sábado, 2 de diciembre de 2017

El penco del vecino.


Al leer este título, más de uno se preguntará:
-        a) ¿Está llamando penco a su vecino?
-        b) ¿Su vecino tiene un penco por caballo?
Pues bien, aunque mi vecino sí es un penco, también tiene un caballo que parece un penco. Es un penco -el vecino- porque encaja al cien por cien en dos de las acepciones del diccionario: Rústico, tosco e inútil. También encaja en otra definición, que cualquier persona con gusto le dedicaría. Dejémoslo para el final.

Un día apareció por su propiedad un tratante que le traía un potro hermoso. No sé mucho de caballos, pero este parecía joven - tres años me dijo- y yo lo consideré un potro. Es de color blanco, o por mejor decir albino, puesto que según tengo entendido, no suele haber muchos, y erróneamente se llaman blancos a los grises de pelo blanco. A lo que vamos. A los dos días de llegado, y a pesar de lo que el vendedor le dijera; trabájalo adecuadamente, mucha rienda, paseo y ensilla a menudo sin montar, ya lo quiso  cargar con sus ciento veinte kilos de peso. En cuanto el potro vio aquella mole que se le venía encima, rehusó. Aunque desde que nació había tenido buena enseñanza, aún no estaba preparado; no se había generado ente los dos la necesaria relación de confianza.
La fusta entró en acción, pues era su pensar, que lo que no se consigue por las buenas, se ha de conseguir por las bravas. Por fin logró su objetivo, pese al cabeceo del animal que denotaba que algo no iba bien. Pero él continuaba erre que erre, palo, picar espuela y tirones bruscos de la rienda. En fin, al año se cansó del caballo porque no “cubría las expectativas”, lo sacó de la cuadra y lo dejo pastar en un pequeño prado lleno de maleza, con la intención de venderlo. Más, como quiera que era un despreocupado, fue pasando el tiempo y el caballo allí seguía día y noche, lloviese o ventase, bebiendo agua de un regato, y comiendo hasta las raíces de la escasa hierba. Ahora tenía un color de chocolate, producto del barro que se le pegaba, y que nadie cepillaba, estaba flaco, los dientes gastados a fuerza de apurar la hierba y masticar tierra, pero con gusto se acercaba al pastor eléctrico, sabedor que siempre había alguien que le daba unas manzanas o unos trozos de pan.
Dos años después, acertó a pasar por allí el tratante, y viendo aquel penco, se echó las manos a la cabeza. ¿Cómo es posible? Se preguntaba, y yo que salía en aquel momento de mi casa, le dije... Y gracias al pan que los vecinos le damos, pues no sabe lo que es la cebada.
El tratante le montó al vecino un lío de tres pares de narices, y acabó denunciándolo por maltrato animal, cosa que deberíamos haber hecho los que aquello veíamos a diario.

Rescató el tratante al jamelgo, que hoy luce esplendoroso gracias a la dedicación y el trabajo realizado con él. Al respeto y nobleza mutua, al vínculo de confianza establecida, y a la aceptación de liderazgo, de aquél que supo ganarse su confianza.

Se me olvidaba, sobre la definición del principio, yo me decanto por una blanda; desaprensivo. La gruesa me la reservo.


3 comentarios:

Alfredo dijo...

Alfredo.
El caballo de la foto, creo que es una yegua, a mí me parece torda. No sé. alguien que entienda quizá me corrija. Ni punto de comparación con el que he tratado de describir, pero los tiros van por otro lado. Creo que la confianza ha de ser recíproca, no solo entre personas, también entre personas y unos animales, que las más de las veces son mejores que nosotros.
Salu2.

Elda dijo...

Desde luego no está nada mal llamarle penco al vecino, yo creo que se merece otro calificativo muy gordo. Y aunque esto pueda ser un cuento, es bastante real, ya que todos sabemos los abandonos de los animales, pero que se va a esperar... si hay gente que abandona o maltrata a los hijos.
No sé que pasa últimamente en el mundo, cada vez hay más personas taradas. ¿Será la alimentación?, jajaja.
Me ha gustado mucho tu historieta.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
De los seis perros que ha habido en casa, cinco fueron recogidos. El único que se compró, fue en sustitución de otro de la misma raza que nos mataron. El seguro del causante abonó el gasto. Quiero creer que todos fueron felices, al menos nosotros lo fuimos y los recordamos con cariño.
Gracias Elda, de acuerdo contigo.
Salu2.