lunes, 11 de septiembre de 2017

El hacha del leñador.



Para que un amor perviva en el tiempo hasta el punto de entrar en la leyenda, uno de los amantes,  a veces los dos, están  obligados forzosamente a morir. Tanto en la vida real, pero sobre todo en esa ficción que es el género teatral denominado tragedia, se prodigan estos amores de consecuencias funestas y que nos han llegado desde la antigua Grecia. Ficción o realidad,  Elena y Paris, Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta, Don Juan y Doña Inés, Tristán e Isolda, Desdémona y Otelo, Isabel y Diego de Marcilla, entre muchos, han entrado en esa leyenda.
Además, la leyenda necesita un tiempo para consolidarse, para convertir en tradición, en algo definitivo y estable, aquello que se ha escrito, o que puede haber sucedido. Aún y así, no todas las peripecias inverosímiles llegan hasta nosotros, solamente una mínima parte de ellas son conocidas por el vulgo, y casi siempre, están protagonizadas por actores relevantes: Dioses y reyes principalmente. Sobre los miles de millones de pelamangos - persona sin ninguna entidad - que habitamos este planeta, los trovadores no  fabricarán leyendas, ni los abuelos harán correr de boca en boca hechos relevantes, por muy trágica que haya sido su vida.

Yo te voy a contar una pequeña historia que nunca merecerá estar entre esas leyendas, porque no se da ninguna de las condiciones. Si acaso, que fue escrita por uno de tantos pelamangos.

Hubo una vez un leñador, que construyó su cabaña en medio del bosque con la aquiescencia de su señor. Solamente una condición le puso: "Por cada árbol que derribe tu hacha, has de plantar tres". Y Simón, que era joven y fornido, aceptó. Llevó consigo a su esposa, y por un tiempo vivieron felices. Cuatro hijos tuvieron, llamando Florlinda a la menor por su hermosura ya de recién nacida.

El tiempo fue pasando, y fiel a su promesa, tantos árboles derribaba, por tres multiplicaba los que plantaba. Más un día, al caer uno de ellos, una gruesa rama las piernas le quebró. Postrado en cama, sin poder trabajar, se acabó la bolsa y la despensa, y no tuvieron otro remedio que mandar a los dos hijos pequeños al villorrio, por hacer algún servicio que les pagaran al menos con un zoquete de pan. 
Mientras Florlinda hacía imaginarias comidas a su padre, la madre menos capaz, trataba de suplir su falta con gran esfuerzo y mucho afán. Ayudaba en la tarea el mayor de los hermanos, vigilando el boliche que Simón dejara cociendo, trabajo este de responsabilidad, pues había que estar al tanto de los agujeros que se pudieran producir, para taparlos de inmediato so pena de que se quemara la leña perdiendo la carbonera. Montones de tierra tenía repartidos en derredor de la pequeña montaña que formaba el boliche, y la pala siempre presta para taparlos.

Un día, por el bosque apareció un viajero. Trabajaba la leñadora con denuedo y poco provecho, y él que la vio, con ella trabó conversación.

- Si tú quieres, leñadora, yo te echaré una mano.

- Te lo agradezco, pero no es necesario ni tampoco te podría pagar.

- Con un caldo de gallina vieja me ha de bastar.

- ¡Más quisiéramos! Mi marido está herido en cama y vacío el corral. Solo tenemos nabos y eso te puedo dar.

- Dame el hacha.

Y ella le pasó el utensilio que él acarició, y en diciendo unas palabras mágicas, el hacha por si sola comenzó a trabajar. Derribó un árbol y sus ramas podó, de manera que del tronco buenos tablones sacó, dejando a un lado la broza para en la carbonera quemar.

Maravillada la mujer, a su casa se fue a esconder, no fuera obra del diablo aquello que acababa de ver. Con palabras entrecortadas, presa de la emoción, a Simón la hazaña contó; ¡En una hora y sin esfuerzo hizo, lo que tú tardas un día con sudor! Y más sosegada ya, comenzó a calcular.

- Si ese hombre el sortilegio nos enseñara, con tus cinco hachas... ¿cuántos árboles cortaras?

- Dile que pase y veremos, si por ello impone alguna condición. Seguro que pedirá lo que no tenemos, por algo de tan grande proporción.

- Yo te enseñaré las palabras mágicas con las que ricos seréis. A cambio vosotros, a vuestra hija doncella, con quince años cumplidos para mi hijo me entregaréis. Usa este don con mesura, no vaya a suceder, que en vez riquezas halles amarguras.

- Nueve años son muchos, dijo el marido recelando del mago, tiempo habrá para buscar el modo de no cumplir la promesa, para entonces tendremos un buen patrimonio y llegada esa hora, con quien convenga haremos buena boda".

Más el tiempo pasa volando, han pasado ocho de los nueve años, y muchas cosas han sucedido en ese intervalo. El hacha taló sin descanso, y gracias a que solo aquella poseía el don, se libraron de mayor problema. Pronto en el bosque comenzaron a verse abundantes claros, y el señor, observando que la arboleda en vez de medrar menguaba, mandó a un alguacil a que contara los tocones y con los arbolillos plantados los confrontara.

¡Ah maldición! El leñador, preocupado en guardar el secreto, no se atrevía a contratar a nadie reventando de trabajo a toda la familia. Escogían los árboles, los malos para la carbonera, los buenos para tablones. Apilaban, tapaban y cocían la madera. A su tiempo desenterraban el carbón, lo cargaban en el carro y lo vendían. Para todos era un sin vivir. El único consuelo era contar con avaricia el oro ganado, para ya ricos en otro lugar al que escaparan, vivir sin cumplir la palabra dada al extraño. De plantar lo prometido se había olvidado.

El señor conde ha sentenciado a Simón.

- No volverás cortar un solo árbol, y si en el plazo de tres meses, no está replantado el bosque, te asaré vivo en una caldera. No obstante, y como consecuencia del perjuicio, una vez acabada la plantación, tus hijos varones, sin soldada, entraran a mi servicio hasta que disponga lo contrario.

Dos mil árboles han sido talados según el alguacil. Ha de plantar Simón, según las cuentas, seis mil. Descontando los plantados le faltan al menos cuatro mil. La huída lejos del conde no es posible, la guardia lo iría a buscar y más pronto que tarde, cociendo en la caldera estará. Ha de contratar gente que le ayude con la compra de plantones, negociar, acarrear y plantar. El dinero que fue haciendo, se le va marchando en jornales, y piensa, que aunque se libre de la amenaza del conde, del brujo no se librará.

Con el conde todo resuelto, árbol más árbol menos, se acabó la faena. Ahora queda por dilucidar, lo que con su hija va a pasar.

Dice el padre - Con algún galán de los que la rondan, podríamos la casar.

Aunque muerta de pena, cuatro hijos casi ha perdido, la madre resuelta a Florlinda está dispuesta a entregar: "Vale más una hija aunque lejos esté, que la venganza de mago tan poderoso de la que no podremos escapar".

Florlinda no sabe porqué sus padres tienen tanto miedo, ella no lo tiene, nunca ha visto el prodigio del hacha, y casarse con uno u otro, ¡qué más da!
Acaricia la idea de Simón sin reparar el daño que a todos puede causar, pero su madre es de armas tomar, y cuando tiene una idea, es complicado que se vuelva atrás. No obstante, y pese a quien pese, está decidida: ¡Dejará de ser doncella!

Un apuesto mozo, a caballo ha llegado al lugar. Viste buen paño, a la cintura un puñal, y Florlinda que lo ve, de inmediato se ha enamorado. Su mente maquina un plan: "Con este me he de casar... o al menos a él me he de entregar".

Más queda gratamente sorprendida por las palabras del doncel.

- Hermosa doncella, sin duda eres Florlinda, yo me llamo Gaspar. De Omnímodo, el que todo lo abarca, soy hijo, y tu mano vengo a reclamar, pues mi padre con tu madre hace años acordaron, que el uno para el otro estábamos destinados. Una sola condición he de poner esperando de acuerdo estés, que aunque mi padre tiene buen ojo, primero nos debemos conocer.

De paseo por el bosque empezaron a intimar. Le pregunto ella por su padre, por saber si era el ogro que los suyos pintaban, y el mozo le respondió:

En realidad mi padre se llama Amancio, pero todo el mundo le conoce por Omnímodo. Ahora te explico el motivo. Dueño de una comarca entera, su negocio consistía en prestar terrenos a labriegos, ganaderos y a cualesquiera que necesitasen una parcela para edificar sus casas o negocios. Él sabía cuando nacía una ternera, una oveja, un cerdo, las fanegas de trigo o pacas de alfalfa que se cosechaban, todo, absolutamente todo lo que sucedía en cada casa, de ello se enteraba. Así, al cumplir el año, los aldeanos pagaban según como les había ido sin marcar él la tasa.  Si había sequía, inundaciones, o cualquier otra desgracia que no pudieran afrontar, él lo remediaba.
Fue cuando yo nací, que lo dejó todo en manos de su secretario y amigo, y ahora en las mías. Mi madre a la que adoraba, murió en el posparto, dedicándose desde entonces al estudio de las Ciencias Ocultas, para tratar por su mano, lo que pudiera remediar y que aquello a nadie volviera a suceder .
Muchos hombres sabios venían a enseñar y aprender, y él también los iba a visitar. Entonces le pusieron el nombre de Omnímodo, porque todo lo abarcaba; ciencia, saber, inteligencia, poder... En uno de estos viajes llegó hasta aquí, te vio, y al momento supo que eras quien me convenía para esposa. El motivo solo él lo sabe, quizá también tiene el poder, de leer en nuestro interior.


Florlinda y Gaspar, más de un mes de novios no pudieron aguantar, con orna y boato presto se casaron. Se fueron a vivir al castillo de Omnímodo que deshizo el conjuro del hacha, pues una vez más constató, que el pan con el esfuerzo propio se ha de ganar.

Como regalo de bodas, el conde liberó de las obligaciones impuestas a los hermanos, que antes que partir leña para hacer carbón, con él se quedaron de soldados.

A Simón y su mujer, sin la ayuda de hijos ni sortilegio, tullido como está, no les cunde el trabajo. Se han ido a vivir a una casilla junto al puente del río, donde son los encargados de cobrar el pontazgo. Ellos piensan en la deferencia del conde por haber cumplido, más este, pensando en el beneficio, ya tiene sustituto para el bosque. Es joven y fornido como antaño lo fuera Simón, con él saldrán los carros de madera y carbón con mayor frecuencia, pagará por pasar el puente, y una tasa por árbol derribado, además de replantar. 

¿Por qué ha de regalar lo  suyo, y que otro se pueda beneficiar?


Ya dije al principio, que esta historieta nunca fue ni será leyenda, tampoco tragedia. Florlinda y Gaspar se amaron sin ambages desde el principio, y no estaría de más recordar un par de máximas que pueden venir a cuento del cuento:

"Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores". 
Duque de La Rochefoucauld.

“Bienaventurados los que dan sin recordar, y los que reciben sin olvidar.”
Madre Teresa de Calcuta. 


6 comentarios:

Elda dijo...

Ay que ver que ansias de querer más y más; hay personas que nunca tienen bastante aunque les sobre, como le pasaba a esta familia que hasta dejó de cumplir lo prometido al señor, pero bueno al final todo se arregló.
Buena historia y estupendas citas las que pones al final.
Ese lugar de la fotografía es precioso, maravillosas montañas...
Un placer la lectura Alfredo.
Un abrazo.

Liliana dijo...

Alfredo me ha encantado la foto, preciosa, se antoja estar ahí.

Me gustó tu historia, me atrapó.
La gente se olvida de cumplir las promesas en cuanto les cambia la suerte....menos mal que todo se ha arreglado.

Saludos =)))

Manuel dijo...

Precioso cuento, y muy acertada la moraleja.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
La foto es de un pueblo muy pequeño que se llama Fresnedo. En el Concejo de Teverga, Asturias.
Respecto del cuento, creo que iba por otros derroteros y salió lo que salió. Gracias mil por leerlo.
Salu2.

Alfredo dijo...

Liliana.
Con la cámara que tengo hago lo que se puede, nada hay comparable al ojo humano, que complementado por los olores y el oído, nos dan la verdadera magnitud de la naturaleza.
Es fácil olvidar las promesas, a menudo se hacen muy a la ligera sin reparar en las consecuencias.
Gracias por el comentario.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Me alegra si te ha entretenido un ratillo.
Gracias Manuel.
Salu2.