sábado, 19 de agosto de 2017

Amores tardíos.


Dice una canción: Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Yo sin embargo debí nacer para soltero, porque no he encontrado el amor.

Y en esta tesitura me encuentro. Cincuenta años cumplo hoy, y estoy más solo que la una. Es cierto que tuve oportunidades para abandonar la soltería, y a punto estuve de hacerlo cuando todos mis amigos iban por ese camino, más, un matrimonio solamente por la compañía, no me seducía. Yo necesitaba ese amor, que los demás parecen encontrar al menos una vez en la vida.

Mi madre tiene setenta y dos, mi padre dos menos. A veces los encuentro en la playa, forofos acérrimos del sol y el agua. Veo como se da crema el uno al otro para que no les queme el sol, con aquella delicadeza, aquel mimo, aquel amor. Siempre de la mano, él la coge del brazo cuando barrunta que alguien la mira, como queriendo decir; ¡ojo, que esta es solo mía! Y ella hace lo mismo cuando alguna lagarta se quiere hacer la simpática. ¡Con esos años! No me debía de sorprender, toda la vida ha sido así, pero me sorprende y eso es lo que siempre he deseado para mí.

Mis amigos empezaron a mirarme como a un bicho raro, sabían de aquellos flirteos míos, que nunca cuajaban en algo serio. Sabían que me gustaban los niños, era padrino de alguno de ellos, y todos me llamaban tío aunque ningún parentesco teníamos. Yo era el tío Jaime, al que sus madres habían querido casar a toda costa con unas u otras amigas, conocidas, o féminas de la familia. Acabaron desistiendo y mirándome con recelo ante el temor, no sé porqué, de que mis andanzas fueran solo fachada, y me gustaran los hombres.

Aquí estaba yo, bajando de nivel la botella de ron al que me aficioné en jamaica. Vaso a vaso y escuchando la música de mis vinilos. Cuanto más triste, más desgarradora, mejor. Quería llorar para celebrar mi medio siglo... y mi soledad. Ellos, amigos, mujeres y la baraúnda de "sobrinos", algunos ya con novias, me habían dado una fiesta... que me dejó el corazón debatiéndose entre sentimientos; sangrante al ver la felicidad que yo no lograba,  y feliz porque ellos lo eran. Me despedí con la excusa de un ligue. Mentira podrida, hacía tiempo que ni los quería, ni los buscaba. Me fui para casa a lamer la herida.

Cuando me quede solo, tras sus bodas, no paré de buscar con ansiedad, aquello que no encontraba, y un día, comprendí que no había nacido para martillo. Me enfrasqué en el trabajo, durante las vacaciones recorrí medio mundo con la excusa de distraerme, primero los países limítrofes, luego, exóticos lugares que aumentaban mi tristeza al contemplar tanta belleza... sin alguien con quien compartirla. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. ¡Pura falacia!

Estoy borracho. He tirado la botella y la alfombra ha sufrido las consecuencias. Mañana Juana, la asistenta que viene los martes y los viernes, me va a regañar. Ventajas y desventajas de tener a alguien conmigo tantos años ya.
Sin embargo, Juana, no me regañó. Peor aún. Me dijo que ya no podía venir más, que lo había estado demorando hasta encontrar una sustituta. Tenía que ocuparse de sus nietos.

- No te preocupes hijo - me dice con esa familiaridad que da el haber estado a mi servicio durante veintitantos años - conozco a la chica que vendrá a sustituirme desde que era cría. Tiene cuarenta años, es divorciada y madre de una niña con parálisis cerebral. Es hacendosa, limpia y muy maja, le hace falta el dinero, tú no la vas a ver siquiera, vendrá por la mañana y no te dará ningún problema. Se llama Alicia.

- Pero Juana... - quise protestar-

- Ni peros ni nada, niño. Haz caso a esta vieja, y si por algún motivo o razón, no estuvieras conforme, me llamas.

- Pues vale, si lo dice Juana, punto redondo. Alicia vendrá al país de las maravillas.

La presencia de Alicia, en la casa, pronto se hizo notar. Yo ni siquiera la conocía, aunque Juana me la quiso presentar, me di por conforme. Lo único que tuve que hacer fue cambiar el nombre y número de la cuenta en la que debía de ingresar el dinero. Desde que Alicia se hizo cargo, nunca faltaron flores frescas en el jarrón del salón. Un día, encontré sobre el tocadiscos un vinilo que yo no tenía, era de Leonard Cohen: Various Positions. Lo puse a girar. No sabía la causa, si por la música o por la acción, pero las manos me temblaban. Mientras escuchaba, pensaba en los motivos por los que aquella desconocida tenía esas atenciones conmigo. Pensé que trescientos pavos al mes tampoco eran para tanto, aunque de veras los necesitase.
Al poco tiempo, encontré una nota sobre otro disco nuevo, esta vez de Whitney Houston. La nota decía:

 -Señor Jaime, le dejo unas muestras de tela por si le apeteciera cambiar las cortinas del salón. Las que tiene, además de un tanto raídas, son bastante feas y hacen la sala muy oscura. Perdone el atrevimiento.
P.D. Usted corre con el gasto de la tela y yo se las confecciono: 10 m a 22 € 220€.

¿No te estarás pasando, muchacha? Me dije. ¡No sé por qué me parece, que te estás metiendo demasiado en mi vida! Ahora hay también flores sobre el mueble de la entrada. Todos los martes las cambia, como aun aguantan, las que quita las pasa al salón y así una semana tras otra. ¡Hasta me ha colocado envases de colores para reciclar la basura! Me tira la comida caducada de la nevera, y deja fruta en su lugar .¡Inaudito! 
He de averiguar si es que solo quiere agradar, se siente doña perfecta, o es una marimandona que todo lo quiere gobernar. También yo le dejé una nota:

- Alicia, creo que el tema merece una pequeña discusión, mejor nos vemos. Nos conoceremos, tomamos un café y vemos la conveniencia. Déjeme lugar, día y hora y lo comentamos. Mejor a partir de las seis de la tarde entre semana, o el sábado por la mañana. ¿Vale? También hemos de hablar de los discos; ¿Son un préstamo?

 Nueva nota:
- Señor Jaime: El sábado a las doce en el parque junto al chiringuito del lago me va bien. Llevaré a mi niña, tiene nueve años y va en sillita. Así me reconocerá. Los discos son un regalo, espero que le hayan gustado.

Con un cuarto de hora de antelación, ese día me dirigí al lugar. Quería ver sin ser visto. Pero me salió el tiro por la culata, cuando llegué ya estaba allí no podía ser otra. Decidida se llegó hasta mí.

- ¡Hola don Jaime!

- Por favor, retira el tratamiento, es demasiado formal. ¿Cómo me has reconocido? Ninguna foto tengo a la vista en casa...

- De acuerdo. Mira a tu alrededor. ¿Cuántos de los muchos que aquí ves llevan traje de lino? ¡Ninguno! Además, conozco de sobra lo que tienes en el ropero, no olvides que hago la colada y te plancho las camisas.

Me sentí un poco incómodo, estaba claro que ella conocía mucho más de mí, que yo de ella. De no ser por la sillita de la niña... Le hice una carantoña a la chiquilla a la par que le preguntaba su nombre.

- Me llamo Alís, y tengo nueve años.

- Eres preciosa Alís. Yo me llamo Jaime y estoy contento de conocerte.

- Gracias, yo también.

En verdad lo era. Ojos de un azul muy claro, rubia y delgaducha que parecía no dominar bien su brazo izquierdo.

- ¿Quieres que te baje para pasear un poco con Jaime?

- Sí, por favor.

La niña era más alta de lo que parecía, al igual que su brazo, le costaba manejar la pierna del mismo lado. Era como esas personas a las que ha dado un ictus, sin embargo se expresaba con calma pero perfectamente.

- Ponte de este lado -me dijo- y entonces se cogió de mi mano.

- ¿Quieres tomar un refresco? ¿O damos un paseo por el lago en la lancha?

- ¡Sí! Me gustaría mucho el paseo y luego el refresco.

- Pues hala, vamos.

Alicia no había abierto la boca, empujaba la vacía silla a nuestro lado camino del embarcadero. Nos miramos con una sonrisa de complacencia.

- Tienes buena mano con los niños,  me dijo Alicia.

- Tengo nueve sobrinos postizos, vaya, que son hijos de mis amigos y los he visto crecer, será por eso. Los muy tunantes se aprovechan de mi, siempre esperan el regreso de mis vacaciones para ver lo que les traigo.

Alicia estaba sentada en el banco de enfrente y la niña a mi lado. Fue entonces cuando realmente me fijé en ella. Las dos eran como una gota de agua, un calco la una de la otra, aunque la chiquilla, de no ser por la enfermedad, seguramente con el tiempo la sobrepasaría en altura.
Mientras Alís miraba los patos y los botes de remos, nosotros tratábamos de adivinar los pensamientos recíprocos, indagando en la profundidad de nuestros ojos como si aquello nos fuera a decir algo. La lancha no era lugar para confidencias, llena a rebosar de padres con niños, o parejas de excursionistas mayores, el bullicio era casi ensordecedor.

- ¡Mira, mira los pavos reales en aquellos árboles!

- ¡Y la cascada! ¡Vamos a pasar bajo ella!

Alís se acurrucó junto a mí algo insegura ante la oscuridad que se presentía. La barca entró en una cueva tras el agua, y de repente, se encendieron unos focos de colores, rojos, azules, verdes o amarillos, dirigidos a las estalactitas y a las raíces colgantes de los árboles que estaban en el exterior, en la cumbre del montículo. Entonces cesó el jaleo, todos quedaron con la boca abierta mirando aquella maravilla.

- ¡Oh, qué bonito! ¡Mamá, nunca me habías traído aquí!

- No podía yo sola Alís. ¿Lo comprendes, verdad?

- Sí. Gracias por venir Jaime.


En la terraza del bar, Alicia me contó que era abogada. Se casó cuando ambos, dos años después de acabada la carrera, trabajaban en bufetes distintos. Compraron un piso y nació Alís, pero Marino, su ex-marido, incapaz de soportar la enfermedad de la chiquilla, le pidió el divorcio. Llegaron a un acuerdo, él le dejaba como compensación la parte que le correspondía del piso a cambio de los alimentos que había de pasar a la niña, y se largó. Alicia dejó el bufete, su hija necesitaba de ella y aquel trabajo no le daba respiro. Vendió el piso, demasiado grande, y puso a buen recaudo el dinero tras alquilar un apartamento. Entonces comenzó a trabajar como asistenta por las mañanas en varias casas mientras Alís estaba en la guardería. Tenía las tardes libres, los fines de semana y menos preocupaciones pudiendo dedicar a su hija todo el tiempo. Alis era lista y cariñosa, y aunque se fatigaba al menor esfuerzo y otras cosillas puntuales, la mente razonaba bien, conocía el significado de las palabras, y mantenía una conversación como cualquier chiquillo de su edad. Para hacer honor a la verdad, yo había supuesto que iba a encontrar a una madre puntillosa y a una hija incapaz, un ser amorfo al que se le caía la baba, hacía gestos extraños y gritaba en vez de hablar.

Habíamos quedado para hablar de cortinas, pero hasta el momento, ni ripio sobre ellas. Ella me contaba su vida con naturalidad, como si fuéramos viejos amigos que se encuentran por casualidad después de mucho tiempo. Yo, a medida que ella se explayaba, me juzgaba a mí mismo. ¡No volveré a emitir jamás un juicio de valor solamente por apariencias o ideas preconcebidas!


Si dijera que ese mismo día me enamoré de ambas, y por primera vez en la vida, no mentiría. Tal vez estaba predispuesto, ansioso por cambiar de vida... es muy posible. Aun reconociendo esa ansiedad, lo que empecé a sentir aquel día nunca lo había sentido y sabía con toda certeza que el roto había encontrado al descosido, o viceversa. 
¡Craso error! Alicia se mostró reticente cuando le abrí de par en par mi corazón. El gato escaldado del agua fría huye. Más, estaba seguro de no equivocarme, y de que ella no se equivocaba. El tiempo, no mucho, me dio la razón.


6 comentarios:

Elda dijo...

Hola Alfredo.
Me había hecho el propósito de no leer nada en la red y darme un respiro, aprovechando que estoy fuera, en la casa del pueblo, pero al final he entrado en mi blog y he visto tu entrada. Comencé a leerla y ya no he podido parar.
Una historia preciosa y llena de ternura, ya que a los protagonistas les has dado un tinte entrañable, además de sus puntitos graciosos.
Yo creo que siempre hay un roto para un descosido, aunque sería más lógico decir, un cosido para un roto, o un botón para un ojal, ¿no? jajaja. Pero bueno, el dicho es de la otra forma.
Un abrazo y hasta pronto.

Liliana dijo...

Ayyyyyyyyyyyyy! qué bonito, me ha gustado mucho.

Hay que recordar que: "Lo último que se pierde es la barriga, señor Esperanza"

Saludos Alfredo =)))

Manuel dijo...

Preciosa historia, y entrañable todos los personajes de la misma; como ejemplo, el párrafo que habla de sus padres, y el de esos sobrinos desinteresados que le esperan con los brazos abiertos, a la vuelta de sus vacaciones.
Una maravilla.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Gracias Elda, pasatelo bien.
Salu2.

Alfredo dijo...

Liliana.
No te creí tan romanticona.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel, me alegro que te gustara.
Salu2.