viernes, 7 de julio de 2017

Haciendo amigos.



Hoy hemos ido al monte de excursión. Nos hemos demorado un tanto y no sabemos si a esta hora nos darán de comer. Es lunes y los contados bares del pueblo están cerrados. Todos menos uno, probaremos.

La casa es antigua. Estanterías y mostrador también. A la derecha una empinada escalera de madera sube a la planta superior. Al frente la barra, unas mesas y el comedor, que parece prolongarse por detrás de la barra, a la izquierda. Miro el techo, vigas de roble sobre las que se asienta el piso de la planta de arriba. Hago una pregunta muda a la joven que está en la máquina de café llevándome la mano a la boca. Asiente con la cabeza, y gira el brazo en derredor con la palma abierta para que elijamos la mesa que más nos guste. Asentados, nos trae la carta; solo es un papel metido en una bolsa de plástico. No hay nada fuera del menú, garrapateado a bolígrafo y poco donde escoger; potaje o ensalada de primero, y carne o pescado de segundo. Dos variantes para la carne, uno solo para el pescado. No sé, no sé. En fin, tampoco es cuestión de meternos otros cincuenta kilómetros hasta el próximo pueblo y que nos suceda cosa parecida.
Desde la mesa donde estamos, se ve todo lo que ocurre en la planta. Cinco hombres en animada conversación en la barra, una pareja en la mesa de junto a la entrada enredan con los teléfonos. La camarera, apoyada de espaldas a la cafetera. observa la clientela cruzada de brazos. La he visto tocar un timbre. Tiene una pinta extraña, al menos eso me parece; pantalón vaquero, y una sudadera roja y gruesa con la cremallera cerrada hasta la garganta. Afuera hay veinticinco grados, dentro todo el mundo en mangas de camisa.
A pesar de que la televisión está encendida, y los hombres hablando, oigo unos pies que se arrastran escalera abajo. No se puede ver de quién, la escalera está cerrada y contra ella hay un estantería, el bar es además tienda. Cajas de galletas, de huevos, ajos en ristras, latas y otras cosas, que ni acierto a ver, ni me interesan. Aparece una mujer. Pequeña, un tanto doblada por el peso de la edad y el trabajo, como de setenta. Pelo cano y bien peinado, mofletes del color de la manzana, una camisa azul claro con pequeñas flores de pétalos blancos, rojos y un azul más fuerte. El mandil pulcro y planchado, tapa por delante la falda de paño recta y azulona. Va en piernas y calza unas zapatillas. Coge la comanda que le da la moza y sube la escalera.
A poco se oye de nuevo el roce de las zapatillas sobre la madera. En una bandeja, trae un perol con el potaje y una fuente con la ensalada. Sonrisa franca cuando da los buenos días, y el aproveche. De la repisa tras el mostrador coge el aliño y lo coloca en la mesa. Media vuelta y nueva subida por la escalera. De paso se lleva la nota de una pareja que como nosotros buscaba la pitanza. La moza nos ha puesto el pan, la bebida, y ha vuelto a su posición.
Vuelve a bajar la vieja con los primeros de la pareja, recoge lo nuestro y vuelve a subir la escalera. Apenas han pasado dos minutos, y ya baja de nuevo. Otros cuatro comensales se sientan.
No puedo por menos que contar las veces que sube y baja portando la comida y llevando los platos: Tres mesas por atender, a tres paseos por cada, nueve veces de sube y baja. Sin contar los que pueden llegar, o los que ya se han marchado.
A los postres nos pregunta si hemos quedado satisfechos, no puedo dejar de preguntarle si no es un gran inconveniente el tener arriba la cocina. Me dice que ya está acostumbrada. Que ella era la que siempre había cocinado, que aprendió de su abuela y de su madre, que ahora es la hija la cocinera quien lo hace, bien distinto por cierto. Dice tener en unas libretas, las recetas que desde niña iba escribiendo, pero los jóvenes son los que mandan, los que entienden de cuentas y saben lo que renta y lo que no, el gusto de la gente.
Le hago un poco la pelota por ver si se decide a enseñarme esas recetas. Le cuento que tengo un hijo en la Escuela de Hostelería que quiere abrir un negocio. Su cara se ilumina. ¡Espere un momento! Y vuelve a subir la escalera.
Cuatro libretas cartoné a una raya, baja. En el recuadro sobre las tapas se puede leer, Carnes, Pescados, Potajes y Postres. Abre una de ellas donde meticulosamente y con caligrafía que va cambiando con el pasar de los años, detalla los ingredientes, los tiempos y el manejo. ¡Un tesoro, he encontrado un tesoro! y así se lo digo.

- Señora, tiene una colección muy completa y con recetas que ya quisieran para sí muchos chefs. Una pena que su hija no las siga.

- Verdaderamente, tampoco tenemos la clientela de hace años. Por entonces, aquí paraban primero las diligencias, luego los autobuses, pero ahora el pueblo está casi vacío, ya no hay transporte y se vive de cuatro vasos de vino y algunos forasteros de paso, o que vienen a la caza. Arrinconadas las tengo.

- Le voy a hacer una proposición. Usted me deja las libretas, yo me encargo de que un amigo confeccione un libro y lo ponga a la venta con una buena promoción. El beneficio será suyo. Le devuelvo los originales, y tal vez sirva para atraer gente al pueblo y sobre todo a su casa. ¿Qué le parece?

- Bueno... no sé...

- No se preocupe, piénselo. Si acepta, vengo en cuanto me llame y redactamos un documento para que todo esté claro.

- Ya, pero me da a mí que eso va a costar dinero. Yo no tengo tanta importancia, nadie me conoce...

- Pero la conocerán, por el dinero no se preocupe.

- Voy a preguntar a mi hija.

Baja la hija con cara de vinagre. Mucho me temo que le ha cantado las cuarenta, y ahora viene por las diez de últimas.

- Buenos días. ¿Es usted el que le ha venido con ese cuento del libro a mi madre?

- Mucho gusto señora, me llamo José Maldonado, y sí, yo le he hecho una propuesta que no es ningún cuento.

- ¿Se piensa, que porque somos de pueblo somos tontos? ¿De qué nos conoce? ¿De qué le conocemos? ¡Vamos hombre, querer aprovecharse de una mujer mayor, no tiene nombre!

- Perdone, no soy ningún aprovechado, ni creo que por ser de pueblo tengan necesariamente que ser tontos. Simplemente, me he ofrecido para poner en circulación unas recetas tradicionales de la zona, y que a buen seguro redundarán en beneficio de la casa y del pueblo. Pero mire, mejor lo dejamos como está, aquí tiene el importe de la cuenta... y hasta nunca.

Por mucho que lo pienso, no acierto a comprender; la actitud de la chica de la barra, posible hija y nieta: Joven, alta, más bien gruesa, sosa a conciencia y bastante "paradita", por no decir otra cosa.
Tampoco la de de la cocinera, su madre, que permite que la suya, anciana, lleve todo el trajín, mientras la joven ve pasar el tiempo y escucha las conversaciones de los demás, ni su desabrido tono recriminatorio cual si yo tratara de perpetrar una estafa millonaria.

Decía un conocido mío, "por el mundo hay que ir haciendo amigos". Parece que este no era el caso.


6 comentarios:

Manuel dijo...

Seguro que esa sabionda y agria jovencita, es el motivo, por lo que los clientes le echan la "Cruz" al bar.
Me ha encantado, como lo cuentas.
Un abrazo.

Elda dijo...

Me ha encantado el cuento que bien podría ser verdad, ya que se puede encontrar un caso así en cualquier lugar y sobre todo en los pueblos con habitantes tan recelosos como es el caso. Bien se ve que la muchacha se había encargado de un trabajo donde las piernas no trabajaban.
Un fantástico relato donde tu pluma y tu imaginación, se lucen como siempre.
Un abrazo y buen fin de semana.

P.D. En tu foto, una ensalada muy apetitosa, :)))

Alfredo dijo...

Manuel.
Cruz y raya, una expresión que se suele decir muy a menudo y que le viene como anillo al dedo en este caso.
Gracias Manuel.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Empecemos por el final; Una plato muy socorrido para los que de vez en cuando nos quedamos de "Rodríguez" y no somos muy cocinillas.
Este cuentín lo tenía como borrador aparcado desde hace tiempo. No me llena el ojo, pero estamos en verano, y aunque los días son largos, falta tiempo para todo. Por eso lo di de paso.
Yo, que procuro andar por los pueblos de mi tierra, me encuentro a veces con paradojas difíciles de explicar; mientras las gentes de una aldea son abiertas, amables y parlanchinas, las del pueblo de al lado son tan cazurros que ni te contestan cuando das los buenos días. Me he fijado, que casi siempre sucede con gentes que aun estando separadas por pocos kilómetros, pertenecen a distintos Concejos. Será, digo yo, la conciencia tribal ancestral.
Gracias Elda. Salu2.

Liliana dijo...

Me ha gustado mucho Alfredo, parece que estuvieras contando una anécdota tuya; y a como están las cosas, bien pudiera ser verídico!

Abrazos =)))

Alfredo dijo...

Liliana.
La mejor recompensa está en; "bién pudiera ser verídico". Es cierto que suelo comer en muchos chigres de pueblo, pero mi hijo no es cocinero, ni yo tengo un amigo editor. Lo demás; retazos de aquí y allá.
Muchas gracias por leerlo liliana.
Salu2.