lunes, 16 de octubre de 2017

El Alcohólico.





El único amigo que le quedaba a Ramón, era yo. A todos los demás, hacía mucho tiempo que los había espantado su mujer. Conmigo no podía. Nos conocíamos desde siempre. Nacimos en el mismo barrio y en el barrio continuamos viviendo, en el mismo portal, él en el bajo, yo en el primero. Yo soy más viejo, quince días, lo que a sus ojos, ya desde la infancia, me ha dado cierto caché y preponderancia. Ahora estoy en el hospital, acompañándolo. Ha tenido un accidente tras una discusión con esa arpía que lo insulta, denigra, menosprecia, y creo que hasta le pega. Desde casa oigo bien sus discusiones. Bueno, las voces  y el parloteo de ella que nunca acaba y cada vez se embala más.  Borracho, gastizo y pilila de goma son sus tres epítetos favoritos. En esta ocasión, harto ya, Ramón no se calla. Restalla el bofetón y le espeta:

- Soy alcohólico pero no borracho, solamente una vez me emborraché, y fue antes de conocerte. Sabes bien quién tiene la culpa de mi enfermedad. El beber solo lo hago para aliviar la vida que me das.

Como se suele decir, cogió la puerta y se largó. A punto estuvo de dar la vuelta y pedir perdón. Era la primera vez que le ponía la mano encima en veinte años, pero no lo hizo, salió del portal rumiando contra sí mismo y tragando bilis. Atravesó la calle sin mirar justo cuando pasaba una moto. La cara como un panchón, nariz y pómulo roto, una pierna que operar, y aquí estamos.

Lleva veinticuatro horas en la cama. Mucho tiempo sin beber. Empieza a decir lo que yo creo son tonterías. Tras un rato me voy dando cuenta, de que lo que dice estar viendo no es otra cosa que el delirium. Salgo al pasillo y hablo con la enfermera, necesito que le diga al médico lo que hay. Está empeñado en que ve lejanas naves marcianas, que la caja de pulsadores junto a la puerta, es por donde espían lo que ocurre en la habitación. Y sólo está comenzando. La cosa sin duda irá a peor.

- Ramón- le digo- cuando pulsas el botón de llamada para que venga la enfermera, se enciende fuera un piloto rojo. Ella lo ve, viene, y en ese botón junto a la puerta lo apaga. Las naves que dices ver, son solamente los focos del techo, lo que sucede es que aún estás resentido del golpe en la cabeza. Tu visión no será buena hasta dentro de unos días.

Calló, pero su mirada me dice lo que piensa. ¡Mientes como un bellaco!

Aquella noche se armó la tremolina. Ramón se tiró de la cama, y como pudo, quitó el colchón para tapar la ventana, arrancó cables y tubos del gotero, atrancó la puerta con la mesilla. Rompió la pantalla sobre la cama, los filtros del oxígeno y tiró abajo la televisión con ayuda de las muletas que le dejaron para ir al baño ya que no quería "mear en la botella". Tras el alboroto, se sentó desnudo en el suelo a llorar. Con el camisón se hizo un torniquete en la pierna que había comenzado a sangrar de nuevo.

Han pasado unos días, va mejor. Nadie ha venido a verle y su mujer ni siquiera se ha dignado a hablar con el cirujano después de la operación. Cuando llamaron a la familia para comunicar el resultado, tuve que decir que yo era su hermano. ¡Vergüenza me daba!

- Oye Pablo, quiero que me hagas unas diligencias. Te voy a dar la tarjeta del banco y la contraseña. Quiero que vayas sacando día a día el tope hasta llegar a la mitad de lo que tengo ahorrado. Me lo guardas en tu casa. También quiero que me busques una casa pequeña por la aldea. A menos casa, menos que limpiar. No quiero volver a ver a Rosa. Si la encuentras, y no es mucho el alquiler, la coges. A poder ser con un poco de terreno para plantar tomates y distraerme. Luego, cuando salga, voy a ir al banco para que me borren de la cartilla, pasaré el sueldo a otra entidad. También tengo pensado que voy a escribir una carta a mi mujer. La advertiré que los gastos están cubiertos por un mes. A partir de esa fecha, luz, agua, y otras zarandajas, debe ser ella quien los asuma. Como el piso es mío por herencia, continuaré pagando la contribución, pero nada más. Mientras tenga dinero del que tirar, para ello la dejo la mitad en la cuenta, no habrá problema. Para ella estaré muerto, pero no tendrá pensión. Que se las arregle como pueda.

Le pregunté si lo había meditado bien, si no sería mejor una separación formal, de qué manera iba a hacer esto, aquello y lo otro, y si no sería mejor que consultase con un abogado para no meter la pata. Su decisión era firme.

Le encontré una casita de cuarenta y dos metros cuadrados, cocina, comedor, y estar, a un andar, esto es; sin tabiques de por medio. Una habitación y baño. Sin pasillo, entrando de la calle directamente a la cocina. Con huerta y a doce kilómetros de la ciudad. Era muy antigua, pero con algo de reforma quedaría perfecta. El día en que salía del hospital, lo fui a buscar en su coche. Le gustó mucho y al momento supo lo que iba a hacer, los muebles que compraría. Estaba eufórico, sin percatarse de la soledad en que se estaba metiendo.

A poco de estar instalado, y caminando ya aunque con muletas, se fue ver al abogado. El taxi lo dejó a la puerta, aún no podía conducir. Era temprano. El horario colocado en la placa del portal, indicaba que por la mañana los trámites eran de nueve y media a catorce, sin embargo subió. En la puerta otro cartel anunciaba "pase sin llamar" y aunque solo eran las nueve, empujó y entró.

- Buenos días, ¿hay alguien?

Una joven apareció por uno de los pasillos con una gamuza en la mano.

- Hola, buenos días. Aún es temprano, pero pase y siéntese en la salita.

La mujer tenía ganas de cháchara. Le ofreció un café.

- O chocolate, té, manzanilla, lo que guste. Y si quiere unas pastas también. Yo soy la mujer de la limpieza, vengo de ocho a diez todos los días, me marcho después de servir a los empleados un café. En este mundo de prisas, solo alguno viene desayunado y no son precisamente las mujeres. ¿Viene a ver a don Manuel? ¿O a resolver algún trámite? Perdone, tal vez piense que soy demasiado indiscreta...

- Sí, a ver al abogado.

- Es un hombre muy competente, sin duda le resolverá bien sus cuitas. Yo hace veinte años que trabajo aquí. Vine para que me ayudara con los papeles, y además de solucionarlo, me empleó. Es que soy filipina, ¿sabe usted?

- ¡Ah! Pues no lo parece. Por el habla, digo, porque el rostro casi ni se nota, quizá los ojos un poco rasgados.

- Es que mis antepasados eran españoles. Mi bisabuelo se fue como funcionario a Luzón, tuvo un hijo que se casó con mi abuela que era nativa. Ambos tuvieron varios hijos, uno de ellos, mi padre, se casó con mi madre que también era mestiza de español y filipina. Por eso mis apellidos son españoles. Tras muchas vicisitudes aquí estoy, en la tierra que mi abuelo no dejaba de añorar sin conocerla. Influencias de su padre que todo su pensamiento estaba puesto volver algún día.

- Bueno, van llegando los empleados. Le voy a dejar. Una cosa, si quiere que lo lleve a algún sitio cuando acabe, no hay inconveniente, Tengo un coche pequeño y estoy libre hasta las doce.

- Como te lo cuento Pablo. Me esperó, yo no quería molestar, pero insistió. Le indique el camino y cuando ya llegábamos, la invite a tomar algo en el restaurante del cruce. Hablamos un buen rato, luego, nos fuimos, le enseñé la casa y me dejó de piedra cuando me dice que si quiero me viene a buscar hacia las seis para dar una vuelta. Tenía yo la mosca tras la oreja, tanto ofrecimiento a una persona que de nada conocía, y siendo ella la que llevaba la iniciativa, me dejaba un tanto descolocado.

- De tarde lo pasé tristemente entretenido. Me llevó a un merendero desde donde se veía la mar. Allí me contó su vida; la muerte de sus padres cuando tenía siete años y cómo se fue a vivir con su abuelo durante otros tres hasta que falleció. Entonces la recogió un vecino que abusaba de ella, pero su mujer que se enteró, celosa, la vendió.

El comprador, un tal Reynaldo, tenía niñas de entre diez y veinte años, a las que explotaba en un tugurio que regentaba. Cuando tenía catorce, conoció a un español que se prendó de ella. Era el fulano un estereotipo del Bogart interpretando al detective Sam Spade, aunque en la realidad era todo lo contrario; contrabandeaba con productos de China y Japón en todas las islas, principalmente con Cebú y Luzón, atracando su barco en el puerto de Manila sin ningún recato gracias al soborno. Era conocido por señor Casasola.
El español siempre avisaba con antelación de su llegada para que Reynaldo le enviase a Margarita al hotel. Entonces el proxeneta la quitaba del trabajo tres días antes "para que estuviera bien cerradita cual primeriza".

Casasola, que estaba enamorado de ella, quiso comprarla, pero a Reynaldo no le convenía y se negó. Entonces se propuso rescatarla de aquella mala vida para dejarla libre. Entre Casasola y Margarita prepararon en secreto los papeles; pasaporte, visados, billetes avión, equipaje... y dinero. Ella no tenía una gorda, con los gastos corrió el enamorado, y Margarita, que sabía muy bien donde el macarra Reynaldo guardaba sus ahorros, por la mañana, antes de tomar el avión, le cogió tres mil dólares del escondrijo donde lo guardaba. Poca renta para lo que él se merecía. Así llegó sola a España, agradecida del gran favor que Casasola le había hecho.

- Rocambolesca historia, Ramón. ¿Y tú, le has contado la tuya?

- Pues sí. Mejor antes que después, así se evitan los malos entendidos. A pesar de todo, cuando me trajo de regreso, me dijo:

- ¿Quieres que me quede contigo esta noche?

- ¿Y se quedó?

- Pues sí, y espero que por mucho tiempo.


Desde que Ramón salió del hospital, no ha vuelto a probar una gota de alcohol. No lo necesita ya. Su vida ha cambiado y no gracias a la terapia del cultivo de tomates... que no planta. Todo se debe a la mujer que tres años después de conocerla, le ha dado una hija.
Margarita continúa con su trabajo, sus dos horas en el despacho, y otras tres atendiendo la casa y los niños de una divorciada que se pasa los días en su negocio. No es cuestión de perder los mil euros que saca en limpio.

Sin embargo, Rosa, que en toda su vida no había dado palo al agua, tuvo que marcharse a vivir de nuevo con sus padres. No fue capaz de mantener un trabajo más de una semana, acabado el dinero que Ramón le dejara, se vio en la tesitura de trabajar, o pasar hambre. Cuando divorciada ya, abandonó el piso de Ramón, le rompió cuanto pudo; persianas, bañera, inodoro, muebles, lámparas...  Esa fue su venganza.

Ramón recompuso el piso, pero no quiso vivir allí. Se fue con Margarita. Suelen pasar el verano en la casilla de la aldea donde comenzó su felicidad.




4 comentarios:

Liliana dijo...

O sea que no era, lo hicieron...pobre, menos mal que salió y tuvo tiempo de disfrutar de la vida otra vez, bien!

Me gustan tus historias Alfredo =)))

Saludos :D

Elda dijo...

Cuantos hombres habrá que también son maltratados y callan por vergüenza, aunque no debiera ser así...
Me ha encantado la historia Alfredo, como la has desarrollado, y ese amigo, que fue amigo cuando más lo necesitaba.
Un final precioso, igualmente las fotografías.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Liliana.
A mí me gustan más tus chascarrillos que me alegran el día. De todas formas muchas gracias.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Sin duda ella no era buena, pero también él era un poco pusilánime. No se aguanta tanto tiempo de vejaciones.
Gracias Elda, las fotos son de Llanes.
Salu2.