miércoles, 6 de septiembre de 2017

El cochazo de Antolín.



Juan no sintió la necesidad de tener coche hasta después de casado. Siempre había utilizado el tranvía, y, cuando en vez modernizarlos, los cambiaron por el autobús, más rápido y que no necesitaba cobrador, al igual que la gente lo aceptó de inmediato. Coche, ni soñarlo siquiera.

Fue cuando ya empleado, un compañero de trabajo comenzó a meterle el gusanillo por el motor, pero había otras prioridades y a ellas se debía. Luego hablaremos de ellas, ahora veamos quien era Antolín.

Antolín, era de los pocos que tenía coche en la empresa. Empezó con un Renault cuatro-cuatro, que cambió por un Dauphine y luego por un Simca. Soltero y con buen sueldo, le atraían los coches cada vez más grandes, así que, a principios de los setenta ya tenía un Dodge Dart. Aquella preponderancia, según él, y parece que era cierto, atraía a las mujeres como las flores a las abejas. Muchas novias tuvo a pesar de su incipiente calvicie, tenía por entonces veintisiete años, era bajo y más bien tirando a feo.
Tanto coche, tanta juerga y tanta novia, le iban a reportar grandes problemas. Sintiéndose acosado por dos de aquellas mujeres que le reclamaban la paternidad de sendos hijos, pidió vacaciones en la empresa y se fue a olvidar a la provincia de Salamanca de donde era oriundo. Allí en el pueblo, tomó, a mi modo de entender, la peor decisión de su vida, pues salió de Guatemala para entrar en Guatepeor.

Alfonsina era una joven cuatro años mayor que él. De estirpe y rancio abolengo, vivía con su viudo padre en un caserón, antiguo palacio de la familia, en estado bastante cochambroso pero con dos escudos adosados a la fachada del lienzo principal, que daban mucha prestancia. Conocidos desde la niñez, Antolín siguió por un tiempo  sus pasos, sabedor de que el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Don Mateo, el padre de ella, parecía persona influyente y nunca está de más una recomendación. Tampoco vamos a negar que le gustaba mucho. Más, Alfonsina lo despreció olímpicamente quizá por feo, quizá por pobretón, o simplemente porque esperaba a su príncipe azul. Sin embargo el pobretón acabó yendo a la universidad, y una vez acabada la carrera se empleó sin necesidad de recomendación, mientras que ella, desde el colegio de las monjas, no hizo otra cosa que estar en casa atendiendo a su padre y sin visos del casorio rimbombante que esperaba.

Se encontraron en la calle principal, cuando ella iba a hacer cualquier cosa y él paseaba su flamante Dodge vino Burdeos para presumir. Paró al borde de la acera...

- ¡Alfonsina, Alfonsina, soy yo! ¡Cuánto tiempo que no te veo!

- ¡Antolín, dichosos los ojos!

- Anda, sube que no puedo parar aquí. Te invito a un café y hablamos.

Se fueron hasta un merendero allá por la Ruta de la Plata. Ella le encomió el auto, mientras él, vanidoso, le enseñaba los tapizados de cuero y otras zarandajas. Era justo la hora del vermú, así que Antolín pidió un unos chatos de manzanilla de Sanlúcar y un poco de jamón, lógicamente de Guijuelo. Él le contó de su vida, lo que le interesaba, y ella, más o menos. Para ser honestos, menos que más; poco tenía que contar.

Habían arrendado las tierras de la familia, pero no le dijo que solo cobraban dos mil pesetas al año, medio saco de garbanzos, otro medio de lentejas, un par de ristras de chorizos y una hoja de tocino. Con aquello debían de subsistir, pues siendo su padre tan caballero, y ella tan señorita, jamás en la vida habían dado palo al agua, no había sueldos, ni herencias... y el palacio casi se les caía encima. Le contó, a su manera, que estaban tramitando los permisos para poner una cubierta nueva al caserón, cosa muy cierta, pero no le dijo que los trámites los hacía el banco, que muy en secreto había llegado a un acuerdo con Don Mateo.
Apretado por la necesidad, aquel descendiente de nobles que perdieran el título por un gran desfalco de un bisabuelo, había ido vendiendo cuantos muebles, cuadros y armaduras albergaba la casa, y ahora cedía la propiedad a cambio de varias cosas: Uno: Que le reparasen de inmediato el tejado que estaba como colador de esos con agujeros grandes que se utilizan para trasegar las olivas en salmuera. Dos: La seguridad de que podrían vivir en una parte de la casa al menos durante veinticinco años. Tres: La cantidad de cinco mil pesetas al mes a perpetuidad hasta que ambos falleciesen. Cuatro: Dado que el uso principal del inmueble, iba a ser destinado a museo, Alfonsina tendría un empleo como guía o similar.
Los papeles estaban firmados, pero al banco, que trabajaba a años vista, de momento solamente le interesaba la reparación en evitación de males mayores. El museo, tiempo al tiempo. Las pelas, que era lo que más les interesaba a ellos -Don Mateo ya se veía en el casino tomando daiquiris en vez de agua- no empezarían a cobrarlas hasta dentro de tres años, en el setenta y cinco.

Hablando, hablando, chato va y chato viene, acompañado de su tapita de jamón, queso y lomo, se les pasaron las horas. Ya eran casi las tres y Alfonsina debía dar la comida a su padre. Quedaron en salir de tarde.
Antolín encontró a la moza mucho más receptiva que antaño, tanto, que al cabo de unos días consentía lo que a ninguno había consentido. Tampoco es que hubiera habido muchos, pero ahora estaba pensando en un mañana muy, muy próximo. Aquello podía fructificar, y lo del banco, al ritmo que iba la vida, pan para hoy y hambre para mañana. Además, el arroz que tenía al fuego, se le estaba pasando.
Nuestro amigo, aguerrido y consumado amador, no conseguía llegar más que hasta cierto punto. A partir de allí, ella reculaba como la yunta lo hace picada por la aguijada del boyero.

 -Tente Antolín, que mi flor solo la entregaré al hombre con quien me case.

Y Antolín, como un incauto mozalbete, picó.

- ¡Pues nos casamos y sanseacabó! Al fin y al cabo, ya fuimos casi novios, nos conocemos bien, y yo siempre he pensado en ti.

- Antes has de hablarme con bellas palabras de amor, declararte formalmente, y si llegara a aceptar, pedirme en matrimonio, concertar fecha...

Mucho tiempo parecía que se iba a dilatar aquello, cosa que a él no le convenía, apenas le quedaba una semana de vacaciones y tenía que volver al trabajo... y a lidiar con aquellas dos pencas. Llamó por teléfono al director de la empresa para que le concediera un mes más de permiso por causa familiar de bastante entidad, y que no se preocupase por el prototipo de aerogenerador que estaban construyendo. Trabajaba sobre una mejora en el engrase que eliminaba rozamiento, y en un nuevo diseño de las palas que aumentaba la potencia generada. En la confianza de que el tiempo no se perdería, se lo concedió.

Entonces Antolín puso toda la carne en el asador:

- Alfonsina, no sé de palabras amorosas, pero siempre, y a pesar de tus desaires, me ha perseguido la miel de tus bellos ojos. Recordaba ese tránsito al verde esmeralda cuando por alguna emoción cambiaban su tonalidad. Recordaba esos hermosos labios gordezuelos, que por efecto del mal humor se afinaban en una mueca casi cruél. Recordaba esas caderas un poco escurridas y que yo deseaba ensanchar a base de hacerte el amor. Mucho te he deseado, mucho he buscado en otras lo que en ti veía. No sé si eso es amor, pero quiero casarme contigo.

- Lo pasado, pasado está. Pero una cosa te diré; mis malos humores a ti se debían. ¿Cómo se puede querer estar conmigo, y mirar a otras?

La boda fue sencilla y rápida. ¿A que tanto planificar, si ambos sabían lo que cada cual quería?

La recién casada se encontró de pronto en otra ciudad, en un piso de hombre soltero, grande, pero que había que cambiar. Y a eso se dedicó con la pasión propia de la celosa esposa cuya creencia, seguramente acertada, de que aquella casa fue el picadero de quien ya era su marido.

Bien, dejémoslos con los cambios y veamos el camino de Juan.

Juan tenía novia. De esas que se tienen de toda la vida. Ambos congeniaban, se entendían con una mirada, y se amaban profundamente. Alba, trabajaba en una autoescuela como profesora y era partícipe en el negocio con una amiga. Juan y Alba deseaban casarse, pero no hasta que al menos tuvieran la mitad del dinero que costaba el piso de sus sueños. Como él decía, "la hipoteca come de día y come de noche, cuanto más pequeña sea, menos hambre tendrá"

Llegado el tiempo se casaron. Viaje de bodas a Madrid y excursiones programadas a Toledo, Ávila, Segovia o Cuenca, y a casa a vivir una vida perfectamente planificada. Alba, que presumía de conocer los secretos para no quedar embarazada hasta haber salido de la hipoteca, cometió un grave error; se fió del método del señor Ogino, y quince días antes de cumplirse los nueve meses de la boda, tuvo un hijo... y una hija. Aquello trastocaba sus planes económicos, aunque poco a poco salieron del bache. La hipoteca era a interés fijo y los sueldos iban en aumento a pasos agigantados.
Fue entonces, cuando hartos de empujar los carritos de los gemelos y con complicada movilidad para desplazarse, se decidieron a comprar su primer coche; un Renault seis de amplio maletero. Ya podían ir de vacaciones sin agobios.

Mientras Juan y Alba administraban con prudencia, y mejoraban su situación, Antolín y Alfonsina se quedaban estancados merced a los caprichos de la gastiza Alfonsina, que quería resarcirse de tantos años de necesidad, por un lado, y la sentencia de un juez que obligaba a Antolín a mantener a aquellos hijos que ni siquiera conocía, por el otro.

El final de esta historieta era fácil de prever; Antolín y Alfonsina acabaron separándose. Ella volvió al pueblo con tres niños, a ocupar el puesto ofrecido en el museo por fin terminado, y él, a la cuarta pregunta, hubo de olvidar aquella pasión por los coches; cinco hijos que mantener eran muchos hijos.


6 comentarios:

Liliana dijo...

A que Juan tan...calabazo y ella más!

Me ha gustado Alfredo, la leí de una.

Saludos =)))

Elda dijo...

Vaya dos insensatos persiguiendo cada cual sus intereses :))).
Genial como siempre esa imaginación inagotable que tienes para componer tus cuentos y expresarlos con tanta soltura.
Me encantó leer esta historia.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Liliana.
Ya me dirás lo que significa calabazo. Si lo dices por la confianza en el señor Ogino, ten en cuenta que muchos hombres dejaban ese asunto en manos de las mujeres.
Me alegra que te gustara.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Cuando la pasión ciega la razón, y prevalece el interés sobre el amor, el resultado suele ser el que fue.
Te doy las gracias, por esa fe, pero la imaginación no es un pozo sin fondo. La mía está ya casi al límite. Veremos.
Salu2.

Liliana dijo...

Pues yo lo uso en lugar de decir tonto, pero aquí tal vez aplica "vivo", no?

saludos =)))

Alfredo dijo...

Liliana.
Vale, entendido, ya no se me olvida.
Cada pareja entiende la vida a su manera, y no siempre se consigue lo que en un principio se pretende. Cuando se persigue algo, hay que dejar un amplio margen para los errores, sobre todo en esto del matrimonio. Creo.

El placer es felicidad de los locos, la felicidad es placer de los sabios.
Jules d'Aurevilly (1808-1889) Novelista.
Salu2.