domingo, 29 de octubre de 2017

El fantasma.



Tal vez alguien piense de mí que soy una persona morbosa. No es así. Siempre me ha interesado la gente, los vivos y sobre todo los muertos.  Porque de los que ya no están, se pueden conocer historias que de vivos guardaban celosamente para sí. Historias que ahora se cuentan sin pudor.

No es de extrañar esta afición. Mi padre, junto con su hermano y socio, tienen una funeraria. Yo trabajo para ellos. Es aquí, ante los cadáveres, que me da por pensar en la vida que pudieron llevar, anodinas unas, interesantes otras,  envueltas en el misterio las menos. Hoy relatare una sobre la mujer que vamos a incinerar en unas horas.

Lucinda murió sola. El mismo día en que cumplía noventa años. Nos llamaron para recoger el cuerpo. Un mes había transcurrido desde su muerte. Lo sé porque una vez resuelto el asunto, yo fui el encargado de recogerla y prepararla para el funeral.

La habitación era bastante grande. Sentada en el sofá, la muerte de la esqueletizada Lucinda, se me antojó cierta similitud, no sé el motivo, con la de Charles Foster Kane. Sí. Aquel magnate interpretado por Orson Welles en Ciudadano Kane.
Si bien Kane muere en la cama, mientras la bola de nieve cae de sus manos haciéndose añicos, pronunciando aquella misteriosa palabra; Rosebud, Lucinda, en los estertores de la muerte, ha dejado caer la copa con la que celebraba su último cumpleaños. Cristal de la bola, cristal de la copa, ambas en el suelo.

Sobre la mesilla ante el sofá, está la tarta de la que falta un pedazo, Un minúsculo pastelillo con dos velas, nueve y cero. La botella de ginebra está también sobre la mesa. Ha tomado tres tragos más o menos. Y yo me pregunto: ¿Qué palabras habrá pronunciado esta mujer, en su último momento? Esta pregunta, y su soledad, es lo que me mueve a interesarme por su vida.

El televisor estaba encendido. Hartos y extrañados de que durante tanto tiempo, día y noche ininterrumpidamente se oyera un programa tras otro, cayeron en la cuenta de que no veían a la vieja, y que tal vez le hubiera pasado algo. ¡A buenas horas mangas verdes! La Santa Hermandad, como de costumbre, llegó demasiado tarde. Es cierto, y hay que anotarlo en el cuaderno de disculpas, que era una práctica casi habitual de Lucinda, el ver la televisión hasta bien entrada la noche. Que pocos la conocían, a pesar de que llevaba viviendo en aquel piso sesenta años. Que raramente se la encontraban, pues solamente por la mañana temprano salía de casa. Algunos vecinos sabían de su gusto por caminar... "Se va hasta el parque, al otro lado de la ciudad, solamente por dar de comer a los patos del estanque". Y así era. Compraba en el obrador frente al parque, una barra de pan y un pastelillo de merengue, con los que volvía a casa. A veces paraba en el colmado que estaba a medio camino, y ya no salía hasta el día siguiente, con la bolsa en la que llevaba el pan sobrante para palomas y ánades.

En aquel mes que se pasó frente al televisor, su enjuta carne se había pegado al esqueleto. Era como una momia seca por dentro y por fuera, y los únicos líquidos que su cuerpo guardara, se habían volatilizado sin dejar siquiera un atisbo de olor.

Por fin se ha localizado a la familia. 

- Mi padre falleció cuando nosotras teníamos trece y diecisiete años, me cuentan las dos hermanas. Somos tres los hijos. Mi hermano Pedro, el mayor, se fue de casa seis meses después. Cuando encontró trabajo y un piso, nos llevó con él. No creo que venga. Tampoco nosotras íbamos a venir, ninguno nos tratábamos con mi madre. Le parecerá raro, pero ella jamás nos quiso. Nosotros tampoco. ¿Qué se puede esperar de una madre, que jamás nos amamantó porque le daba asco? ¿Qué se puede esperar de alguien, que ve cómo sus hijos se van y no mueve un dedo, ni una palabra para que se queden?

Aquello era demasiado fuerte. Las dos mujeres parecían de esas personas tan viscerales, que cuando odian, odian para toda la vida y cuando aman, también pueden llegar a odiar. Y tanto odiaban a su madre, que a pesar de que Lucinda había mantenido durante toda su vida "que la habían de enterrar al uso", contraviniendo su deseo, la incineraban.
No comprendí a qué se referían con enterrar al uso, hasta que me explicaron que no deseaba nicho, ni mucho menos que la quemaran, que ella prefería la tierra de donde podría salir el día del Juicio Final. Curiosa forma de pensar, para quien según sus hijas era atea.

Les comenté, que la incineración llevaba aparejado el reconocimiento del cadáver.

- ¡Ah no! ¡Eso sí que no! Además de que hace cincuenta años que no la vemos, y nos sería imposible reconocerla, no queremos. Hagan con los restos lo que estimen oportuno.

Tratando de convencerlas de que aquello era indispensable, me atreví a preguntar por ver si las ablandaba: ¿También renunciarán a la herencia?

- De la herencia, me dijo la menor, la mitad era de mi padre. ¿Si no la reclamamos cuando estábamos a la cuarta pregunta, cree que nos ha de interesar ahora?

- Señoras, por favor, consulten con sus maridos.

- No tenemos marido, somos hermanas y pareja. Eso fue lo único que le podemos agradecer a nuestra madre, el que faltas de cariño, nos tuviéramos que arrimar la una a la otra.

Tras aquellas palabras, en mi cabeza se formó la imagen una mujer indolente, que no quiso a su marido, ni a sus hijos. La de las hijas tratando de consolarse la una con la otra, y convertidas las caricias en un amor de amantes. Pero solamente conocía yo parte de una historia con un solo interlocutor. A riesgo de resultar procaz, un metiche al que nada le iba en aquel asunto, pregunté:
- ¿Acaso su madre tuvo una niñez desgraciada, para comportarse de tal forma?

- Nuestra abuela materna, a la que casi no conocimos, se casó dos veces. La primera, enviudó a poco de casada. Era él militar, el único muerto en una batalla, que ni siquiera se llegó a dar. En los preparativos, se cayó del caballo con tan mala fortuna, que su mismo sable lo atravesó. Lloró ella amargamente el amor perdido, y a pesar de que siempre estaba tratando de dar lástima, se casó con su segundo marido. De algún sitio había de comer. Para entonces mi madre ya tenía tres años. Aquel hombre las traía en palmitas, más, cuanto mejor las trataba, la una lo rechazaba en la cama, y la otra  odiaba a ambos por haber suplantado al padre que murió antes de nacer.

Mi madre se casó con mi padre porque era un guapo mozo, y porque una amiga andaba tras de él. Se metió por medio y lo consiguió, pero ella adolecía del mismo mal que la abuela, solo querían a un fantasma.

Creo que ya sé la frase que aquella mujer pudo haber dicho cuando se iba para el otro barrio; ¡Que os zurzan a todos!




4 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
Es tiempo de difuntos, nada mejor que un cuento un poco macabro, para leerlo degustando unos Huesos de Santo remojados con una copita de Chinchón.
¡Que vos preste!
Salu2.

Elda dijo...

Jajaja, pues no tengo ni los huesos ni el chinchón, pero la historia me ha encantado leerla.
Estupenda narración con unas protagonistas muy peculiares, y es que nunca se sabe los genes lo que te van a procurar, :))).
Me ha gustado mucho esta historia macabra, amenizada con esa foto que da repelús, jajaja.
Un abrazo y buen domingo.

Alfredo dijo...

Elda.
Aún estás a tiempo, y los huesos, riquíiisimos. El fantasma es para la fiesta que preparamos todos los años. Los gritos y voces lastimeras que lleva incorporado sí que dan repelús.
Muchas gracias Elda.
Salu2.

Liliana dijo...

Jejejeje a mi también me ha gustado mucho Alfredo.

Ya casi es día de los muertos....y hay que estar preparados para la fiesta!

Saludos =)))