender? Tal vez, pero más aún de aplicar: Habría que vivir la vida a la velocidad de la luz. 

1 comentario:

Liliana dijo...

Es un truco de la mente, no?

Cuando eres joven, muy joven, sientes que pasan los días y la vida muy despacio, después, quisieras parar el mundo y la vida, para bajarte! :P

Abrazos =)))

PD: seguiré con la lectura! ;)