domingo, 29 de enero de 2017

El escudo de Cornejo y el cuento de la lechera.


Era Don Manuel Cornejo hombre de pretensiones y vanidades mundanas que mostraba con ostentación. Creyéndose por su elocuencia, merecedor de una distinción que nadie le otorgó, colocó en la fachada de su casa, un escudo. En él puso como blasones las tablillas y el estilete de la musa Calíope, pues sabido es, que esta hija de Mnemosina y Zeus, además de musa de la Poesía épica, lo es de la elocuencia.

Sin embargo, hay quien confunde elocuencia con verborrea, y esto era de lo que Don Manuel carecía... y tenía; Poca persuasión y mucha palabrería. Su suerte, radicaba en que en aquél pueblo nadie era tan constante como él. Se puede ser charlatán y embaucador, pero como dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. A fuerza de repetir una cantinela,  más pronto o más tarde, conseguía aquello que se proponía, contradiciendo a este narrador.

Al haber quedado vacante la plaza, el pueblo tenía que elegir a un regidor en concejo abierto, esto es: Por votación a mano alzada de todos los mayores de edad, por entonces 21 años. De las doscientas cincuenta y una personas que vivían allí, solamente noventa y tres tenían derecho a voto dada su mayoría de edad, derecho que les concedía el elegir por si mismos al alcalde, sin intervención de otro estamento más que dicho concejo. 
Ninguno de los vecinos, puestos de acuerdo a la chita callando, se presentó al cargo. No eran tan cándidos como parecer pudiera; no había sueldo. Solamente el ínclito Don Manuel se presentó, saliendo, como es lógico, elegido. Creía el flamante alcalde, que sus méritos de orador lo habían llevado al cargo que dejara su antecesor, de avanzada edad, sin darse cuenta, que a nadie interesaba trabajar por amor al arte. 

El pueblo de Vegafriosa no es muy grande. La iglesia, la escuela, unas calles en torno a una plaza, la estación de ferrocarril y poco más. Negocios, pocos: La cantina, la fonda, alguna tierra y la casona más antigua, pertenecían a Don Manuel. Los habitantes se dedican a la agricultura y a la ganadería principalmente. La carretera a la capital está en un estado deplorable, aunque a nadie le preocupa en demasía. Apenas si pasa un coche, la línea de autobús tres veces a la semana, y los del cinematógrafo que llegan a dar su sesión los sábados. Los vecinos se desplazan a lomos de caballería o en tartana, y de vez en cuando en tren. Estamos a mediados de le década de los cincuenta.

La estación es un buen lugar para el paseo, sobre todo para los mayores. Un ancho y largo andén, bancos bajo la gran marquesina que resguarda de la canícula veraniega, la cantina al lado, y la llegada de los trenes. El tren correo "suele" pasar hacia las cinco de la tarde, viene del sur, y se va hasta el norte. Aquí dejara viajeros que transbordan a otro de solo dos vagones, el tranvía, que los llevará  hacia el oeste. Dos veces pasa el correo, una de subida y otra de bajada, y otro tanto hace el tranvía. A veces, las demoras en uno u otro sentido, dependiendo de la correspondencia que se recoja en cada punto del trayecto, hacen que los viajeros llenen la cantina. Una atracción más para los habituales que, unida a las maniobras que las locomotoras realizan con los vagones de carga, y el trasiego entre los mismos, van pasando el día.

La primera discrepancia que don Manuel tuvo que afrontar en la asamblea de vecinos, fue sobre el escudo que colocó en el frontis de su casa. Eran mayoría los que opinaban, sin saber mucho del tema, que el mero hecho de haber sido elegido, no significaba que pudiera alardear de un escudo nobiliario que no le pertenecía.

De bastante mal humor, de punta en blanco y panamá sobre la cabeza, don Manuel sacó el reloj de oro del bolsillo de su chaleco y agarrando la cadena, comenzó a voltearlo para que se enroscara en su dedo índice, a riesgo de salir lanzado en el supuesto de que la cadena se rompiera.

- Amigos y convecinos, además de empresario, bien lo sabéis todos, escribo sobre nuestro glorioso pasado. Esta tierra de hidalgos, bien merece que una pluma eleve loas a aquellos que engrandecieron nuestro acervo. Olvidado se ha, que los Manrique, Alcalá, Riego o Cornejo entre otros, lograron engrandecer nuestra Patria en general, y este pueblo, que los ha olvidado, en particular. El escudo que tildáis de nobiliario, no es tal. Si hubiese querido presumir de noble, aunque me toca de lejos, hubiera colocado el correspondiente a mi apellido derivado del latín "corniculus". No te rías Ambrosio, que no tiene gracia lo que estás pensando. Corniculus o Cornejo, es el nombre de un arbusto que tengo en el patio de mi casa. Como iba diciendo, si hubiera querido presumir de noble, habría recurrido al escudo de los que probaron su nobleza en las Órdenes Militares como la de Santiago, pues aunque sin título, de ellos desciendo.
He colocado ese escudo, a modo de... digamos anuncio. Para que se sepa que en esa casa, vive alguien que escribe, por ello las tablillas y el estilete que la musa Calíope tiene como atributos.

Allí acabó la discusión... o los malos entendidos, dando por sentado el alcalde, que había ganado la partida, mientras los otros admiraban una vez más, lo lenguaraz que era don Manuel.

El señor cura, que desde el atrio escuchaba las propuestas del concejo, sentados bajo el ancestral tejo, corrió a la rectoría a consultar Cornejo y Calíope en el diccionario, pues él solamente era cura y no sabio.

Enterado de las propuestas a tramitar, respecto de la madera del monte Fuxa, y de la escasez del agua de la fuente alimentada por el manantial conocido como Sequillo, tras ser sometidas unas y otras a votación, se disolvió el concejo. Ahora solo faltaba conseguir los cuartos. Las arcas estaban vacías.

Don Manuel empezó a hacer gestiones. Tal vez con la tala del monte hubiera para hacer un sondeo y conseguir agua en abundancia. Así, con el sobrante del dinero, se podría llevar a cabo una idea que le venía rondando desde hacía tiempo. No obstante, acudió a la capital en busca de recursos, para así financiar la obra sin tocar el dinero de la madera.
Tras numerosas idas y venidas, no consiguió los billetes, pero si la promesa de que enviarían a un prospector. Si encontraba agua, la capital pondría los materiales y el pueblo la mano de obra. Un asunto  casi solventado.

Aprovechando aquellos viajes, se puso en contacto con varios maderistas para que ofertasen a groso modo por el monte. Una vez visto, si salía a cuenta, él redactaría el pliego de la oferta y condiciones, a la que debían contestar formalmente por escrito.

A los tres meses, la campana llamó a concejo y aquel domingo, tras la misa, se reunieron.

- Hay quórum, doy por abierta la sesión y tomo la palabra.

- Quiero informar que el asunto del agua, está resuelto. Se encontró, como ya es conocido, en la Mortera. La semana que viene, traerán el material, la herramienta y mano de obra corre de nuestra cuenta, por lo que hay que decidir quiénes, cuántos, cómo y cuándo empezar el trabajo.

Tras mucha discusión, se decidió multar a los que no asistieran a la andecha (trabajo en común)  con veinticinco pesetas, pasándose al siguiente punto.

- La oferta más ventajosa por la madera es la de Sebastián Carcedo, que se compromete a dejar el monte limpio y replantado. El dinero será empleado en otro proyecto que explicaré una vez se apruebe el tema en trámite. He pensado que la reforestación se haga a base del Eucalyptus Globulus, árbol de rápido crecimiento muy demandado, y que una vez cortado no necesita replantar, pues rebrota con gran vigor al menos durante las tres primeras cortas.

Comenzaron de nuevo las discusiones. Unos opinaban que se replantase de nuevo con pinos, otros que mejor con especies del país, robles, castaños y hayas, y pocos eran los que se decidían por la propuesta del alcalde, que tuvo que intervenir de nuevo.

- ¿No os dais cuenta, de que en el mismo tiempo que tarda un pino en crecer, se pueden recoger dos cosechas de eucaliptos?  Por no hablar de las otras especies que ni vuestros nietos verán crecidas. Con la propuesta que hago, tendremos el doble de beneficio.

La palabra beneficio es algo que abre cualquier mente por muy obtusa que sea. Vistas las cuatro ofertas presentadas, se levantaron las manos en señal de aprobación. Ahora tocaba vender la otra burra.

- Amigos y convecinos, hace tiempo que vengo madurando una idea que puede resultar beneficiosa para todos. Podemos ahorrar del menguado presupuesto concedido, si nosotros mismos producimos parte de la energía que gastamos. El alumbrado público, ahora con cuatro candelas, de la escuela, la iglesia y seguramente hasta nuestras propias casas, no nos costará un solo duro. Con una pequeña inversión, podemos hacer un prototipo, probarlo, y si como espero da el resultado apetecido, multiplicar la inversión y los resultados.

- Al grano Cornejo. ¿Cuánta es la inversión y de qué se trata?

- Se trata de molinos de viento. Algo utilizado desde la más remota antigüedad, y que ahora, con las modernas técnicas de la mecánica y la electricidad existentes, nos llevarán a conseguir lo que nadie ha sido capaz de pensar. Incluso podemos patentar este invento y ganar dinero con él.
Nosotros mismos lo realizaremos, y si la cosa funciona, que funcionará, tendremos trabajo para nuestros jóvenes durante años. Seremos un pueblo rico, montaremos una serrería para los árboles nobles, vendrá gente de fuera a trabajar la madera, a una fábrica de muebles que vamos a construir.

Alguien intervino con la siguiente pregunta:

Y digo yo, Manuel, ¿Cómo es que no tienes tú ese prototipo del que hablas? Eres el más rico del pueblo.

Mientras que otro, muy aplaudido, dijo que aquello parecía el cuento de la lechera, pero el alcalde contraatacó:

- ¿Y qué quieres, que lo ponga en el tejado?  ¿Has ido alguna vez al cine? ¿No te has fijado, que en casi todas las películas de vaqueros sale un rancho con un molino muy alto? Ese molino sirve para manejar una bomba que extrae el agua de las profundidades. Es un funcionamiento sencillo, solamente necesita aire que mueva las palas. Yo quiero hacer lo mismo, multitud de molinos que en vez de mover el embolo de una bomba, muevan dinamos, de esas que llevan los coches. Esa dinamo produce energía que se almacena en una batería y luego se distribuye. Se necesitan las torres bien altas, las palas que recojan el aire en los montes, y un sistema de giro como el de las veletas para que siempre estén en movimiento. Eso no lo puedo colocar en el corral de mi casa, pero si en un monte comunitario. Respecto del cuento de la lechera que has traído a colación Mateo, si cada uno de nosotros se dedicase a allanar el camino quitando las piedras que hay, en vez de colocarlas, otro gallo nos cantara.

Y una vez más, Don Manuel parecía haberse salido con la suya. Encomendaron el trabajo a Nemesio el herrero allí presente, que escuchaba atentamente la idea de Manuel, más, acostumbrado a colocar herraduras, reparar alguna reja de arado o construir las de las ventanas, demostrando que sabía más de lo que parecía, fue consecuente consigo mismo y dijo:

- Vamos a ver, yo puedo hacer la torreta. Es sencillo, solamente se trata de ensamblar hierros unos a otros. El meollo de la cuestión está en las aspas y la veleta por un lado. Las primeras deben de estar perfectamente equilibradas para evitar vibraciones, y con la inclinación adecuada. La veleta ha de tener un sistema de rotación a base de cojinetes de bolas perfectamente lubricados para aprovechar el viento venga de donde venga. Por otro lado, desconozco cómo ha de ser el acoplamiento de la dinamo, nunca he visto una, pero sí sé, que se habría de colocar un mecanismo multiplicador, para que una vuelta de las aspas, se traduzca en muchas veces más las de la dinamo. Quizá con dos poleas, una grande y otra chica, o unos engranajes... En resumen, mejor ir a la ciudad y buscar alguien que diseñe el aparato.

Ahora el problema del alcalde, era no solo encontrar a esa persona que hiciera un plano de lo que se demandaba, el problema radicaba en la discreción de esa persona o personas, para que los planos del artefacto no fueran vendidos por ellos mismos, o cayeran en otras manos. Pensó, que diversificando el proyecto lo podría evitar. Un proyecto abarcaría la torre y el molinete, y otro el ensamble de la dinamo y la instalación eléctrica.

La construcción del molino, incluido el coste de la patente, el traslado y colocación, le salió al pueblo por más de ochenta mil pesetas. A esto había que añadir el salario del experto que manejaba relés y reguladores, para que la luz no tuviese altibajos. Tras las pruebas de rigor, comprobado que todo funcionaba a las mil maravillas, se  iba a dar a conocer el invento previa carga de las baterías durante una semana. Para ello se colocaron veinte bombillas en el atrio de la iglesia, una buena merendola en el prado junto al tejo animada con música, esperando la llegada la noche.

Don Manuel Cornejo, ufano y deseoso de accionar la palanca, no llegó a pronunciar el discurso que traía preparado. Con un ¡Hágase la luz! giró el conmutador. Y la luz fue hecha. Gritos de júbilo, vivas y felicitaciones y hasta el himno de la provincia sonó cantando todos a coro. Luego, más música y bailes.
Más, no todo iban a ser alegrías. no había transcurrido una hora, cuando las bombillas, tras unos parpadeos, se apagaron. Las baterías se habían agotado. La decepción fue enorme, volvieron todos a sus casas en espera de que el técnico pasara un informe.

- Para lo que ustedes necesitan, hay que colocar no menos de veinte molinos y tres veces más de baterías para cada uno. Me temo que es un coste demasiado elevado para el servicio requerido.

Y allí acabó el cuento de la lechera. Don Manuel dejó el cargo para continuar con sus escritos y sus negocios. Aunque el error de cálculo no fue culpa suya, que fue del eléctrico que debía haber avisado de que no era factible, afrontó de su bolsillo el coste de lo sobrepasado con la tala de la madera, guardándose los planos en un cajón, a la espera de un tiempo mejor en que la técnica mejorase el sistema.



miércoles, 25 de enero de 2017

Concierto, sorteo, juego: Llévate el millón.



A bombo y platillo se venía anunciando desde hacía meses, un espectáculo fantástico, extraordinario, lo nunca visto. El espectáculo en cuestión estaba patrocinado por grandes empresas; concesionarios de automóviles, perfumería, deportes... Un chollo para los organizadores que cubrían de largo el costo del evento. Además, las 1250 localidades del teatro donde se iba a dar, no era gratis; a 50 por barba los de general, a 65 los de entresuelo y a 90 los del patio de butacas. Total de la recaudación en el supuesto de que se llenase el aforo 90.000 euros. Eso sí, cada entrada estaba numerada, número que de salir premiado en un sorteo, daba derecho a participar allí mismo y en el transcurso de la velada en "Llévate el millón".

Para el concierto, pues de eso se trataba, era en función única y tres horas de duración, se contrataba buenos artistas con un caché no superior a 3000 euros, músicos incluidos y hotel aparte. En cuanto a los sorteos, acicate del programa, los detallaré a continuación.

Ya he dicho, que la entrada estaba numerada. Tras un par de canciones, aparecía una gran pantalla con los 1250 números, negros sobre blanco y una luz roja en movimiento continuo y aleatorio, que se detenía en el premiado al apretar alguien del público un botón. El agraciado salía entonces al escenario. En un bombo se introducían cien bolas blancas; diez del uno, diez del dos y así sucesivamente hasta el cero. También se introducían tres bolas azules y tres rojas y se hacía girar el bombo. El mando para la extracción de la bola, lo manejaba el propio concursante, un toque una bola. Si la bola era blanca, el dígito extraído se colocaba en un casillero de siete senos, ocupando el lugar de las unidades. Se introducía de nuevo la bola en el bombo - para mantener el número de posibilidades-  y se continuaba con el mismo sistema hasta extraer el resto; decenas, centenas... La cifra formada, era la cantidad que se podía llevar. Máximo, no un millón, solo novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve euros. Claro está, si las seis bolas hubieran sido seis nueves. Ahora bien, para recibir el premio, forzosamente había que sacar una bola azul, de ahí el séptimo seno. Solamente una de color azul, dos invalidarían el juego y adiós a la pasta. El rojo suele indicar peligro o advertencia, una bola roja, significaba también la pérdida del derecho a continuar con el juego.


Así, canción tras canción, concursante tras concursante - hasta cinco - se pasaban tres horas de alegre divertimento. 

¿Ganó alguien el millón? Bueno, esto simplemente es una ensoñación mía, estoy esperando que alguien me compre la idea y hacerme millonario.



domingo, 22 de enero de 2017

Indecisión.


Hambriento y con frío, caminaba por el borde de la carretera mirando hacia atrás. Tres días hacia que faltaba de casa, tres días sin comer y desgastado por las peleas con otros hambrientos, con otros que como él deseaban perpetuar su especie. Hasta ella se volvió arisca en el mismo momento en que creyó conseguido su propósito. Tulo sabía que por unas horas todo estaría tranquilo, era el momento de volver a a casa y reponer fuerzas.

Llegó a un punto en que por fuerza tenía que atravesar la carretera. Se paró. Dudaba. A veces el hambre es más llevadera que el ansia de conseguir aquello que se desea. Debía tomar una decisión ahora. Y tiró hacia adelante con el pensamiento puesto donde no debía. A medio camino vio venir un coche. El miedo lo paralizó, más solo fue un instante, dio media vuelta. Esta indecisión lo llevó a la muerte.

El conductor, poco puesto en actitudes y comportamientos, también dudó. Por aquí, por allí, y cuando ya lo tenía casi debajo, dio un volantazo  para ir a chocar contra el pretil, que devuelve el auto al centro del camino girando sobre sí mismo. Todo podía haber quedado en un susto, grande, pero susto. Más, la carretera está muy transitada a estas horas, el camión que viene detrás no tiene opción, o se lo lleva por delante, o se va contra el mismo lugar en que el coche chocara y con su peso caerá seguro al río. Este no lo duda. El instinto de conservación puede más, embiste al accidentado y lo arrastra unos metros.

Han llegado los bomberos, las ambulancias y los guardias de tráfico. Los primeros excarcelan, los segundos se llevan al herido, los guardias hacen sus mediciones, y la grúa al camión que ha quedado tocado. Los bomberos limpian, echan arena sobre el aceite derramado, luego, con la pala recogen al causante del desaguisado y lo tiran a la cuneta. El pobre Tulo será pasto de las cornejas, parece que esta era la última de sus siete vidas y la gata a la que fue a visitar, no lo echará de menos. Otro gato ocupará su lugar.


jueves, 19 de enero de 2017

El ratonero.


Algo vio el ratonero desde lo alto, que no cesaba en sus vueltas y revueltas sobre el mismo lugar. Era su volar no obstante pausado, más veloz en los giros y dejándose llevar por las brisas que valle arriba entraban de la mar. Su sombra se proyectaba al suelo y también sobre las matas de laureles, desde donde ocultos en la espesura, unos vivarachos ojos lo vigilaban.

Los ojos de la curruca, negros como el azabache y orlados por un rojizo y vivo círculo, iban del ave al nido en que tenía sus cuatro polluelos. Indecisa, no sabía si acudir al matorral para protegerlos, o si dejarlos allí solos. Tomó la decisión más acertada impresa desde tiempo inmemorial en sus genes; Mejor solos. No era el estilo de la rapaz, introducirse en el espeso conglomerado que conformaba el seto de boj. Las zarzas, que campaban a sus anchas aprovechando el descuido del aldeano, eran un impedimento añadido. Además, si ella se movía, probablemente cayera entre sus garras antes de llegar. Aguantó, con paciencia esperando que su pareja, quién sabe dónde, hiciera lo mismo. Mientras, el Busardo, cansado de revolotear, decidió posarse en un poste del alumbrado. Desde esa atalaya, sus ojos escrutadores enfocaban en todas direcciones sin mover una pluma, solamente con un rápido giro de cabeza.

El niño, doce o trece años, era también espectador. Él solo veía aquel ave de gran porte, pero intuía que algo había atraído su atención. Quizá un esculibiertu (Lución), un insectívoro, o un roedor.

El ratonero hizo un movimiento, ahuecó las alas, proyectó una deyección,  levantó el vuelo y se alejó. Entonces la curruca entonó su melodioso canto de llamada al macho que apareció de inmediato, y ambos, uno tras otro, llevaron a sus polluelos lo que en el pico portaban. El peligro había pasado.

De inmediato, al oír aquel canto, el niño supo lo que la rapaz había visto o intuido: una sombra, un aleteo, una cría reclamando alimento... Algo más había en el bardal. Luego las vio, las dos una en pos de la otra:  El capirote negro hasta los ojos, la cabeza, el cuello y la garganta grises, el pecho y vientre blanco... Sí, eran Currucas Capirotadas.

Cuando de nuevo los pajarillos se fueron en busca de alimento, el niño se dirigió presto hasta el seto, encontró el nido, vio los polluelos con sus ojos abultados y aún cerrados, su escaso plumón, y las bocas de todos que se abrieron intuitivamente en busca del gusanillo o los mosquitos. Se fue el niño, y su padre que lo veía desde lejos, entró en la casa, revolvió en un arca y  salió con algo en la mano.

- Toma, con esto los podrás observar en la distancia.

Feliz abrazó al padre y se fue a la terraza a mirar con aquellos prismáticos. El aguilucho volvía de nuevo. Esta vez se posó en el grueso cable del teléfono. Niño y ave se miraron desde la lejanía, el uno con sus ojos castaños orlados en amarillo, el otro con los suyos azules que lo hacían a través de los espejuelos de ocho aumentos.

El chico tomó buena nota. Aunque los conocía desde que naciera, nunca los había visto tan cerca. Las patas del Ferre eran de un color amarillo oscuro, pardo las garras, pico negro, más claro en la base, cerca de esa membrana amarilla que se llama cera. Las plumas marrón oscuro, moteadas de blanco en la garganta y el vientre, en verdad era un pájaro muy bonito.

Cada cual a lo suyo, y lo suyo, lo del topo, no era salir de la topinera al capo raso. La imprudencia le costó la vida. El ave se tiró literalmente del cable, para abrir sus alas una décima de segundo después. En los cincuenta o sesenta metros recorridos, alcanzó tal velocidad, que antes de caer sobre su presa, ya sus alas iban frenando, con las patas por delante y que no erraron el tiro. Allí mismo lo remató de un par de picotazos, y de no ser por el ruido de una moto que pasó por el camino cercano, allí mismo se lo hubiera zampado. Levantó el vuelo perdiéndose entre los castaños donde sin duda degustaría aquel aperitivo.

- Así es la vida - le dijo el padre al chiquillo cuando le contó con emoción lo sucedido - todo se reduce a tres cosas básicas: La relación con los demás miembros de la especie, la nutrición para conservar esa vida, y la  reproducción por la cual se le da continuidad. Eso es lo que el ratonero, a su modo hace.




martes, 17 de enero de 2017

El Asesino.



Por una vez quiero ser sincero. Voy a desnudar mi alma frente a ti, con todo lo que ello supone. Te voy a contar aquellos pasajes oscuros de mi vida, tan oscuros, que después te alejarás cuando solamente deseo todo lo contrario, pero es necesario. No quiero continuar mintiendo.

De chico solo ansiaba llegar a cumplir cuarenta años.  ¡Cuán lejos me parecía aquella fecha! Sin embargo, dada mi naturaleza enfermiza, lo consideraba un logro importante. Juzgaba que para entonces ya habría conocido eso que llaman amor. Ambigua palabra de desconocidos efectos, que todos deseaban encontrar.

A medida que iba creciendo, una especie de rencor me invadía. Era el rescoldo de la envidia que llevaba albergada dentro; envidia de aquellos que estaban sanos, de los que asistían a clase con normalidad sin repetir cursos, de los que jugaban en la calle corriendo tras el aro, al escondite o a policías y ladrones.

El rencor se convirtió en odio, y de ese odio nació la necesidad de hacerles pagar el sufrimiento que llevaba conmigo y del que nadie era culpable.

Comencé hurtando cosas a unos, para que dejándolas a otros, les culpasen cargando con un castigo inmerecido. Así, siempre en la sombra, me regodeaba del mal que hacía, buscando con imaginación tretas y maldades. Mas, aquello era insuficiente. ¿Que era un pequeño castigo, comparado con lo que yo sufría? ¡Nada! Debían sentir dolor en el cuerpo. Sí, dolor físico y grande, aparte del moral, ese que acaba llevando a las personas al desprecio de sí mismas. Así llegué a convertirme en asesino.

Salvadas todas aquellas enfermedades en el aspecto físico, continuaron sin embargo los síntomas emocionales; el miedo y la ira me llevaban a la ansiedad, que acababan siempre en depresión. Tenía sentimientos de culpa, pero no lograba perdonar... ni era capaz de pedir ser perdonado para llegar a la paz interior. Solo yo sabía de mis problemas, siempre había sido un embaucador.., y seguí siéndolo.

 A los diecinueve años, estaba trabajando en una estación de servicio a la salida de la ciudad, poco antes de entrar en la autopista. Abría de cinco de la mañana a doce de la noche. En el turno de tarde, a partir de las seis el empleado de refuerzo se iba, quedando un solo operario a cargo de la tienda. Un día, a las once y media de la noche, cuando me dispuse a hacer los aforamientos, entró un individuo a cara descubierta. Suelo oler a los de mi calaña, así que pensé en un atraco. Efectivamente. Puso cinco euros sobre el mostrador y pidió cambio para la máquina de tabaco. Abrí la caja, en ese momento, esgrimió una pistola de pequeño calibre y más vieja que la tarara.

- ¡Dame la pasta sin un solo movimiento sospechoso!

Puse la caja de la registradora sobre el mostrador para que se sirviese, advirtiéndole que el atraco se estaba grabando. Él no parecía muy diestro. Se quedó casi inmóvil, moviendo únicamente la cabeza en busca de la cámara sin verla aunque estaba delante de sus narices. Ante el desconcierto manifiesto en que se encontraba, con las manos en alto le dije:

- Tengo aparte el grueso de la recaudación en un cajón blindado. Te propongo un trato: Te llevas la pasta, la grabación y vamos a medias.

A pesar de lo lerdo que me pareció en un principio, no dudó un solo segundo. Guardó el arma y dijo; Vamos a ello. Pasamos a la trastienda donde le entregué la caja fuerte y la grabación.

- Ahora has de maniatarme bien fuerte con cinta americana y te vas. Llévate todo y nos vemos dentro de tres días para el reparto. Cuando consiga soltarme, llamaré a la policía y contaré lo sucedido.

- ¿Y vas a confiar en mí?

- Sí. Puedes dar por sentado que de no cumplir, te buscaré y morirás.

Todo se hizo tal cual. Aparentemente la policía no sospechó nada. Creyeron estar ante alguien experto, que no era  la primera vez en hacer aquello.

Transcurrido el tiempo acordado, él no solo cumplió, me presentó a alguien con quien trabajaba. A partir de allí, pasé a formar parte una banda que al principio me trató con recelo. Era la banda un tanto sui géneris, pues los miembros hacían sus chapuzas en solitario cuando les venía en gana, otras actuaban todos juntos, y las más, el jefe, a quien apodaban "El Chino", llamaba a unos u otros según le convenía. Distintas personas, distintos métodos, más difícil de atribuir el crimen.

Parte de la banda, cayó en manos de la policía en un atraco del que yo, que continuaba trabajando en la gasolinera, solo participaba como informador de trabajos factibles de ser realizados. Nunca sabía el día ni la hora en que se iba a cometer el robo, y solo el jefe estaba enterado de la labor que me encomendaba.

En aquel atraco, hubo un chivato; el compinche con el que repartí el dinero de la estación de servicio. Fue fácil de saber, solamente el jefe y él pudieron escapar de la encerrona que estaba preparada.

El Chino quiso ponerme a prueba, me ordenó darle un escarmiento y yo lo hice. Fue algo vulgar. Robé un coche y lo atropellé, la cosa se saldó con varios huesos rotos. Charry, que así se hacía llamar, intuyendo de dónde podía venir el atropello, se tuvo muy mucho denunciar a nadie más. Tras haber limpiado bien las posibles huellas, dejé el coche en el mismo lugar donde lo había robado, forcé el tapón de la gasolina y le di fuego... por si acaso. Cuatro coches más ardieron aquella noche culpando todo el mundo a un vándalo maníaco.

El Chino me tenía agarrado por donde más duele; en su poder estaba la grabación de la estación de servicio. Mi compi me había asegurado su destrucción. Ese engaño fue quizá lo que me llevó a cumplir sin rechistar la orden del jefe, con un sádico placer de venganza.  

Ahora pendía sobre mi cabeza cual espada de Damocles aquella prueba que me incriminaba. Esa falta de confianza me sublevaba. El chantaje me encorajinaba de tal forma, que pensé en deshacerme de ambos a la vez, prueba y jefe.

Entonces te conocí. Y aunque esta parte bien la sabes, no quiero pasar por alto el sufrimiento que debiste padecer. Una leucemia se cebó en ti a los ocho años. El último de los tres trasplantes logró devolverte la vida que se te iba. Ese era el nexo de unión entre tú y yo. Más, mi vida caminó por viles derroteros, mientas que la tuya lo hizo por todo lo contrario; ayudaste, ayudas entregada, con amor infinito, con la sonrisa en los labios, a aquellas personas que lo necesitan.

Esa forma de ser tuya, me pareció un tanto ridícula en un principio. Estaba acostumbrado a ser como el perro, que él solo se lame sus heridas, y pensaba que el resto de de la gente debía de ser igual. ¡Craso error!

Me gustabas mucho, aunque como todo ser egoísta, solo me fijaba en lo que me interesaba, tu cuerpo y esa alegría siempre fiel compañera. Luego, puedo ser malo pero no tonto, me di cuenta de que la belleza la irradias desde dentro. Eso me ha llevado al convencimiento de que algunas personas no solo tienen corazón, también tienen alma. Me enamoré de toda tú. De toda, por dentro y por fuera, comprendiendo al fin el significado y los efectos de la palabra amor. Lo que aún no sé, es lo que viste en mí. Tal vez al pequeño gato solitario, abandonado en la cuneta necesitado de cariño y protección.

Me propuse cambiar, pero antes tenía una cuenta que saldar. Sería un último trabajo, que tal vez me llevara a matar al hombre que en sus manos tenía mi destino. Hablaría con él, le pediría la grabación y si se negaba...

Siempre nos habíamos reunido en lugares dispares, esta vez me citó en un garaje. ¡Quién hubiera pensado que al Chino le gustaba la mecánica!  Un motor de coche estaba destripado sobre un caballete frente a un banco de trabajo. En la pared, dos luminarias con cuatro tubos fluorescentes, herramientas en el tablero y piezas sueltas desengrasando en una bandeja sobre una mesa auxiliar. El local era grande, no estaba en uso. El portón de madera cerrado, la oscuridad fuera del lugar donde trabajaba, grande. Hablamos de esto y de aquello. Supe que tenía nuevos socios y me preguntó si había alguna información, le contesté que lo dejaba, solo estaba allí para recuperar la cinta. Entonces echó mano al pecho, yo saqué la pistola y lo encañoné.

- Solo voy a sacar la cartera, quiero que veas algo.

Luego, fuimos hasta la antigua oficina, abrió la caja fuerte y me entregó la cinta.
Destruida la cinta, ¿Que quedaba? No había pruebas para una simulación de robo. Tampoco las había por el robo del auto, ni del atropello, ni del posterior incendio. El único problema residía en que el Chino cantara - Charry había desaparecido de la ciudad - lo que podría suponer una pena por asociación ilícita o algo semejante.

No sabía si acudir a la policía y contar toda la verdad. Aquello implicaba al Chino, y el Chino, podía llegar a ser mi suegro. Aquel día en el garaje, me mostró una foto.

-  Hace años que estoy divorciado, ella es mi hija y no me conoce. Sigo sus pasos de vez en cuando y sé de lo vuestro.


Mi amor, he tomado una decisión, ojalá que sea la acertada: He visto las orejas al lobo y creo que gracias a ti estoy curado. Voy a quemar esta carta, a casarme contigo, y a vivir felices por el resto de nuestros días.

sábado, 14 de enero de 2017

El libro mágico.



Hace años, cuando los libros no estaban al alcance de todos, el préstamo entre particulares era cosa habitual. Por ese motivo, había gente que acostumbraba a escribir en la guarda, a quién pertenecía aquel libro. La pertenencia, era solamente física, pues la intelectual siempre se ha imprimido con letras, que aunque pequeñas, muestran quien ha sido el autor y el impresor, siendo a veces un remedo de la portada.

Trabajo como conserje en el Ayuntamiento del pueblo, donde fui designado para la limpieza de los polvorientos libros, que la familia de un fallecido había donado como legado. De la catalogación y esas cosas, ya se encargarían en la biblioteca. Para mí, como de costumbre, solo la mierda, aunque por esta vez, creyendo mi jefe que me chinchaba, me hizo el gran favor de darme un trabajo sencillo y sin agobio.

La donación era cuantiosa, a groso modo, más de un millar de volúmenes en no muy buen estado muchos de ellos. El tiempo, la desidia y la dejadez de aquella casa otrora espléndida, causaron tanto mal, que ahora iba a ser demolida. 
Los depositaron amontonados en un cuartucho en el almacén de obras, al lado de barredoras, hormigoneras, señales de tráfico y todas esas zarandajas, donde iba a comenzar mi nuevo trabajo. Aproveche la ocasión para pedir, que pintaran el cuarto, lleno de telarañas y restos  de contenidos varios anteriores, y que se colocase algo de mobiliario, así como los utensilios para desempeñar aquella importante labor. Los libros iban a pasar por las manos de los lectores y debían estar además de pulcros, desinfectados. Humedades, polillas y cacas de ratón... las que se quisieran. Concedido todo ello, y tras un pequeño cursillo que tomé mientras pintaban, sentado en mi sillón, comencé por elegir el primero de una pila.

Cubiertas originales en rústica, de piel los más antiguos, de tela o cartón los más modernos, y algunos reencuadernados. El sistema que seguí fue rutinario; una vez quitada la suciedad exterior, hojeaba el volumen, pues un libro puede guardan entre sus hojas desde billetes de banco, a cartas de amor, notas y documentos, o anotaciones al margen. Los colocaba en una estantería, y cuando tenía cincuenta libros más o menos, los enviaba al bibliotecario.

Manejando el trapo, los pinceles, bastoncillos, cera y bicarbonato, fui pasando el tiempo sin encontrar nada digno de mención, hasta que un día, encontré un libro escondite titulado "Almanzor".

Aquello que está escondido, ha de ser por alguna razón, y siempre que se encuentra, pensamos que ha de ser un tesoro. ¿De qué tipo? Eso era lo que había que averiguar. El libro contenía, otro libro.

Con mano trémula lo extraje de su nicho. Estaba bien conservado. Era la cubierta de un cuero fino, grabada con dibujos incomprensibles para mí. Lo abrí. En la página de inicio, muchas anotaciones con fechas y nombres de ciudades totalmente desconocidas como Enkhuysen año 1602. Y otras como Ámsterdam, Rotterdam o Colonia. No quise mirar más por si a alguien se le ocurría hacerme una visita y me pillaba con mi tesoro entre las manos. Devolví el pequeño al grande y lo guardé en la mochila que siempre llevo conmigo.

Aquél día fui yo mismo a la biblioteca con unos cuantos libros ya saneados y limpios. Estaba incapacitado para continuar con el trabajo dado mi nerviosismo. Tras un rato de charla con el encargado, que elogió mi labor, me fui para casa.

Nada más llegar, encendí el ordenador, saqué el Almanzor y comencé a buscar aquellas palabras, y aquellas ciudades para saber qué era lo que tenía entre las manos. Tras la primera página en blanco en su día y hoy rellena con anotaciones, eché un vistazo a la siguientes observando que al manuscrito inicial, pues de eso se trataba, le habían cosido un cuadernillo que formaba parte de un libro titulado Historia de las Trasmutaciones Metálicas y publicado en Colonia en 1604 por un tal Theobald de Hoghelande.

Sabía el significado de Transmutación, palabra muy repetida. Con la mosca detrás de la oreja, pues creía estar en posesión de un libro de alquimia, al menos la primera parte, la más compleja, y no de una cronología histórica como me pareció en un principio. Poco a poco, con paciencia, palabra por palabra fui traduciendo la parte impresa, más fácil que el garrapateado del principio. Allí se narraba una transmutación que Alexander Seton, también llamado el Cosmopolita, llevó a cabo en Enkhuysen, ciudad holandesa en el año 1602.

La historia se remonta un poco más atrás, cuando de este puerto de pescadores, salió un barco que naufragó cerca de Escocia debido a una tormenta. Uno de los náufragos, posiblemente el capitán, fue recogido por Seton que lo cuidó y ayudó a volver a Holanda.
De paso hacia Alemania, Seton pasó por casa del marino rescatado de nombre Haussen. Antes de partir, Seton hizo una demostración de la Ciencia Hermética que practicaba, transmutando un trozo de plomo en oro.

No voy a contar esta historia de por sí muy interesante, porque quizá ya sea conocida, de lo que voy a hablar es de la primera parte, ésa escrita a mano y que apenas llegue a descifrar.

Aquí se hablaba de minerales como el cinabrio, hermoso en su color bermellón y de donde se extrae el mercurio. Esto lo sabía perfectamente; dos minas hoy cerradas hay cerca del pueblo, donde antaño se extraía. Lo que no sabía, es que los alquimistas lo utilizaban como remedio para los huesos, tónico potenciador de la sexualidad y alargador de la vida, cosas inverosímiles dado su poder tóxico. La Pirita, conocida por oropel u oro de los tontos por su color amarillo. El Azufre, de color amarillento fuerte y que arde con llama de color azul conocido desde la antigüedad: "Y Odiseo entonces le habló a la nodriza Euriclea, diciendo: Trae azufre ¡oh anciana!, remedio del aire malsano, y trae fuego, pues quiero azufrar el palacio".

Las fórmulas, de intríngulis maquiavélico por lo complejo de sus enrevesados anagramas, símbolos y conjunciones planetarias, me aturdían: Sol en conjunción con Mercurio y trígono Saturno, tanto a 1º, cuadrado los nodos 4º, y cuadrado Urano 8'. Neptuno ascendente con Saturno en el IC Venus colocándose en oposición al aumento de Marte 1º.

Ni papa. No tenía ni idea de que lo significaba, ni siquiera si estaba bien escrito. Me pregunté si aquello era astronomía o astrología, cosas distintas, pues, si la primera estudia los astros, su movimiento y las leyes que los rige, la segunda estudia la posición y movimiento para predecir el futuro y conocer el carácter de las personas. ¡Era demasiado para mí, y aún no había empezado!

 Pero no cejé en ello. El arte de la transmutación parecía tener mucho que ver con esas conjunciones planetarias, pues cada planeta está unido a un metal. Sol, Sun en inglés, Oro - Mercurio; Mercurio - Saturno; Plomo. Al final iba a resultar, que con la conjunción adecuada, el día adecuado y con los elementos adecuados, se podía conseguir mudar el plomo en oro.

En mi simpleza, creí que con ir probando mezclas variables de estos tres elementos en un crisol, podía llegar a conseguir lo imposible. Pronto me di cuenta de lo idiota que era, cualquiera podía haber hecho lo mismo desde el año 1600 hasta hoy. ¿Y qué decir de los avances tecnológicos, en países tan poderosos que habían pisado la luna, que habían mandado satélites a los confines del universo? ¿Cuántos sabios no habrían pensado en ello? Y, ¿si no lo consiguieron, iba a ser yo? ¡Pobre iluso!.

Releí el libro una vez más. Algo se me había pasado. Aquellos eran los tres elementos "básicos", pues, en su lecho de muerte, y resultas de la tortura a que fue sometido Saton para que dijera su fórmula, entregó a Sendivogius una pequeña parte de un precipitado alquímico, que actuaría como catalizador. El tal Sendivogius era polaco, y al parecer fue recompensado por Seton por sacarle de la cárcel donde lo tenían hasta que confesara.

Estaba harto de hacer pruebas, mezclando en una retorta casi todos los elementos de la tabla periódica, que fueran conocidos hasta el año 1600. Aquellos ensayos sin pies ni cabeza, me dieron más de un susto por ignorante y atrevido. Lo hacía en la fragua que tengo en la casa donde vivo, herencia de un tío herrero. Tanta mezcla sin resultado, me llevó a hacer partícipe al bibliotecario de mi descubrimiento. Suponía, que él tan leído, me podría ayudar a buscar de entre aquellas sustancias mencionadas en el libro, las que podían formar parte del precipitado esencial.

¡Mala leche la suya! ¡Idiotez supina la mía que le dejé el librillo!. Desapareció dejando el trabajo, y dos meses después, me enteré por las noticias, que, puesto en subasta en una casa londinense, alguien había comprado el libro por un montón de pasta.


El tesoro no era, al menos por el momento, aquello que podía enseñar a trasmutar. El tesoro en sí, resultó ser el libro mágico.

jueves, 12 de enero de 2017

Matar es Fácil: La desaparición de Mateo.


Todo comenzó al día siguiente de la desaparición de Mateo. Como todos los fines de semana y festivos, a eso de las diez de la mañana estaba llamando a la puerta de su casa. Su mujer apenas abrió un palmo. Sin intención de dejarme pasar, ni devolverme un saludo de cortesía, dijo que Mateo no estaba. Un poco mosca, pues era la primera vez en cuatro años que tal cosa sucedía, le dije que si no iba a tardar mucho, iría a tomar un café al bar de enfrente. Ella, en ese tono desabrido que solía utilizar, expuso en cuatro palabras el motivo por el que yo no iba a atravesar aquella puerta:

- Mateo desapareció ayer, no sé donde está.

Quedé un poco descolocado, sin conciencia exacta de lo que había dicho, pues me parecía inverosímil. Soy fisioterapeuta, durante la semana trabajo con Mateo en el hospital, y como quiera que no es conveniente que deje un solo día la rehabilitación, sábados, domingos y festivos, siempre a la misma hora trabajamos en su casa. Mateo padece una enfermedad crónica en las articulaciones, y que de no ser por el tratamiento, estaría condenado a la inmovilidad absoluta. Tras este tiempo ha mejorado bastante, suele andar un par de kilómetros, repartidos entre mañana y tarde, pero de eso a desaparecer...

- ¿Se habrá caído y estará en  urgencias o algún  centro médico?

- Llamé anoche al ver que no regresaba. No está en ninguno de esos sitios.

- ¿En casa de su hermano?

- Tampoco.

 Me estaba poniendo nervioso con tan escuetas respuestas sacadas a gancho.

- ¿Y has dado parte para que lo busquen?

- Creo que hasta que no transcurran cuarenta y ocho horas no se puede dar parte.

 Aquello era una solemne memez, Mateo era un inválido que podía estar tirado en cualquier cuneta, y ella allí, tan tranquila y con cara de asco ante tanta pregunta incómoda.

Di media vuelta y me fui hasta la comisaría a presentar la denuncia. Le expliqué al policía que me atendió, quién era yo, por qué estaba allí, lo que sabía de la desaparición de Mateo, las particularidades del caso y hasta la mala relación de la pareja. Ella, cuatro años menor que él, rayana en la sesentena, amargada por una vida que se le iba sin poder disfrutarla,  culpaba de ello a su marido, que bastante desgracia tenía con su enfermedad.

Tras hacer unas comprobaciones urgentes sin resultado positivo, dos policías fueron a hablar con Ana, la mujer. A partir de allí, yo quedé al margen, pero en disposición para lo que pudieran necesitar.

Durante todo aquel fin de semana, no puede apartar de mi cabeza lo ocurrido. La inquina que Ana sentía por mí, seguramente nacía al creerme confidente de Mateo. No voy a decir que esa inquina fuera recíproca, pero sí es cierto mi desagrado por ella. Sabía del mal trato de palabra que le daba, importándole un comino mi presencia, así que cuando estaban ellos solos, cosas peores podían suceder. Estos pensamientos me llevaron a una conclusión: Allí había no solo maltrato... tal vez había un crimen.

Traté de apartar de mi mente semejante barbaridad, pero una y otra vez volvía al mismo punto. A ella le hubiera sido fácil meterlo en el coche, todos los días lo llevaba al hospital para la rehabilitación, y con la disculpa de ver la mar, arrojarlo desde cualquier acantilado. Mateo ya no era el hombre que fue, aunque de considerable altura, era la radiografía de un silbido; pesaba cuarenta y ocho kilos y fuerzas escasas. Hasta de la cama había de levantarlo. Una cama articulada que yo le recomendara, con un colchón el último grito de la tecnología. Sus sensores hacían variar la temperatura en función de la parte del cuerpo que lo necesitaba. También la dureza o la rigidez, dato este importante para transformarlo en camilla de masaje.

Una semana más tarde, de la desaparición de Mateo, fui a la policía a preguntar por la investigación, en los diarios ya no era la noticia de primera página que yo fomentara, y poco se comentaba. Nada se sabía. Entonces, les pedí que escucharan una peregrina idea que me atormentaba.

- Creo que Mateo está muerto, en su casa y en su cama. 

No llegaron a reírse de mí, la cosa era seria, pero creyeron que desvariaba. Proseguí impertérrito.

- El colchón que tiene en su cama, está construido a base de polímeros termoplásticos. Si se calientan demasiado, pueden llegar a estado líquido y al enfriarse vuelven a estado sólido. Su mujer ha manipulado los controles, le ha dado calor hasta que se han reblandecido, el cuerpo se ha hundido dentro del colchón, en ese momento ha bajado la temperatura hasta solidificarse de nuevo. Ese es el ataúd donde han de buscar para que esa mala mujer se pudra en la cárcel.

La policía volvió a visitar a la mujer. Le hicieron preguntas que antes no habían hecho, vieron el librillo de instrucciones de la cama y el colchón, comprobando como uno de los capítulos, demasiado técnico para cualquiera, tenía las esquinas de las hojas sobadas y resobadas de mojar el dedo tantas veces como se pasaban. No tuvo inconveniente en que vieran la habitación. La cama estaba hecha perfectamente, sin una arruga en la colcha. Imposible parecía mi acusación, pero fueron al juez para que diera permiso para deshacer el colchón.

Ana fue condenada veinte años.


lunes, 9 de enero de 2017

Los secretillos de Don Ferrnado.


A pesar de su oficio miserable, aquel hombre dejó a su hijo tres cosas: Un nombre que algunos juzgaban rimbombante, un terruño baldío y una ataúd heredado de sus mayores. Ahora, moría a su vez este hijo, Fernando María Casielles del Monte, que dejaba bastante más a los suyos.

Fernando padre, fue tamargo (tejero) toda su vida. Como jefe de una cuadrilla, en la que su hijo comenzó el oficio a la edad de ocho años, al llegar el buen tiempo allá por mayo, salía de casa para regresar a últimos de setiembre. Recorría pueblos y aldeas donde se requiriese de su trabajo por un salario misérrimo, pero sustancial para la economía familiar. Dejando la mujer a cargo de la casa, de sus otros dos hijos pequeños, los pocos animales que poseían y cuatro perras para ir tirando, cogía rumbo con sus herramientas a la búsqueda del pan que llevarse a la boca.

Así aprendió el hijo el ingrato oficio del padre, trabajando desde el alba al anochecer, durmiendo en el mejor de los casos a "teya vana" en cualquier pajar, desayunando "sopa calada" (pan con agua) y garbanzos con tocino para comer. Pronto tuvo conciencia ese hijo de que aquello no era vida y decidió que él no la viviría. "Cuando sea mayor e independiente, se prometió, seré un hombre rico".

Con catorce años continuaba fabricando tejas, pero quitándoselo de la boca,  ya tenía en marcha la construcción de un alfar en aquel terreno heredado. Los hermanos aprendieron a darle al torno y a cocer el barro, saliendo de allí una buena producción que vendían en los mercados. Antes de los veinte ya tenía una sala de modelado y decoración, un buen horno, aplicaban el vidriado a sus trabajos y gente que trabajaba para ellos. Fernando María, era el jefe, el motor que movía aquella pequeña industria con sus ideas y sus proyectos.

Fernando María Casielles del Monte era un hombre pragmático. Posiblemente él desconociera el significado del término, pero no su filosofía, esa fe que ponía en aquello que funcionaba, y las consecuencias positivas que generaba. El alfar se convirtió en fábrica de loza, su estatus iba en aumento, con ello, y su don de gentes, logró una buena boda y siete hijos.  

Llegado a este punto, dueño de propiedades y caudales en el banco, en lo mejor de la vida, va y se muere. Puntilloso, aparentemente, en todos los órdenes de la vida, no podía por menos que prever el fatal desenlace al que todos estamos abocados, máxime, cuando sus antecesores por parte paterna, habían muerto antes de los cincuenta. Por tanto, dejó una carta que habría de abrirse antes de dos horas después del óbito, donde reflejaba lo siguiente:

- "Es mi deseo, que el velatorio se celebre en el salón del primer piso. Se me vestirá de chaqué, reloj en el bolsillo del chaleco, alianza, gemelos y alfiler de corbata, que serán retirados antes de la inhumación, todo lo cual pasará a mi primogénito Fernando María Casielles Sobrino.
- Se me introducirá en el ataúd que contuvo de la misma forma a mis antepasados y que está en el desván. No tiene tapa, ni falta que le hace. ¡Que a nadie se le ocurra poner una! En su interior, y entre las manos, que reposarán sobre el pecho, se colocará la bolsa que está en el secreter de mi despacho sin mirar lo que hay dentro. La orientación ha de ser este oeste.
- Se dispondrán cuatro velones, dos a cada lado, en cabecera y pies, y una  lámpara baja en cada una de las esquinas de la sala. Detrás de la caja, veinte sillas iguales, en semicírculo ocupadas del centro hacia la derecha por mi amada esposa Doña Leonor, nuestros siete hijos de mayor a menor, y mis dos hermanos. Desde el centro hacia la izquierda lo ocuparán mi muy querida Doña Jimena con nuestros tres hijos, Luego, mi muy querida Doña Amelia con nuestras dos hijas y por último, mi muy querida Doña Irene con los otros dos.
- Es mi deseo, que se me entierre envuelto en un sudario sobre la dura tierra, y  cubierto por la que se saque del hoyo. El ataúd pasará de nuevo al desván, por si se le quisiera dar un uso posterior.
- El reparto de la herencia que dejo, será a partes iguales entre mis deudos - entiéndase; dinero en los bancos y  acciones - teniendo todos la misma consideración. En cuanto al patrimonio inmobiliario, cada cual en su casa y Dios en la de todos".

De las consideraciones que la carta produjera en cada cual, así como del efecto causado entre los que nada sabían de su oculta vida, no vamos a hablar. Diremos no obstante, que sus hijos estaban todos reconocidos, que el primer vástago habido con cada mujer, llevaba el nombre de Fernando María Casielles ya fuese hombre o mujer, en cuyo caso el nombre pasaría a ser el femenino. Esto de los nombres, que puede parecer una pedantería, no era ocurrencia suya, sino el empeño de cada una de sus amantes, y que, dicho sea de paso, no conocían más que la existencia de la esposa, pero no de las demás.

A eso de la media noche, cuando ya las numerosas visitas habían cesado, y los infantes medio dormitaban en sus sillas, se sintió un ruido cual si el difunto se hubiera tirado un buen cuesco. Las llamas de los velones, detectado el gas, se alargaron bien alimentadas, a la par que un olor como de huevos podridos o aguas ferruginosas invadió la estancia. Fue solamente un instante, el preciso para que cada cual se arrebujase en el respaldo de las sillas con cara de espanto. Pero lo peor estaba por llegar.
Mientras los niños chicos creían estar viendo una representación circense, sus madres los cogían de las manos tratando de protegerlos, mudas de terror pero sin osar levantarse. Entonces, don Fernando comenzó a levitar, se desplazó fuera de la caja y quedó de pie. A punto estuvieron de echar a correr, pero el difunto extendió los brazos en un signo conciliador y todos se quedaron donde estaban. Caminando como un autómata, metió la mano en la bolsa, sacó una a una las monedas de oro que contenía, y las fue depositando en la temblorosa mano de los asistentes. Acabado el contenido de la bolsa, volvió al lugar y a la posición en que estaba dentro de la caja.

El resto de la noche nada sucedió, y todos debieron pensar que aquello no había sucedido, que se habían quedado dormidos y habían tenido un mal sueño. Más la moneda continuaba en sus manos por la mañana.

Lo enterraron tal cual había pedido, y aquella moneda obró el milagro de unir a toda la familia de tal forma, que la empresa de la que todos eran partícipes, se convirtió en puntera con sucursales que exportaban a todo el mundo. Loza de todas clases, desde vajillas y cristalería, hasta bañeras o inodoros, lámparas o figuritas de porcelana, sin olvidarse de su origen; también tenían tejeras donde el barro se conformaba en máquina y no a mano como hiciera Don Fernando María Casielles, y primero su padre, su abuelo y otras generaciones.

 Hermanos y hermanastros se trataban con afecto, unidos, por la moneda, y aquella jerga de los tamargos solo por ellos entendida y transmitida por el padre a sus hijos, y de práctica habitual entre tíos y sobrinos; la xíriga. Hasta el logo de la empresa, hacía una referencia explícita al oficio; El cavador, sacando del túnel el barro en finas lajas, el tendedor que se ocupaba de ponerlas al sol, el maserista que amasaba el barro, el cocedor y el pinche. Bajo el logotipo, las palabras que las mujeres pronunciaban cuando a allá por el mes de mayo se marchaban:

"Por San Miguel, tengáis o no tengáis, aquí vengáis, que lo que aquí tenéis sabéis dónde lo dejáis".