jueves, 7 de diciembre de 2017

Diario tardío y disparatado. (2)


1 de Noviembre de 1995

Empecé este diario el día en que se cumplían cuarenta y ocho años de la muerte de mi abuelo Joaquín. No fue casualidad, simplemente, recordando su aniversario, me puse a escribir. La fecha de hoy, no coincide con nada digno de mención, pero es el día de Todos los Santos y vengo de los cementerios. En uno están los dos abuelos paternos, Joaquín e Irene y en otro los maternos con los que mantenía menos trato. Mi madre, que ya tiene ochenta y tres años, no me perdonaría que no la acompañara a depositar las flores que aún cultiva.



La abuela Irene, quedó conmocionada durante bastante tiempo por la falta de su querido Joaquín. Tras el entierro, lo primero que hizo fue dar la vuelta al crucifijo que tenían a la cabecera de la cama. "¡Tantos rezos, rosarios y novenas que te he dedicado durante años, y para una cosa que te pido, me la niegas! ¡No volveré a contemplar tu santa faz! ". A continuación se sentó en la mecedora de su cuarto, callada, a solas con sus pensamientos, y sin apetencia por nada.
Únicamente a mí me toleraba, porque sabía de la unión que con él tenía. Me sentaba sobre sus piernas, acurrucaba mi cara junto a su cuello, y comenzábamos a cañicarnos. Apenas salía de la habitación, comía poco y desmejoraba con el paso de las semanas. Daba igual que mi madre se mostrase zalamera, o le recriminase su actitud, a ella todo le entraba por un oído y le salía por el otro.
Aquellas navidades fueron más bien mustias. Fue al comenzar la primavera, que yo le pedí... Sal a ver las flores, abuela, verás que ramos tan hermosos tiene la glicinia. Y ella salió por complacerme, más algo debió de pasar por su mente. Aunque volvió a su cuarto, al día siguiente, tan de mañana como solía, se levantó de la cama y comenzó con el trajín de siempre. Al atardecer, estuvimos de confidencias, yo tenía por entonces doce años. Hablamos cosas de mujeres, intuía que pronto pasaría de niña a adolescente con todo lo que aquello implica, por eso comenzó con algo que nadie más que ella sabía ahora. Me contó, que bajo una planta semejante a aquella, de grandes racimos florales de color entre blanco y azul, Joaquín la besó por primera vez. Por eso la plantaron en su nuevo hogar, ese caserón de piedra que los antepasados del conde levantaran, y que poco a poco fueron reparando. Después, quiso saber si mi madre ya me había explicado los cambios que iba a notar en mi cuerpo. "Vas a entrar en un tiempo de preparación del cuerpo y de la mente, para ese fin al que toda mujer está destinada; el amor. Amor por los hijos que tendrás, y por el hombre que elegirás. Estarás algo intranquila, confusa quizá. Por un lado querrás seguir siendo la niña que eres, y por otro el ansia de ser mayor. Elige bien al que será padre de tus hijos, no importa si es rico o pobre, guapo o feo, basta con que sea bueno, y que te quiera como tú lo debes hacer".


La mula Ramona, en aquella casa todos los bichos llevaban nombres de persona, se había quedado sin trabajo al faltar el abuelo. Aunque mi padre la trató de enganchar a la xarré, ella estaba acostumbrada a la albarda y no quiso por más que la forzara. Fue la única vez que la vi soltar coces y gemidos. Al parecer, fue ella la que con aquella voz entre relincho y rebuzno, avisó a Joaquín de la tormenta que se avecinaba. Sin embargo, el abuelo estaba en un profundo agujero que llevaba excavando un par de semanas, en un talud allá por Colunga. Concentrado en su quehacer, la oía muy quedo y no le dio importancia. Más, tanta insistencia, puso en guardia a Joaquín, aunque no era lugar, ni tiempo para lobos, fue a ver lo que sucedía, no fuera que alguien se la quisiera llevar. El cielo, antes sin nubes, era ahora oscuro y amenazador. La temperatura había bajado considerablemente y amenazaba con nieve. Dejó las herramientas, y montó la mula, que sin falta de arrear, emprendió la vuelta a casa. Por delante tenían cuánto menos, tres horas de camino. 


Subieron por la sierra buscando el paso entre el Piquituerto, un monte cuya cima rocosa está dividida en dos, la una inclinada hacia el sur y la otra inclinada al norte, y el Chambergo, de forma este acampanada que semejaba el sombrero de nombre homónimo. Fue en las estribaciones del paso, cuando comenzó a nevar tan copiosamente, que no se veía a medio metro, y Joaquín dejó que la mula siguiera su propio instinto. En una hora, la nieve alcanzó treinta centímetros, y de repente, cesó. El viento siempre soplaba suavemente por el paso, pero esta vez, fue creciendo de tal forma, que levantaba la nieve arrastrada hacia zonas protegidas donde se arremolinaba. Hombre y animal parecían figuras fantasmagóricas envueltas en blanco sudario. Por fin coronaron. Al otro lado, el viento iba en descenso y la sensación térmica era mejor. La nieve comenzó a caer de nuevo, esta vez los copos eran más pequeños y húmedos. Tras cuatro horas de marcha, habían llegado a casa ambos tiesos de frío.


A la noche, el abuelo tenía fiebre, tosía, sentía escalofríos y le dolía el pecho. La abuela le ponía compresas en la frente, temiendo lo peor, le pidió a Juaco que fuera a por el médico. Pero él se negó: "Déjate de tonterías mujer, esto se va con unas friegas. Mañana veremos". Pero a las seis de la mañana, Irene no quiso esperar más. Entonces mi padre puso la silla al caballo y bajó a La Villa, avisó de paso al conde, que llevó al médico en su xarré, pero poco pudo hacer.



Mis padres se conocieron en el mercado semanal de La Villa. Él alternaba un sábado en La Villa y otro en La Pola. Los domingos alternaba entre Mieres y Cangas, y así toda la semana por distintos lugares. Él Tenía diecinueve años y ella dos menos.
Cuando con una amiga miraban lo que se ofrecía en los puestos, se vieron por primera vez. Fueron hasta la iglesia donde Juaco ponía su fragua portátil y su yunque. Allí dejaban los aldeanos sus burros y carros, y si era menester, demandaban los servicios del herrador. Él, con la pata de un caballo entre sus piernas, claveteaba la herradura. Atento a su trabajo, encorvado como estaba, solamente lograba ver las piernas de aquellas dos mozas que lo observaban. Acabó la faena y se pudieron ver de frente. Ambos habían hecho su elección.
La amiga tiraba de mi madre con intención de ir a otra parte, aquello ya estaba visto. Ni palabra habían mediado, ella ya se giraba, a él le faltaba por colocar otra herradura. Instintivamente, la detuvo: "Espera un poco mocina, dime cómo te llamas, y si vuelves en media hora, tendré un regalo para ti. No te pesará". "Me llamo Cristina, doy una vuelta y vengo". Contestó resuelta.
Cristina, mi madre, era la mayor de cinco hermanos. Con ayuda de la abuela Ana, lograron a duras penas convencer a Ramiro, de que el ofrecimiento de Arcadio el periodista, era bueno para ella. "Déjate de tonterías marido, no voy a consentir que mi hija se quede solterona en casa, para cuidarnos cuando seamos mayores". Y Cristina, con quince años, se convirtió en secretaria de un hombre entrado en años, que recorría los pueblos en busca de noticias, gentes que tenían cosas para contar, y doncella de su mujer inválida. Aprendió a escribir en la Remington, y pasaba a máquina aquella letra garrapateada y casi indescifrable, que el hombre anotara sobre unas cuartillas. Amante ella de la lectura, todas las tardes solía leer a la dueña de la casa, algunos capítulos de las novelas que su marido atesoraba en la biblioteca, y que escuchaba con gran placer.


El ferreru, dejó listo el caballo, colocó el soldador en la fragua y le dio al fuelle para calentar una varilla que trabajó. Cortó trozos de una chapa que moldeó a base de martillazos, luego los unió a la varilla con estaño, y cuando la moza volvió, le entregó una primorosa rosa de metal.
Con una mezcla de alegría y pesar, Arcadio y su mujer vieron como Cristina y Juaco se casaban el mismo día en que ella cumplía los dieciocho años. Sin embargo, mi madre continuó durante seis meses más con aquella labor, hasta que le dejó el puesto a su hermana, la tía Adela, a quien enseñó a descifrar la condenada letra del periodista, y que había aprendido taquimeca en la academia Solís.

Por hoy, mi diario querido, lo vamos a dejar. Otro día te contaré cosas que a mí me contaron, cosas que he vivido y me llenan de una grata nostalgia. Y digo grata, porque aunque parezca una incongruencia, para mí nostalgia no es el recuerdo de una dicha perdida. Es el recuerdo de haber vivido, de vivir felizmente hasta este mismo momento, una vida plena.


3 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
Dije el otro día, que el relato se apoya en las fotos que lo ilustran, las de hoy también. La primera es del cementerio de La Rebollada, en Mieres del Camino. El topónimo Rebollada, proviene del latín Robollum, en referencia a los robles que poblaban las laderas de los montes. Por aquí transcurre el Camino de Santiago en la antigua ruta León Oviedo, en este lugar, existió una leprosería desde 1266. Estaba situada en terrenos aledaños a la iglesia, conservando aún el barrio el nombre de la Malatería.
La iglesia, dedicada a María Magdalena, era del siglo XII, demolida en 1921 fue reconstruida, y solo se conserva el arco del ábside, los canecillos y una talla de San lázaro que estaba en la malatería. En este barrio nació el fundador de Mensajeros de la Paz, Padre Ángel.
En el Pico Gua, cima dominante, hay una necrópolis con dos túmulos (saqueados) y unos grabados sobre piedra. Sobre ello hizo un estudio la arqueóloga Gema Adán Álvarez, dicho sea de paso prima mía.
Las fotos restantes, pertenecen a lugares tan dispares como el concejo de Siero y el de Teverga donde está el Puerto de Ventana, uno de los primeros que se cierra al tránsito cuando nieva. Para llegar hasta aquí, hemos dejado atrás el Parque de la Prehistoria, el precioso paisaje de Cueva Huerta, la segunda más grande de Asturias y que es obligado visitar.
Salu2.

RECOMENZAR dijo...

Maravilloso blog
Te he encontrado de casualidad
Me encanta el sabor que le das a tus imágenes y letras

Elda dijo...

Me ha encantado la historia de los abuelos, y como se conocieron los padres.
Las fotos son preciosas, y la verdad que muy bien adecuadas a todo el relato.
Muy ameno este diario Alfredo.
Un abrazo y buen domingo.