martes, 5 de diciembre de 2017

Diario Tardío y disparatado. (1)

18 de octubre de 1995.

Querido diario disparatado:
No serás tú diario, pues apareceré por aquí solamente cuando me embargue la añoranza. Tampoco lo serás de disparates, pues aunque lo parezcan, esto que te voy a contar, eran cosas que casi a diario sucedían cuando yo era pequeña. Tardío... Sí. Porque ya no tengo edad para un diario. ¿O sí?
Recordar suele ser grato. Tal vez porque por las malas cosas pasamos aprisa y corriendo, cuando no las olvidamos. A veces quedan guardadas en nuestra mente cosas ridículas, sin importancia para los demás, y que no te atreves a contar. Otras, igual de insustanciales, interesan sobremanera a los pequeños, en la creencia de que son cuentos inventados.


Me presentaré: Me llamo Ana Cristina Requejo Posada, nombre que une los de mi abuela materna y de mi madre. Nací en 1935, soy hija de Joaquín el ferreru, y de Cristina Posada. Mis abuelos paternos eran Joaquín Requejo, e Irene Fernández, y los maternos Ramiro Posada y Ana Mier.

Mi infancia, vista a través del tiempo, fue feliz. Quizá en aquel tiempo de miseria y hambre no lo parecía, pero con el pasar de los años, las cosas se ven de otra manera. Cuando no tienes otro remedio que rememorarlo, no lo haces con pesar, ni con pena, ni resentimiento. Lo haces como algo que inevitablemente tenía que suceder, y en algunas ocasiones, hasta te ríes de ello.



Mi familia vivía en el monte desde el que se ve todo el valle, el río y el pueblo entero. El Montiquín lo llaman, porque está a la sombra de otro más alto apodado el Cagayón, pues en la cima, una enorme concreción rocosa y grisácea, asemeja la deposición que hubiera dejado un gigante en tiempos pretéritos. Era el nuestro, bajito, redondeado, con algo de pradería, castaños, robles y hayas, aquí y allá, mientras que en el otro, solo brezo y hartos lo poblaban.
Solamente una casa modesta, la nuestra, junto con las tierras, que el señor Conde Don Mateo Argañosa y del Llano, le vendiera en cinco pesetas a mi abuelo paterno, como agradecimiento por sus servicios. El conde no quería líos con futuros herederos.

Era mi abuelo Joaquín prospector. Un hombre que hurgaba con el pico, desde las cimas de la sierra, hasta los contornos de los acantilados en busca del preciado azabache, y, cuando encontraba el mineral, preparaba el plan para arrancarlo a la tierra. Entonces entraban en danza los mineros, abrían la mina, y con el escombro iban trazando camino para transportar el material. Un material que producía buenos beneficios al conde, y daba de comer a unas cuantas familias; los mineros, y los azabacheros, artífices de joyas muy solicitadas.
En muchas ocasiones, el noble lo acompañaba por trochas y vericuetos para ver como el pico del abuelo descubría indicios de una buena veta, o fracasaba encontrando solamente la pura tierra. Fueron buenos amigos, se tenían confianza, y, aunque no tenía por qué, don Mateo, que ponía el dinero y se encargaba de solicitar permisos y vender el producto, se explayaba con las cuentas como si Joaquín no supiese si había ganancias o pérdidas. "Va mal la cosa Joaquín, esto ha dado menos de lo esperado, este año nos ha salido el tiro por la culata con esa vena que parecía larga. Apenas cubrimos gastos". Cuando esto sucedía, hasta él pasaba apuros. A menudo se alternaban las situaciones de bonanza con las de apretarse el cinturón. Y es que el preciado mineral, era escaso y complicado de encontrar, las vetas eran de poco espesor, y en algunas ocasiones tenía sucedido, pasar entre ellas sin siquiera darse cuenta de que estaban allí. Era el olfato, la intuición o la experiencia, el don que mi abuelo tenía para encontrarlas.
"¿Sabes, me decía el abuelo Joaquín, que por los sitios por donde ando excavando, encuentro a menudo huellas de dinosaurios?" "¿Y qué son dinosaurios, abuelo?" "Eran unos animales muy grandes, que vivieron hace millones de años. Tan altos como casas de tres pisos y que desaparecieron por culpa de un frío intenso que dejó la tierra toda congelada. Un día te voy a traer unas láminas de dibujos para que los conozcas". Y yo esperé con ansiedad los dibujos que me habría de traer.

Mi padre no siguió los pasos del suyo. Le gustaba trabajar el hierro, y a herrero se dedicó. Enganchaba el caballo a la xarré, y con su fragua, su carbón, sus herramientas y herraduras, visitaban clientes fijos, mercados y ferias. Era un trabajo de subsistencia arreglando pezuñas a las vacas y herrando caballos, mientras dejaba un tanto postergado que lo que le gustaba; hacer esculturas de forja, que por el momento nadie compraba.



Mis abuelos solamente habían tenido ese hijo, al parecer mi abuela tras el parto, ya no pudo tener más a pesar de que los deseaban. Sin embargo, tuvieron siete nietos, y de ellos yo era la del medio; tres muchachos por arriba y otras tres chicas por detrás.
En casa no se pasaba hambre, pero si necesidad. Cosas distintas, pues el hambre se puede saciar con el alimento, pero la necesidad es la carencia de cosas de las cuales no se debe prescindir. Teníamos gallinas, y unos patos, los huevos no faltaban, también una cabra que todos los años nos daba un cabrito. Lo vendían a un tipo siniestro que se me antojaba el ogro del gato con botas. Todo porque medía más de dos metros, pesaba ciento cuarenta kilos... y se merendaba el cabritín de una sentada en la posada donde hacía noche. Era tratante en madera, y se relacionaba con el abuelo por aquello de la entibación de las minas. Para quitarnos el mal sabor de boca, nos dejaba siempre un paquete de caramelos cuando se lo llevaba. Lo odiaba de tal forma, que nunca llegué a probar sus dulces. ¡Qué culpa tenía él, de ser tan grande!


Aquél año, Paquita, la cabra, tuvo una cabritina blanca y marrón. Me encariñe con ella más de lo debido. Era mi muñeco al que abrazaba y manoseaba con algo de recelo por parte de Paquita, y los reproches de mis hermanas menores, porque ni con ellas jugaba, ni les dejaba tocar a la Paquitina. Le pedí al abuelo, a mi padre y a mi madre en especial, que no la vendieran. "Niña, vas a empezar a la escuela, necesitas calzado", me dijo ella, entonces lloré inconsolable, me enfadé con todos, y por fin mi abuela Irene consiguió que no se vendiera ni aquella, ni ningún otro animal. Primero dos, luego tres... así fueron aumentando las cabras, de modo que mi madre dedicaba una parte su tiempo a hacer quesos.

Empecé a la escuela recién cumplidos los seis años. Tres mosqueteros me acompañaban; mis hermanos. Para entonces, chica lista, ya leía de corrido, sumaba y restaba llevando, gracias a ellos, y a mi madre que nos tutelaba a todos. También nos contaba historias a la luz del candil de carburo frente al hogar, sobre todo en las largas y frías tardes noches del otoño y el invierno. Mientras se asaban las castañas, y el perol humeaba pendiente de la cadena, la abuela, que era muy religiosa, solía meter entre cuento y cuento algo de la Biblia; Moisés y los egipcios ahogados en el Mar Rojo, los niños que Herodes mató, Jesús dando sopas con honda a los Doctores de la Ley... Y ya que hablamos de sopas, se me vienen a la memoria aquellas sopas de ajo y pimentón, a las que mi madre añadía leche de cabra. Cuando llegaron los tiempos de bonanza continua, se acabaron aquellas sopas de pobre, a menudo recordadas y jamás vueltas a comer.

Un día, mi padre se presentó en una exposición de la ciudad con una escultura fantástica. Pocos en aquel tiempo comprendían bien de qué se trataba. Veían sí, una armadura, pero jamás como aquella. Era la armadura de un Samurai, guerrero japonés muy peculiar, y distinto a los que estábamos acostumbrados a ver en los cuentos de la época, caballeros con lanza en ristre. Toda de placas de hierro unidas por correas de cuero. Colocada sobre un maniquí hecho con varillas de hierro, articulaba sus brazos, piernas y manos gracias a unos roblones y resortes, de modo que podía adoptar distintas posiciones; manejando la catana, con el arco y el carcaj lleno de flechas a la espalda, o al revés, catana enfundada y arco en las manos. Una figura que mi madre vistió según mostraban las páginas de aquél libro, que él trajera, y sobre los ropajes, la armadura con su casco, sus armas, insignias y cintas de seda, polainas y guanteletes para unas manos de madera. Daba miedo aquella cara, también de madera pintada, cuando te lo topabas de frente. Solo aquellos ojos rasgados se le veían, pues boca y nariz las tapaba una especie de bufanda que protegía el cuello. La sensación de que, en un momento dado iba a comenzar a andar, repartiendo mandobles ¡era tan real! Pero sobre todo causaba una expectación emocionante.



Aunque ir descalza era costumbre mía, por el prado siempre andaba de aquella forma, bajaba por la caleya camino de la escuela con las madreñas atadas con un cordel al cuello. Los escarpines dentro, y cuando llegaba a la carretera, me lavaba los pies en el regato que bajaba del monte... Desde el día de la venta del samurai, no volví a la escuela descalza. Me compraron unas Katiuska para no estropear aquellas madreñas tan bonitas, talladas por un artesano de Campo Caso. La escultura se vendió muy bien, y fue el inicio de prosperidad y una pequeña cuota de la fama que mi padre lograría con el tiempo.



Se murió el abuelo con sesenta y tres años, de una pulmonía que cogiera un otoño de mucha nieve, en el cuarenta y siete. Había llegado a casa gracias a la mula que lo sacó de un ventisquero, aquel día de octubre que amaneciera con cielo despejado.
El Conde vino a casa con el médico cuando supo que estaba enfermo. Las friegas y cataplasmas de ortigas que la abuela le diera, de nada sirvieron. Quiso don Mateo llevarlo al hospital, pero era demasiado tarde... Nos dejó, y ese fue el mayor disgusto que me llevé.
A veces me sentaba en su escaño frente a la chimenea por notar el calor que él dejara en la madera, más, comprendí que el reflejo de la llama era lo que me producía aquella sensación de compañía. Ya no oiría más su voz pausada; gitanina, ven aquí y límpiame los cristales de las gafas, gitanina, vamos a repasar la tabla de multiplicar. Y comenzábamos por el siete, que era un número que se me atragantaba. ¿Sabes por qué te pregunto siempre el siete? Me dijo una vez. Es un número muy importante, siete sois vosotros, siete eran los sabios de la antigua Grecia, siete los metales conocidos en la antigüedad, setenta veces siete has de perdonar a los que te ofenden. ¿Cuánto es siete por setenta? No sé, abuelo, en la escuela solamente damos hasta el diez. Escríbelo en la pizarra y haz la cuenta, verás que fácil.
Cuando fui mayor, comprendí el motivo por el que mi abuelo me llamaba gitana. Encontré unas fotos que don Mateo nos hiciera a las familias en un festín, celebrando la venta a Inglaterra de una partida de azabache. Yo tenía el pelo muy negro, corto y ensortijado, llevaba puesto un vestido de tirantes blanco y mi piel lucía con el tostado del verano, grandes aretes en las orejas, y un collar de falsas perlas sobre la cabeza, que dejaba la más gruesa justo en medio de la frente. Naturalmente, estaba descalza.



Los sábados bajaba con mi madre al mercado semanal. Las mujeres de las aldeas tenían un sitio preferente en la plaza, una hilera dos metros por delante de los soportales del Ayuntamiento. Al colocar los puestos, simples cajas, paxios o cestas en el suelo, solían ponerse de acuerdo en el precio de las mercancías, pero a medida que pasaba el tiempo y se acercaba la hora de comer, verduras, patatas o frutas continuaban en su sitio, entonces les entraba la prisa y bajaban los precios. Aquella idea no fructificó.
Otros vendedores se asentaban a los lados formando una U. A la derecha los que traían arreos para las caballerías, materiales de ferretería, cacharros para la cocina, y trastos varios de segunda mano. En el otro lado, los encurtidos, bollería, bacalao, quesos... Y quesos se atrevió mi madre a mercar con aquel tendero ambulante. Te puedo traer entre una y dos docenas todas las semanas, le ofreció. Toma la prueba y me dices. Él se resistía, que si son pequeños, que si están poco o muy curados... Hasta que probó. Fue legal, de inmediato le encargó dos docenas para la semana siguiente, acordaron el precio, y nos fuimos más contentas que unas castañuelas.

Aquellos zopencos haraganes que eran mis hermanos, no pensaban en otra cosa más que en jugar. Sin embargo, aquella percepción mía no era del todo cierta. Los tres eran mañosos en el arte de la construcción de artilugios para disfrutar. Con las tablas que quedaban de la techumbre de un viejo pajar abandonado, competían entre sí por hacer espadas o cimitarras con la empuñadura más trabajada. Fabricaron un patinete de tres ruedas, y un carretón semejante a esos que ahora llaman carrilanas. ¡Valiente estupidez en un lugar en que no había un sitio plano donde rodarlos! Únicamente en la antojana, quince metros más o menos de tierra apisonada que se convertía en un fangal cuando llovía.
Dos semanas tardaron en hacer un columpio casi igual al del parque del pueblo. Tiraron abajo las vigas de aquel pajar, las llevaron a rastras hasta la casa, los espetaron en los hoyos que hicieron en el suelo, y con las puntas que le birlaron a nuestro padre, clavetearon las dos uves invertidas. “Solo” faltaba el palo que iba de una a otra, y ¡a ver quien era el guapo que lo subía! Tuvieron que pedir ayuda al abuelo, que les reformó casi todo el diseño, colocaron un palo más a las uves convirtiéndolas en aes que les daba mayor firmeza, y ataron las intersecciones con cuerda ya que las puntas no ofrecían garantía. Al fin tuvimos columpio.



Por hoy no te cuento más. Ya volveré, el invierno seguirá al otoño, vendrán días como el de hoy, grises y con un orbayu persistente, en los que sin duda la añoranza me hará de nuevo recordar aquellos ¿disparates?



2 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
Las fotos que ilustran esta narración, que he dividido en cinco partes, me sirven de guía. Son imágenes de distintos pueblos de mi tierra, sin conexión entre sí, y que solamente tratan de apoyar el relato. Todas son mías, a excepción del samurái que tomé prestada de Wikipedia.
Los nombres, bien de lugares o de personajes, son ficticios en la mayoría de los casos, con excepción de alguno, que por algún motivo, deseo resaltar. Así por ejemplo, cuando menciono Campo de Caso, lo hago porque en la aldea de Venero, perteneciente al concejo mencionado, hay un Museo de la Madreña, sin embargo, la foto está tomada en Valdesoto, en el concejo de Siero donde se celebra un festival de tradiciones asturianas.
En la descripción del lugar donde vive la familia, el monte, he colocado una foto con el Valle del Caudal al fondo tomada en la subida al Padrún.
La zona de los Oscos, famosa por sus paisajes, mazos y ferrerías, me venía al pelo para el oficio de Juaco. La foto está tomada en Santa Eulalia de oscos.
En las sucesivas entregas que haré cada tres días, explicaré la relación entre cuento, fotos y lugares. Espero que al menos las fotos influyan para que visitéis estas tierras.
Muchas gracias.

Elda dijo...

Pues me ha encantado todo lo que cuentas en este diario disparatado como le has llamado.
Muy bonitas las fotografías y el lugar donde enclavas la historia con todo ese saber que proporcionas en todo lo que escribes. Lo digo porque siempre aportas mucha documentación.
Esperando quedo que siga este diario tardío, :))).
Un abrazo y buena semana.