martes, 28 de febrero de 2017

Cruces, Olvido... Esperanza.


Esta noche pasada, como todas, me fui para la cama con mi viejo transistor. Lo pongo bajo la almohada desde donde su sonido me llega amortiguado cual susurro íntimo. El locutor de esta emisora que suelo escuchar, habla para los insomnes, voz pausada, entrañable ya a fuerza de escucharla día tras día. Me recuerda al dramaturgo José Manuel Alcántara de la película Asignatura aprobada y sus soliloquios en la radio. Posiblemente sea por la pareja deriva de nuestras vidas; Ambos hemos fracasado en nuestro matrimonio. Lo suyo solamente es ficción, lo mío, tan cierto como que estoy viendo las dos y veinte de la madrugada en el reloj sobre la mesilla.

El locutor, suele poner música añeja que ya casi no se oye más que en contadas ocasiones. Hoy, sin embargo, y contradiciéndose a sí mismo, ha puesto un triste tema, cuando su monólogo hablaba de lo maravillosamente alegre que es el amor. Y para encima, según mi modo de ver, la letra de la canción también es una paradoja.

Hoy vuelvo yo a recordar
Y me parece mentira
Ya todo aquello paso
Todo quedo en el olvido
Nuestras promesas de amores
En el aire se han perdido

Me pregunto qué es lo que quieres decir que no acabo de entender: Si dices que vuelves a recordar, ¿porqué tres estrofas más abajo, añades que todo quedó en el olvido? Las cosas que se olvidan, es imposible recordarlas. Tú lloras por un amor al que has puesto una cruz en el monte del olvido. La mía, mi cruz, está siempre presente en mi mente. Igual que la tuya aunque digas lo contrario.

Enzarzado en estos pensamientos, he dejado de escuchar al locutor. Le oigo, pero no le escucho. Estoy rememorando desde el inicio, mi amor único y verdadero, las causas por las que me dejó, las mutuas y eternas promesas de ese amor que hoy está muerto, al menos el suyo, el de ella. Y como el locutor y el intérprete al que siempre he admirado, yo también me llevo la contraria; ahora la culpo, luego pido perdón, porque solo yo fui el causante de nuestra separación. Sin embargo, no renuncio, pues como decía Campoamor; Mi querida más fiel es la esperanza,  me suele engañar  pero no me deja.

Amigo mío, mejor hubieras hablado de la inflación en vez del amor, al menos hubiera podido culpar al gobierno, a los poderes fácticos, al petróleo, a la sequía o a las tormentas. Pero no. Tuviste que poner el dedo en la llaga que más duele, pues las llagas del cuerpo se curan con yodo y tafetán, pero las del alma no hay parche ni ungüento que las mitigue.

Una cosa es cierta; nos quisimos tú y yo con un amor sin pecado, bajo la noche callada, y como  testigo de nuestro amor, aquella luna plateada.


domingo, 26 de febrero de 2017

Tus labios.



Hay una parte de la anatomía humana, que me subyuga.  Son los labios. Con ellos, se pueden expresar multitud de sensaciones: Alegría, desdén, asco, disgusto, cariño, picardía... Bien es cierto, que esas sensaciones estarían un poco huérfanas sin el concurso de otras partes del rostro o de la boca; mofletes, ojos, lengua, dientes... donde todos pueden participar en esa cooperación, al unísono o por separado.
Los labios además, son de un sensitivo extraordinario; a pesar de tener una piel tan fina y delicada, aguantan el frío y el calor, los mordiscos moderados, la humedad casi constante. No, la sequedad no. Se agrietan. Por eso hay que humedecerlos, cuanto más mejor, y si es otro/a, él o la, qué se encarga de mantenerlos húmedos, a fuerza de besos, mucho mejor.

Lo primero que al venir a este mundo, y tras el lloro de rigor, hacemos, es mover los labios en busca de ese alimento, y la grata calidez que nos proporciona un pezón. Cómo dice la canción, soy como el pajarillo que si no canta se muere. Así soy yo, pero no hablo de cantar, que lo hago muy mal, hablo de los besos que esos labios pueden proporcionar. Y es que necesito los tiernos besos de ese niño que tienes entre los brazos y que en infinidad de veces te hacen exclamar... ¡Te comería a besos! Pero tampoco quiero hablar de los besos fraternos, voy a hablar de los besos pasionales. De aquel primer beso que jamás se olvida.

Un día de sol espléndido, me fui a la playa con los amigos. A poco, llegaron unas chicas conocidas del paseo, calle arriba calle abajo, después del cine de las cinco. Yo, siempre timorato, me mantenía un poco alejado del corro que se formó, y como me parecía que desentonaba un poco, decidí ir a bañarme. Ninguno de los amigos quiso acompañarme, mejor intimar con las damiselas tumbados en la arena caliente, que meterse en el agua fría de mayo.
Una de ellas, Sofía, se levantó presta y dijo que a ella también le apetecía Me cogió de la mano para saltar las olas entre risas y palabrería vana, aunque yo no veía el motivo; Era una sirena comparada conmigo, que no lo hacía mal. Pasado un rato de carreras y chapuzones, salimos del agua para reintegrarnos al grupo.

- ¿Te apetece un paseo hasta la pescadería? - me dijo.
- Bueno.

Y allá nos fuimos, casi dos kilómetros, por la arena húmeda donde las olas acababan por morir. Ella parecía querer saber todo sobre mí. Sin embargo, a cualquier respuesta que le daba sobre mi vida, casi siempre escuetas, añadía la suya.

- Ya sé que te llamas Luis, ¿cuántos años tienes?
- Voy a hacer quince.
- ¡Anda, yo los acabo de cumplir! Oye, pues eres muy alto para esa edad. Un poco flacucho estás. ¿Haces deporte?
- No.
- ¿Qué estudias?

Aquella pregunta me venía como anillo al dedo. Pensando que tanto monólogo por mi parte me dejaba como un soso, le conté una milonga.

- Espero aprobar la reválida de cuarto. Comenzaré el nuevo curso matriculado en Formación Profesional. Estudiaré oficialía tres años, para pasar a hacer peritaje, con un poco de suerte, acabaré justo para ir al servicio militar, y cuando me licencien, buscaré un buen empleo.

- ¡Chico, qué bien planificado lo tienes! Yo voy a hacer Graduado Social. Me gusta ayudar a la gente.

Y de pronto me salió por la tangente. Quiero decir con ello, que al igual que la tangente de un ángulo puede tender a infinito, infinitamente distinta fue la pregunta que a continuación me hizo.

- ¿Y no tienes novia?

Me quedé con la boca abierta. Mi cabeza hizo un leve movimiento de negación, mientras mi cara se arrepuchaba cual toro cobarde que arrima el culo contra las tablas. Ella, que no me quitaba ojo, lo interpretó como si las chicas me desagradaran, cosa muy lejana a la realidad, aunque ella quería, necesitaba, saberlo.

- ¿Acaso no te gustan las chicas? ¿No te gusto yo, ni siquiera un poco?
- No. No es eso. Creo que aún soy joven para tener novia.
- ¡Ah bueno! Pues tú si me gustas a mí, y he decidido que vamos a salir.

Huy, huy, huy, que me parece que está pasando el carro por delante de los bueyes, pensé.

- ¿Has decidido?
- Bueno, perdona, si tú quieres.

Siempre me han gustado las personas decididas, las que saben lo que quieren y luchan por conseguirlo, las que se embarcan en misiones que parecen imposibles, pero sopesando los pros y los contras, y Sofía, era una de ellas. Decía lo que pensaba y hacía lo que decía, lisa y llanamente. Además era guapa, o al menos eso me ha parecido siempre, buen cuerpo, ojos negros y unos gordezuelos labios que se abrían en franca sonrisa.

- Sí, quiero.

Y entonces me volvió a coger de la mano con una cara resplandeciente de gozo. Me besó en el brazo, cerca del hombro. Hasta los pelos de las espinillas se me debieron de erizar, y en un impulso irrefrenable, le eché una mano a la espalda y el otro a las piernas levantándola en vilo, y caminando unos pasos con su cara escondida contra mi cuello, le di un infantil beso en los labios. Solamente fueron un par de segundos, aquel no era el lugar propicio... ni nosotros sabíamos aún lo que era un beso de verdad.
Me supo, no sé, a menta y limón, a uva y albaricoque, a dulce y salado ¡qué sé yo!

Aquel mismo día aprendimos. Primero saboreando y mordisqueando labios, luego mezclando salivas, contando con la punta de la lengua los dientes el uno del otro, con los ojos cerrados mientras el tiempo transcurría sin darnos cuenta.


viernes, 24 de febrero de 2017

Érase una vez un Hombre.


Érase un vez un hombre que,
fantaseando sobre la vida,
llegó a esta conclusión:
Hay vida tras la muerte
pues hay reencarnación.
- ¿ Y eso?
- No sé, soy de esa opinión.
- ¡Pues vaya con la conclusión!
- Piensa y verás;
Aquél que en esta vida no ha hecho mal
algún premio ha de llevar.
- Ya, pero casi todas las religiones
proclaman por igual
que ese premio es el paraíso,
más, no todas creen
en la reencarnación.
- Es igual, no mudaré de opinión.
Si en la vida fuiste insustancial
en el mejor de los casos
te reencarnarás en animal.
O en cosa,
como la piedra a la orilla del camino
que ve la vida pasar
pues si solo eso hiciste en vida
¿creíste que ibas a mejorar?
- ¿Y si fueras ladrón o asesino?
¿Acaso cambiaría tu destino?
- En hierba, planta o cualquier otro vegetal
de nuevo al mundo vendrás,
así los rumiantes de suelo te arrancarán
y más pronto que tarde,
en excremento te convertirán.
- ¿Y después?
- Una vez eres mierda
¿qué has de esperar?
- Vale, ¿y los limpios de corazón?
¿en que se reencarnarán?
- Sin duda en hombres de provecho
pero su tiempo llevará,
primero han de estar en barbecho
para así más tarde bien medrar.
-¿Y en que te apoyas?
¿Donde está la base de tales afirmaciones?
- ¿Acaso nunca has vivido,
repetidas situaciones,
 de un lejano pasado?
- Vagamente recuerdo algunas
producto sin duda,
de sueños con lagunas.
- Quizá no sean sueños.
¡Sí! Son la reencarnación
y a vivir la misma vida estas condenado
por ver si tus errores,
al fin has enmendado.
- No me convences
no hay vida tras la vida
lo tuyo solamente son divagaciones...
por no decir, memeces.
- Divagaciones o no
te he dado que pensar.
Mira por ser hombre de provecho
cuanto más mejor
para salir pronto del barbecho
y en todas las vidas que vivas,
plenamente poder disfrutar.





-

martes, 21 de febrero de 2017

Así fue: A las cinco de la tarde.


Nací tal día como hoy hace sesenta años justos. Y digo justos, porque son las cinco de la tarde. Hora un tanto rara, pues al parecer, la mayoría de  los partos se solían dar de noche. Estamos hablando de cuando no había epidural y las cesáreas eran "In extremis".

A esa hora, y con permiso de la autoridad, dan comienzo las corridas de toros. Mi madre no necesitaba ese permiso, y llevando la contraria a Lorca, me parió... A las cinco en punto de la tarde.

Aunque me envolvieron, a las cinco de la tarde, no fue en sábana, ni un niño el que la portaba, que fue en una blanca toalla, y lo hizo la partera. Dicho sea de paso, un poco achispada por la cazalla que se tomó mientras esperaba el acontecimiento.

Se podía esperar, que naciendo a hora tan taurina, saliera yo aficionado a eso del toreo (mi padre lo era). Sin embargo, tras ver lo que sucedía en el coso a edad temprana, le dije que naranjas de la china. Y no volví jamás a presenciar una corrida.

Tal vez, y si no hubiera muertes de por medio, toro o torero, la cosa cambiaría. Pero claro, entonces se desvirtuaría la esencia del espectáculo. Además, nadie puede garantizar, que el torero vaya a salir indemne del reto al que se somete por propia voluntad, ni al toro le puedes decir que la cosa va de mentirijillas. Si puede, truña. Supongo que  es su carácter y no va con gusto a la plaza, aunque solamente sea para lanzar derrotes.

Bueno, a lo que vamos. Recuerdo, que ya desde que tengo uso de razón, se comentaba en casa el episodio de la partera. Por entonces, las mujeres parían en casa, por lo menos en los pueblos. Las ayudaba el médico, si lo había, o una vecina acostumbrada a lidiar en estos trances. En mi pueblo era la señora Tomasa, que ayudó a traer un número considerable de chiquillos. Pero a ninguno le sucedió lo que a mí.

Mi abuela, la madre de mi madre, muy diligente, tuvo la ocurrencia, no sé si era costumbre, de colocar sobre la mesa del comedor, unos chicharrones, mantecados, coñac y aguardiente para matar el tiempo. Según la señora Tomasa, la cosa iba para largo.

Mientras mi padre liaba un cigarro tras otro, hasta agotar la petaca, cosas de padre primerizo seguramente, la señora Tomasa iba de la habitación al comedor donde engullía un chicharrón y se pegaba un lingotazo de anís. No es de extrañar que cuando salí de aquel perfecto habitáculo que era la tripa de mi madre, la Tomasa, que me había cogido por la pantorrilla para darme la cachetada en el culo, casi me deja caer. La grasilla que se le pegó a las manos, produjo el resbalamiento. Menos mal que tenemos pies, que si no me estampo contra el suelo.

A raíz de aquel suceso, mi madre tenía entre ojo a la partera, culpándola de que ese pie fuera Talo. Una vez puestos, ¿por qué no echarle también la culpa de aquella nuez que tenía en el ombligo? Así, que a la semana, me llevaron a la consulta del pediatra en la ciudad.

- No se asuste señora, le dijo el especialista, el pie volverá a su sitio en poco tiempo y sin falta de hacer nada. En cuanto al ombligo, otro tanto de lo mismo, es una pequeña hernia que se corregirá también por sí sola. 
Ha de saber, que antiguamente, a los niños recién nacidos, se les colocaba una bola para que el ombligo fuera a su sitio. La partera no ha tenido nada que ver, son cosas de nacimiento que suceden de vez en cuando.

Tal y como dijera el médico, todo se solucionó en unos meses. Por fin mi madre dejó de dar la tabarra a mi padre, que para redondear la gracia cuando lo comentaban, solía decir, que yo había nacido orejón por tanto tirar para que saliera de una vez.



domingo, 19 de febrero de 2017

Matar es fácil: El hijo de Armando.


Durante treinta años, trabajé para la misma empresa. Era el dueño, de edad un poco mayor que yo, buena e inquieta persona, a la que todos los empleados estimábamos. Tal vez fuera porque siempre nos decía que éramos el activo más valioso con el que contaba. Y no era por hacer la pelota, la prueba estaba en que nunca había tenido un conflicto laboral, se cobraba buen sueldo y hacía favores al que los necesitaba.

Aquella forma de llevar la empresa, con un paternalismo que algunos tildarían propia de un cacique, no era tal. Allí, ni estaba restringida la libertad ni la autonomía, pues cada cual podía exponer sus ideas tendentes siempre al bien común. Como es lógico, había normas, no es posible una organización sin ellas, pero si alguien estimaba que aquello era mejor que lo otro, se estudiaba, debatía y modificaba o no, en función de los pros y los contras.

¡Qué voy a decir yo! Empecé como oficial, pronto pasé a encargado, para continuar a medida que el tiempo transcurría, con mayores responsabilidades. La empresa contaba con quince trabajadores cuando inició su andadura. Nos dedicábamos a la ferralla, aprovechando el bum de la construcción, pero el dueño, de nombre Armando, en cuanto acabó de pagar la hipoteca de la nave, se embarcó en otra aventura para diversificar la producción.

Dicen que el que tiene padrinos se bautiza, y el que no se queda sin bautizar. Armando no tenía padrino, pero si un buen amigo con una fábrica de colchones. Este amigo, le propuso que se dedicara a la fabricación de perfiles de hierro para la fabricación de somieres, y para un tipo de camas y mobiliario que iba a presentar a una licitación de los hospitales estatales. Uno proveería de material y el otro lo transformaría. Armando construyó una nave donde empezamos a hacer perfiles laminados de hierro.  Tubos cuadrados, rectangulares, redondos, varillas calibradas, roscadas... La cosa marchaba, ya éramos treinta cinco personas.

Armando siempre estaba entrampado, tenía su sueldo como uno más, y si alguien con malicia, piensa que aumentaba su patrimonio a costa de sus obreros, se equivoca. Él solamente era el dueño de la nave de ferralla y la de perfiles que había pagado de su bolsillo. A partir de allí, las naves que siguió construyendo; una para la construcción y montaje de calorifugado, otra de mecanización y tornillería, y una fundición de modelado en bronce, eran participadas por los trabajadores. Es decir, en vez de acudir al banco a pedir, formó una sociedad de la que todos éramos  partícipes. Ya éramos ciento quince empleados, muchos casados con mujeres que también lo eran.

Con sesenta años, Armando enfermó con un pronóstico poco halagüeño. Por entonces yo estaba de director, y él se dedicaba a la economía y a buscar trabajo dadas sus buenas relaciones. Como quiera que no podía continuar, pasó sus responsabilidades a su hijo, al que yo juzgaba un poco tarambana además de engreído. Mucha fachenda para alguien que no fue capaz de acabar la carrera y solamente se dedicaba a disfrutar de la vida.
Pero yo me engañaba, en realidad apenas lo conocía y era el mío solamente un juicio de impresión. Pronto se dio a conocer; carácter desabrido, chulesco, mandón y artero. Creyendo que todo le pertenecía, o que le debía pertenecer, empezó a maniobrar con astucia para que lo que entre todos habíamos conseguido, pasara a su poder. Los pedidos a las tres empresas participadas, comenzaron a descender. Él era el responsable, como lo fuera su padre, de buscar el trabajo, más, cuando quisimos darnos cuenta, ya acumulaban pérdidas sustanciales. Hubo que bajar sueldos y ante unas negras perspectivas, se fue haciendo con las participaciones de los que buscaban oportunidad en otros sitios.

Con la mayoría de las acciones en su poder, el ordeno y mando fue la norma. Se bajaron los sueldos, pasando todos a cobrar por el convenio del sector, hubo reducción de plantillas, y comenzó a interferir en mi trabajo.

- A partir del día de la fecha, se dejaran de hacer las revisiones programadas de hornos y trenes de laminación. Cuando se averíen, se reparan y listo.

Este es un ejemplo de cómo iban a funcionar las cosas. De nada sirvió que le dijera que las programaciones se hacían para cuando menos carga de trabajo había; agosto, y que la caída de un horno en otro mes, por ejemplo, supondría mayor pérdida en tiempo, dinero y compromisos con los clientes. Siempre vale más prevenir que lamentar.

Jamás se avenía a razones, las discusiones y el malestar eran continuos. Estaba visito que quería deshacerse del personal antiguo a cambio de gente joven que acatara las órdenes sin rechistar, y con menos derechos. Eliminó las guarderías de las que su padre había dotado a las empresas, pues en ellas trabajaban casi tantas mujeres como hombres. Las pequeñas casitas del poblado construido, se fueron quedando vacías a medida que unos se marchaban al cementerio y otros buscaban bujio en otro lado. Las viudas debían abandonarlas. Total, para dejarlas vacías.

Un día me llamó a su despacho. Sobre un soporte, en el centro de la mesa de caoba, un cetro de marfil rematado con un águila, hablaba por sí mismo de por quién quería ser tomado: Él era como los antiguos cónsules romanos, dirigía el "estado y el ejército" y aquel cetro era el símbolo que lo representaba.

- He decidido prescindir de tus servicios, no estamos en sintonía. Así que puedes ir buscando otra cosa, tienes un mes de plazo para abandonar el empleo y la casa.

Yo tenía cincuenta y cinco años aunque eso no importaba, sabía que encontraría trabajo en cualquier parte. Lo que importaba era la desfachatez con la que prescindía de mí tras tantos años de servicio. Uno por uno se me vinieron a la imaginación las caras de todos aquellos que antes que yo habían pasado por aquella situación, bien lo sabía: Intercedí por todos ellos. Pero fue inflexible.

Aguantando la ira que me subía por la garganta, le espeté:

- Te va a costar trabajo y dinero, mucho dinero.

- ¡Quien te crees que eres, come mierda! Durante muchos años has engañado a mi padre haciéndote el listillo. Él te encumbró dónde estás, pero conmigo no te vale. ¡Te voy a arruinar! Tengo pruebas de tu deslealtad y latrocinio.

Siempre he sido una persona trabajadora y ecuánime, tuve bien de quien aprender; su padre Armando. Que me llamara ladrón desleal no estaba dispuesto a consentirlo. Es cierto, me cegó la rabia, una rabia acumulada durante meses al ver su manera leonina de actuar.

- ¡Hideputa! ¡Mal nacido!

Salté sobre la larga mesa agarrando al paso el cetro con intención de bajarle un hombro, lo agarré por el cuello y solté el golpe. Quiso hacer una finta y el cetro se estrelló contra su cabeza.


Hoy escribo esto desde la cárcel. No por justificarme, el mal que hice hecho está y pago por ello. Siento su muerte, que no quería y que jamás hubiera pensado pudiera suceder. Me podrán llamar homicida, pero no ladrón ni desleal porque nunca lo fui. En verdad ambos nos arruinamos la vida, él más que yo.

viernes, 17 de febrero de 2017

El color de las patatas con arroz.


Bajamos un trecho por la carretera hasta llegar a la iglesia. Justo al lado de la fachada que da al sur, arranca el camino, la bordea y, pasando pegados a la tapia del cementerio, vamos ascendiendo por donde antaño subían los carros hasta la mina de carbón. Apenas quedan restos, las huellas profundas en el suelo, la escombrera donde ha ido creciendo una vegetación heterogénea que crece a su libre albedrío, y  que casi la cubre por completo. La bocamina aún se puede ver. Una pared de ladrillo la tapa y, por si a alguien se le ocurriera derribarla, colocaron una gruesa reja de hierro. Siempre me da un escalofrío, tal vez sea el saber que una explosión de grisú,  segó la vida de siete personas. Fue entonces cuando hundida, la cerraron. En verdad aquello era un chamizo más, sin derecho a llamarse mina.

Nos dirigimos hacia al este, a partir de aquí, el camino solamente es una vereda que el ganado y los excursionistas se ocupan de mantener abierta. Los helechos jalonan una subida que se hace por momentos más dura, solamente son unos centenares de metros, luego, se hace llevadera. Las hayas, castaños y robles han vuelto a crecer no sé si por generación espontánea, o porque alguien los plantó. Cantan los pájaros en esta mañana radiante, ya vamos llegando a la casa del ahorcado.

De la pequeña casa, solamente se ven las paredes. Se puede apreciar que tenía la cocina, dos habitaciones y la cuadra. No dejo de preguntarme qué es lo que tienen las chimeneas, se puede caer la casa entera, pero ellas permanecen inhiestas por muchos años. Aquí vivió un matrimonio. El hijo que tuvieron, se marchó en la juventud y jamás volvió. El padre, que en sus años mozos fue ciclista de fama, la construyó, quién sabe si para apartarse del mundo, a raíz de un accidente en una prueba por etapas. Él marchaba el primero en la clasificación general, pero bajando aquél puerto, iba en pos del segundo que le quería arrebatar el liderato. En una curva, el que iba delante, se cayó, chocó contra el pretil y rebotó hasta el centro. José no lo pudo evitar, la rueda delantera pegó contra la espalda del caído y salió lanzado por los aires. Un hombro y una rodilla rotos le apartaron de una profesión en la que tenía mayor futuro. Fue entonces cuando hizo la casa.

Nadie sabe lo que le pudo pasar por la cabeza, pero con cincuenta años, se colgó de una viga en la cuadra. Cuando la mujer llegó del mercado a donde iba a vender, lo encontró. Desde entonces empezaron a llamarla la casa del ahorcado. La mujer no durmió allí ni un solo día más y, abandonada, colapsó la techumbre.

Ahora vamos en dirección norte, estamos describiendo una amplia curva este, norte, oeste, sur, que nos llevará a la cima del monte. Un monte cónico, redondeado y calvo de árboles pero pleno de hierba que los caballos se encargan de segar. Pero antes de llegar, veremos la cabaña mirando al norte que el ciclista utilizaba para curar la cecina de los caballos que allí mismo mataba y descuartizaba. Aún la utilizan los que llevan sus animales a pastar, en ella suelen guardar sacas de pan duro y unos puñados de cebada. Ya no hay cecina, ni muertes a escondidas, ahora, los caballos de carne los bajan hasta la carretera y los meten en un camión camino del matadero.

A la derecha, y separada del monte por una vaguada, va quedando la montaña. Ya sabes, el monte puede tener árboles o estar pelado, pero es monte. La montaña, es una masa pétrea donde se esconden el oso y el lobo en invierno. Yo lo entiendo así.

Hemos llegado a la cima. Desde aquí, se ve todo y no se ve nada. No ve nada aquél que solo mira el paisaje como una sucesión de montes o montañas, más o menos verdes, más o menos poblados de árboles, más o menos altos. Pero el monte es algo más, es el susurro de las hojas mecidas por el viento, el esquilón o el cencerro que los cuadrúpedos llevan colgados al cuello para que la manada no se separe en los días de niebla, el raposo que huidizo nos mira desde la lejanía, el alimoche que vuela silencioso, el contraste entre la falda donde abundan las cotollas (tojo) con su florido amarillo y las urcias (brezo) de color rosado, con el verde de la campa.

 Sí, se ven otros montes, ninguno como este que hollamos, cada cual hermoso a su manera. Allá está aquel picacho que en la cima conserva uno de los lienzos de la torre, esa que le dicen “del moro” cuando en realidad ni uno solo la pisó. Para entonces ya estaban muy, muy lejos. Se oye el tañer de una campana hacia el oeste. Es la hora del Ángelus. Volteamos la cabeza, la espadaña de la iglesia destaca sobre los tejados que en otro tiempo fueron rojos y hoy son negruzcos de hollín. Las chimeneas fuman sin cesar esparciendo el humo por el valle, y seguro, que si estuviéramos en el pueblo, a la nariz nos llegaría el olor de la fabada. Vemos la carretera nueva, pareja al río, haciéndose una compañía que el agua y las truchas posiblemente no hubieran querido; botes, plásticos, neumáticos... Un poco más allá, el puente de cuatro ojos, calzada que fue trazada por los romanos, paso de peregrinos que tomaban el agua en la Fuente de los Llocos al principio de la arcada. Hoy el río ha dejado huérfano al puente, se marchó por otro lado, y bajo él, solo quedan guijarros y maleza. Más triste fue lo de la carretera, les estorbaba el último ojo, y hoy el camino ancestral está cortado a pico.

Al frente podemos divisar la chimeneas de la fábrica de aceros, los haces de vías por donde transitan los trenillos cargados de carbón, mineral y caliza. El plano inclinado por donde bajaban las vagonetas de aquella mina con nombre de mujer y aquella otra que daba salida al carbón atravesando el río por medio de un teleférico. ¡Hay las minas! Nombres femeninos por doquier; Baltasara, Mariana, María Luisa, Lola, Avelina, Esperanza, Modesta, Santa Bárbara...

Comenzamos a bajar por el lado oeste. Hemos dejado atrás, allá en el fondo, la ciudad y los pequeños pueblos que viven en los valles, al abrigo de esos montes, de la sierra de cumbres aún nevadas. Es una bajada casi recta. Saltamos el regato alimentado por una fuente con abrevadero. Curioso encontrarla tan arriba. El regato va buscando camino, haciéndose más caudaloso. Llegará a alimentar el lavadero donde las mujeres con el balde a la cabeza, llegarán para trajinar, lavando y tendiendo, mientras comentan, ríen o cantan dependiendo del pie con que se levantaran.

Ya llegamos a la carretera vieja, desde aquí todo bajada por un buen firme, Paramos en casa de Fonso, fogonero y maquinista que fue de aquella maquinilla que arrastraba veinte o treinta vagonetas, y que le decían La Galana. Ahora está pensionado, lleva un braguero para mitigar los dolores de una hernia, que no le pueden operar. Tal vez más adelante, cuando encuentren mejores medios. ¿Y del amor? - Yo ya ni chicha ni limoná. Media hora hablando de enfermedades, mi tío, soltero y escribiente en el economato, que si la mancha esto, que si la mancha lo otro... Si al plato llegaran más tajadas y menos patatas, tal vez no estarías del pulmón pienso yo. Y el otro, que si el güevo derecho, que si la ingle, la espalda... Y yo, que surniaba un poco a cuenta de la sombra, habiendo estado toda la mañana al sol, fui el centro de atención de los dos hombres... ¿Tú crees, que tragarse los mocos puede ser bueno? Le dice mi tío Avelino a Fonso. ¡Bah! le responde el otro, yo me fumo un paquete de cuarterón al día, y aquí estoy. Además, todos hemos sido críos. ¡Como si ellos no hicieran lo mismo!

Nos vamos, apenas nos quedan unos centenares de metros para llegar a la aldea, hoy comeremos batallón, ya nos avisó mi madre antes de salir ¡Venid con hambre, que hoy hay patatas con arroz! Menos mal que también llevarán chorizo. Lo digo por el color.





miércoles, 15 de febrero de 2017

Seamos uno.


No lo hago por la gente, tampoco lo hago por mi, ni por ti, lo hago por nosotros. Para que lo nuestro no acabe. Sé que nunca será igual que antes: Ni yo sentiré del mismo modo, ni tú tampoco. Lo mío, será real, no puede ser de otra forma, lo tuyo será solamente sicológico, pero eso puede ser peor, si olvidas que lo que tocas, sigo siendo yo.
He sentido mi cuerpo, siento mi cuerpo, no todo, pero todo es mío. He llegado hasta aquí, y quiero llegar hasta allá, lo más lejos que pueda. Y quiero llegar contigo.

Sé que has sufrido, que sufres en silencio, y deseo que dejes ese sufrimiento. El mío, mi sufrimiento, es por ti, es por mi, por mi mente, por mi cuerpo, por la incertidumbre de mañana. Por eso quiero vivir el hoy, este momento, este instante con toda la intensidad de que sea posible. Y eso te atañe: Necesitamos más que nunca, ser uno.

El cirujano me ha dicho que la reconstrucción va bien, en dos o tres semanas, me hará los pezones.

domingo, 12 de febrero de 2017

Emerenciano y el Amanuense.


Cuando empecé al instituto de enseñanza en el año 48, se unió a la panda que dejamos la escuela nacional, un chico de fuera que a nadie conocía. Emerenciano se llamaba. Nombre que yo jamás había oído, y que él se encargó de contarme por qué lo llevaba.
Era hijo segundón y bastardo, de un hombre de alcurnia. Éste, para honrar la memoria de su madre Emerenciana, mandó le pusieran al chico ese apelativo, ya que era muy devota de la mártir. Santa Emerenciana fue lapidada en tiempos de Diocleciano, en la Gran Persecución.
Aunque en contadas ocasiones había visto a su hijo, tenía gran ascendiente sobre la que otrora fuera su amante, tal vez porque soltaba la mosca. Por los motivos mencionados, a Emerenciano, le tenía reservado profesar como sacerdote cuando acabase la secundaria, siguiendo la antigua tradición de los segundones; sin derecho a herencia y de profesión militar o clérigo. Él dada su bastardía, con mayor motivo.

Lógicamente, sabiendo lo que le esperaba, su afán por los estudios no era lo que debía ser. El primer año lo pasó a trancas y barrancas, el segundo dejó tres para septiembre, el tercero dejó cinco, y en el cuarto se lo llevaron al seminario sin darle tiempo siquiera a terminar el trimestre.

- Bueno Mere, le dije cuando nos despedimos - tú cura y yo... ya veremos. Lo cierto es que todos debemos de apechugar con lo que nuestros padres mandan.

No volví a ver a mi amigo hasta treinta años después. Mucho tiempo, pero aún continuaba llevando lentes circulares de carey, y flequillo al estilo de un periodista gaditano de fama. Seguramente este asunto del flequillo, no debía de ser menor para él, pues al ser dolicocéfalo (cráneo más largo que ancho) lo disimulaba tirando el pelo hacia la derecha.
En el tiempo transcurrido, nuestros estudios fueron casi por donde habían sido marcados. Yo tuve la oportunidad de trabajar en unos astilleros de delineante y dejé de estudiar, mientras él, con cuarenta y cuatro años ya era Obispo, Doctor en Teología y no sé cuántas cosas más. Supongo, sin desmerecer sus méritos, que alguna influencia habría tenido el de la alta alcurnia, para haber llegado tan joven a ese cargo.

Conversamos un rato largo mientras tomábamos algo en un café. Me preguntó si aún imitaba la letra de los demás, pues una de las causas por las que se fue al seminario antes de lo debido, fue la disparidad que había entre sus exámenes escritos y los orales. En los escritos siempre sacaba buena nota, mientras que en los orales no daba pie con bola. La dirección del centro llegó a la conclusión de que copiaba, aunque nunca pudieron demostrarlo. En realidad el no copiaba nada en absoluto, era yo el que con gran afán, hacía los exámenes por duplicado. Cuando el profesor daba el tiempo por terminado, acudíamos todos al estrado a entregar los folios, en ese momento de barullo, intercambiaba con él el folio que contenía las respuestas, con el de las tonterías que escribía para disimular.

Le contesté lógicamente, que no.

- Es una pena, necesito quien me haga un favor de ese tipo. Documentación para una persona. Pagaría bien. ¿Sabes de alguien?

- No. No sé de nadie, lo siento.

- ¿Lo intentarías si te dijera que estoy muy pillado?

- Me estás pidiendo que cometa un delito, pero cuéntame de qué se trata y veré lo que puedo hacer. Si con las influencias de tu cargo no lo has conseguido...

- No puedo confiarme a nadie, es algo que puede significar mi ruina, el oprobio, de una vergüenza extrema. Pero eso, aunque es preocupante hasta el punto de ir a la cárcel, no tiene comparación con el daño que le haría a esa persona.
Las influencias dices, en este oficio, mucho hermano para aquí, hermano para allá y luego todo son puñaladas por la espalda. En los estamentos, un puesto de honor en una ceremonia determinada, mucha reverencia pero ningún amigo de verdad.

- Al grano Mere, al grano. La confidencia está segura conmigo.

- Lisa y escuetamente, ¡tengo una amante! La realidad es que, aunque en este momento pienses de mí, como de mi padre, yo estoy enamorado de veras. Ella tiene diecisiete años y va tener un hijo. Si eso se llegara a saber, perdería la oportunidad que estoy a punto de conseguir; con toda probabilidad voy a ocupar un puesto en una diócesis importante y tal vez al cardenalato. Pero lo esencial es María y el niño. Date cuenta, yo en la cárcel por corruptor de menores, y ella, en total abandono. Necesito imperiosamente la documentación para que con otro nombre, pueda ir a una ciudad, tal vez en Portugal donde pueda pasar desapercibida. No se me ocurre otro modo de arreglar la situación.

- Está bien, trataré de ayudarte. Necesito todos los datos, fotos de carné, la edad que debo poner, lugares de nacimiento y residencia, fechas...

Lo que no le dije, es que eso era pan comido para mí. El trabajo en el astillero solamente era la tapadera de mi verdadero negocio. Un negocio que me rentaba pingües beneficios y que gastaba en mis días de descanso lejos de donde vivía evitando sospechas. Jamás falsifique moneda, no porque no tuviera capacidad para hacerlo, que la tenía, sino porque los que se dedican a ello, son tan avariciosos que siempre acaban cayendo en manos de la policía.
Una red de colaboradores, de la que solamente el jefe y yo nos conocíamos, se encargaba de pasar o cobrar recibos, sellos, estampillas, cheques, letras de cambio, herencias, pasaportes, carnés, libros de familia... La gente es muy descuidada.

Emerenciano, envió a la chica a una ciudad del país vecino, donde le había comprado una casita no demasiado lejos de la frontera. Él la visitaba de cuando en cuando. Llegó un momento en que no podía mantener aquel tren de vida, pues aunque la pareja era parca en todos los sentidos, con tanta ida y venida el sueldo no llegaba. Un día me llamó para quedar, tenía un negocio que proponerme.

- Concédeles el descanso eterno,  Señor, y brille para ellos la luz perpetua. ¿A qué te suena esto?

- ¿A réquiem? ¿No es lo que los curas decís en los entierros?

- Sí, pero, ¿qué sabes de luces perpetuas? Y no me refiero a lo místico en sentido espiritual, me refiero a esa luz que puede arder perpetuamente en una lámpara.

- Jamás he pensado en una lámpara al escuchar esto, siempre creí que se trataba de algo divino, como que Dios enviaba un rayo de esperanza o algo semejante. Vamos, hasta que llegara el día de la resurrección.

- No. Verás, desde tiempos antiquísimos, había gentes que para honrar a sus deudos difuntos, colocaban en sus tumbas unas lámparas que ardían perpetuamente. Nadie sabe el motivo por el que jamás se extinguían, y muchos, creyéndolas cosa del diablo, las destrozaban. Tratando otros de averiguar el misterio que encerraban, se quedaban con ellas hechas añicos entre las manos. Lo importante, como puedes comprender, además de la lámpara, era el combustible que la alimentaba. Solamente necesitaba una cosa para brillar; que estuviera dentro de una bóveda o recinto donde humedad y temperatura fuesen constantes.
Hace mucho tiempo que no se ha vuelto a encontrar ninguna, la gente parece haber olvidado que existieron, incluso los que raramente hablan de ellas, creen que todo es un mito. Un mito como el de la trasmutación.  Pero yo he encontrado la forma de fabricarlas y el combustible que las hará arder por siglos. Tengo un libro que lo describe paso a paso.

- ¿Y piensas construirlas, o producir el combustible en grandes cantidades?

- No. Pienso hacer una copia del libro. Ha de ser idéntica; tintas, colores, material, hilo y cosido, y lo que es más complicado, si fuera sometido a algún medio por el que se pudiera saber su antigüedad, como el carbono 14, tendrá que dar al menos una edad que le dé marchamo de verdadero: Unos cuatrocientos años.

- ¿Y qué vas a hacer con ellos?

- ¿Me estás diciendo con eso que se puede conseguir?

- Tal vez. Contesta a mi pregunta.

- Me quedaré con el verdadero mientras se pone a la venta el falso, cuando hayan pagado un buen montón, mostraré el verdadero, pertenece a la Iglesia. Entonces verán que uno es copia del otro, alcanzando el verdadero y más antiguo, superior valor. Demos a la Iglesia lo que es de la iglesia, y al hombre lo que es del hombre... aunque sea una estafa de la que me arrepiento. Pero necesito dinero.

Robando horas al sueño, me dediqué a la propuesta. Ayudaba a un amigo del que quién sabe si podría necesitar alguna vez, superaba un reto importante, y de paso esperaba sacar unos buenos cuartos.

El trabajo se presentaba arduo. Tenía que conseguir un papel de cuatrocientos años, distintas tintas, y aprender a escribir como lo hizo el autor del manuscrito. En mi trabajo, he hecho muchos tipos de papeles y sabía de la técnica, pero era necesario dar con la tecla para que tuviera las mismas características. Tras escudriñar un poco, supe que el papel era un sesenta por ciento de algodón y el resto lino. Lavar, trocear, macerar, batear, mezclar, amasar, escurrir y prensar. Ya tenía el papel, solo faltaba darle un tono algo más añejo.
También robé horas a la empresa. En mi jornada, escondido tras el tablero de dibujo, ensayaba y ensayaba copiando la caligrafía en folio vulgar y a estilográfica para coger soltura. Conseguida la tinta, con la colección de plumas de ave que tenía, ganso, cisne o cuervo, juzgué que era hora de probar.

El librillo en cuestión, llevaba por título Amaryllis Aurum Lucis. Lo había encontrado Mere en una antigua iglesia de pueblo donde comenzó su andadura como sacerdote. Durante años trató de descifrar los intríngulis de la fabricación de un cristal muy especial, al que había que dar forma de lágrima hueca. Abajo en la base, contendría una especie de humor vítreo de color amarillento del que se alimentaba la candela. La candela, cuyos componentes eran sebo amasado con pulpa de oliva y un mineral por determinar (atendiendo al título del libro, ¿podría ser oro?) tenía su base inmersa en el líquido que absorbía por el cabo. Al arder el pábilo, producía un esperma que bajaba hasta el humor, de forma que el nivel de este, permanecía casi inmutable. Era pues, una retroalimentación continua; combustión, derrame, absorción y vuelta a empezar.

 Sin embargo, no era la llama la principal causa de la luz, lo era el material del que estaba hecho el cristal, que tal vez contuviera el Phosporhus Argenteus mencionado en algún lugar, y productor de la luminiscencia. Es decir: el cristal absorbe la energía de la candela y lo emite al exterior con un tono entre dorado y averdosado, producido por un fósforo ¿aleado con plata?. En el copete de la lámpara, dos minúsculos orificios, sin duda para la entrada del oxígeno y salida de los humos.

Acabé el libro. Puestos uno al lado del otro, eran casi idénticos. Solamente se diferenciaban en la fecha, el original era de 1435, y a la copia le puse 1585. Cualquiera que tuviera en la mano la copia, aunque fuese un experto, la podía dar por buena. Pensaba yo, que los expertos, si alguien los demandaba, acudirían a libros de fechas semejantes, y por comparación, decidir si era verdadero o falso. Imposible me parecía que hicieran una prueba tan rigurosa como la del carbono.

Para vender el libro, acudí a mi compinche Máximo, al que solamente una o dos veces al año veía por motivos de seguridad. Le dije que tenía algo antiguo que quería vender, a ser posible fuera de España, y él lo subastó en Londres. Cuatro millones limpios sacamos, dos para Emerenciano, un millón doscientas mil para mí y las ochocientas mil restantes para Máximo.
Pero cuando le puse el dinero en la mano a Mere, no lo aceptó. El cargo de conciencia fue tal, que se fue con el Amaryllis Aurum Lucis a su superior, le pidió confesión y luego le entregó el libro. Renunció a su carrera y se casó con María. Viven bien, da clases y conferencias y gana tres veces más de lo que ganaba como obispo.

El libro original, fue sacado a la luz, pero los expertos que lo examinaron, dijeron que era una copia del mío, fechada con anterioridad para darle mayor valor. Luego, pasados unos meses, aparecieron copias una tras otra que fueron a parar a todas las bibliotecas importantes. El precio que se pagaba por ellos no era mucho, pero el orgullo del amanuense es inconmensurable, te lo digo yo.

¡Ah, se me olvidaba! Cantidad de gente está haciendo pruebas para conseguir el Humor Vítreo, la Candela y el Cristal de Lágrima, pero nadie hasta ahora ha dado con la formulación exacta a pesar de sus esfuerzos y el dineral invertido.