miércoles, 1 de noviembre de 2017

Amor precoz.


Pensó él, que aquel sentimiento debía ser eso que llaman amor. El primero, el único... aunque fuera un imposible. Un imposible, porque... ni veía en él  un atisbo de reciprocidad, ni ella era libre, ni sus edades estaban en concordancia. Iván vivía en bajo de aquella casa. Ella en el piso superior. Él tenía catorce años, ella le doblaba en edad, estaba casada y tenía un niño de tres años.

El dueño de aquella casa, había vivido en la planta de arriba, mientras que en la baja tenía un amplio zaguán, cuadra y gallinero. Cuando el barrio comenzó a crecer, se vio en la obligación de trasladar el negocio al extrarradio, entonces alquiló la planta de arriba, mientras acondicionaba la de abajo para el mismo fin. Por muchas vueltas que el arquitecto le dio, poca chicha se podía sacar, el zaguán era intocable por ser el paso a la escalera que llevaba arriba, así que solamente se aprovechó la cuadra para una habitación grande, el gallinero para cocina y retrete, y sanseacabó. Apurando, apurando, podían sacar un cuartucho cerrando bajo la escalera, y con ventilación por el montante de la puerta. Sin embargo la demanda de viviendas era grande, y pronto lo alquiló a los padres de Iván, que vivían al lado con los suegros y cuatro hijas solteras. El mayor inconveniente del "nuevo piso", era que necesariamente, habían de salir al zaguán para ir de la cocina a la habitación o viceversa. Por entonces Iván tenía cuatro años.

El padre del muchacho, era "Técnico en bituminosos por aspersión". Traducido al cristiano: Peón que riega alquitrán en las carreteras. Pero él eufemísticamente se presentaba de aquella manera. Era aquel trabajo por los años cincuenta, ingrato y duro, pero fijo. Las apisonadoras a vapor, compactaban el terreno, luego se regaba el alquitrán calentado en un depósito, desde donde se alimentaba la lanzadera por medio de una bomba manual. Una nueva capa de grava fina paleada a mano, y un nuevo alisado con el rodillo de la machuca finalizaba el trabajo. Así fueron cambiando las antiguas carreteras y calles, con piso de zahorra o macadán, de cantos rodados y en el mejor de los casos de adoquines. Ni que decir tiene, las condiciones en que llegaría a casa aquel hombre de salpicaduras y vapores. Y para encima tenía que ducharse con agua fría en el patio trasero, mientras Juana le refregaba las manchas con aceite de oliva.
En fin, esto viene a cuento de lo siguiente: El matrimonio que ocupaba la planta superior, la deja libre. Félix y Juana, los padres de Iván, piensan lo bien que les vendría a ellos el piso. El chico tiene ya catorce años, y hace unos cuantos que lo echaron de la habitación. Ahora duerme en el oscuro cuartucho bajo la escalera. ¡Eso no es de recibo! Pero el dueño pide demasiado, y a ellos no les alcanza el agua al sal. Tendrán que esperar tiempos mejores.

Apenas cuatro días ha estado vacía la planta de arriba. Un matrimonio con un crío la han ocupado. Él es encargado del montaje de la nueva cementera que se está construyendo. Ella, una morena de pelo corto, tez pálida y muy buena figura. Suave en los movimientos y en el habla, educada y sensitiva, que suele llevar vestidos de sedosa popelina, ceñidos de talle, manga corta, enseñando pantorrilla y siempre sobre zapato de tacón.

Iván se ha quedado boquiabierto viendo como aquella beldad, da órdenes a los mozos de cordel que le han traído los muebles:
- Esto, esto y esto, a la habitación a la derecha según se entra. Esto otro al comedor, aquello a la habitación de la izquierda, todo lo demás, a la cocina y al cuarto frente a ella. ¡Mucho cuidado con estas cajas, que llevan  lámparas de cristal, y estas otras la vajilla!
¿Vajilla? ¿Lámparas de cristal? Eso solo lo ha visto en casa de la abuela Vicenta, la que vive en Madrid, y en los restaurantes del centro, o en el hall del ayuntamiento. ¡Estos sí que tienen pasta!

Pronto Iván va a enredar con el chiquillo de arriba. ¡Le gustan tanto los niños! Dice su madre. Pero, para él es la ocasión de estar junto a la joven madre, aspirar su delicado y dulce perfume a jazmín, ver el hechizante contoneo de sus caderas y oír su voz aterciopelada. Sin duda está enamorado de ella, aunque no sepa lo que es el amor.

Muchas veces, en la soledad de su camastro bajo la escalera, ha pensado en la forma de entrar en el piso de su vecina. A solas. Para husmear entre las cosas que ella guarda en la cómoda, para recoger el perfume de sus prendas, acariciarlas y sentir el roce de su propio cuerpo con la tela, y soñando con el cuerpo de ella entre medias. Quizá un viernes, cuando los hombres trabajan, el niño está en el colegio con las monjas, y las mujeres se van al mercado, donde llegan los aldeanos con frutas y verduras frescas. También visitarán las carnicerías y pescaderías de la plaza de abastos. Toda la mañana en la compra para el fin de semana. Toda la mañana de libertad para conseguir lo que desea. La entrada es fácil. El sabe que la llave, esa llave grande y pesada de casa antigua, está colgada de un clavo bajo el pasamanos de la oscura escalera. Pero no se atreve. Como los hombres y como otros chicos, el tiene su obligación; la escuela. Pero ya llegará el verano y tendrá su oportunidad.

Y ésta llegó. Al fondo del zaguán, la escalera hace un ángulo recto. Media docena de peldaños en la penumbra, porque la luz entra por la puerta del portal y se va debilitando zaguán adelante. El tramo más largo es el más oscuro, aquél que le daba miedo subir de pequeño. Tantea bajo el pasamanos, toca la llave, la descuelga. Con un dedo busca la cerradura, y por fin la encaja. Entra en el comedor. El balcón está entreabierto, siente la corriente de aire que se produce y mueve las cortinas. Cierra la puerta. Conoce bien la casa y va a tiro fijo. En la habitación, un armario, la cama, la cuna donde ya no duerme el niño, la cómoda, y una silla calzadora. Revuelve en los cajones procurando dejar todo lo que no le interesa tal y como está. Encuentra lo que busca, pero aunque la emoción le embarga, no es exactamente eso. La ropa huele a limpio, predomina el olor del jabón Lagarto sobre otro perfume más tenue, más sutil. Entonces cae en la cuenta. Va al baño. El cesto de mimbre ha de contenerlo, si no, el riesgo ha sido en vano.
Camisas de hombre, ropa del infante, y allí abajo... ¡El tesoro!. Huele la prenda y, presa de una emoción incontenible, sin meditar la decisión, la mete bajo la camisa y huye a toda prisa. Es en la oscuridad de su cuarto donde va experimentar unas nuevas sensaciones: La mezcla de los efluvios inmateriales de la prenda, con los suyos, más materiales y tangibles.

El destino puede ser cruel, o no. Según a quien le toque la desgracia, y a quién se beneficie de ella. Iván, ha logrado un beneficio momentáneo, pero pronto va a sentir pesar por lo que ha hecho. Le remorderá la conciencia y se culpará, de algo de lo que solamente el destino tiene la culpa.

Irene, su adorada, hace tiempo que no está bien. Una tosecilla recurrente ha ido en aumento desde el invierno, y ahora está asustada. Esta mañana cuando llevaba el niño al colegio, ha empezado a toser, hasta que tiene un vómito de sangre. Una mujeruca que lo ha visto, le pregunta:
 - ¿Hace mucho que tiene esa tos?

 - Desde el invierno, señora.

Entra en casa la mujer, y sale con una botella de gasolina que su marido plomero, utiliza para el soplete. La vacía sobre el vómito que la tierra ha empapado y le prende fuego.

- Señora, vaya de inmediato al médico... y aleje al niño de su lado. Por desgracia he visto esto en más de una ocasión. De no hacer lo que le digo, usted se morirá y los que están a su lado, puede que se contagien. Lo que tiene es tuberculosis.

La predicción de mujeruca era acertada. Irene ha sido ingresada en un hospital en la sierra. Hace tres meses que no ve a su hijo al que atiende Juana. Su marido va a visitarla todos los domingos. Iván, ante tanto comentario espeluznante, hace tiempo que quemara el producto de su rapiña.


Por fin Irene está curada y vuelve a casa. Iván se alegra, se le va toda la pesadumbre, los miedos que ha pasado, y la lástima que ha sentido. Con esos miedos que se van, se va otra cosa; la adoración que por Irene sentía. También el matrimonio se va. El trabajo ha concluido y otra cementera en otro lugar espera; se están construyendo varios pantanos y se necesitan toneladas y toneladas de cemento. El piso queda libre de nuevo, y esta vez sí, esta vez ellos lo ocuparán, pues el técnico en bituminosos por aspersión, ha sido nombrado encargado en la empresa, el que manda las cuadrillas de las nuevas carreteras de asfalto.


4 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
Otra vez tengo este trasto averiado, funciona cuando quiere y me las hace pasar canutas. Mañana lo llevaré de nuevo a reparar.
El cuento de hoy está escrito a prisa y corriendo no vaya a ser que me falle. De todas formas espero se le pueda sacar un poco de chicha.
A otra cosa mariposa, que tengo mucho tajo.
Salu2.

Liliana dijo...

Me que quedado con una sonrisa, me ha gustado Alfredo.

Espero que te arreglen pronto el ordenador.

Saludos =)))

Elda dijo...

Bueno, pues al final todo queda bien y en su sitio, lo cual me satisface, ya que me estaba esperando una mala noticia en la historia :))).
Pues nada, que te arreglen pronto el ordenador y que no tengas mucho tajo.
Un abrazo.

Manuel dijo...

Me temía lo peor, para Ivan, pero al final le pegas un giro radical, y todo el mundo sano y a sus quehaceres.
Un abrazo, y que no sea nada importante lo del ordenador.