jueves, 1 de junio de 2017

Nicanor y Numidia.


Era el conde Nicanor, pequeño de estatura y fuerte complexión. Más que intrépido, temerario, y feo como un rayo. No obstante, su locuacidad era proverbial, sobre todo cuando de atribuirse hazañas se trataba. Para ser justos, la mayoría de ellas eran ciertas, pero tanta mezcla entre verdadero y falso le dieron fama de embaucador.

A Nicanor le encantaba la caza, y raro era el día en que no salía al bosque. Solía salir solamente con el perrero y media docena de sabuesos, dejaba el caballo a la entrada del bosque y a pie tras los perros se introducía por trochas y vericuetos en pos del ansiado jabalí. Era su manera de cazar, un duelo en el que arriesgaba el pellejo, pues una vez olfateado el rastro, y acosado el animal por los perros, armado simplemente con un cuchillo se enfrentaba a él. Llama el perrero a sus canes, que maldito el caso que le hacen, encelados, mordiendo con saña si pueden, o recibiendo tarascadas de los colmillos cual navajas de afeitar. Rodeado el jabalí por los perros, aparece Nicanor en escena, el animál ve en él el punto más débil y se lanza, el conde retrocede, se para y salta sobre el cochino clavándole el cuchillo hasta el mango.
Unas cuantas cicatrices dan fe de las arriesgadas peleas pasadas, pensando el criado, que cualquier día volverá solo al castillo.

Hete aquí, que uno de esos días de caza, viernes por más señas, Nicanor ha perdido contacto con perros y perrero. Cada vez oye los ladridos más lejos y el agua del río más cerca. Piensa acercarse a la orilla, subir río arriba hasta encontrar sitio más despejado y orientarse. Tendrá que salvar árboles y altas jaras, más, descubre una estrecha vereda pateada por los venados que le conduce hasta un remanso donde tienen su abrevadero. Unos metros antes de llegar, oye una cantarina voz de mujer, la más dulce que nunca oyó. Sin ver aún a la moza, su voz así le parece, avanza sigiloso.

El hombre a quien yo quiera
ha de ser, madre
galán de morena cabellera
que para rubia yo me basto
y tengo llena la faltriquera.

Alto, de buen porte
cual príncipe a caballo,
que con destellos de oro
su armadura refulgiera
que no fuera vulgar cirigallo
para ser yo su consorte
madre, si él me quisiera.

Mientras mi alma se engurre
a la orilla del río, madre
peino mis cabellos,
mientras el tiempo transcurre...
sin consorte, sin príncipe y sin destellos.

Aún sin verla, Nicanor se sintió enamorado, y aunque el hombre de sus sueños, en poco coincidía con lo que él representaba, con su piquito de oro estaba dispuesto a conquistarla. Unos pasos más y por fin la ve. De espaldas sentada sobre una piedra, pasa una peinilla de oro a sus cabellos. Ella ha visto al conde reflejado en el agua, y sin volverse pregunta:

- ¿Eres acaso tú a quien espero?

- Hermosa niña, poco tengo que ver con el galán de tu canción, más, con oírte me he prendado de ti, y si quieres, tuyo será por siempre mi corazón.

- Dices verdad, no vienes a caballo, ni llevas brillante armadura, y tampoco pareces un príncipe. ¿Que eres, labriego, leñador...?

- Ojos de mis ojos, soy el conde Nicanor, dueño de estas tierras donde jamás creí pudiera existir semejante belleza. Ando de caza, y aunque no soy galano, nada tengo de cirigallo, mi cabellera morena es, a la vista está, y poseo tres armaduras que refulgen como el sol, para guardar un ardiente corazón, que solo a ti quiero entregar.

- ¿Sabes quién soy?

- Aunque la mismísima Morgana, o la Dama del Lago fueras, contigo me casaría, si quisieras. Creo que eres la Xana de estos contornos, más yo no ambiciono tus tesoros, solamente tu corazón y tu cuerpo por supuesto. No, no me hagas ese mohín de disgusto, decir que solamente ambiciono tu corazón sería faltar a la verdad. Quiero tener hijos contigo, hacerte feliz y  ser correspondido.

- ¿Sabes que si accedo, has de cumplir una promesa?

- Lo sé. Te besaré en la boca aunque en serpiente te conviertas. Yo te desencantaré y felices viviremos.

Dicen los más viejos del lugar, que el conde Nicanor logró desencantar a la xana, de nombre Numidia, de significado acorde con la belleza y la forma de ser, de aquella que sería su esposa. Que se metió en el agua la bella, y al momento en terrible boa se convirtió, llegose así de nuevo hasta el conde, y de pies a cabeza lo rodeo. Aguantó estoico él, y cuando sus bocas a la par estuvieron, besola con pasión, Así se desencantó Numidia, y a partir de aquel día, todos la pudieron ver en su esencia carnal. Dicen también, que los tesoros que guardaba, beneficiaron a la comarca entera, y que hasta el Rey se mostró celoso del feo Nicanor, ofreciéndole un puesto en la corte, cosa que no aceptó.

Cinco, entre hijos e hijas tuvieron todos hermosos, y el señor conde, jamás se expuso ya a cazar el jabalí como lo hiciera hasta entonces. Ahora tenía a quien amar,  ¿Para qué la vida se había de jugar?


4 comentarios:

Liliana dijo...

Mira que dicen que la suerte de la fea, la bonita la desea.....eh??

Bien Alfredo, lista para el cuento largo.

Saludos =))))

Elda dijo...

Vaya Afredo, que bonito cuento has escrito, y qué bien lo haces. No sé por que me sorprendo si todo lo que escribes me parece genial, pero este, especialmente interesante, al mejor estilo de los grandes como los hermanos Grimm, los únicos que se me ocurren, jajaja.
Me gustó mucho.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Liliana.
Es muy posible que la Xana estuviera cansada de mostrarse a los humanos solamente los viernes (si es que alguno acertaba a pasar por allí) cansada de esperar al apuesto caballero que la desencantase.
Siempre hay un roto para un descosido.
Muchas gracias por leerlo.

Mañana.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Gracias Elda, aunque te pasaste seis pueblos en la comparación. De todas formas, me inflo como un globo.
¡Eres una romanticona! (Superlativo de romántica que nosotros así decimos)
Gracias de nuevo.
Salu2.