lunes, 29 de enero de 2018

El mercero, el buey y la cigarra.



Trabajé en una empresa, en la que el amo, con buenas relaciones y hábil negociante, se había embarcado sin tener ni idea de aquello con lo que se ganaba la vida. Dueño de un local, en una época en que tener un coche era privativo, montó, aconsejado por sus amigos, un taller de rectificado de motores. El trabajo abundaba, la maquinaria toda nueva, y el salario que pagaba era bueno. Debía de serlo, pues fue la manera de hacerse con oficiales entendidos, “robados” a sus competidores.
A pesar de ganar más, tener taquillas para el cambio de ropa y aseos, como antes dije, todo del trinque, cosa que no se estilaba, empecé a estar incómodo en el taller. El dueño era un pejigueras que nunca apreciaba lo que se hacía, echándote en cara por el contrario, banalidades estúpidas.
Muy ufano, se complacía enseñando a los clientes un moderno taller. Suelo rojo, paredes con un zócalo azul marino brillante de un metro, sobre este, dos bandas una blanca y otra roja para terminar las paredes y el techo de un blanco inmaculado. Un amplio espacio con bancos de trabajo donde se desmontaban y volvían a montar los motores, las rectificadoras y otras máquinas. Buena iluminación, y un pinche que escoba y trapo en mano, mantenía el local impoluto.
Alguien le apodó el “mercero” porque a su entender, mejor hubiera puesto una tienda dedicada a ello; sus cajoncitos con hilos, botones, presillas y demás, todo bien colocado. Así, no podía ver las herramientas que utilizábamos de continuo, fuera del lugar correspondiente, te llamaba la atención si quedaba una gota de aceite o grasa en las piezas, y cosas semejantes.
Harto de tanta tontería, me encaré con él. Es usted como la mosca cojonera, siempre molestando, sin dejar trabajar a gusto y haciéndonos perder el tiempo con bobadas. Le voy a contar una fábula y espero sepa distinguir, quien de nosotros es el buey y quien la cigarra.
Estaba arando el buey y cerca la cigarra cantando le decía: ¡Hay! ¡Qué surco tan torcido has hecho!
Pero él la respondió: “Señora mía, si no estuviera lo demás derecho, usted no conocería lo torcido. Calle pues, que a mi amo sirvo bien, y él ha de perdonar, entre tantos aciertos un descuido.

El ser un plasta no significaba que fuera gilipollas, de modo que a partir de aquél día, se dedicó a aprender el oficio que le daba de comer, poniendo en valor lo que sus trabajadores hacíamos.


3 comentarios:

Alfredo dijo...

Dado que no tenía buey tirando del arado,he colocado la foto de un tiro de vacas bonitas y obedientes a la guiada del carretero.
Salu2.

Elda dijo...

Si es que un jefe que se precie tiene que conocer el oficio desde abajo para poder mandar con amabilidad y conocimiento.
Un gusto leerte otra vez Alfredo.
Espero que te encuentres bien del todo.
La foto es muy bonita, me recuerda cuando de pequeña iba al pueblo en el tiempo que recogían la hierba.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Ese día me faltó un tris para decirle cuatro cosas al de la guiada. Haciendo la maniobra, le dió a una de las vacas unos cuantos palos en el morro y le hizo sangre. Creo que hay que tener más templanza, ya casi no se utilizan los animales para estas cuestiones y es muy natural que rehúsen en maniobras complicadas.
Gracias mil
Salu2.