martes, 8 de agosto de 2017

El legionario.


Decían que Julio estaba participando en conflictos por varios países como soldado de fortuna. En realidad, nadie sabía más que lo poco que él contara, dejando al albur de la fantasía de los demás, hechos basados en alguna realidad que magnificaban.

Lo que era cierto, es que cuando aún no había cumplido los diecisiete años, se fue del pueblo con bastante prisa. El motivo, que su familia negó en principio, para después tratar de comprar un silencio imposible, no era otro que un embarazo. Pero el padre de la chica, catorce años, estaba dispuesto a descerrajar dos tiros a aquel mequetrefe que por la fuerza le había robado la honra a su hija. Con cuatro perras en el bolso, y lo puesto por equipaje, dejó que sus mayores solventaran el asunto, porque así se lo pidieron. Corría el año 1928.

No se supo nada de él hasta el año 1942 en que envió una carta desde algún lugar de Argelia. Al parecer estaba en la legión francesa, que, obedeciendo órdenes del gobierno colaboracionista del general Pétain, luchaba contra el movimiento francés libre y contra americanos e ingleses que habían desembarcado para combatir a los alemanes en el norte de África. Eso duraría poco; con su general al frente, se pasaron al bando aliado.
En aquella carta, dirigida a su padre, contaba alguna de las vicisitudes por las que había pasado. Los años de hambre y duro trabajo hasta que llegó la guerra en España, su incorporación al bando republicano, la huída a Francia y su alistamiento, más bien forzado, en la legión. Le pedía perdón por los males y la zozobra que pudiera haber causado, y, enterado de las necesidades por las que pasaba el país, ahora que podía, mandaba algo de dinero para lo que fuese menester. Los envíos, comenzaron a ser regulares por medio de los consulados, hoy desde aquí, mañana desde allá.

Casi quince años sin dar señales de vida, y cuando lo hace, dirige su primera carta a un progenitor que había muerto siete años antes, en el  treinta y ocho.

Muchas cosas habían sucedido en aquellos años. Julio padre, trató de arreglar del mejor modo posible aquel desaguisado. Con buenas palabras quiso convencer a su convecino Esteban, de que los chicos eran demasiado jóvenes para algo de lo que ninguno estaba preparado. Podían esperar unos años, él se haría cargo de Ana y de lo que tuviera, y después los casarían. Pero Esteban era cerril, consideraba que si Julito había tomado por las bravas a su hija, mal porvenir les aguardaba.

- Pero, eso es lo que te dice ella. No sé si se quieren, ni ellos lo saben, o solamente fue una aventura, lo que sí sé, es que hubo consentimiento. Así me lo dijo Julio y yo le creo. Ella tuvo miedo a tu reacción y por eso miente.

- ¡O miente el tuyo!

- ¿Y esperó cuatro meses, cuando ya todo era notorio, para hacer esa acusación?

Aquella conversación acabó de mala manera, se insultaron y llegaron a las manos. Las dos familias no se volvieron a hablar, y cuando llegó la guerra, alguien acusó a Julio de ser un fascista. Bastaba con saber que su padre y su hermano habían sido militares y que estaban en posesión de una buena hacienda. Julio, el maestro, fue detenido, y seis meses después, en el treinta y ocho, con las cárceles llenas, comenzó una purga sin ton ni son. Con él, otra docena fueron hallados junto a la tapia del cementerio fusilados y con sendos tiros en la nuca, para remate. Todas las sospechas de la delación recayeron en Esteban, que apareció pocos días después colgado de una viga en el corral, entre las ovejas. Corroído por el remordimiento, seguramente pensó que la cosa no iría tan allá, y optó por una decisión que dejaba a su familia en una situación precaria ya de por sí.

Ana, confesó llorando entonces que todo era culpa suya. De no haber mentido, los dos hombres vivirían, Julio no se hubiera ido, y a aquellas alturas los dos estarían seguramente casados, y criando a su hija.

Su suegra putativa, viendo las condiciones en que vivía en su casa, con cuatro hermanos menores, perdonó y acogió a las dos. Era lo único que le quedaba, el hijo, ¡quién sabe por dónde andaría y que peligros correría!

Hasta el cincuenta y tres, Julio no volvió a escribir. Por entonces los franceses estaban a punto de perder Indochina. Era una carta de despedida. Para entonces ya sabía todo lo relativo a su familia, sabía que tenía una hija en la universidad y que Ana, tras muchas idas y venidas, había conseguido que la embajada lo buscase.

- Señora, haré todo lo posible por encontrarlo, pero ha de tener en cuenta, que los legionarios suelen dar un nombre ficticio al alistarse. Le había dicho el cónsul. Más ella no ceja en su empeño - Siga el rastro del dinero que envía y sabrá dónde está. Es necesario que sepa que su madre está muy enferma - y mira por donde, a principios del cincuenta y tres lo localizan con su nombre y apellidos españoles. Está en los alrededores de Hanói en el delta de Río Rojo con grado de teniente, dos veces herido en combate y con el pecho lleno de condecoraciones. Ana le cuenta de cabo a rabo todo lo acontecido desde que se marchó, le pide que vuelva ante la enfermedad de su madre, pero Julio está atado.

El legionario, rehace en su memoria el recuento de cuantas situaciones complicadas ha vivido; La Batalla del Ebro, cuando pusieron en serios apuros al bando nacional pasando a la otra orilla, el retroceso por su empuje, la pérdida de lo conseguido y su huída a Francia. En aquella ocasión, como tantas otras, tuvo miedo, pero no la certeza que ahora tenía de que iba a morir al igual que murieran su abuelo y su tío, el primero en El barranco del Lobo en 1909, y su hijo en Annual en 1921.

Incorporado a la legión extranjera, lo llevaron a Argelia. Tras un duro entrenamiento, es destinado a una pequeña guarnición en el desierto. Es aquí donde ganará sus primeros galones merced a una treta que los naturales bereberes solían utilizar. Enterrados en la arena bajo sus chilabas, esperaban las salidas de las patrullas y las atacaban por retaguardia saliendo de sus escondrijos. Julio propuso al capitán que mandaba el pequeño fuerte hacer lo mismo; enterrarse a unos centenares de metros, y cuando los atacantes bereberes se lanzaran al asalto, los cogerían entre dos fuegos. La treta dio resultado, veinte muertos dejaron sus enemigos, y por un tiempo se vieron libres de las amenazas de merodeadores y partidas de ladrones que amparaban un incipiente movimiento nacionalista.

Recuerda su participación en la guerra mundial recorriendo todo el norte africano desde Marruecos a Túnez donde fue herido por segunda vez. Luego, su reincorporación en el cuarenta y seis lo llevó a Vietnam donde Francia trataba de recuperar sus posesiones, de las que fueran expulsados por los japoneses un año antes, y que ahora controlaban los comunistas de Ho Chi Minh. Tampoco sintió esa desazón en la Batalla del delta del Río Rojo frente treinta mil hombres en el cincuent y uno. Quizá por la superioridad manifiesta que parecían tener con aquella mortífera y novísima arma que los aviones arrojaban: El Napalm. Pero ahora, en el cincuenta y cuatro, lo han llevado a Diem Bien Phù. A su entender, y a pesar del aeródromo y la fortificación, una ratonera en un valle situada en el centro del territorio del Viet Minh, de difícil acceso donde prácticamente solo podían ser abastecidos, o recatados, por aire; la carretera era mala y propicia para las emboscadas.
La artillería enemiga, enterrada en una labor de zapa que los ocultaba, machaca las posiciones sin piedad un día tras otro. Esto, unido al monzón que forma un enorme barrizal le hace ver las cosas harto complicadas. Cree firmemente que se va a dar la última batalla y que de ella no saldrá con vida. Sin embargo se equivoca, herido nuevamente, perdida la guerra, rendido el ejército, es hecho prisionero y puesto en libertad tras el armisticio en el cincuenta y cinco.


Julio no sabe cómo se va a vestir. El uniforme le parece demasiado ostentoso, de paisano no se ve. Es igual que se ponga ropa informal o traje, va a cumplir cuarenta y cinco años y lleva más de la mitad vistiendo de militar.

Ha llegado a España y se dirige a la casa familiar. El taxi le ha dejado en la plaza del pueblo. Plaza y calles adyacentes parecen estar igual que cuando se fue; los soportales con sus columnas de piedra continúan sustentando las balconadas y galerías, la iglesia luce ahora con una gran cruz en la fachada sur con una inscripción loando a los caídos. Solamente los alrededores han cambiado, bueno, hay algunos comercios nuevos, las tabernas tienen ahora otro aire y han sacado las mesas afuera. Pasea a la sombra de los soportales mirándolo todo y tratando de reconocer negocios y negociantes. ¡Imposible! Solamente la farmacia y la ferretería continúan más o menos igual. Mientras la primera ha agrandado el escaparate, la segunda ha amontonado junto a la puerta sus cachivaches para que se admire el género.

Se decide a entrar en la antigua botica de don Servando, donde pide una caja de pastillas Valda. La joven que lo atiende lleva bordado en azul su nombre en el bolsillo de la blanca bata. Él pregunta por don Servando.

- Perdone que le haga esta pregunta: ¿Vive don Servando?

- ¡Oh sí! Como él dice, solamente tiene setenta y un años. Si lo quiere ver, a esta hora suele estar tomando el aperitivo en el casino.

- ¿Sigue siendo el propietario?

- Digamos que sí. ¿Lo conoce?

- Por supuesto, aunque hace años que no lo veo. Me ha dejado en la duda, ¿es el propietario, o no?

- ¿Por qué desea saberlo? ¿Acaso es familiar suyo?

-No, ni mucho menos era amigo de mi padre. Solamente es que su respuesta ha sido un tanto ambigua. Aunque no lo parezca soy militar, en mi trabajo estoy acostumbrado a las preguntas con respuestas concisas. Perdone si la he molestado.

- Tiene razón, pero yo a usted no le conozco, y no me gusta contar a los desconocidos vida y milagros de los demás. Don Servando es mi padrino y no tiene descendencia. Yo seré la propietaria cuando fallezca, si Dios quiere dentro de muchos años.

- Veo que la he molestado, lo siento. Mire, yo vivía en esa casa de la plaza que hace esquina con la calle de Los Zapateros. Curiosamente me llamo como su segundo nombre, licenciada Ana Julia Contreras.

Al instante los dos interlocutores se dieron cuenta de quién era cada cual. El aguerrido soldado se quedó mudo, la joven con la boca abierta y los ojos como platos.
Él pensó: Es un nombre que se ve poco. Ana por su madre, Julio por su padre, sí el apellido Contreras es de su madre, como estoy seguro, quiere decir que la registraron como hija de padre desconocido.
Ella pensó: Se llama Julio, vivía en la  casa de la esquina donde yo vivo con mi madre y abuela, tiene acento francés, y es militar. ¡Más claro, agua!

Y los dos al unísono exclamaron: ¡Eres mi hija! ¡Eres mi padre!

- ¡María! - llamó a la que en la rebotica trajinaba.- atiende tu sola que tengo que salir.

Se sentaron en la terraza del Café Ideal, ni un solo gesto de acercamiento entre ellos. Al fin y a la postre, rumiaba Ana Julia, él las había abandonado, y tan culpable era de la muerte de los abuelos Esteban y Julio, como lo fuera su madre. Aquella desgracia estaba grabada a fuego en su mente desde los nueve años. Por otro lado, aquello quedaba un tanto lejano, y, aunque apenas había dado señales de vida, cuando lo hizo fue para tratar de reparar lo acontecido, aunque solo de vil metal se tratase.

El legionario, habituado a solventar situaciones comprometidas, estaba confuso sin saber la determinación, el comportamiento que debía mantener. No había previsto tal encuentro y la situación le irritaba consigo mismo.

- ¿Está ya bien mi madre?

- Sí, la abuela Mercedes ya está bien.

- ¿Y Ana?

- Muy bien, gracias.

- Por ti no pregunto, te veo hermosa e inteligente. Posiblemente, y con razón, un tanto recelosa conmigo, pero la vida es como es, y si no te conocí primero, me gustaría mucho hacerlo ahora. Comprendo que encontrar un padre a estas alturas, no cambia nada, me he perdido tu infancia cuando más me necesitabas, y tus sentimientos pueden ser encontrados. No pretendo, tampoco sabría, actuar como tal, pero si quisiera ser un buen amigo.

- Siempre he tratado de imaginar cómo sería el soldado que luchaba sin tregua. Iba añadiendo años a aquellas antiguas fotos de un crío con cara de santo, y cada año que pasaba, el santo se iba convirtiendo en demonio. Ni una sola carta, ni una sola mención a mi persona en las cuatro que escribiste en todos esos años. El paladín con el que soñaba de chiquilla, se fue convirtiendo en villano hasta el punto en que rechace la ayuda que me pudieras prestar. He estudiado siempre por mis propios medios, o con la ayuda puntual de mi padrino Servando, que siempre trató de mediar entre mis dos abuelos. No puedes llegar a saber los malos tragos que se pasan cuando has de escribir en los documentos "padre desconocido". Lo crueles que llegan a ser los otros niños con los que vas a la escuela. Dices que quieres ser mi amigo, está bien; si no te vas a otra guerra de esas a las que eres tan proclive, quizá lo puedas conseguir. Soy persona abierta, amiga de mis amigos, que tiene fe en el prójimo, y que quiere sinceramente a aquellos que lo merecen... y a bastantes de los que no.

Se fueron hasta la casa. El portalón estaba como siempre; la escalera a la derecha, el portón que daba al patio al fondo, a la izquierda el aula donde su padre impartía clases a los niños, a la derecha la de las niñas. Don Julio el maestro, dejaba abiertas de par en par ambas puertas, y con continuos paseos se dirigía de la una a la otra en una forma peculiar de enseñanza. Su voz grave resonaba en el portalón, y ni unos ni otras, perdían ripio de lo que contaba o las explicaciones que daba. En la clase de geografía, todos a coro recitaban el nombre de los ríos, sus afluentes y por donde pasaba cada cual. A veces, cuando nombraban las cordilleras, las provincias de cada región o similares, se establecía una competición tan sonora entre una y otra banda, que don Julio debía aplacar los ánimos. Hoy, una de las estancias la ocupa don Servando, primo de la dueña. Mercedes lo había traído a vivir a la casa cinco años antes, cuando se quedó medio ciego por culpa de la diabetes. En la otra estancia estaba la biblioteca con un par pupitres de los que utilizaban los chiquillos, los libros que don Julio había ido recopilando y unos buenos sillones frente a la chimenea.

Subieron la escalera. En el primer piso dos puertas también. Las dos abrían por medio de un cordel que accionaba el resbalón. Entraron en la de la derecha. Dos mujeres hablaban.

- ¡Buen díaaa! Os traigo una visita. Pasa.

Ninguna de las dos mujeres sabía de antemano que Julio estaba en España y mucho menos que iba a venir. Sin embargo, ambas lo reconocieron al instante. la una, porque es imposible que se le despinte un hijo, la otra, porque aunque pasaran los años, la llama seguía viva; lo había querido desde que empezara a andar.
Aunque al principio Ana se retrajo un poco, el lugar era para la madre, enseguida se unió a ellos. Se abrazaron y comieron a besos. Ante aquellas muestras de cariño, a Ana Julia se le soltaron las lágrimas, el impulso la llevó a participar en las caricias, y por un rato largo, los cuatro permanecieron abrazados entre suspiros.
No era día de reproches, pero sí de disculpas. El legionario, sintiéndose querido como nunca antes, pedía perdón a las tres entre sollozos.


Esta pequeña historia, está por terminar. Pero no seré yo quien lo haga, Tu que has llegado hasta aquí, dime qué es lo que piensas: ¿Volvería Julio a retomar su oficio, o se quedaría para saldar la deuda que tenía para con su madre, novia e hija?


3 comentarios:

Elda dijo...

Yo como soy una romántica delante de las letras, (porque después no tanto, jajaja), creo que se quedará con sus tres mujeres.
Bravo por esta historia que has escrito Alfredo, a mi particularmente me parece de lujo y por la forma de contarlo, sobresaliente.
Si fueras el autor de un libro, seguramente me encantaría leerlo.
Hay que ver los arrebatamientos de los adolescentes tan tempraneros, las consecuencias que podían traer en aquellos tiempo; una verdadera tragedia en lo que se refiere a los padres.
Me ha gustado mucho, tiene unos ingredientes muy sabrosos.
Mis felicitaciones y un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Completamente de acuerdo. Yo lo veo así:

Julio se quedó en el pueblo, algo debía de hacer, así que abrió una armería. ¡Cómo no, si las armas eran su especialidad! Los cazadores tendrían donde abastecerse bien.
Se casó con Ana y adoptó a su propia hija para que llevase su apellido y heredase algún día. Es de justicia. Claro está, que Ana aún era joven y bien podía darle otros herederos, esta vez con todas las de la ley. Así sucedió, y para rizar el rizo, madre e hija se casaron a la vez, la farmacéutica con un chico que era secretario del ayuntamiento. De aquellos matrimonios, nacieron dos hijos que apenas se llevaban un par de horas. Uno de ellos era hijo de Ana, hermano de Ana Julia y tío de su nieto. (De Ana) ¿Sí?
Te doy las gracias por el comentario. (Aunque se me suben los colores por el alago)
Salu222.

Liliana dijo...

...no he terminado de leerlo, a ver si en la noche antes de dormir, está un poquito largo, eh? 😛

Saludos =)))