miércoles, 30 de agosto de 2017

No hay rosa sin espinas.



De las cinco hermanas, ella era el patito feo. Incluso sus dos hermanos eran más guapos para mujer que ella. Hija de un chatarrero misérrimo, y con una abuela gitana por parte de madre, fue la única que heredó la tez morena y la nariz un tanto ganchuda de la abuela. Tal vez por ello, en las contadas ocasiones que su padre pasaba por casa, el mejor regalo que llevaba a sus hijos era para ella, no deseaba que se sintiera de menos.

El hombre, tan pronto estaba en la cúspide de la montaña, como en el más profundo abismo. En cuanto al dinero, me refiero, por cuanto su oficio estaba sometido a los vaivenes de una oferta y una demanda, demasiado fluctuante. A veces pagaba a cinco por lo que cobraba a uno y viceversa. El problema era que solamente poseía un carro del que tiraba un caballo, y cuando el carro estaba lleno y estaba sin blanca, había que vender aunque perdiera dinero. Nómada por vocación, aunque nada le relacionaba con la etnia a la que pertenecía su mujer, pasaba las semanas por pueblos y ciudades a la búsqueda de la chatarra. Así, la familia tan pronto nadaba en la abundancia, como ni siquiera un trozo de pan podían llevarse a la boca. Para más inri, era bebedor, jugador, pendenciero y enamoradizo. Algún día os contaré sus historias. Fuese como fuese, todos iban tirando.

María Rosa, nombre del patito feo, creció envidiando la blanca tez y hermosura de sus hermanas, y reverenciando la deferencia hacia ella por parte de su padre. Con los años, el rencor hacia sus hermanas fue en aumento, aunque sagaz e inteligente, jamás dio muestras de ello. A lo sumo, las trataba con cierta indiferencia, incluso con superioridad cuando para ella el padre traía el más lindo vestido, ajorcas o collares.

En el cincuenta y ocho, la mayor, Alicia, ha cumplido dieciocho primaveras, Rosa, la segunda, uno menos, luego Ernestina, los chicos y por último las otras dos. Todos se llevan un año mes arriba mes abajo. Sin posibilidades de estudiar, cada cual se va buscando su chamba, ellas también. El uno aprendiz de panadero, el otro de mecánico, Alicia y Ernestina peluqueras, y Rosa se ha empeñado en poner una tienda de viejo. Quiere, imitando a su padre en el trapicheo, ser ropavejera. Él, a la par que busca el latón, cobre, plomo o hierro, ha de hacer ahora un hueco en el carro - acabará por tener una furgoneta- para esa ropa que Rosa venderá.

Las tres mocitas mayores, empiezan a salir al baile y las romerías con las amigas. Un grupo de moscones no las dejan ni a sol ni asombra. Rosa ha echado el ojo a uno alto y fornido, parece un tanto simple, pero estudia para arquitecto. Sin embargo, ha tratado de tontear con unos y otros, para chinchar a las demás. Pero la táctica de hacerse la intelectual, siempre con un libro bajo el brazo -Tratado de psicología contemporánea- no da resultado. Se compró otro libro; Los mejores chistes de todos los tiempos, para hacerse la simpática, más no era lo suyo, por bueno que fuera el chiste aprendido, lo estropeaba al contarlo. También se mostró indolente, mística y hasta vampiresa, pero nada ha surtido efecto, cada cual tiene su objetivo bien definido.

A Mateo, al que todos llamaban Teo, no se sabe si por simplificar un nombre ya de por sí bastante corto, o por significar la simpleza del mozo, le gustan todas, todas menos Rosa, pero los otros más espabilados en las artes del amor, no le han dejado resquicio. O se queda con la fea, o se queda sin nada. Es duro tener que buscar solo en otra parte, sus amigos están allí y él sin ellos no se atreve. ¡Es tan apocado!

Es la ocasión de Rosa. Enganchará a Teo de la mano y presumirá de lo buen mozo que es. Él, reconociendo su poco espíritu, se ha dejado llevar por esa forma de ser entreabierta, contradictoria y siempre inquieta de la que ya es su novia. Ha comprendido que tampoco sirve para el oficio que eligiera; hay que tratar con los clientes, estamentos, obreros... Cambia de parecer y se dedica a la topografía. Le gusta el monte, el campo abierto y las carreteras que ha de trazar. Con su teodolito al hombro y su ayudante a distancia, es feliz. Luego, en su estudio, plasmará los datos, presentará sus proyectos, y que los jefes resuelvan.

Alicia y Ernestina se van a casar. Han decidido que será el mismo día, una boda conjunta en la que han puesto todas sus ilusiones. La fecha está decidida, para entonces estarán acabados los pisos donde vivirán, tendrán tiempo para completar el ajuar y ahorrar algo más. Para colmo de felicidad, su padre pasa por una buena racha, ha comprado un terreno donde acopia el material, ya no le afectan tanto las subidas o bajadas de precios, tiene gente que trabaja para él, y pasa más tiempo en casa.

Seis meses antes del evento, surge el problema. María Rosa dice estar embarazada de dos meses; ha de casarse a toda prisa. El chasco de las otras es mayúsculo. ¡Les ha estropeado la boda! Rosa no puede retrasarlo, ni sus hermanas adelantarlo. Todo está ya planificado.

- ¡Parece que lo hicieras a posta! Le grita Ernestina fuera de sí.

- ¡Sin duda! -apostilla Alicia- ¡Ese pánfilo como tú le llamas, no sería capaz de encontrar el agujero sin llevarle de la mano!

- ¡Por Dios hermanas, ha sido sin intención! ¡Os lo juro! ¡Solamente una vez nos propasamos! ¡Qué desgracia la mía señor! A todos he defraudado con mi proceder. Pero no os preocupéis, celebrad vuestra boda, ya lo haré yo cuando mi hijo haya nacido. No me importa apechugar con ello.

- ¡Eres mala Rosa! Y encima quieres ir de mártir. Si te casas primero, todos sabrán el motivo, si lo haces después, ¿en qué lugar nos dejas? Solamente hay una solución; que te cases el mismo día... y seremos el hazmerreir de la ciudad. Dice la una.

- ¡Ha no! Yo prefiero aplazar la boda aunque tengamos que afrontar algunos gastos. No me vas a fastidiar ese día. Añade la otra.

Las dos hermanas aplazaron la boda para seis meses después de lo que tenían planificado. Para entonces su sobrino habría nacido cinco meses antes. Pero hete aquí, que tras la boda de Rosa, su tripa no aumenta. Ni al cuarto mes se le notaba, ni al quinto, ni al sexto. Entonces ella reunió a la familia y le dijo que tenía dos noticias una mala y otra buena. Al mes de casada, tercero de su embarazo, se sentó en el inodoro por un fuerte dolor de tripa, sangró, y entre la sangre se marchó lo que esperaba. Asustada tiró de la cadena no fuera a pensar alguien que había sido provocado. Al parecer, había quedado limpia, no tuvo necesidad de acudir al ginecólogo. Ahora estaba de nuevo embarazada.


Todos vieron falsedad en lo que contó, y sin aspavientos ni reproches, se despidieron, pero pasó mucho tiempo antes de que la volvieran a hablar.


2 comentarios:

Liliana dijo...

Ándale! resultó muy lista! :DDDD

La he leído toda de un jalón, me gustó, me enganchó. =)))

Saludos Alfredo

Alfredo dijo...

Liliana.
Hola Liliana. No sé si era lista, desde luego era un tanto torcida. Yo la veo como la egoísta con complejo de inferioridad, que quiere sobresalir por encima de los demás.
Salu2.