lunes, 14 de agosto de 2017

El reino de Aamaranto.



Erase una vez, hace mucho tiempo, un reino ni grande ni pequeño donde todo parecía estar en armonía. El rey se preocupaba de que sus vasallos vivieran decentemente, sin los agobios de impuestos onerosos, y procurando evitar las luchas intestinas, que por unas y otras razones, habían sido hasta su llegada causa de enfrentamientos cruentos.

Era tenido el rey por condescendiente, procurando seguir aquella máxima de Terencio que decía: "La condescendencia crea amigos, la verdad, odios". Y digo "procurando", porque cuando algo grave sucedía, dejaba a un lado la condescendencia, para tratar de encontrar la verdad aunque pudiera granjearse el odio de aquellos que iban a sufrir las consecuencias, si es que habían quebrantado la ley. Ante esta forma de actuar, el pueblo reconoció que también era justo.

Más, justicia, ley, verdad o condescendencia, son palabras mayores, complicadas de manejar cuando atañen a la propia persona.

Nuestro rey casado a edad tardía, tenía tres hijos, dos varones y una fémina en medio de los otros dos. El primogénito, que habría un día de heredar el trono, fue bien encauzado desde chiquillo por su ayo, que inculcó en él educación, responsabilidad, sentido del deber, paciencia, mesura... en fin, cuanto de bueno y loable hay en la vida. Claro está, que para que todo aquello cuajara, había que tener una pasta especial, y el chico la tenía.

Su hermana, sin embargo, bien por el mimo excesivo con que fuera criada, o simplemente porque lo llevaba en la sangre, era voluble, caprichosa, casquivana, parlanchina en demasía y sin afán de aprender otra cosa, más que la forma de lucir esplendorosa. Decían de ella, que habiendo oído una vez aquella historia sobre Cleopatra y los baños de leche de burra, se encaprichó de tal modo con aquella idea, que su madre no tuvo más remedio que complacerla. Lo cierto era, que no habiendo burras suficientes en la comarca para atender tanto consumo, los baños los preparaban con agua y leche al cincuenta por ciento.

El tercero de los hijos del rey, en poco se parecía a sus padres, pues siendo estos morenos de tez y pelo, él salió rubio tirando a rojo cual panoja de maíz y de piel blancuzca que se tornaba en un difuso anaranjado en los a menudo momentos de contrariedad. Mucho le dio por pensar en esto al rey, y también a la reina, aunque ella no se sabe a ciencia cierta si lo hacía para disimular. "De cualquier forma, dijo la reina, tú te llamas Amaranto, al igual que tu padre y abuelo, y sabido es que esa planta tiene una flor de color carmesí. Por algún motivo les pondrían ese nombre". Quedó conforme el monarca, que enfrascado en los avatares de la gobernanza, no se volvió a ocupar de ello. El chiquillo, cinco años menor que su hermana y siete que el hermano, era de la piel del diablo. Un zascandil artero, traidor, fisga y fisgón, amén de cualquier otro adjetivo por el estilo.
Con cinco años, correteaba por todos los aposentos del castillo, habiendo descubierto pasadizos tan sumamente secretos, que ni su padre los recordaba. Fue así, recorriendo aquellos, que se entero de cosas muy interesantes que algún día no lejano podría aprovechar en su beneficio. Por ahora, simplemente se dedicaba a ver, oír, callar y almacenar, en una memoria prodigiosa. Mira por donde sus padres habían acertado con el nombre: Beltrán.

A Amaranto, el rey justo, se le empezaron a complicar las cosas del reino. En época de bonanza, los señores medran a costa del abundante campesinado que ha de trabajar por un alimento de subsistencia, las ciudades crecen, hacen falta recursos, se han de aumentar los impuestos... y ya está liada la cosa. El rey, preocupado en tratar de solucionar los conflictos surgidos, no se da cuenta lo que en su propia casa sucede. Y sucede, que, su esposa tiene un amante, que su hija es una ninfómana que aprovecha los baños para darse placer, que su hijo pequeño, a punto de la pubertad, so pena de contar lo que a escondidas por los secretos portillos de los pasadizos ha visto, practica el incesto con su hermana, que ha puesto en un brete a su madre, pues habiendo oído que es hijo del amante, les ha dicho que él quiere ser rey, y que su "pseudo padre", el rubio Roderico, capitán de la guardia, ha de deshacerse del hermano mayor para conseguirlo. 
De enterarse Amaranto de estos contubernios, las cabezas de los implicados corrían el riesgo de caer al cesto del verdugo, cortadas por el hacha. 

Los amantes pensaron la forma de deshacer tan complicado enredo. La reina Taira no estaba dispuesta a perder bajo ningún concepto a su hijo Antón. Roderico, aunque callaba, no veía con malos ojos que el suyo lo fuese - Así, durante unos años yo sería regente. ¡Qué digo, puedo ser rey! - Cavilaba.
Aunque eliminar al infante sería la mejor solución: Con un solo muerto todo estaba solucionado, y muerto el perro, se acabó la rabia, eso no le haría rey.  No era cosa de escrúpulos, ningún apego sentía por Beltrán, era cosa de la ambición que el propio chico había generado en Roderico. Lo acertado sería la primigenia idea de acabar con Amaranto y Amarantón. (Así llamado el hermano mayor para distinguirlo del padre al que no le gustaban los numerales romanos, y que al final se quedó en Antón). Beltrán, de diez años, necesitaría de alguien que le ayudase a gobernar y allí entraba él. Pasado un tiempo, ya consolidado en el puesto de regente, Beltrán y Taira sufrirían un accidente, entonces Roderico se casaría con Amarilde para dar mayor legitimidad a su nombramiento como rey.

Beltrán no las tiene todas consigo. Sabe que tiene once años y que ha comenzado una partida de ajedrez harto complicada. A un lado las negras: Amaranto rey, Antón caballo, Amarilde un simple peón, al otro lado las blancas, que han de iniciar una apertura en que las negras no saben de la misa a la media: Él el rey, su madre dama y Roderico torre. Tiene las mejores piezas para dar un jaque mate, pero todo depende de cómo juegue cada cual. Hay que tener en cuenta, que aunque parezca una similitud, no es un juego y puede haber cobardes (Taira, nada hará contra Antón) o traidores (Roderico se puede volver en su contra).


Por una vez, Amaranto observa a su hijo pequeño. Lo encuentra, más que pensativo, preocupado. Más que bullicioso, silencioso y precavido, siempre mirando tras de sí.

-¿Qué te sucede amado hijo? ¿Qué es lo que te ronda por la cabeza? ¿Acaso estás enfermo?

Al chiquillo le extraña el tono afectuoso del padre, que lo ha acercado junto a sí y le acaricia el pelo. Tiene un momento de debilidad.

- Padre, ¿crees en verdad que yo puedo ser hijo tuyo?

- ¿Qué pregunta es esa?

Se miran a los ojos. Los del padre inquisidores, él se retrae un tanto ante el temor de haber sido descubierto. Inventa una patraña.

- Lo digo, porque al ser yo tan distinto de Antón, parece como si fuera hijo de otros padres.

- Beltrán, aunque no lo creas, eres mi preferido. Yo también fui un tanto díscolo, luego me fui dando cuenta de que por ese camino, no llegaría a aquietar las convulsas aguas que tu abuelo no era capaz de remansar. Estaba el reino casi perdido, se necesitaba valor y carácter para dominar a los señores que lo habían convertido en un reino de taifas. Emplee tiempo, esfuerzo, y la amenaza de someterlos por las armas, pero por fin lo logré. Ahora las cosas andan revueltas de nuevo, yo confío en ti para que ayudes a tu hermano cuando me haya ido. Antón tiene muchas cualidades, pero tú le ganas de lejos en inteligencia, él será rey, y tu su más preciado consejero.

Por un momento, Beltrán pensó contar todo lo que sabía, más aquello podía tener consecuencias que no podía imaginar, mejor se enteraba primero y luego decidiría. Y decidió preguntar a su madre, a bocajarro:

- Madre, ¿es cierto que soy hijo de Roderico?

- ¡Jesús! Verás hijo, te diré toda la verdad. Roderico es joven, atento y gallardo, yo estaba muy sola, desatendida, con tu padre siempre inmerso en la resolución de problemas. Me hizo la corte, y me rendí. Yo estaba ya en la madurez y me enamoré. Tuve miedo que se alejara de mi lado y le hice creer que tú eras hijo suyo para sí retenerlo. En verdad de poco ha servido, Roderico no te quiere a ti, ni a nadie, y ahora vienes tú a servirle en bandeja de plata la cabeza de tu hermano, cosa que jamás consentiré. De continuar con esa pretensión tuya, yo misma confesaré a mi marido, tu padre, la verdad. Eso tal vez nos cueste la cabeza a ambos, pero prefiero la muerte antes que un hijo mío sufra algún mal.

- Gracias madre, se lo decías con tal convencimiento, que yo creí en verdad que era hijo suyo. Ahora te creo. La partida de ajedrez ha terminado, la torre caerá abatida antes de dar jaque.

- ¿Cómo dices?

- Nada madre, no te preocupes, nada malo le va a suceder a nuestra familia.

Con la excusa del plan que tenía fraguado, Beltrán llevó a Roderico por el laberinto de pasadizos secretos que comunicaban salas con dormitorios, vestidores con comedores, o cocinas, o bodegas, escaleras... Roderico estaba completamente desorientado, en un momento dado llegaron a una puerta, Beltrán le dio la antorcha que había portado hasta entonces.

- Pasa, le dijo- es necesario que abras esa poterna. Roderico dejó libre el cerrojo y la puerta se abrió hacia afuera. La luz lo cegó, el cerrojo en una mano, en la otra la tea, y abajo, muy abajo, el foso. Durante unos segundos el capitán de la guardia quedo suspendido en el aire, luego cayó al vacío. Se acabaron los contubernios.

Más arriba hemos dicho, que palabras como ley, justicia, verdad, o condescendencia, son complicadas de manejar cuando atañen a la propia persona, a la familia. Ante caso semejante, ¿buscaría el rey la verdad? ¿Aplicaría la ley y la justicia? ¿O, sería condescendiente consigo mismo?


La reina Taira explicó a su esposo Amaranto ce por be sus amores adúlteros.

El rey abdicó en su hijo y se dedicó a su esposa.

Beltrán sería desde aquel momento nombrado el consejero más joven que se había visto. Nunca explicó si Roderico se había caído... o lo empujó.

Amarantón llevó el reino a una prosperidad jamás soñada.

A Amarilde la casaron con el príncipe del reino limítrofe que la hizo nueve hijos. Tanto embarazo la curó de aquellas "enfermedades" que padecía.

Todo quedó en familia.



1 comentario:

Liliana dijo...

Madre mía!!! qué santo enredo!!! jajajaja pero me gustó Alfredo, me gustó!

PD: todavía no termino de leer el anterior...calma y nos amanecemos, eh? :D

Saludos =)))